"La literatura sabe entender el valor que hay en lo inútil y en el fracaso"
Tucumán, el lenguaje y la necesidad de inventar nuevas formas de pensar el presente y de imaginar el futuro. El poeta Marco Rossi Peralta habla de su último libro, la militancia, el poder de las palabras y el karma de vivir al norte: “Necesitamos conversaciones más interesantes”. Por Exequiel Svetliza.
Marco Rossi Peralta, un poeta que tiene algo para decir.
Puede que la voz de Marco Rossi Peralta a veces suene con la levedad de un susurro, pero lo que dice siempre tiene la potencia de quien sopesa cada palabra. Marco sabe, por ejemplo, que no es lo mismo estar enojado que estar empingado. Y aunque los policías del lenguaje pongan el grito en el cielo y levanten el dedito acusatorio para decir que ese lenguaje carece de dignidad poética, el trabajo del poeta es, justamente, auscultar el murmullo secreto de las palabras para descubrir sus matices y entender que en ese empingue está el síntoma inequívoco del aquí y del ahora. Pero en Marco el empingue no es sólo bronca o hartazgo impotente, sino también el germen de un optimismo revolucionario: en el lenguaje está cifrada la posibilidad de entender este presente y las claves para imaginar un futuro. “Ladrillos para la casa que quisimos construir”, su último libro, levanta los cimientos de esa convicción con una firmeza que ni la furia de estos tiempos huracanados logra voltear. “Todos necesitamos nuevas maneras de pensar”, reflexiona el poeta mientras sigue buscando las palabras para pensar y decir justo ahí donde lo personal se cruza con lo social y lo político.
Marco Rossi Peralta asegura que su último libro puede leerse como un libro sobre la vida en Tucumán. No sólo por el empingue y el culiao que se cuelan en las estrofas, sino también por la nostalgia del antiguo Mercado del Norte y por la fascinante virulencia de este lugar que decide habitar y retratar con su poesía. “El libro tiene cuatro secciones: Definiciones, Ideas sobre el cine, Retrato de una generación y Diario del desempleo y el trabajo. Cada una podría haber sido un libro distinto, pero fue un acierto del editor de Invikta, Nacho Jurao, encontrar un hilo común, que se seleccione lo más relevante y que sea un único libro. Eso es importante cuando uno escribe, no hablar de más, los buenos editores ayudan”, explica acerca de cómo se ordena el microcosmos de “Ladrillos para la casa que quisimos construir”.

-En los poemas se cruzan sucesos personales, sociales y políticos ¿Qué lugar tiene Tucumán en el libro?
-Importante, porque a veces el suceso personal, social y político es el mismo. Y cuando escribo ese cruce me interesa mucho. En un momento, por ejemplo, se habla del cierre del Mercado del Norte, a mí me trajo un montón de recuerdos y necesité escribir sobre eso. Y es una escritura muy personal, que habla hasta de mi infancia, pero es social, no me pasó sólo a mí. Y es tan política la decisión de cerrarlo como la nostalgia y el enojo que nos generó. En ese sentido, puede leerse como un libro sobre la vida en Tucumán.
-Un poema lleva por título “Qué culiao” y en otros se repite la palabra pingo, expresiones muy tucumanas, pero a la vez bastante estigmatizadas ¿Cuál es tu mirada respecto del habla popular de la provincia y cómo trabaja tu poética con ese lenguaje?
-En este libro no hice un juego con la repetición de palabras tucumanas o algo por el estilo, que sí, están estigmatizadas, injustamente. Simplemente, aparecen cuando sirven para expresar o comunicar lo que el poema necesita. Como aparecen en mi forma de hablar cuando las necesito. Imaginate estar indignado y que te hayas olvidado de cómo se dice “estoy empingado”, bueno, hay pocas expresiones que comuniquen ese tipo de enojo, que creo se mezcla con el hartazgo o el agotamiento. Se parece a decir estoy hasta acá, pero no es lo mismo. Uso la lengua tucumana simplemente por necesidad, porque es la mejor manera de comunicar mi experiencia, que es la de una persona que creció en este territorio, con su gente y con su cultura. Y soy feliz de haber crecido en Tucumán, de lo que he podido conocer, es de los mejores lugares del mundo, no viviría en otro lado. Parte de eso es por la cultura y la lengua que tenemos, de la que disfruto y me identifica.
