La utopía ya llegó hace rato: cómo imaginan el futuro los tucumanos
En un presente en crisis permanente donde la humanidad parece amenazada y al borde del colapso, proyectar un mundo mejor en el futuro se ha vuelto casi imposible. Poetas, docentes, estudiantes y expertos en filosofía toman la posta y se animan a edificar la utopía desde Tucumán. Por Exequiel Svetliza
Obra "Una flor también es semilla, tierra, lluvia, tiempo, vida y muerte" de Alejandro Pasquale.
La escena transcurre semanas atrás en una escuela secundaria de Tucumán durante la clase de Literatura. La tarea que les había dado la profesora implicaba un desafío creativo: escribir un relato donde un yo del futuro se presentaba ahora, en el presente, con una revelación acerca del devenir. Desde uno de los pupitres, entre tímida y culposa, una alumna le hace una seña a la docente. Al acercarse, como un susurro, la profe escucha una confesión que todavía la conmueve:
-Yo no lo hice porque no puedo imaginarme el futuro de ninguna manera. No me veo con 20 años… no sé si llego.
La profesora la anima y le dice que ella la va a ayudar con la consigna, pero esa dificultad para imaginar abre un precipicio aterrador: ¿Por qué a una adolescente de 14 años le cuesta tanto proyectar un futuro cuando aún tiene toda la vida por delante? ¿Qué síntomas del presente actúan como barreras del porvenir? ¿Cómo pensar la utopía de un mundo mejor en este tiempo distópico? ¿No compartimos todos un poco de ese desconcierto que expresa la joven estudiante? Escritores, docentes, investigadores y militantes estudiantiles de la provincia se animan a lo que hoy parece imposible: imaginar el futuro.
La idea de que no existe un futuro no es nueva, ya la habían postulado a fines de los setenta los Sex Pistols en los versos rabiosos de la canción “God sabe the queen”. De hecho, la premisa “no future” se terminaría convirtiendo en el grito de guerra del movimiento punk británico que floreció en aquellos años de desencanto. Una década después y por estas latitudes, Los Redondos nos anunciaban que el futuro ya había llegado hace rato, pero llegó como no lo esperábamos. ¿Qué podría ser peor? Se pregunta el Indio Solari y a la respuesta quizás convenga buscarla en nuestros días. La cineasta salteña Lucrecia Martel hace rato viene insistiendo en la idea de que muchos de los sucesos más pavorosos de nuestra actualidad (la deshumanización de las personas, la alienación que producen las nuevas tecnologías, la rebelión de las máquinas contra los humanos, entre tantos etcéteras) fueron imaginados por los escritores de ciencia ficción del siglo pasado: “Estamos en el futuro que imaginaron los humanos del siglo XX. Frente a esta constatación, hay un sentimiento de resignación... Hay una resignación porque como especie no nos vemos en la foto del futuro. Como especie es claro que vamos hacia el abismo”. Esa profecía autocumplida de una humanidad que genera las condiciones de su propia destrucción se ajusta al concepto de hiperstición propuesto por el filósofo inglés Nick Land. La hiperstición se trata, básicamente, de una serie de ideas y de discursos –muchas de ellas distópicas y apocalípticas- que, puestas a circular, modifican la conducta humana hasta que, con el tiempo, logran materializarse en la realidad.
Pero Martel no se queda en el pesimismo impotente, sino que propone una fórmula redentora: inventar un futuro que nos guste. Para la cineasta, los artistas –no sólo ellos, pero sobre todo ellos- tienen la responsabilidad de inventar un futuro que no se reduzca a la proyección de un apocalipsis tecnológico. Ahí es justamente donde aparecen las utopías como la posibilidad de imaginar un mundo alternativo con una sociedad ideal, pacífica y armónica; tal como lo proyectó Tomás Moro en 1516 al imaginar una isla ficticia con un sistema político perfecto. De hecho, los tecnomagnates hace tiempo han empezado a diseñar sus propias utopías, ya sea en otros planetas, como es el caso de Elon Musk. O bien, al igual que Moro, en una isla donde no rijan las leyes de los Estados modernos; como es el caso de Próspera, la ciudad financiada por Peter Thiel en la isla de Roatán, Honduras. Claro que se trata de utopías vips no aptas para secos ¿Qué nos queda entonces al resto de los mortales que no estamos invitados a la fiestita de los dueños del planeta? Fantasear con el mundo de nuestros sueños. Imaginar lo que no existe como una forma de avanzar hacia un futuro más prometedor, tal como propone Eduardo Galeano: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”.
