Top

El fracaso de la ONU y la trágica agonía de la Democracia

OPINIÓN

Últimamente, algo peor está sucediendo. Los actuales líderes mundiales han perdido todo decoro en las formas y ya no tienen pudor en expresar sus ambiciones imperiales y ejercer su prepotencia bélica ilimitada, jactándose inclusive de su brutalidad. Por Sisto Terán Nougués.-


El 26 de Junio de 1945 en la Conferencia de San Francisco, representantes de 50 países del mundo (luego se añadiría Polonia para conformar los 51 estados fundadores), se firmó la Carta que daría nacimiento a la ONU (Organización de Naciones Unidas).

Todavía la Segunda Guerra Mundial no había concluido, ya que los japoneses continuaban combatiendo, y las monstruosidades padecidas en esos años funestos llevaron a los principales mandatarios del mundo a procurar constituir un organismo que nos previniera de futuros conflictos parecidos.

Tan endeble era esa primera firma, que un par de meses después, los días 6 y 9 de agosto, Estados Unidos, uno de los propulsores de la Carta fundacional, lanzó las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, uno de los actos de guerra más monstruosos y espeluznantes que la humanidad haya presenciado a lo largo de la historia.

Con el polvo radiactivo todavía suspendido en las ciudades niponas devastadas, el 24 de Octubre de 1945 la Carta de las Naciones Unidas comenzó a regir formalmente.

El artículo 1 de dicho documento nos dice que los propósitos de las Naciones Unidas son:

1.-Mantener la paz y la seguridad internacionales, y con tal fin: tomar medidas colectivas eficaces para prevenir y eliminar amenazas a la paz; y lograr por medios pacíficos, y de conformidad con los principios de justicia y del derecho internacional, el ajuste o arreglo de controversias internacionales susceptibles de conducir a quebrantamientos de la paz.

2.-Fomentar entre las naciones las relaciones de amistad basadas en el respeto al principio de igualdad de derechos y al de la libre determinación de los pueblos, y tomar otras medidas adecuadas para fortalecer la paz universal.

3.-Realizar la cooperación internacional en la solución de problemas internacionales de carácter económico, social, cultural o humanitario, y en el desarrollo y estímulo del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales de todos, sin hacer distinción por motivos de raza, sexo, idioma o religión.

4.-Servir de centro que armonice los esfuerzos de las naciones por alcanzar estos propósitos comunes.

He transcripto literalmente el texto precedente, y lo he leído en voz alta varias veces, comprobando la excelsitud de los fines propuestos y advirtiendo que los hechos que hoy vivimos son prueba evidente de que estos nobles ideales han sido pisoteados, y la realidad nos demuestra el rotundo y quizás definitivo fracaso de la ONU como organismo internacional garante de la paz y el respeto al derecho internacional.

Desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial, el mundo se ha visto sacudido ininterrumpidamente por guerras de mayor o menor calibre, pero podemos afirmar que los combates nunca cesaron en la totalidad del planeta. Es más, la tendencia a la conflictología bélica parece crecer año tras año.

Un video corto difundido por el Comité Internacional de la Cruz Roja, que adjunto, nos habla de más de 130 conflictos armados activos a nivel mundial, duplicando la cifra que el mismo organismo computaba 15 años atrás, y estas guerras involucran directa o indirectamente a más de 60 países.

Es más, las superpotencias que emergieron triunfantes tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y Rusia, lejos de apaciguar las aguas, han sido protagonistas habituales de guerras que contrarían los principios fundacionales de la ONU, cuya nobleza declamaban en público y desoían en los hechos.

Últimamente algo peor está sucediendo. Los actuales líderes mundiales han perdido todo decoro en las formas y ya no tienen pudor en expresar sus ambiciones imperiales y ejercer su prepotencia bélica ilimitada, jactándose inclusive de su brutalidad.

Putin, Trump o Netanyahu no ocultan su ánimo beligerante y hacen alarde del uso de la fuerza y la crueldad como si se tratara de un atributo virtuoso.

Los conflictos de la guerra contra Irán o Ucrania son como una mancha viscosa interminable que crece vertiginosamente en su expansión sin que nadie haga el menor esfuerzo por poner fin a hostilidades crecientes que están haciendo tambalear la economía mundial representando una amenaza cierta de extensión del conflicto hasta conducirnos a la terrorífica perspectiva de una Tercera Guerra Mundial que, según decía el Papa Francisco, “había ya empezado a pedacitos” y que hoy tiene ya contornos más preocupantes y definidos.

Al transcribir los propósitos enunciados en la Carta de la ONU, había dicho que se procuraría “Mantener la Paz y la Seguridad Internacionales…” Con los hechos objetivos a la vista el fracaso no puede ser más rotundo.

Cuando decía que se respetaría “la libre determinación de los pueblos”, hemos comentado que hoy esto es una consigna vacía de contenido. El Presidente de los Estados Unidos formuló la llamada doctrina “Donroe” apocopando su nombre de pila al del ex mandatario Monroe, cuya doctrina “América para los americanos” lleva Trump al extremo de considerarse con derechos de señorío y vasallaje respecto de todo el territorio americano, al punto de amenazar con intervenir por la fuerza cuando alguien pretenda contradecir sus intereses.

