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Enfermar en el tercer mundo

Historias de acá

Llueve en Tucumán y en la sala de espera de un consultorio médico no hay luz ni nadie que atienda a los pacientes. La indiferencia, el maltrato y la angustia de quien debe velar por su salud contados en primera persona.

La espera en el Hospital del Este (Crédito: Instagram diegoaraozpic).




Son las 8.30 de la mañana y Tucumán se hunde, literal y metafóricamente. Ha diluviado toda la noche y las radios de los taxis y las conversaciones en los almacenes, bajo el toldo mojado, dicen que la mitad de la provincia está inundada. Los vendedores de paraguas están refugiados bajo el techo de los bancos, donde un montón de gente hace cola para reclamar algo, una vez más, y los niños piden una colaboración con la ropa empapada y las ojotas con barro.

Compro un paraguas corto y floreado a 250 pesos y me propongo caminar hasta lograr que me atienda un médico, cualquiera, que me lea la interminable lista de análisis por los que pagué $3000 hace un mes. La semana pasada lo intenté todos los días en el centro médico de mi obra social y cada vez que fui no había turno o alguien estaba de vacaciones, había tenido que retirarse antes o estaba fuera de horario. El día uno se entiende, el dos se tolera, el tres se enloquece y, aun así, no puedo dejar de preguntarme, por suerte, qué será de todas las personas que padecen en sus cuerpos afecciones brutales y tienen que dormir en hospitales para que les den un turno, para programar otro turno, para hacerse un estudio que, tal vez, arroje una respuesta y un relativo alivio. En ese intervalo, la vida, que se vuelve poquita cosa frente a la hostilidad de un mundo para el que las personas son un número que hay que reducir.

Entro al centro Marchese, en la Chacabuco, entre 24 de septiembre y Crisóstomo. La lluvia es ahora fina pero incesante y corre un aire frío que no se condice con la tortuosa jornada de ayer. Hay alrededor de veinte personas sentadas en silencio y en el edificio no hay luz desde la madrugada. Camino hasta la recepción, un poco avergonzada porque todos me observan con curiosidad. Agradezco a las penumbras que no se me note el rubor en la cara; la burocracia de la salud tiene algo perverso y es que te hace sentir una molestia cuando estás vulnerable, se regocija en tu malestar y erige en torno tuyo un aura de dependencia, te pone un cartel de deudor en la frente y te expone en la vidriera de la indignidad.

-No hay luz en toda la manzana. La tormenta rompió algo.
-¿No están atendiendo entonces? Necesito ver al endocrinólogo, la semana pasada me dijeron que hoy venía.
- Está de vacaciones.
- ¿Y el dermatólogo? Ahí dice que está los martes a las 11.
- Los turnos se dan media hora antes.
- ¿A las 10.30, entonces?
- Ajá.

Los monosílabos, los atajos, las omisiones, las onomatopeyas, los gestos indiferentes, la conversación con otros empleados sobre el último corte de pelo de Delfi Ferrari, mientras preguntás algo importante, todos esos, significantes agresivos que urden el folclore de la violencia social. Mientras menos recursos tiene alguien, más funcionan estos principios, pero nunca aprendimos proporciones matemáticas con estos ejemplos.

La gente parece anestesiada. Se escucha toser a una señora con voz de fumadora crónica y a su lado una joven carraspea, molesta por el exabrupto.

Salgo y pienso que la obra social suele no servirme para nada y, pese a eso, agradezco tener, aunque sea la esperanza de que en algún momento alguien me va a atender. Me acuerdo de un texto que me encanta y que siempre les hago leer a mis estudiantes. Se llama "La calle sin adoquinar" y es de Roberto Artl: “Alguien vive en un mundo precario, sin pavimento ni insumos básicos en las afueras de Buenos Aires, a principios del S XX. Sin embargo, en su corazón se agazapa una ilusión. Si bien los adoquines están muy lejos de su cuadra, el cálculo le dice que, como están adoquinando a unos pocos kilómetros de distancia, quizás, con suerte, en cincuenta años, le pavimenten su propia calle”. El absurdo es parte de nuestro ADN casi tanto como la espera. Si se vive en Latinoamérica, la norma dice que a ese sentir trágico de la vida hay que multiplicarlo por dos y si se nace pobre, mejor no pensar en eso, para no deprimirse.

