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De la intemperie a los andamios: mujeres tucumanas reescriben la historia de la construcción

HISTORIAS DE ACÁ

Ejercen un oficio hipermasculinizado. Crían hijos y levantan paredes. En sus relatos confluyen la lucha contra los prejuicios, las urgencias económicas, los proyectos postergados por la maternidad y la militancia sindical. Seis mujeres tucumanas cuentan cómo se convirtieron en obreras de la construcción: “El uniforme de obra no me hace ver menos femenina, me da orgullo”. Por Franco Carletto.

Ana, María de los Ángeles, Mercedes, Soledad, Macarena y Noelia: Las obras de la construcción.





“Se hace difícil siendo obrero hacerte cargo del pan; de tu esposa, tus hijos, del alquiler y algo más”, canta Cristian “Pity” Álvarez en Homero, aquel inoxidable himno popular que grabó con Viejas Locas en marzo de 1999 y que relata sin pretensión poética las desdichas de la clase trabajadora argentina en el epílogo de la larga noche menemista.

Y es que la vida de un obrero es así. Pero si el cantautor hubiese cambiado el género al sujeto, a más de uno le llamaría la atención escuchar la palabra “obrera”. Sucede que, históricamente, el cancionero popular de los más variados géneros musicales siempre le cantó al obrero. Así, en masculino: el hombre fuerte, de mameluco y casco, con el lomo curtido por la crueldad del sol de los veranos. El padre de familia, sacrificado, con las manos salpicadas de ampollas, callos y cicatrices. El hombre que construye las casas donde vivimos, los hospitales donde nos curamos, las escuelas donde nos educamos.

El sonido del martillo contra el encofrado, el crujido de la mezcla al batirse y la polvareda flotante de la cal solían ser un territorio exclusivamente masculino. Sin embargo, en ese mapa laboral hegemonizado por hombres algo se rompió y empezó a trazarse un cambio silencioso, pero a paso firme.

De acuerdo a los datos del último Censo Nacional (2022), en Tucumán viven 891.766 mujeres, que representan al 51,5% de la población total. De esa enorme masa poblacional, un grupo muy reducido de mujeres irrumpió lentamente en este mercado laboral dispuestas a derribar esa pared, si acaso vale la metáfora. A partir de la creación de UOCRA Mujeres, hace seis años, unas 150 se empadronaron en la Unión de Obreros de la Construcción de la República Argentina, pero apenas 50 se encuentran actualmente trabajando en tareas en andamios, cimientos y obras públicas.

No se trata de una concesión decorativa ni de un cupo simbólico: es la conquista de un oficio. En una provincia atravesada por altos índices de informalidad laboral y por mandatos de género profundamente arraigados, el desembarco femenino en la construcción representa una grieta directa en la estructura del empleo tradicional. Cincuenta obreras en una población total de casi 900 mil mujeres pueden parecer una cifra insignificante, pero marca un horizonte: pensar en una obrera mujer ya no es una rareza de ficción; es una realidad concreta que gana terreno a fuerza de técnica y perseverancia.

Y quizás sea allí donde radica la potencia de las historias de estas seis mujeres que están sentadas alrededor de la mesa, frente a un grabador, en esta tarde soleada de invierno.

Pero esta no es solo la historia de mujeres que tienen un trabajo “de hombres”; es también la historia de mujeres que, en un momento de sus vidas, pusieron en pausa sus sueños y se dedicaron a ser lo que la sociedad esperaba de ellas. Y que un día, algunas más temprano y otras más tarde, decidieron empezar de nuevo: despojarse de prejuicios y mandatos ajenos, recuperar el tiempo invertido en la maternidad y convertirse en dueñas de sus vidas. Nada más. Nada menos.

***

—Me agarrás en un mal momento, me robaron el celular el domingo. Por eso no recibí tus mensajes.

Hasta ese momento, pensé que la entrevista no se hacía. Habíamos acordado con anticipación el día, la hora y el lugar. Pero Ana no responde los mensajes ni atiende los llamados para confirmar la cita.

A las 14, puntualísima, Ana Paula Acosta cruza la puerta de ingreso a la redacción de eltucumano contándome el robo que sufrió en el boliche. A sus 23 años, no viste mameluco ni trae cascos en la mano, pero carga sobre sus hombros la responsabilidad de coordinar el espacio de Mujeres de la UOCRA en la provincia. Mientras se acomoda en la mesa de la cocina, se ríe cuando recuerda la primera vez que se acercó al histórico sindicato:

—Al principio nos miraban raro, como preguntándose qué hacíamos ahí o si nos habíamos equivocado de piso. Hoy ya nos ven pasar y somos parte de la rutina diaria.