Su prepotencia aniquila el concepto del derecho internacional público y colisiona frontalmente con los principios de la libre determinación de los pueblos. Y la contradicción no es solo verbal, sino que la ejecuta físicamente y por la vía militar. Secuestra a un presidente latinoamericano, no en defensa de derechos humanos ni restaurar principios democráticos violentados, sino para apropiarse de su petróleo y sus recursos naturales. ¡Y se jacta de hacerlo!

Putin no le va a la zaga. Su política de anexión territorial en sus ansias imperiales de reconstruir la extinta Unión Soviética ha sido persistente y sanguinaria.

Netanyahu y los fanáticos de la extrema derecha israelí desconocen frontalmente toda convención internacional y violan sistemáticamente todo el derecho internacional público propiciando espantosos episodios de muerte y desolación en Gaza sin que se les mueva un músculo. Impresiona y estremece ver a las víctimas de antaño transformarse en victimarios.

La ONU tiene hoy una impotencia demostrada, y sus principios fundacionales ya han sido quebrantados por sus principales signatarios. Para colmo, sus reuniones se han transformado en una especie de circo que oficia de plataforma comunicacional para que los líderes más desquiciados del mundo digan y hagan lo que quieran. Ver sus discursos nos habla de la muerte del diálogo y el advenimiento triunfal del monólogo. Nadie escucha a nadie, y lo que se dice en sus foros tiene hoy escasa o nula importancia. La ONU fracasa, y el fracaso es impulsado por sus más conspicuos fundadores.

El discurso de Trump esta semana es una muestra de matonismo vulgar y falta de respeto por todo criterio pacifista. Amenazó a México, a Cuba, y, con una petulancia desagradable, anunció que está pensando qué hacer con Irán, debe resolver si acuerda algo con los iraníes antes de noviembre, o los aniquila definitivamente. Luego cuestiona directamente a la ONU y a la Corte Internacional de Justicia, a la que considera “una institución deshonesta”.

En la ONU conviven naciones con instituciones democráticas y otras con regímenes autocráticos más o menos disfrazados. Las naciones con instituciones republicanas están siendo víctimas del ataque coordinado de las redes sociales, los enemigos externos, y la prepotencia de sus propios líderes que apetecen transformarse en autócratas.

Hay un cierto rasgo de envidia disimulada por parte de los jefes de estado democráticos, cuando ven que sus pares autoritarios no están, como ellos sometidos al escrutinio popular, a los vaivenes de la opinión pública y al embate contra sus políticas que puede implicar la libertad de expresión y la libertad de prensa. Se quejan entre dientes y susurros de que la exigua duración de sus mandatos les impide competir de igual a igual contra mandatarios atornillados al poder por décadas de autoritarismo.

La impasibilidad china, por ejemplo, se muestra inmutable frente a desbordes verbales de aquellos a los que sabe de antemano condenados a dejar de ser gobierno en apenas unos cuantos años. Se puede ser paciente cuando el tiempo no corre agrietando los cimientos de nuestro poder político.

Y esto me trae a colación una pregunta de hierro que me formulara días atrás un sobrino con inquietudes intelectuales muy valorables:

¿Puede existir una democracia sustantiva cuando el poder económico de unos pocos condiciona las decisiones colectivas?

La Democracia es un esfuerzo imperfecto en procura de propiciar síntesis y consensos que permitan que todas las voces se expresen en libertad, y establece mecanismos institucionales para garantizar la salvaguarda de esas libertades y construir consensos y fórmulas pacíficas de resolución de conflictos de intereses contrapuestos.

Es imperfecto, porque siempre los dirigentes han querido manipular las masas, o estas han impuesto con vértigo irracional conductas que aprovecharon demagogos o aprendices de autócratas para intentar aniquilar sus fundamentos esenciales.

Compra de votos, fidelización de electorados, manipulación de distritos comiciales, apelación a promesas incumplibles, fomento de expectativas irracionales, etc.

Todo un variado arco de manchas que no podemos ocultar, pero, pese a todo, había demostrado ser, dentro de sus imperfecciones congénitas, el mejor de los sistemas.

La amenaza del siglo XXI encarnada en la figura del algoritmo y la concentración de datos en manos de muy pocos y muy poderosos, está viciando por completo la legitimidad de los resultados electorales, y, del Brexit en adelante, las elecciones reflejan cada vez más, no los intereses populares, sino los intereses manipulados por un algoritmo al servicio de un puñado de señores tecnofeudalistas que han empezado a cooptar el poder mundial a pasos agigantados.

La evolución incontrolada de la IA, cuyos peligros advierten enfáticamente sus propios desarrolladores, amenaza con reducir las habilidades cognitivas y la facultad de discernimiento y pensamiento crítico de las futuras generaciones. Las distopías futuristas ya nos hablan de una pérdida generacional importante de las facultades intelectuales del ser humano.