-Una de las partes del libro se llama retrato de una generación y uno de los poemas dice: “Antes, las caretas/ eran de felicidad/o descontrol/ahora nuestra generación/trata de que su tristeza/cotice en el mercado” ¿Cómo ves a tu generación y a las nuevas generaciones? ¿Hay lugar para la utopía y la esperanza o está todo perdido?
-Veo que mi generación a veces cae en un tono derrotista. Es más difícil para mi generación tener un trabajo digno, estudiar, independizarse, proyectar una casa propia, mantener hijos, todo eso es cierto. Y muchas veces esos logros, cuando llegan, llegan tarde según la expectativa social y eso te puede romper la autoestima. ¿Cómo que tenés tal edad y no hiciste tal cosa? Pero no veo que la tendencia general sea quedarse llorando por la leche derramada, cada quien trata de darse vuelta como puede y admiro eso. Algunos, además, seguimos eligiendo creer que hay cosas que se pueden cambiar y militamos para eso.
A las generaciones que siguen, los que están en sus 20 por ejemplo, los veo más despiertos en algunas cosas, pero demasiado exigidos en construir su imagen social desde muy chicos. Lamento eso, nosotros todavía pudimos pasar la juventud sin estar tan expuestos al escrutinio público de la productividad. Veo a los pibes sintiéndose obligados a vender sus vidas como historias de éxito y triunfo estético permanentemente. Hay que revisar qué valores está pidiéndole a la juventud el sistema en el que vivimos. Todos estamos llamados al individualismo y la competencia en esta sociedad, pero veo que cada vez más tempranamente y me parece una lástima, ojalá puedan desarrollarse con más libertad. La literatura sabe mucho de entender el valor que hay en lo inútil y en el fracaso, eso es importante.
-En uno de los textos asegurás que en el lenguaje todavía queda mucho por hacer ¿Qué falta por hacer y que quizás habría que dejar de hacer?
-El lenguaje y el pensamiento son lo mismo. Hay mucho por pensar, en el mundo hay guerra, explotación laboral, exclusión y pobreza. Y pareciera que no hay nada que hacer. Bueno, hay que comenzar a imaginar. ¿Cómo sería una Argentina distinta? Ese es un trabajo para el lenguaje, a mí la preocupación formal por la lengua nunca me interesó. Eso sí habría que dejar de hacer, dejar de preocuparse por si está bien dicho o bien escrito y prestar más atención a lo que estamos diciendo. Necesitamos conversaciones más interesantes, principalmente sobre el futuro de nuestro país. ¿A dónde vamos a ir cuando termine este ciclo de decadencia? El liberalismo es un fracaso, eso ya lo sabemos, hay que pensar qué viene después.
-Además de poeta sos militante ¿cómo se proyecta y se construye un futuro a partir de este presente de crisis?
-Colectivamente, cada quien tiene que pensar y proponer desde el lugar que conoce y desde el saber que tiene. Van a dejar un desastre muy difícil de gestionar, para proyectar hará falta creatividad, pero cada quien tiene que animarse a levantar la mano y hacer su parte. No hay otra cosa. Y para eso hay que tener ámbitos de discusión y organización política. El que le guste a cada quien. Yo milito en Patria Grande. Cada persona que quiera participar de cómo se decide el futuro tiene que organizarse, puede ser en cualquier otro espacio, sólo y en su casa seguro que no.
-Para qué crees que sirve la poesía en un contexto sociopolítico como el actual
-En el norte y en Tucumán la poesía siempre ha servido para juntarnos a escucharnos. En Tucumán hay cada vez más lugares para escuchar poesía y siempre los hubo, es una suerte que tenemos y yo la disfruto mucho. Eso ya es un valor. También tenemos el lujo de poder leer nuestra cultura en nuestra literatura con grandes editoriales tucumanas como Invikta, Aguacero, La Papa, entre varias otras, que hacen libros increíbles.
Además, la poesía es una relación creativa con el lenguaje y, por lo tanto, con el pensamiento. Y todos necesitamos a veces nuevas maneras de decir para poder entender o expresar lo que ya sentimos, pero sigue inconsciente en nosotros. Y todos necesitamos también nuevas maneras de pensar. En el mejor de los casos, la poesía es un laboratorio para eso. Un laboratorio muy divertido, en el que la mayoría de los experimentos salen mal, pero en el que, cada tanto, algo sucede, y vale la pena estar ahí para verlo.