Punto de partida: el presente
Para poder avanzar en el laxo terreno de un futuro con ambiciones utópicas, antes que nada, hay que hacer un buen diagnóstico del presente. Saber dónde estamos parados como condición para arrojarnos a lo desconocido.
“Todo es un horror. A veces no sé cómo hacemos para vivir en un país tan caro con sueldos tan pobres. Ya es sabido que muchísimos jóvenes no tendremos acceso a la propiedad. Que el pluriempleo seguirá quitándonos horas de vida. Que las corporaciones reinarán sobre la autonomía de los países. Pero me gustaría empezar diciendo también que no creo que haya existido jamás un presente pleno. Creo que todas las épocas tuvieron sus propias dificultades, sus monstruos y sus maneras más o menos eficaces de enfrentarlos”, comenta el poeta, traductor y editor tucumano de 26 años Pablo Romero.
“Vivimos en un tiempo lleno de horrores, como todos los que nos precedieron. La diferencia es que tenemos que inventar nuevas formas de reconocerlos y combatirlos, y eso siempre exige herramientas que antes no teníamos. Mi diagnóstico es que estamos demasiado cansados para buscarlas hoy. Que todas las políticas parecen operar a favor de dejarnos cada vez más solos. Más rotos. Pero es el desafío que nos toca. Antes hubo otros desafíos igual de novedosos para sus respectivas épocas”, agrega.
Para la escritora, investigadora y docente de 35 años Priscilla Hill, el malestar ante el presente es contingente: “Mi diagnóstico del presente varía de acuerdo a qué tanto deje que se me aloje en el estado de ánimo lo terrible del mundo que nos rodea. Hay días en los que siento que nada tiene remedio y el mundo va inevitablemente hacia la destrucción porque no somos capaces de detener esta maquinaria infernal que nos explota, nos entristece, nos aleja de lo importante que son las otras personas. Siento que vivimos en un estado de malestar que a menudo elegimos porque delegamos todo nuestro poder en manos de un par de seres siniestros que desde el tecnocapitalismo nos reducen al margen de la vida”.
“Cuando el mundo se pone oscuro/se pone tenso, todo mal / por el mundo yo no me dejo desanimar”, canta Fito Páez. En sintonía con el rosarino, Hill apela a la necesidad de no dejarse arrastrar por los males de la actualidad: “Sin embargo, y en esto es clave el entorno, hay días en los que observo gestos, modos, escucho conversaciones o participo de ellas y creo que las cosas tienen sentido y la vida es buena a pesar de todo. Me parece que es importante entender que somos muchas personas en todo el mundo las que queremos vivir bien y - desde mi punto de vista- eso significa que las otras personas también puedan hacerlo. El presente me enoja, pero, sobre todo, me entristece. Una tristeza activa, eso sí. Construir, aunque nadie lo note, aunque digan que no importa. Me importa a mí y con eso me basta”.
“Considero que el presente está atravesado por una profunda crisis social y económica. Se observa una gran desigualdad, donde una minoría concentra la riqueza mientras que la mayoría de la población tiene dificultades para acceder a derechos básicos como la alimentación, la vivienda, la salud y la educación”, comenta la presidenta de la Unión de Estudiantes Secundarios de Tucumán (UEST), Sofía Rivadeneira. “Además, existe un fuerte individualismo promovido desde distintos sectores, que intenta explicar los problemas sociales como fracasos personales y no como consecuencias de un sistema desigual. También se percibe mucho cansancio y descontento en la sociedad, producto de la precarización y de la falta de oportunidades, especialmente, para los jóvenes”, agrega la estudiante de 18 años.