La historia de Ana Paula resume el pulso de una generación. A los 17, mientras cursaba el último año del secundario, quedó embarazada. De un solo golpe, la maternidad en soledad la obligó a invertir las prioridades y reorganizar su proyecto de vida. Dejó colgadas algunas materias y salió al mercado laboral con un objetivo urgente: garantizar la comida para su hija.

—Mi prioridad era mi hija, tenía que llevar la comida para mi hija y bueno, mamá soltera. Tenía que buscar la forma de llevarle la comida a mi hija todos los días. Pero mi próximo objetivo es terminar el secundario.

Tras una experiencia breve en tareas administrativas y en el pañol de una constructora, su vocación militante la llevó a ocupar la coordinación gremial. Desde ese trampolín no solo sueña con terminar el secundario y estudiar Administración de Empresas o Higiene y Seguridad Laboral, sino que empuja la apertura de bolsas de trabajo y capacitaciones en albañilería, electricidad y manejo de maquinaria vial para sus compañeras.

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Y un buen día se cansó. Soledad Hernando (44) se cansó. Durante más de dos décadas, buena parte de su vida transcurrió en los surcos. Sus días empezaban bien temprano, en ese horario donde el sol todavía duerme, en los limonares de Tafí Viejo, Famaillá o Santa Lucía. Era un trabajo extenuante, sacrificado, a la intemperie y con jornadas infinitas que la obligaban a acudir al apoyo de su madre para el cuidado de sus hijos.

—Llegaba a casa de noche, prácticamente solo a dormir —recuerda sobre aquellos años en el campo. Y aunque la cosecha le garantizaba el sustento diario, la inestabilidad de la temporada y el desgaste físico la empujaron a buscar una alternativa para cambiar su realidad y, sobre todo, compartir tiempo de calidad con sus hijos.

Ese periplo la condujo a los talleres del Potenciar Trabajo, una política de Estado creada en marzo de 2020 mediante la Resolución N° 121/2020 que consistía en un plan nacional de inclusión socio-productiva que vinculaba la asistencia estatal con la terminalidad educativa, la formación laboral y el desarrollo de proyectos socioproductivos.

Pero la construcción no fue, claro, la primera opción de Soledad. Al momento de inscribirse, los talleres con mayor demanda tradicional, como peluquería, ya no tenían cupos disponibles. Sin dudarlo demasiado, optó por el único espacio de formación con vacantes: el curso de albañilería dictado por la UOCRA. Lo que empezó como un requisito formal para no perder el beneficio económico se convirtió rápidamente en un descubrimiento personal.

En los talleres del gremio, la historia de Soledad se cruzó con las de María de los Ángeles Nieva (54) y Mercedes Medina (50). Las tres conectaron enseguida y si bien habían llegado al taller por caminos diferentes —María de los Ángeles venía de graduarse como Maestra Mayor de Obras y Mercedes de dedicarse tiempo completo al cuidado de su hijo con discapacidad— las mujeres compartían, además del aula y las herramientas, esa búsqueda personal: el deseo de independizarse y tener un oficio para garantizarle una vida digna a sus hijos.

Entre carretillas, mezcla y planos, las tres amigas comprobaron que la construcción no era un territorio exclusivo de los hombres. Y después de tres meses de capacitación teórica y práctica, aquel curso no solo les otorgó un certificado: les abrió la puerta de acceso a la bolsa de trabajo del sindicato. Y así llegó el primer trabajo de obra: voltear a mazazos una casa familiar de dos plantas y empezar de cero. Demolición de techos y paredes, cimentación, mampostería, encofrados, descarga de camiones con bolsas de cemento de cincuenta kilos.

—Cuando llegué el primer día a esa casa la buscaba a María y no la encontraba. Pensé que no podía hacer ese trabajo y que se había arrepentido. Pero María había llegado antes que yo, estaba en la planta alta perforando la pared— interrumpe Mercedes y suelta una carcajada. 

***

María de los Ángeles está aquí sentada, en la mesa redonda de la cocina, junto a estas mujeres a las que llama compañeras. No tiene el porte de una mujer que derriba casas con una maza, salvo por un detalle que la delata: las botas y el mameluco de obra. Escucha atentamente el relato de sus compañeras mientras abraza con sus dedos largos la taza de café caliente. Espera paciente que le haga una pregunta para responder, pero en la charla se toca un tema que la obliga a interrumpir.

—El machismo está muy instalado en nuestra sociedad, incluso en muchas mujeres que te dicen: “¿Cómo vas a trabajar en una obra a tu edad?”. Mis propios hijos se sorprendieron al principio —arremete.

