El gol de Zacharski en el clásico: la avalancha más grande de Ciudadela

ANIVERSARIO

Este 25 de marzo se cumplen 30 años de uno de los goles más inolvidables para los hinchas de San Martín. La historia secreta de aquel cabezazo desde 40 metros a la red y la palabra de su autor.

Equipo de San Martín en el Nacional B 89/90.




El clímax de esta historia podría describirse como una pelota que pica sobre la línea del arco y, se levanta y toca el techo de la red. De fondo, a solo tres o cuatro metros, separados por un simple alambrado, una marea humana agazapada, se lanza hacia adelante y hacia abajo, provocando la avalancha más grande Ciudadela.

Hoy, 25 de marzo del 2020, se cumplen 30 años de ese instante preciso que vamos a traer a la memoria. Pero antes vamos a contar unos detalles previos que le suman tintes épicos. Es un relato que forma parte de la historia de San Martín, y más aún, de la historia de los clásicos.

Tiene un protagonista muy particular, que un par de semanas antes nadie hubiera imaginado. Como si fuera el guión de suspenso que esconde sobre el final da un vuelco sorpresivo, cambiando el eje del trama.

El personaje principal tiene un apellido difícil de pronunciar, pero más difícil de olvidar. El Santo tuvo grandes jugadores que todo el mundo recuerda: ídolos inolvidables con apellidos sencillos y comunes: Roldán, Jiménez, López, Juárez o Robles. Sin embargo, en este caso, un apellido exótico ayuda bastante: decir Zacharski es sinónimo del golazo de cabeza desde 40 metros en un clásico inolvidable.

"El Ruso” no es ese gol y nada más: ese gol enalteció lo que ya era una muy buena carrera. Surgido de Independiente, donde hizo Inferiores y llegó a Primera, pasó por Gimnasia y Tiro de Salta, Almirante Brown, Recreativo y Huelva en España, entre otros. Cuando estaba dando sus primeros pasos en el profesionalismo, Menotti lo convocó para la Selección Juvenil que se preparaba para el Mundial del 79, se dio el gusto de jugar algunos partidos con el Diego Maradona, pero finalmente no quedó en la lista que viajó a Japón.

En el 89 llegó a San Martín como figura luego de romperla en Almirante Brown: vino junta a Rechiutti. Al Ruso las cosas no le salieron bien de entrada, él sabía que podía dar más y que no estaba teniendo un buen nivel. Para colmo, una lesión tras otra no le permitían agarrar continuidad. Luego de varias oportunidades, quedó casi relegado, y el técnico no lo tenía en cuanta ni para el banco. 

Por su parte, San Martín no terminaba de convencer: nunca bajó de los puestos de clasificación al Reducido, estaba lejos de la punta y no lograba hilvanar una racha de triunfos consecutivos. Mientras tanto, el clásico se acercaba y la preocupación crecía porque en la primera rueda la derrota en el Monumental de 25 de Mayo y Chile le había costado la cabeza a Carlos Roldán. Alberto Pompeo Tardivo, el DT de entonces, sabía que si no hacía algo podía acabar con el mismo destino. 

Tras una goleada recibida en Rafaela sumado a un insulso empate con Defensa y Justicia en Ciudadela, el técnico tomó decisiones drásticas:. una ellas poner a Zacharski de titular después de meses sin ni siquiera concentrar. Antes del clásico, el rival fue Olimpo en Bahía Blanca, durísimo. Resultado: triunfo 1 a 0, gol de Zacharski.

“Recuerdo que el primer tiempo lo jugué muy concentrado, pero sin romper el molde. En el entretiempo, un dirigente me dijo: ‘No le des bola a Tardivo, soltate más y andá para adelante que lo ganamos’. Le hice caso y metí el gol del triunfo. Ahí despegamos”, relata en diálogo con el tucumano.

La fecha siguiente era el clásico. Víctor ya se había ganado un lugar, La Ciudadela explotaba como siempre, La Bolívar, también colmada llena de hinchas de Atlético. Un clásico como los de antes, con las dos hinchadas.

En el partido no pasaba nada cuando Noriega metió un pelotazo cruzado a Rafael Cabrera, el arquero de Atlético era Tursi, quien salió a anticipar hasta el borde del área y despejó de cabeza lo más lejos posible como manda el manual.

“Yo estaba en mitad de cancha, cuando vi que Acosta, el 8 de ellos que jugaba muy bien, fue hacia la pelota: yo corrí primero para que no recibiera libre, después le gané la carrera y vi que el arco estaba vacío. Le di lo más fuerte posible para que la pelota se elevara y pasara por encima de todos los jugadores que había adelante. Casi me paso. Le pelota pica en la línea y entra, si picaba 10 centímetros antes, se iba por arriba”, describe el goleador de la tarde.

La pelota toca el techo del arco después de besar la línea de cal: había recorrido 35 metros. La tribuna Rondeau se vino abajo, la avalancha es tan inolvidable como aquel gol. Es uno de los mejores gol de cabeza de la historia del fútbol argentino. Años después Palermo le haría uno a Vélez de una distancia similar, incluso más lejos, pero lo haría con el arco vacío, con los pies firmes, encontrándose con la pelota,  sin vuelo en palomita, en un partido intrascendente. Un golazo también, es cierto. Pero el de Zacharski fue mejor, mucho mejor. 

Del partido, nadie recuerda qué pasó después: algunas crónicas hablan de que Atlético empujó sin ideas, que San Martín controló bien y que pudo liquidarlo de contra. Al parecer, Juan Carlos Juárez tuvo la más clara y la erró de manera increíble o quizás porque sabá que ese clásico tenía que terminar 1 a 0 con gol de Zacharski.

“Nunca supe porque no seguí en San Martín. Hasta hoy es la gran incógnita de mi vida. Me moría por quedarme. Tenía mucho para dar y había terminado a gran nivel. Cumplí el contrato, me fui de vacaciones y nadie me llamó. Esperé hasta último momento sin elegir otro club. Seguían sin llamarme, entonces apareció Colón a pocos días de largar el torneo, no tuve otra que aceptar. Yo quería quedarme”, confiesa Víctor.

“Nunca más volví a Tucumán, pero es un lugar en el que pasé grandes momentos de vida. Mi corazón es de San Martín, lo sigo siempre. A todo el querido pueblo Ciruja le mando un abrazo de gol, que es el abrazo del alma”, lo dice Zacharski, el autor de uno de los goles más famosos de la historia del club. 




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