Para el Doctor en Antropología Social Pablo Concha Melo (Investigador de Conicet y docente de la carrera de Filosofía), lo que muchos perciben actualmente como una distopía, no es más que la utopía de un sector muy minoritario de la sociedad que se ve beneficiado por el statu quo: “El presente es casi una utopía realizada. El tema es que es la utopía de los sectores concentrados. Estamos casi viviendo el sueño de los neoliberales. Esto es a lo que aspiran. Les falta terminar de destruir la educación, la salud pública y las reparticiones del Estado nacional. Casi que estamos en la verdadera utopía neoliberal, el mundo que soñaba Cavallo y los Chicago Boys para Latinoamérica. Javier Milei en Argentina vino a terminar de dar forma a la sociedad neoliberal. Es decir, no está fracasando, está logrando sus objetivos. Fijate que los vencedores neoliberales de los distintos sectores tienen una mirada hiper optimista del futuro porque es un mundo a donde pueden acumular mayores riquezas a costa del resto de la sociedad y sin encontrarse con obstáculos serios”.
“Ahora, visto desde nuestro punto de vista, de los laburantes, te puedo decir que la primera palabra que se me viene a la cabeza para describir el mundo actual es ‘precariedad’. La precariedad actualmente toma fuerza de manera transversal en el mundo laboral, ambiental, vincular y político. Hay distintas formas de precariedad en lo laboral. Hay una forma de precariedad que se inventó en los noventa y la venimos arrastrando desde el pasado. Entre 2005 y 2015 se bajó la desocupación drásticamente y se la mantuvo relativamente controlada, pero después se comenzó a descontrolar con los gobiernos neoliberales y así llegamos al presente, a dónde pasamos de un 33% de informalidad a un 44% en los últimos diez años. Con una caída del poder adquisitivo de los ‘cuentapropistas’ y de los asalariados del estrato más bajo que está en el orden del 40%”, agrega.
“Ahora la precariedad puede generarnos mucho daño, pero al mismo tiempo es difícil buscar espacios de articulación política. Por eso digo que es la utopía neoliberal casi realizada. La flexibilización con mínimo conflicto social. ¿Finalmente, cuánto trabajamos? 10, 12, 14 horas diarias…”, se pregunta el Licenciado en Filosofía y advierte sobre las consecuencias subjetivas de estas nuevas formas de explotación y autoexplotación: “Creo que hay en la precarización del vínculo laboral la producción de una cultura que ya ha dejado de ser emergente y gana terreno en las generaciones en ciernes. Tiene como centro una subjetividad que se construye en la experiencia del sí mismo como descartable y de los otros como prescindibles. Nadie importa mucho, ni siquiera uno mismo. Una especie de subjetividad forjada plenamente en escenarios precarios, en dónde la deshumanización ya no es tan ominosa ni se circunscribe únicamente a los clásicos lugares de la violencia como la cuestión racial, étnica, de género o clases”.
“Este marco cultural, además, trasvasa los vínculos laborales hacia otros ámbitos de la vida, hacia las amistades, los afectos, los grupos de referencia. Parte del estar prereflexivo en el mundo y con otros, consiste en ser impermeable al sufrimiento ajeno, en la incapacidad de sufrir y solidarizarse con quienes quedan en la calle, porque lamentablemente se convirtieron en desechos. Incluso, puedo acusarlos de inútiles, de ser la causa de su prescindibilidad, esa es la norma”, agrega.
¿Hay un futuro?
¿La Inteligencia Artificial terminará por esclavizar y destruir a la humanidad como temen muchos? ¿Habrá agua y aire puros en un planeta sometido al extractivismo extremo? ¿Hay un futuro que no sea apocalíptico?
“Me crié fantaseando con el apocalipsis, quizás haya tenido que ver con vivir en estado de alerta permanente, no lo sé... más allá de eso, es innegable que el colapso climático es inminente y que cada vez nos presionará más (inundaciones permanentes, sequias, estrés hídrico en un montón de lugares, falta de recursos, de vivienda, entre otros), quizás todo eso nos haga despertarnos, unirnos y decir basta. A veces, hay que tocar fondo para no subestimar lo peligroso de un tipo con un poco de poder diciendo que el cambio climático es un invento de los zurdos”, analiza Priscilla Hill y agrega: “Creo que la tecnocracia, la IA y la falsa democratización de las redes nos han llevado a un mundo paradojicamente más opresivo y alienado. Pero también noto un hartazgo, una vuelta a lo analógico de un tiempo a esta parte porque las personas están intoxicadas de tantas pantallas”.