Tengo que hacer tiempo y evito volver a mi casa porque si me pongo cómoda y pienso en la lluvia y la desazón del afuera, el espacio me va a chupar y buscaré alguna excusa para no salir. Camino y estreno el paraguas. Sé que los análisis están mojados, pero intento no preocuparme por eso. La tormenta es el tema del día, así que no necesito explicar nada.

Pago una factura del Gas de 700 pesos y me quedo en una galería, mirando ropa de bebés, que es lo único que venden. Me siento estúpida porque no tengo hijos ni ganas de tenerlos ni plata para pensar en la idea ni egoísmo suficiente para olvidarme de qué mundo es éste. Me siento en un café y pido un cortado, lo tomo despacio, me dejo estar en la espera. Pienso en que el año pasado tuve un cuadro de deshidratación y una amiga me llevó al Hospital Padilla porque había vomitado cuatro veces en una hora. Llegué a las 23 y me atendieron a las 3 de la mañana. Una enfermera me puso un suero y me dijo que esperara en el pasillo porque la sala era para las emergencias. Lo que el sistema de salud argentino considera una emergencia es un tiro en el corazón, un desmembramiento o una fractura expuesta de cráneo. Los dolores cotidianos de la gente son vistos como una exageración, sobre todo si esos dolores están vinculados a problemas ginecológicos, de salud sexual y/o reproductiva u odontológicos, que en cualquier obra social catalogan como "consultas estéticas", aunque tengas un encapsulamiento con pus y sangre y un pedido de extracción de muela del juicio.  Antes de dejar la guardia e ir a esperar tres horas en una butaca plástica del hospital, con mi suero y mis ganas de llorar, una doctora "bromeó" sobre amputarle la pierna a un hombre de 150 kilos con diabetes y las extremidades inferiores hinchadas y con edemas. En ese momento, anhelé un fin del mundo que purgara esta humanidad maligna que ya no queremos ser, como dice la escritora Susy Shock.

Termino mi café, camino hasta el centro médico y abro la puerta a las 10.25. La misma gente, con la misma cara, y la luz no ha vuelto. Le pregunto al mismo tipo que me contestó mal a la mañana si podía anotarme para el dermatólogo, que eso me había dicho más temprano.

-Mirá, chiquita, el doctor te va a atender cuando vuelva la luz. O qué no ves que no puedo anotar a nadie en el sistema.

Chiquita. Expresión que reduce a una mujer a una condición infantil en la que no sabe lo que dice ni lo que quiere. 
Palabra que suelen usar los viejos y las viejas machistas que han crecido con la falsa idea de que la acumulación de años les otorga algún tipo de sabiduría ancestral de la que están muy lejos. Sonido impune de aquellos que tienen frescas las jerarquías y cuando dejaron de ser "chiquitos" para los opresores mayores, empezaron, inmediatamente, a tildar a otros (a otras, sobre todo) de esa manera tan despreciable. Pienso que chiquitas serían sus pelotas y me regocijo ante el parecido de este hombre espantoso con un periodista tucumano feo y de derecha, que sale por televisión a la mañana y que invita a Bussi a su programa varias veces al año. " A mí me tratás bien o te demando en la casa central". El silencio sigue intacto y justo cuando abandono el lugar con hartazgo y la idea de que yo no pedí nacer, me parece que la gente ha muerto y no se ha enterado o que de tanto abrirnos el umbral del dolor propio, el ajeno nos parece un suspiro torpe bajo una lluvia que no lava nada ni cura ninguna herida.

*Priscilla Hill es docente y poeta.