A sus 54 años, ostenta con orgullo su título de Maestra Mayor de Obras. Pero su mayor batalla no la libró frente a los planos ni al calcular la estructura de una losa, sino puertas adentro de su propio hogar. Se enamoró del oficio de la construcción cuando aún era una niña, observando con devoción a su abuelo mientras construía la casa con sus propias manos. Cuando terminó el secundario y tuvo que elegir, se inclinó por cumplir los deseos de su padre: comenzó a estudiar Odontología y abandonó al poco tiempo; después probó con Abogacía, pero tampoco dio resultado.

Se casó, tuvo hijos y, al igual que sus compañeras, la maternidad le pateó el tablero y puso en pausa sus proyectos de realización personal. Hizo un curso de enfermería para tener una rápida salida laboral y, cuando no había vecinos solicitando sus servicios, se ganaba la vida vendiendo comida en la calle. Hasta que un día se cansó, como se cansó su amiga Soledad. Tenía 45 años:

—Me dije: “Voy a aprender lo que siempre me gustó”. Ingresé a la Escuela Técnica N° 3, hice el bachillerato en el turno noche para adultos y me recibí de Maestra Mayor de Obras. Cuando terminé ingresé a la UOCRA, donde llevo ya cuatro años.

Cuando decidió dar el salto definitivo hacia la obra y calzarse el mameluco, la resistencia no tardó en manifestarse. Su esposo, atravesado por los prejuicios culturales, se opuso rotundamente a la idea de ver a la madre de sus hijos levantando paredes o manejando una amoladora. Para María de los Ángeles, sostener esa vocación implicó no solo imponer su deseo de autonomía económica, sino romper con un mandato histórico que confinaba a la mujer al espacio doméstico.

—Mi marido no quería saber nada. Para él era inconcebible que yo anduviera entre hombres, haciendo fuerza y en el barro. Me decía que no era un trabajo para mí —repasa sobre aquellas discusiones iniciales que soportaba con cierto aplomo. Sin embargo, lejos de dar un paso atrás, la determinación de María terminó por imponerse: —Tuve que ponerme firme y hacerle entender que esto no era un capricho; era mi profesión, mi independencia y lo que a mí me apasiona hacer.

Ya divorciada, los reproches siguen llegando a sus oídos:

—El papá de mis hijos, con quien tengo buena relación, sigue con la mentalidad cerrada de que la mujer no puede pisar una obra. Cuando mis hijos lo visitan, él les dice que me pidan que abandone este trabajo.

Una vez superada la barrera doméstica, el terreno impuso sus propias reglas. La llegada de una mujer de más de cincuenta años a un entorno laboral hegemonizado por varones despertó miradas de desconfianza y el escrutinio de quien espera el primer error para descalificar. En la obra, dice María, el machismo no siempre se manifiesta desde la violencia directa, sino en el paternalismo condescendiente o en la duda constante sobre la capacidad física de la mujer:

—Nosotras buscamos igualdad: trabajar al lado del compañero sin pedir concesiones por ser mujeres.

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El día que murió su hijo, el mundo se detuvo para Mercedes. El pequeño Ian nació con parálisis cerebral y era el segundo de tres hermanos. Mercedes tenía entonces 44 años y trabajaba en la Municipalidad haciendo una pasantía. Antes había pasado por la atención al cliente en una farmacia y por la gestión en comedores escolares. La maternidad se había cruzado en su camino durante la adolescencia: tuvo a su primer hijo a los 17 años, abandonó el secundario, lo terminó de grande y luego cursó la Tecnicatura en Administración de Empresas.

A sus 37 años, cuando nació Ian, la vida le cambió para siempre: ni bien recibió el diagnóstico médico, dejó su trabajo y dedicó cada día de los siguientes siete años al cuidado exclusivo del niño, hasta el día de su fallecimiento. El duelo la sumergió en una espiral de dolor y oscuridad que amenazaba con devorarlo todo:

—Cuando perdí a mi hijo sentí que me quedaba sin nada. Estuve mucho tiempo encerrada, haciendo el duelo, hasta que me di cuenta de que tenía que salir, que no podía quedarme a esperar que la vida pasara.

El curso de albañilería en la UOCRA, asegura, fue su terapia. En ese taller conoció a Soledad, que venía escapando de la intemperie rural, y a María de los Ángeles, que se había atrevido a desafiar los mandatos familiares:

—Agarrar la cuchara, hacer la mezcla y levantar una pared me devolvió las ganas de levantarme a la mañana. La obra me sanó.

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En la dinámica diaria de una obra en construcción existe un puesto neurálgico, un punto ciego por el que pasa absolutamente todo el ritmo del trabajo: el pañol. Desde allí se plantó Noelia González (45). Lejos de amedrentarse por la exigencia técnica, asumió la responsabilidad de custodiar, clasificar y administrar cada herramienta y material que se utiliza en el terreno.