La pregunta de mi sobrino no es desatinada entonces. Tiene una sobrecogedora amenaza latente sobre el futuro de un sistema que defendimos con uñas y dientes y que tantísimo esfuerzo compartido costó instalar.

Llega el momento de encadenar conceptualmente las dos cuestiones volcadas en este artículo en apariencia descorazonador.

El fracaso de la ONU no justifica su disolución. La agonía de la Democracia no implica que debamos dejarla morir

En ambos casos es una obligación moral inexcusable dar pelea. Es imprescindible levantar la voz con la sufrida declamación de los profetas. No se puede ceder a la irracionalidad, ni suponerla inevitable.

Hay que dar batalla por la vigencia del derecho internacional público y denunciar a los violadores sistemáticos de sus normas, fueren quienes fueren.

Hay que advertir a los votantes y a las autoridades políticas, legislativas y judiciales para que no caigan en la trampa binaria de la grieta insensata y se avengan a revisar una y otra vez sus propios prejuicios. Tenemos que ser infatigables en nuestro afán por propiciar consensos y respetar las instituciones.

El ser humano ha demostrado ser capaz de las más monstruosas perversidades, pero también ha tenido la habilidad moral para superarse a sí mismo y preservar a la especie hasta de sus propias tendencias a la autodestrucción recíproca.

Pensar, reflexionar, dialogar, no abatirse por el apogeo de la brutalidad y la estupidez generalizados, son aspectos personales que todos tenemos que esforzarnos por predicar, aún cuando nos transformemos en voces aisladas y disonantes en un contexto de violencia y locura universal.

La humanidad no ha tenido jamás desafíos sencillos. Los conflictos y las penurias la atraviesan a través de los milenios, pero el hombre, criatura extraordinaria y portentosa, se ha levantado desafiante, una y otra vez, con firmeza admirable, dejando atrás padecimientos indecibles.

Este es nuestro tiempo. El de la IA predominante, los señores tecnofeudalistas en el poder, la deshumanización creciente, el individualismo exacerbado, la falta de compromiso responsable, la carencia de empatía y sentido solidario, la ONU fracasada y devaluada, el derecho internacional público ignorado, y la Democracia vapuleada.

No hay que quejarse ni desesperanzarse. Al contrario, hay que sacar fuerzas de flaquezas, volver a la filosofía, retornar al pensamiento, acudir al intelecto y autoexigirnos la revisión sistemática de nuestros preconceptos.

Una muestra formidable de que esto es posible nos la acaba de dar el periodista Gabriel Levinas. De origen judío, con buena parte de su familia residiendo en Israel y Hamás el 7 de octubre del 2023 asesinó salvajemente a cinco de sus familiares Tamar, Yonatan y sus hijos menores de edad Shakar, Arbel y Omer, espantosamente traicionados por Said, un joven palestino con el que mantenían una relación estrecha de convivencia y armonía aparente. Said participó de la masacre. Una historia de terror que justificaría una parcialidad subjetiva de parte de Gabriel, afectado directamente por estos macabros acontecimientos.

Un documental titulado Naza (“daño colateral” en hebreo) expone una visión de los sucesos de Gaza basada en testimonios de militares e inteligencia y una investigación periodística de campo durante más de tres años. El gobierno israelí condenó inmediatamente la producción, incluso sin haberla visto. El ministro de cultura israelí Miki Zohar y Netanyahu reaccionaron airadamente y anunciaron que impulsarían una legislación para quitarles la ciudadanía a los realizadores del documental.

Levinas, que tenía el dolor que haría comprensible que compartiera el ciego rechazo gubernamental israelí, escribió en un artículo publicado en Infobae, que quiere ver primero el documental para recién luego evaluarlo y juzgar su contenido.

Tan simple, tan elemental, que su actitud racional es completamente disruptiva con el signo de los tiempos y representa una bocanada de aire fresco que tenemos que imitar.

Aunque nos parezca difícil, nos advierte Levinas, el convivir entre leones no debe naturalizar en nuestros oídos el sonido de su rugido. Y concluye diciendo que el triunfo de nuestros enemigos no consiste en matarnos, sino en conseguir que terminemos hablando su mismo idioma.

Este periodista valiente, racional, nos regala un ejemplo asombroso y nos invita a ejercer el pensamiento crítico aún en las situaciones más desgarradoras.

Imitemos su ejemplo y militemos incansables el predominio de la razón, en ese esfuerzo estriba la esencia misma de la dignidad humana.

Buenos Aires, 24 de septiembre del 2026

Sisto Terán

Tucumano. Abogado. Político. Escritor. Fue vicegobernador de Tucumán, legislador, director de la Casa de Tucumán en Buenos Aires, entre otros cargos públicos. Ha publicado los libros "Cartas a mi hijo que está por nacer" (1999), “Yo no creo en la muerte” (2009), "Camino de Santiago" (2000) y "Hitler, un pecado Colectivo" (2023). Pueden leer sus últimos escritos en sistoteran.substack.com.