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Luis Sampieri: "lo esencial no está en los ojos, sino en la mirada"

Entrevista

El cineasta tucumano estrena Indómita luz, el conmovedor documental que retrata la vida de Antu, una niña que nació sin ojos y recorre los pueblos del interior profundo del país junto a sus padres. Un viaje poético a la infancia y a una sensibilidad sin límites: “sentí de inmediato que había algo trascendente en su forma de vivir”. Por Exequiel Svetliza.





“Viajar es útil, ejercita la imaginación. Todo lo demás es desilusión y fatiga. Nuestro viaje es enteramente imaginario. Ahí reside su fuerza”, escribe Louis-Ferdinand Céline en una de sus novelas. El recorrido que propone Indómita luz, el último documental del cineasta tucumano Luis Sampieri, conjuga la vitalidad imaginativa de un viaje poético a la infancia con una sensibilidad conmovedora que trasciende los límites de nuestros sentidos. El film retrata la singular vida de Antu, una niña que nació sin ojos y que recorre pequeños pueblos del norte del país a bordo de un motorhome junto a su madre y su padre, Lana y Santiago. En cada población donde desembarca, la familia nómade despliega un cine móvil. Mientras las plazas de los pueblos se iluminan con esa experiencia comunitaria, Antu recrea las escenas de las películas a través del relato que le hace su madre. El documental expone la intimidad del vínculo de la niña no sólo con el mundo que la rodea, sino también con todo un prolífico universo donde caben el cine, la música y la fantasía como formas de una percepción absoluta y maravillosa. 

“A Antu la conocí hace unos diez años en la casa de unos amigos músicos cerca de Catamarca. Ella tenía apenas dos años. Sus padres, Lana y Santiago, andaban viajando en un camión adaptado llevando el cine a los rincones más aislados. Cuando Antu tuvo tres o cuatro años, les propuse formalmente hacer una película. Me decidí a contar su historia porque sentí de inmediato que había algo trascendente en su forma de vivir. Ella nació con anoftalmía bilateral, es decir, sin sus ojos. Sin embargo, la película no se para desde la carencia o el golpe bajo, sino desde su inmensa curiosidad por descubrir el entorno. Quería retratar cómo ella se apropia del mundo y de las películas a través de los otros sentidos, imaginando las historias que los demás vemos y que creemos que ella no ve”, relata el cineasta tucumano cómo se gestó el proyecto documental que demandó más de cinco años de trabajo.

Una de las escenas de Indómita luz. 

Director de películas como Cabecita rubia (2001), Fin (2010) y La hija (2016) y de documentales como Señales de humo (2020), Samperi cuenta con una extensa trayectoria y distintos galardones a lo largo de su carrera. Esta última obra no sólo supuso el desafío estético de plasmar el maravilloso universo de Antu, sino también un arduo trabajo de registro documental que le permitió retratar la intimidad de la vida familiar a bordo del motorhome. El tucumano presentará Indómita luz el martes 10 de noviembre, en el marco del 41ª Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Mientras que en Tucumán la película, que ya obtuvo el premio al mejor largometraje documental en el Festival Internacional de Cinema en Català, podrá verse en el Espacio INCAA Hynes O’Connor (San Martín 251) el jueves 12, viernes 13 y sábado 14 de noviembre a las 20. 

 

- ¿Cuáles fueron los principales desafíos a la hora de encarar este proyecto?

- El mayor desafío en principio era puramente conceptual y formal: cómo filmar el punto de vista de alguien que no ve. Pero eso se derribó automáticamente el primer día de rodaje. Tuvimos que salir de nuestros propios espacios de confort estéticos y dejarnos llevar por Antu, por el juego que proponía permanentemente. Ella, en un momento de la película, dice: “La vida sin juego no es nada” y creo que allí radica gran parte del alma de Indómita Luz. 

Todos los proyectos tienen sus dificultades, pero eso hace a la gracia del cine. Si bien mis películas anteriores tienen un viaje en auto o la presencia de viajar está muy presente, son historias asociadas a realidades tal vez más ásperas o distantes del mundo infantil, como en Cabecita Rubia o Fin. Indómita luz muta constantemente entre el documental y ciertos códigos de la ficción para capturar un universo poético y salvaje a la vez. Me fascina que lo salvaje invada el territorio del intelecto y, en ese sentido, en todo el metraje del film, la niña da muestras claras de rebelarse ante un mundo tan acartonado que siempre le pone rótulo a las cosas. Ella no se siente ciega, por empezar, ella se siente parte de un mundo mucho más amplio del que ven en apariencia nuestros ojos.