Pero no todo es caos y alienación tecnológica, también vislumbra una esperanza: “Desde hace unos días vengo viendo a mis estudiantes jugar con figuritas en el piso durante el recreo y me he sentido profundamente esperanzada frente a esa actividad que no por simple es menos contundente. Es inquietante de qué manera un simple acto cotidiano puede en ciertos contextos volverse un signo de resistencia. A veces los gestos más antisistémicos vienen de la necesidad genuina de conectarse con los otros. Ni más ni menos”.
Conviene volver a esa escena del aula y las dificultades para proyectar lo que vendrá: ¿Por qué nos cuesta tanto pensar en un futuro mejor que el que propone el presente en el que vivimos?
“Pienso el futuro con incertidumbre. Creo que a nuestra generación le cuesta imaginar un futuro mejor porque crecimos en un contexto de crisis permanente, donde se nos dice constantemente que no habrá trabajo digno, que el acceso a una vivienda será imposible y que existe una grave crisis ambiental. Nos cuesta pensar en un futuro mejor porque se ha instalado la idea de que no hay alternativa al modelo actual. Desde los medios de comunicación y desde el poder se presenta al capitalismo como el único sistema posible, y cualquier propuesta de transformación es vista como irreal o negativa. El futuro que se proyecta es un futuro pensado para unos pocos y no para las mayorías, lo que genera desesperanza y dificulta la capacidad de proyectar colectivamente”, plantea Sofía Rivadeneira.
“Me cuesta pensar el futuro porque no creo que ‘mejor’ sea una categoría práctica. Quiero decir, mejor para quién, mejor cómo. Creo que es un desacierto poner los ojos en el futuro, y que nos cuesta imaginarlo porque somos incapaces de digerir toda la data del presente. Desde que soy muy chico mi mamá usa la expresión ‘del año del ñaupa’ para referirse a acontecimientos muy lejanos. Hace relativamente poco descubrí que ñaupa significa pasado, pero en realidad es un tiempo más particular. La cosmovisión andina suele ubicar el pasado adelante, porque es lo único que ya se conoce y se puede ver. Mientras que el futuro, incierto y desconocido, es lo que queda atrás. Tener el pasado de frente sirve para ejercitar la memoria. Nuestra relación con el futuro está inevitablemente atravesada por lo que recordamos y también por lo que intentan que olvidemos. A esta altura hay cosas que no podemos permitirnos desconocer. Saber eso me parece un buen punto de partida. Me gustaría que todos podamos imaginar la memoria como una brújula. Entonces quizá la pregunta utópica no sea qué mundo queremos construir, sino qué mundo, después de todo lo que sabemos, estamos dispuestos a no volver a levantar”, aporta Pablo Romero.
Por su parte, Pablo Concha Melo no se deja ganar por la decepción del presente y el pesimismo futuro: “Como todos, tengo muchas incertidumbres sobre el futuro. Pero también creo que en otros momentos de la historia hubo colectivos que hicieron revoluciones con mucha más desinformación, opresión y menos herramientas y conocimientos de los que hoy puede manejar el promedio de las personas. No soy tan pesimista. Creo que una clave podría estar en generar nuevos marcos culturales, nuevos discursos, nuevas maneras de imaginar el futuro hasta dar con formas que den amparo y canalicen el trauma de las mayorías desechables. Formas que puedan efectivamente movilizar mayorías tanto en la calle como en los ciber territorios. Creo también que en todo esto lo estatal es fundamental. Soy un convencido que las sociedades del futuro para no ser apocalípticas van a necesitar Estados, procesos de gobierno, planificación, intervencionismos. Vamos a tener que pensar mecanismos para cercenar el poder de manipulación de los algoritmos, vamos a tener que limitar y canalizar el poder de la IA”.
