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Cruzar el río en esta tempestad

OPINIÓN

¿Será que la vida nos corre siempre la orilla un poco más allá? Un tributo a Julio Coronel, nadador de aguas abiertas del periodismo tucumano y el mejor de los nuestros. Por Exequiel Svetliza.

La Ola, Ivan Aivazovsky, 1889, óleo sobre lienzo.


A la memoria de Julio Coronel
 

Cuando devino la pandemia de Covid, la muerte se nos volvió de una familiaridad apabullante. Pasó demasiado pronto de ser un conteo que crecía día a día en los diarios a convertirse en el rostro reconocible de algún pariente, un vecino, un amigo. En esos tiempos de angustia y de incertidumbre, me aferré a la idea de que eso que nos tocaba vivir era como un río caudaloso que había que cruzar. Había que llegar a la otra orilla, todos juntos, con la gente querida a salvo. Después habría tiempo de comprobar quién la había pegado en la tómbola de las profecías, si aquellos que auguraban un mundo mejor del otro lado o los que vaticinaban un apocalipsis en ciernes. Urgía surcar el río crecido por la tempestad de nuestra era. El Covid pasó –porque “Todo pasa”, como reza el anillo de Julio Grondona- y cuando pude sacar la cabeza del agua, miré a los costados y había perdido a mi padre, a mi ídolo y a un amigo entrañable. Y si miraba al frente tampoco podía vislumbrar en el horizonte una orilla adónde llegar. Será que nadando erramos el camino. Será que cebamos demasiado el río con nuestros sudores y lágrimas. Será que la tormenta nunca dejó de flotar sobre nosotros. Será que la vida nos corre siempre la orilla un poco más allá. 

Pasó una pandemia y llegó otra donde el naufragio autoinfligido nos exige el sacrificio de seguir remando hacía una tierra prometida que siempre está más allá, fuera de nuestro alcance. Mientras, hay que redoblar esfuerzos para mantenerse a flote y que no nos tape el agua. Sumar trabajos, yapar sueldos, buscarse changas, monetizar cada hora, raspar el fondo de la olla de nuestra vitalidad en cada brazada. La respuesta a la pregunta del presidente respecto de cómo llegan con vida a fin de mes aquellos que agotan sus ingresos el día 20 puede encontrarse tal vez en indicadores económicos como el elevado nivel de endeudamiento de las familias o los índices históricos de morosidad, pero hay una respuesta ajena a la lógica descorazonada del mercado; una repuesta más profunda, existencial y humana: el verdadero costo se mide en el tiempo que dejamos de compartir con los nuestros. Son palabras de amor que no alcanzamos a decir, caricias que se pierden en el trajín irrefrenable de los días, abrazos que no damos. Y que quizás ya no alcancemos a dar. 

Las olas de la tormenta tienden a desparramarnos en este mar de penurias. En nuestro afán de preservación, cada quien nada librado a su propia suerte en busca de una costa que se desdibuja en el horizonte como un espejismo. Remamos sin saber bien adónde vamos y, en ese esfuerzo que nos demanda vivir, olvidamos una verdad lacerante: cuando asomemos la cabeza para volver a respirar puede que alguno de los nuestros ya no esté más ahí. 

El jueves, con 46 años, nos dejó Julio Coronel y el periodismo tucumano perdió a un gran baluarte. Julio era un nadador de aguas abiertas del oficio. Un remador inagotable que forjó su carrera a base de talento, convicciones férreas y mucho esfuerzo. Pateó redacciones abriéndose paso por medios de todo tipo -en tiempos donde sostener proyectos periodísticos alternativos en Tucumán era una patriada- y nunca dejó de confiar en el valor de la palabra ni de ejercer una tarea que suele ofrecer más fatigas que premios en la boleta de sueldo (en el honroso caso de que haya una). Hace ya un muy buen puñado de años, conocí la obra del maestro polaco del periodismo Ryszard Kapuściński a través de un librito que me regaló Julio: “La guerra del fútbol”. Kapuściński, a quien Gabriel García Márquez admiraba con devoción, decía que, para ser periodista, ante todo, había que ser una buena persona. Y Julio estaba muy sobrado en la materia. Acaso en el voraz universo de los medios esa sea la excepción antes que la regla y él fue la más extraordinaria de las excepciones. 

Quienes tuvimos el privilegio y el placer de conocer a Julio Coronel perdimos muchísimo más: perdimos a un amigo leal, a un hombre tierno y noble, a un ser de una calidez humana inagotable capaz de irradiar felicidad entre quienes lo rodeaban. Perdimos a un gran artista de la conversación que, aun en esa prodigiosa y fascinante verborragia que lo distinguía, nunca perdía la capacidad de escuchar al otro y de conmoverse junto a los demás. Perdimos a un tipo adorable al que solo podemos recodar con una sonrisa a prueba de tempestades. Sonrisa bálsamo, sonrisa abrigo, sonrisa faro. Julio es de los que no te dejan a gamba, de los que te tienden una mano cuando la necesitás, de los que nunca van a dejar que te hundas. Digo es porque su legado entre nosotros es imperecedero. Julio, un bastión de bondad en tiempos crueles. Julio, el mejor de los nuestros.

Entre lágrimas, risas y recuerdos despedimos a Julio hace unos días. La empresa para la que trabajó con empeño durante más de 15 años no mandó ni un clavel en su memoria. 

En la mitología griega, Caronte es el viejo balsero encargado de hacer cruzar las almas al más allá a través del río Estigia. El flete al Hades se hacía a cambio de unas monedas que los deudos colocaban en la boca o sobre los ojos del difunto (la precarización no empezó con Uber, evidentemente). En este país hace rato que no existen las monedas y Caronte no acepta Mercado Pago. Sin embargo, con Julio, el viejo arisco hará una excepción y, en su afán de que el viaje sea más divertido, lo llevará por el sólo placer de la charla. Aún a riesgo de terminar aturdido. Esa misma charla con que Julio alegró nuestros días mientras anduvo por acá y a la que volveremos para recordarlo siempre con una sonrisa cuando se nos cansen los brazos de tanto remar en la tormenta de nuestros días. 

Buen viaje, amigo querido.