A nivel logístico, fue un rodaje itinerante y extenso que nos llevó más de cinco años por rutas y pueblos de Salta, Jujuy, Catamarca, Tucumán, Córdoba y Santiago del Estero (en Argentina). Más los rodajes en España que fueron en Barcelona, Molló y Olot. Había que sostener una enorme sensibilidad técnica para registrar la intimidad de esa familia a bordo del camión sin invadir su espacio, haciendo que el equipo de rodaje se volviera parte de su propia dinámica nómade. Eso se logró con mucho tiempo de preparación y espera.

Sampieri durante el rodaje del documental. 

- ¿Qué aprendiste con este trabajo?

- Aprendí a escuchar el cine de otra manera y a entender que lo esencial no está en los ojos, sino en la mirada. Antu nos dio una lección de vitalidad y de percepción sensorial absoluta. Ver cómo reconstruye en su mente las películas, escena por escena, mientras su madre se las susurra al oído, te desarma por completo como cineasta. Me hizo comprender que los prejuicios sobre la discapacidad son nuestros, de los espectadores. Ella se vincula estrechamente con la naturaleza, con la música y el sonido desde un lugar libre de ataduras.

 

-Hay un diálogo y contraste constante entre el mundo infantil y el mundo de los adultos. ¿Cómo conviven ambos universos en la película?

-Conviven a través de un viaje poético hacia la infancia, ese momento vital único donde intentamos comprender el entorno y encontrar nuestro lugar. El universo adulto de los padres está marcado por el esfuerzo, el manejo del camión, el bilingüismo entre el castellano y el catalán, y la tozudez de sostener ese estilo de vida libre en las rutas. El mundo de Antu, en cambio, procesa esa realidad desde el juego, el sonido y las sensaciones. Ambos universos se entrelazan mediante la complicidad absoluta: el camión funciona como un caparazón donde el amor de los padres es el puente que traduce el mundo exterior para que ella lo asimile y crezca

Antu, la protagonista de Indómita luz. 

-Una parte del documental muestra el contexto sociopolítico de la Argentina. ¿Cómo dialoga ese registro con el relato intimista de la protagonista?

-Dialoga de una manera inevitable porque el cine itinerante te obliga a chocar de frente con la realidad del territorio. El viaje cruza pequeños pueblos olvidados y comunidades rurales del norte del país. Mientras la experiencia de Antu es profundamente íntima y sensitiva, el entorno nos muestra las carencias y el aislamiento de esos lugares a los que ellos llegan a proyectar películas. El registro social no busca imponerse sobre la poesía de la niñez, sino servir como un espejo: expone la crudeza del contexto, pero resalta cómo un simple camión con un proyector es capaz de transformar realidades enteras a través de la magia del arte.

Cuando llegamos a un pequeño pueblo en Córdoba, en San José de las Salinas, había solo tres personas sentadas en el banco de la entrada al pueblo. Literalmente, no había casi nadie. De repente, apareció un hombre con un teléfono celular en la mano dirigiéndose a mi de manera inquisidora. Me pregunta: “¿Usted es el director?” Y comienza a mostrarme la filmación de un ovni que él había hecho en las salinas. Fue una escena increíble en medio de la nada y de allí surgió esa escena de la película donde la niña les discute a los padres la posibilidad de presencia de seres en otros planetas. 

 

-¿Cómo describirías el momento actual del cine argentino? ¿Qué pueden aportar historias como la del documental en un contexto como el actual?

-El momento actual es sumamente complejo, crítico y de mucha incertidumbre para las producciones debido a los recortes y al desfinanciamiento. Y para los científicos, discapacitados, universitarios, empresarios, obreros y todo aquél que no comulgue con el clero de la necedad. Horrible. Como sociedad está bien cuestionarnos y llegar a puntos de discusión y de debate, pero esta enajenación del insulto, este desprecio por el diferente y este menosprecio por el ser y la naturaleza nos está llevando a un camino peligroso de destrucción en todos los sentidos… humanos, económicos, de vínculos sociales y en donde las redes manipulan cualquier información generando turbas de imbéciles con micrófono.

A nosotros nos tomó años concretar la película. Aprobamos el guion en el INCAA allá por 2020 y pudimos rodar a partir de 2022 gracias a recursos de mi productora Cine Huasi y a que sumamos una coproducción con España y el apoyo de instituciones catalanas.

Antu y su familia durante la proyección del documental en España. 

En un panorama tan adverso, historias como Indómita luz aportan justamente resistencia, descentralización y memoria. Nos recuerdan por qué hacemos cine. Llevar películas a comunidades rurales demuestra que el arte es un derecho fundamental y una herramienta de conexión humana, no un simple producto de mercado. Demuestra que nuestro cine sigue vivo, viajando, y que todavía tiene la capacidad de hacernos mirar el mundo desde una sensibilidad totalmente distinta. 

Mirá el tráiler del documental: