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A más de un siglo de su creación, la UNT se encierra sobre su propio claustro

ELECCIONES UNT 2026

La Universidad Nacional de Tucumán cumple 112 años en un momento en que la conmemoración no puede ser solo un acto ceremonial: tiene que ser una pregunta sobre el presente. La universidad que nació el 25 de mayo de 1914 con vocación federal y espíritu reformista llega a esta fecha atravesada por una crisis institucional que obliga a mirar, sin adornos, la distancia entre su legado y su funcionamiento actual.

Claustro sin ventilación ni luz natural: La sala del Consejo Superior de la UNT.





El aniversario de la UNT, en vez de bendecir automáticamente el estado de cosas, debería servir para medir cuánto de aquella promesa fundante sigue vivo. Porque una universidad pública no se honra solo con discursos, se honra cuando sus reglas se cumplen, cuando su conducción es legítima y cuando su comunidad no naturaliza la degradación institucional.

Si recordar es un acto de comprensión y creación de sentido, el pasado no es un dócil objeto de veneración: es siempre precario y transformable, y se interpreta y resignifica en función del presente. La conmemoración del 25 de mayo de 1914 no tiene valor por sí misma, lo tiene en la medida en que activa la pregunta sobre qué estamos siendo ahora.

 Una fundación con sentido

La Universidad de Tucumán fue creada en 1912, inaugurada oficialmente el 25 de mayo de 1914 y nacionalizada en 1921, en un proceso que terminó de consolidarse en 1935 con la transferencia definitiva de sus bienes a la Nación. Su historia no es la de una institución cualquiera: fue pensada desde el comienzo como una universidad moderna, regional y abierta al mundo, con una misión ligada al desarrollo del norte argentino.

El lema fundacional, Pedes in terra ad sidera visus, sigue siendo una síntesis poderosa de ese proyecto: pies en la tierra, mirada en el cielo. No era una fórmula decorativa, sino una declaración de propósito para una casa de estudios que debía producir conocimiento, formar profesionales y proyectar cultura desde una región históricamente subordinada al centralismo porteño.

Esa vocación se expresó también en su papel histórico como núcleo de expansión académica en el NOA que llegó a proyectar una ciudad universitaria en el cerro San Javier de escala continental, cuya historia de abandono y vaciamiento es una herida abierta. De sus institutos y desarrollos científicos surgieron o se fortalecieron experiencias que luego impactaron en otras universidades del interior del país, lo que vuelve todavía más grave cualquier proceso de vaciamiento, desorden o captura política de su conducción.

 El centenario incumplido

Cuando la UNT celebró su centenario en 2014, las autoridades de entonces presentaron un horizonte de "transparencia, pluralidad y democracia" y hablaron de una universidad concebida como "organismo viviente". Ese lenguaje no fue menor ya que establecía un compromiso con una institución más abierta, más participativa y más moderna.

Doce años después, la pregunta inevitable es qué quedó de aquellas promesas. La respuesta, a la luz de los hechos de 2026, es incómoda: un repertorio de consignas que convive con una estructura de poder cada vez más cerrada, más autodefensiva y más dispuesta a reinterpretar las reglas para preservar a quienes ya ejercen el mando.

La distancia entre el ideal proclamado y la práctica real no es un detalle sino, justamente, la medida del deterioro institucional. Por eso este aniversario no debería ser leído como una celebración neutra, sino como una oportunidad para revisar la coherencia entre memoria, discurso y gobierno universitario.

 La crisis electoral

El conflicto más delicado del presente universitario es la disputa por la continuidad de Sergio Pagani al frente del Rectorado. Según el cronograma institucional, la elección de rector y vicerrector debía resolverse en mayo de 2026, pero la candidatura de Pagani quedó judicialmente cuestionada por el límite de dos mandatos consecutivos.

La Cámara Federal de Tucumán dispuso en mayo de 2026 suspender esa candidatura y ordenó a la UNT abstenerse de oficializar postulaciones de autoridades que hubieran completado dos mandatos consecutivos. A partir de ahí, la institucionalidad universitaria entró en una zona de máxima tensión, porque las decisiones administrativas adoptadas después del fallo extendieron la parálisis del proceso electoral en lugar de acotar su alcance.