“Cuando el ahora es tan arrollador y oscuro es casi imposible proyectar una realidad mejor. Para construir un proyecto de vida hay que tener al menos una ventana por la cual fugarse. Hoy la gente está cada vez más sola, más empobrecida y más agresiva. Muchos de los comentarios de esta misma nota se van a centrar en insultar a los entrevistados en vez de analizar por un ratito si lo que estamos diciendo tiene o no sentido para ellos”, comenta Priscilla Hill y agrega: “Vivir en la violencia perpetua nos vuelve primitivos de una manera fea, nos hace crueles, necios, nos quita nuestras herramientas que son un montón. Tenemos la posibilidad de parar el mundo si queremos, pero es más fácil dar el mundo por perdido que pensar qué pasaría si proyectáramos otro tipo de sistema o de mundo. La gente no se permite imaginar ni hacerse preguntas entonces muere todos los días un poquito y naturaliza lo terrible. Me parece que va por ahí, aunque bueno, es sumamente complejo y las respuestas se me escapan”.
La hora de las utopías
Qué pasaría si mañana se nos presenta el genio de la lámpara, pero no se trata de un genio como los tradicionales que conceden deseos individuales, sino un genio colectivista que nos concede como único deseo proyectar el mundo en el que anhelamos vivir: ¿Cómo sería ese mundo? ¿Cómo empezamos a edificar hoy ese futuro mejor, tal como propone Lucrecia Martel?
-¿Tenés una utopía? ¿Cómo es? ¿Qué crees que podemos ir haciendo en el presente para construirla?
Sofía Rivadeneira: Tengo una utopía. Imagino una sociedad más justa e igualitaria, donde los recursos y la tierra cumplan una función social y estén al servicio del pueblo y no de la ganancia de unos pocos. Una sociedad donde el trabajo sea digno, la educación y la salud sean realmente públicas y de calidad, y donde nadie tenga que sufrir por no tener qué comer o un lugar dónde vivir.
Creo que, para comenzar a construirla en el presente, es fundamental la organización colectiva y la participación. Involucrarse en espacios como los centros de estudiantes, las organizaciones barriales y los debates políticos, informarse, discutir y perder el miedo a pensar en alternativas. Entiendo que los cambios reales no vendrán desde arriba, sino desde la organización y la unidad de los de abajo.
Pablo Romero: Durante muchos años mi producción literaria giró en torno a la metaliteratura, e incluso llegué a estar de acuerdo con la idea de que la poesía es una epistemología del no saber. Pero desde la publicación de mi último libro algo se rompió en relación a eso, porque todos estos años de escritura me demostraron que a través de la poesía se puede conocer muchísimas cosas, a pesar de que uno llegue a ellas desconociendo. Nos fascina pensar que decir es hacer, pero seguimos comportándonos como si las palabras estuvieran condenadas a no poder tocar realmente las cosas. Amamos los actos de habla al mismo tiempo que sufrimos la arbitrariedad del signo lingüístico. Esa forma de vivir y pensar la poesía me parece hoy un poco anticuada.
Mi utopía es que en algún momento lxs poetas dejemos de hablar de los límites del lenguaje para pensar qué hay más allá de lo imposible. Y creo que para construir ese imaginario tenemos que empezar a preguntarnos qué cosas puede lograr el lenguaje. Dejar de hacer de los límites una excusa vaga de nuestras propias limitaciones. Quiero decir, hay una manera de nombrar la realidad enajenada que me está aburriendo. Y hablo también de mi propio trabajo. Creo que esa búsqueda tuvo que ver con una desconfianza hacia el lenguaje como instrumento transparente. Me refiero a la eficacia del lenguaje para lograr efectos tangibles. Hablo de cómo una categoría reconoce una experiencia, de cómo una palabra modifica la relación entre las cosas, de cómo una ley es literalmente lenguaje que transforma condiciones materiales de la vida.
Casi no hay poemas felices y es una pena. Pensar en las posibilidades del lenguaje me parece un buen paso para escribir un futuro más habitable. Sueño con un tiempo cargado de poemas hermosos y posibles que nunca nombren la palabra miedo, que nunca nombren la palabra hambre. Como este de Mariano Blatt que dice: “No hay nada más lindo que ir en tren y volver caminando. / Si tuviera que elegir lo más lindo de todo lo lindo / me parecería re lindo. / Es que podría estar mil horas pensando cosas lindas… / ¿no sería re lindo?”.
