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"Ni a un perro se le hace algo así": una caja de cartón para velar a su hijo

Tristeza y bronca

Al profundo dolor de Rosa por haber perdido a su hijo el fin de semana se sumó la indignación cuando la empresa fúnebre le llevó una caja de cartón para el entierro. La tristeza, la solidaridad de los vecinos de Costanera Norte y una duda: “No sé si han querido burlarse o qué”.

Crédito: Revista Dixit.





No encuentra palabras para relatar todo lo que padeció. Rosa del Valle Abregú debe hacer un gran esfuerzo para vencer tantas lágrimas de dolor y también de indignación. El calvario de la mujer de 58 años empezó este sábado cuando descubrió que su hijo de 21 años Cristian Fabián Herrera se había quitado la vida. A esa honda tristeza que atravesaba toda su familia en el barrio Costanera Norte se sumó lo que sintió como una última humillación, tanto para el joven fallecido como para sus deudos: la empresa fúnebre no envió un féretro para realizar el sepelio, sino una caja de cartón. A la hora de buscar una explicación, no encuentran otra que el lugar donde viven y sus carencias económicas. Ahora, Rosa traga saliva para brindar su testimonio porque no quiere que otros sufran lo que ellos tuvieron que soportar. 

Según relata Rosa, Cristian llegó a su casa el sábado a la madrugada descalzo y sin su celular. Unos jóvenes le habían robado las zapatillas y el teléfono a pocas cuadras de ahí. “Él ha venido deprimido a eso de las cuatro de la mañana. Los que le han robado eran chicos del barrio que quizás se han criado con él y que aprovecharon que no se podía defender porque tenía problemas en una pierna. Se ha deprimido mucho y se ha metido en su pieza a dormir. Nunca imaginé que iba a hacer eso”, cuenta la vecina de Costanera Norte. En la tarde del domingo, cuando fue a despertarlo, encontró la llave puesta del otro lado de la puerta. Una vez que lograron abrirla, se encontró con lo peor que podía imaginar: su hijo se había quitado la vida. 

“Nosotros somos de escasos recursos y no teníamos plata para velarlo ni teníamos cómo comprarle el cajón”, confiesa Rosa que tuvo que esperar toda esa tarde la llegada de los forenses y recién a las 11 del día siguiente vino a su casa la camioneta del servicio de sepelios. Una de sus hijas había llamado a la línea de emergencia de Defensa Civil para poder contar con el ataúd para despedir a su hermano. A Cristian tuvieron que velarlo la noche del sábado en su cama a falta de féretro. Al otro día, en lugar de un ataúd, los empleados de la empresa La Nueva le llevaron una caja de cartón: “Cuando lo han bajado del furgón nos hemos dado con la gran sorpresa: No era un cajón de madera, era una caja de cartón; una caja grande que la han traído cubierta con un plástico. Ni a un animal se le puede mandar algo así. Los empleados decían que ellos no habían tenido nada que ver, que eso les habían mandado”.

No hubo cortejo fúnebre para Cristian ni un último recorrido por las calles de su barrio. “Teníamos miedo de que se desfonde la caja”, revela Rosa a quien el recuerdo de lo que vivió tras la muerte de su hijo aún la martiriza: “Nosotros no íbamos a poder pagar un cajón de 20 mil pesos, pero tampoco eso es motivo para que hagan algo así. Eso no se lo pueden hacer ni a un perro. Yo cuento lo que pasamos porque no quiero que esto le suceda a otra familia”. 

El domingo, para poder enterrar a Cristian de una forma digna, Rosa y sus hijos tuvieron que juntar 10.000 pesos entre familiares y vecinos del barrio para pagar la parcela en el Cementerio del Norte y un ataúd de madera: “No sabe por el dolor que hemos tenido que pasar cuando hemos visto que a mi hijo lo han sacado como si fuera un animal. Cuando les pedimos explicaciones, a mí hija le han dicho que era un cajón ecológico, pero no era ecológico, eso era de cartón. El chico del cementerio, como vio lo que estábamos sufriendo, nos ha ofrecido un cajón económico para que podamos enterrarlo”. 

Acaso arrepentidos por la situación que tuvo que atravesar la familia y luego de que allegados denunciaran la situación a través de las redes sociales, unos empleados de la funeraria se presentaron esta mañana en su casa para ofrecerle cambiar el ataúd de cartón por uno de manera. Y hasta se mostraron dispuestos a realizar ellos mismos la exhumación. Pero, para Rosa y los suyos, ya era demasiado tarde y nada puede ahora subsanar el dolor que les han generado. 

Por estas horas, colmadas por el dolor de la ausencia de Cristian, en la casa que comparte con su hija discapacitada, Rosa lo recuerda como un joven bueno que trabajaba en el Mercofrut hasta que, en febrero pasado sufrió un accidente. Un taxi lo chocó y lo dejó rengueando de una pierna por lo que ya no pudo volver a trabajar como lo hacía antes. “Ahora siempre lo estoy llorando. Para una madre este es el dolor más grande que puede haber”, asegura Rosa tragándose las lágrimas.

A la hora de buscar una explicación para ese episodio que no hizo otra cosa que sumar más dolor al que su familia tuvo que sufrir con la pérdida del joven, en su interior, Rosa sabe que la razón no ha sido otra que su precaria situación económica y el hecho de vivir en un barrio popular sobre el que pesa el estigma social. La mujer que ahora seca sus lágrimas se pregunta si no se ha tratado de una broma; una broma tan cruel como dolorosa: “Esto ha pasado porque somos de la Costanera y creen que acá todos son cartoneros. Yo no sé si han querido burlarse o qué. Dejo para que lo juzgue Dios a lo que han hecho”.