Ese punto es central: cuando una medida cautelar busca impedir una candidatura y la respuesta institucional es frenar todo el proceso, el efecto práctico deja de parecer neutral. En términos políticos, la pregunta no es solo qué resolvió cada organismo, sino a quién termina beneficiando la demora.

 Autonomía y poder

La UNT suele invocar la autonomía universitaria como uno de sus valores más altos y, si bien en abstracto lo es, el problema aparece cuando ésta se usa como escudo para decisiones que erosionan la propia legitimidad del sistema de gobierno interno. La autonomía no puede ser una coartada para vaciar el control ni para tensar al máximo los márgenes del estatuto.

En esta disputa, lo más grave no es solamente la candidatura en sí, sino la forma en que el proceso fue administrado. La oficialización de listas, la intervención de la Junta Electoral y las reprogramaciones sucesivas colocaron a la universidad frente a una sospecha mayor: que el árbitro no estaba logrando sostener una distancia aceptable respecto del competidor favorecido por la demora.

Aquí yace el punto neurálgico donde el problema deja de ser meramente jurídico y pasa a ser institucional, porque una universidad que no puede garantizar reglas claras en su propia elección de autoridades empieza a debilitar también la autoridad moral con la que enseña, investiga y exige rendición de cuentas afuera.

 La comunidad en silencio

Lo que ha abonado a la realidad que atraviesa la UNT en este aniversario es el silencio. No el silencio prudente, sino el silencio que permite que la crisis avance sin convertirse en conflicto político visible dentro de la propia comunidad universitaria.

Frente a todo esto, sugen las preguntas que la conmemoración obliga a formular con incomodidad: ¿dónde está la comunidad universitaria? ¿Dónde están los docentes, los no docentes, los sindicatos, los graduados y los estudiantes frente al avasallamiento sistemático de las instituciones que, en teoría, son suyas? El silencio de la mayoría de los claustros ante lo que ocurre no es neutral: es en sí mismo un hecho político que facilita lo que debería obstaculizar. No es la primera vez. Este mismo silencio acompañó durante años las investigaciones periodísticas de eltucumano.com sobre el vaciamiento de la Ciudad Universitaria de San Javier, cuya historia es un compendio de malversación, planos ocultados u omitidos, fondos desviados y responsabilidades que ninguna autoridad universitaria quiso asumir. La corrupción florece donde la comunidad mira para otro lado: no por ignorancia, sino por cálculo. El docente que no habla protege su cargo; el graduado que no pregunta evita el incómodo reconocimiento de que la institución que lo formó opera, en sus capas dirigentes, con una lógica que contradice lo que enseña en el aula.

Y ese mutismo tiene costos. Cuando la ciudadanía universitaria observa la degradación institucional sin asumir una posición pública, la pasividad se convierte en parte del problema. La defensa de la universidad pública no se agota en reclamar presupuesto: también exige defender sus procedimientos, su estatuto y su credibilidad.

La paradoja es fuerte: la misma universidad que en mayo de 2026 marchó masivamente en defensa de la educación pública aparece, al mismo tiempo, con un frente interno quebrado por la disputa por el poder. La capacidad de movilización existe; lo que falta, en este caso, es traducir esa energía en una discusión franca sobre la calidad del gobierno universitario.

Memoria y presente

Recordar a la UNT en sus 112 años no debería significar repetir una liturgia vacía. Significa preguntar si la institución que nació para ampliar horizontes sigue siendo capaz de honrar su propio lema. Significa también asumir que el prestigio histórico no inmuniza contra el desgaste interno ni contra las prácticas de poder que desmienten los valores declarados.

La marca más profunda de una universidad no es solo su fundación, sino la forma en que administra sus crisis. Y en este presente, la UNT se expone a ser recordada menos por su aniversario que por la manera en que resolvió ---o no resolvió--- un conflicto de gobernabilidad en pleno proceso electoral.

La piedra del Rectorado conserva el lema de Terán. La pregunta, ahora, es si la comunidad universitaria todavía acepta que esas palabras sigan allí como adorno, o si llega el momento de volver a tomarlas en serio