Esposa y madre de dos hijos de 14 y 10 años, uno de ellos con diagnóstico de retraso madurativo, Noelia se la rebuscó siempre para que no les faltara nada. Terminó un curso de Agente Sanitaria pero no lograba asentarse económicamente. Como la de muchas mujeres, su trayectoria laboral estuvo marcada por la fragmentación y la informalidad: changas, trabajos domésticos mal pagos, peluquería y la incertidumbre permanente de no saber si la plata alcanzaba para llegar al último día del mes. Y ahí apareció la construcción, representándose frente a ella como la posibilidad de dar un salto. Pasar de limpiar casas a llevar el inventario de un obrador no fue solo una conquista económica, sino el ejercicio de la autoridad profesional ante sus compañeros varones:

—En el pañol tenés que saber exactamente qué necesita cada uno: desde una amoladora hasta el tipo de disco, la cantidad de bolsas de cemento o la seguridad de los cascos. Al principio, a algunos compañeros les chocaba tener que pedirle las herramientas a una mujer o que una les marcara el control del stock, pero con el tiempo entendieron que el orden del trabajo beneficia a todos.

Cuando tenía 22 años, Noelia y sus cinco hermanos les construyeron la casa a sus padres, y fue ahí donde sintió que algo de eso le atrapaba su atención. Mientras se ganaba la vida con changas, se enteró de los talleres de la UOCRA y arrancó su carrera profesional: empezó de abajo, entregando herramientas, anotando planillas, haciendo de todo un poco. Luego llegó el puesto en el pañol y ahora, cuenta, empezó el curso de operaria de maquinarias viales:

—Pasar de depender de una changa a saber que tenés un oficio en las manos cambia todo. Ya no te sentís a la deriva —sintetiza—. Saber preparar la mezcla, tirar la plomada o hacer una instalación te da una seguridad que nadie te puede sacar. Aprendés a valerte por vos misma.

A su lado, tímida, Macarena Carreras (30) sintetiza la frescura de la juventud, el recambio generacional y la consolidación de un nuevo paradigma. Macarena es parte de esa camada que no llegó a la construcción únicamente impulsada por la urgencia económica, sino como una elección de vida. Al igual que sus compañeras, tomó cursos de capacitación en la UOCRA y rápidamente fue contratada formalmente por una empresa constructora privada de la provincia.

Su experiencia, dice, no solo cambió la forma de mirarse a sí misma, sino que transformó la mirada de los vecinos de su barrio respecto al rol de la mujer en este oficio:

—Cuando me ven volver a mi casa con las botas sucias de tierra y cemento, en el barrio no ven a una mujer "improvisada", sino a una laburante calificada con trabajo formal.

Cuando habla de su trabajo, Macarena desmitifica la idea de que ser obrero de la construcción requiere únicamente fuerza física: la técnica para empuñar las herramientas, el uso de la palanca y la postura corporal son los verdaderos trucos para rendir a la par sin lesionarse:

—Cuando les conté a mis amigos que iba a trabajar en una constructora privada, con las botas de punta de acero y el casco, varios se sonrieron o pensaron que no iba a durar ni una semana. Hoy me ven salir temprano a trabajar, progresar y encarar proyectos de igual a igual con cualquier oficial albañil.

***

Ana, María de los Ángeles, Mercedes, Soledad, Macarena y Noelia coinciden en un punto: estar sindicalizadas no solo les facilitó el acceso al trabajo formal; les abrió las puertas a la militancia política, a la toma de conciencia sobre su propia condición de mujeres y obreras.

—El obrero siempre fue muy despreciado, como que no le dan su lugar, lo minimizan. Y por eso el gremio es importante, porque se encarga de controlar que los compañeros trabajen en condiciones —afirma María de los Ángeles.

Lejos de responder a los viejos clichés, la irrupción femenina en la construcción terminó por redefinir los propios códigos de la masculinidad en la construcción. Ese cambio de paradigma no solo reconfiguró la mirada de las obreras sobre sí mismas, sino que empezó a suavizar la aspereza de un entorno históricamente masculino, asociado a la dureza y la fuerza física.

Entre cemento, herramientas, carretillas y los asados de los viernes, las mujeres de la UOCRA demuestran cada día que la obra puede ser también un territorio para disputar sentidos y reconfigurar las narrativas respecto a los roles de género.

Macarena lo tiene claro:

—El uniforme de obra no me hace ver menos femenina. Al contrario, me da mucho orgullo verme vestida así. O sea, nunca pensé llegar a decir: “soy obrera”.