Priscilla Hill: Mi utopía empieza con un gesto distópico, en el sentido más recurrente que le damos al término: sueño con una sociedad sin Internet. Me gustaría que colapsaran todos los sistemas y volviéramos a la vida analógica, con la tecnología de los noventa y primeros años 2000, o sea: el teléfono fijo, los teléfonos celulares no inteligentes y el poder de la promesa de que, si dijiste que llegabas a las 17, te vería aparecer a esa hora sin excusas, con las ganas de vivir a flor de piel porque esto de estar todo el día con un dispositivo en la mano, la mente, el deseo, y el cuerpo se parece bastante a la esclavitud.
Nadie necesita sacarse cien fotos y subirlas para ser feliz. La fotografía tiene otro origen y otra magia. Volvamos a mirar el mundo con esa fascinación. La vida pasa demasiado rápido. La honremos, hagamos de ella un amado espacio de rebelaciones (y revelaciones), como dijo una poeta magnífica. Esa es mi utopía.
Pablo Concha Melo: Mi utopía más utópica es vivir en un país y un mundo con una jornada laboral de seis horas, que permita una vida digna, sin deslomarnos, pudiendo celebrar este segundo de existencia efímera con nuestros seres queridos, familia, amigos, creando y haciendo lo que nos gusta. Para eso, le tenemos que morder la torta a los megamillonarios, lo cual parece difícil hoy por hoy. Ellos están más cerca de querer reinstaurar la esclavitud que de compartir sus ganancias.
También, me gustaría un mundo que controle los procesos extractivos, que cultive algo de amor al medioambiente, que la sustentabilidad sea real y no un verso para seguir destruyendo la naturaleza. Quisiera también una sociedad plural, heterogenia, inclusiva, sin desprecio ni desigualdades vinculadas a la raza, la etnia, el género.
En una dimensión más realizable, quisiera una sociedad con salario universal básico para quienes no tienen trabajo, educación de calidad y salud accesible a todos, sea publica, privada o mixta. Soy un hijo del Estado y la Nación argentina, principalmente, del sistema público. No tengo ninguna utopía sin Estado y sin Nación, no quiero imaginar un mundo sin Argentina, no quiero ser colonia de nadie, ni de EEUU ni de los chinos. No me cabe ni un poco el globalismo o, mejor dicho, el imperialismo. Ahora bien, decididamente los modelos de Nación y Estado que hemos construido en el siglo XX están en bancarrota. Creo que es necesario reinventarlos.
Como algo no tan utópico, sueño con un mundo con estructuras estatales nuevas: por ejemplo, estatalidades subnacionales, que nucleen el norte grande o al NOA bajo una mirada estratégica comunitaria, regional, con respecto a la producción, el empleo, la educación, la salud pública y la gestión de los recursos naturales, principalmente el agua. Si nos comparamos con China, EEUU, Brasil o incluso otras regiones centrales del país, poblacionalmente nuestras provincias del NOA tienen escalas muy pequeñas y tenemos que ampliarlas en lazos lo más simétricos posibles, para generar intercambios de todo tipo.
También, me imagino que podríamos crear bancos interprovinciales y recuperar algo de la autonomía financiara que nos quitó el menemismo. Es impresionante lo que hizo Axel Kicillof con la Cuenta DNI en Buenos Aires, había días en los que comprando en Mar del Plata con esa cuenta tenías 50% de descuentos en frutas, verduras, carnes, más si uno era jubilado. Un banco propio es un enorme instrumento del cual fuimos despojados.
A todas las provincias del NOA nos falta infraestructura y dependemos siempre de Nación: no podemos armar una autopista Tucumán-Santiago del Estero, hacer obras para evitar las inundaciones o proveer agua en lugares secos. Hay algunas de nuestras provincias con alto déficit de vivienda, por ejemplo. Pero es crucial para esto quitarles el monopolio a las empresas constructoras locales e impulsar alianzas entre las universidades públicas y las cooperativas de trabajo.
Hace un tiempo, mi viejo, que es maestro mayor de obra y gasista matriculado, y trabajó para empresas tucumanas haciendo barrios con financiamiento público, me dijo que quedó asombrado por el trabajo de la Tupac Amaru en Jujuy, porque habían montado cinco barrios con lo que gastaba una constructora en hacer un barrio de características similares. Creo que el trabajo de la Tupac y otros movimientos sociales es un ejemplo a seguir perfeccionado porque es una forma de que el dinero de la obra pública quede en manos del pueblo trabajador y no de las constructoras y los políticos coimeros.







