Bernardo de Monteagudo, el prócer "mulato" que nació en Tucumán y desafió a la historia
Mano derecha de San Martín, aliado de Bolívar, abogado, periodista e intelectual revolucionario. La historia oficial construyó durante décadas una imagen blanqueada de Monteagudo, mientras documentos, testimonios e investigaciones recientes reabren el debate sobre sus raíces y recuperan la figura del tucumano que empuñó la pluma en la lucha por la independencia.
Tucumán es tierra de próceres y personajes históricos. Eso es innegable. La porción de suelo más chiquita que tiene este país ha sabido regalar hombres y mujeres de conquistas y huellas históricas que sobreviven a estos tiempos. Es nuestro papel como tucumanos el de recordarlos, reivindicar sus conquistas y luchas.
Para quienes ejercemos el periodismo, tenemos en Tucumán la genealogía de un hombre que supo ser apodado como la pluma más filosa de la revolución: don Bernardo de Monteagudo. Personaje intelectual, polémico, histórico, precursor y valiente que acompañó los procesos independentistas tanto desde la lucha intelectual como desde ese periodismo jugado fundamental en la revolución latinoamericana.
Apenas un mes después de la Toma de la Bastilla, nacía en San Miguel de Tucumán Bernardo de Monteagudo. Su hogar estaba a metros de la actual plaza Independencia, espacio que no existe físicamente como tal, pero que está ubicado en la actual pizzería llamada Mostacho (en el sitio hay una placa recordatoria).
El investigador peruano Roger Saravia Avilés publicó en 2020 un trabajo en donde declara que el sitio de nacimiento está discutido entre Chuquisaca y Tucumán, ya que el acto de matrimonio de sus padres, el español Miguel de Monteagudo y la argentina Catalina Cáceres pertenece a dicha jurisdicción. Sin embargo, una carta de este prócer a un primo tucumano, en donde lo saluda como “primo, paisano y amigo” es lo que termina por asentar más la teoría de que nacía en Tucumán.
Monteagudo fue uno de los tucumanos que tuvo la posibilidad de ser apadrinado para formarse a nivel universitario en Chuquisaca, actual Bolivia, pero en ese entonces parte de la Real Audiencia de Charcas. Germán Mangione es periodista, docente e investigador Rosarino, que publicó –entre otros libros- “porqué volver a Monteagudo” el año pasado, cuando se cumplieron 200 años de su muerte. En esta publicación hace un repaso biográfico de los aportes del prócer, además de traer a estos tiempos los conceptos de Bernardo, justamente cuando la palabra libertad suena con tanta frecuencia.
Mangione relató que Bernardo de Monteagudo se mudó desde Tucumán –con sus padres- a Chuquisaca para estudiar en la Universidad de San Francisco Xavier y realizar sus estudios jurídicos en la Academia Carolina. Entre 1776 y 1809 Charcas formó a –por lo menos- 362 abogados, entre ellos, el tucumano. Si bien no tenía halos de nobleza y llegar a la universidad era una suerte totalmente elitista, fue apadrinado por su primo, el Dr. Medina, catedrático de la Universidad, como así también recibido y orientado por Ussoz y Mozi, oidor del Superior Tribunal de Chuquisaca y director de la academia, quien se cree que fue la influencia más poderosa para Monteagudo en su juventud estudiantil, ya que Ussoz y Mozi defendía criollos y se comprometía con ideas patriotas so peligro de ser fusilado por la Corona. Además, era poseedor de una gran biblioteca.
En Chuquisaca las aulas eran compartidas por Monteagudo, Mariano Moreno, Juan José Castelli, Jaime Zudañez, entre otros futuros revolucionarios. Nuestro prócer había estudiado inglés y francés para poder leer las noticias que llegaban desde Europa, para comprender la política desde una perspectiva mundial. Los aires de revolución y de revuelta popular que soplaban desde Europa no tardaron en llegar a la universidad, expresándose en ideas plasmadas en folletos prohibidos. A Monteagudo se le adjudica el titulado “Diálogo entre Atahualpa y Fernando VII en los campos Eliseos”. El tono anticolonial y antiespañol del folleto habría fundado o encendido una chispa en el norte del Virreinato del Río de la Plata. Se trataba de un texto audaz y subversivo que posicionaba a su escritor del lado de la historia que comenzó a juzgar las atrocidades cometidas contra los pueblos indígenas del Alto Perú.
Monteagudo siguió formándose intelectualmente y así fue como –según redacta Mangione- se recibió de doctor en Teología (además de abogado), y accedió a su primer cargo como funcionario público: defensor de Pobres en lo Civil. Rápidamente sus títulos, su cargo y su pluma lo convirtieron en una persona respetada y de ideas influyentes.
El 25 de mayo de 1809 se produjo en La Plata (actual Sucre) un levantamiento. Esto sucedía después de la invasión napoleónica de España y de la captura de Fernando VII, que había quedado cautivo de Napoleón. ¿Si el rey estaba preso, por qué no rebelarnos ante su autoridad desde las colonias? Además de la fuerte influencia que existía en la zona por las revoluciones indígenas que le precedían desde hacía décadas, estas noticias desde Europa y el clima político que se venía caldeando también en el ámbito intelectual, terminaron por zanjar este gran levantamiento, considerado por algunos historiadores como el antecedente más fuerte que tuvo la siguiente Revolución de Mayo, justo un año después.
Se le adjudica al tucumano para esa época haber publicado la “Proclama de la ciudad de La Plata a los valerosos habitantes de La Plata”, agitando todavía más los ánimos de los ciudadanos de Charcas.
En torno a los relatos del intelectual, uno de los datos que nunca dejan de estar presentes, tiene que ver con su fama de mujeriego y conquistador. Algunos biógrafos escribieron que Bernardo de Monteagudo era conocido por seductor: de gran educación, labia, modales y pulcritud (atributo poco común en la época), tenía facilidad con las mujeres. Esta misma fama es la que le permitió escapar de prisión con excusa de ver a una dama después del levantamiento de Charcas, pero también fue una de las razones que facilitó su asesinato, algunos años después.
En los meses previos a la Revolución de Mayo, Monteagudo se incorporó al Ejército Auxiliar del Perú y se convirtió en uno de los hombres de confianza y secretario de Juan José Castelli. Castelli cumplía órdenes de Mariano Moreno y de su primo Belgrano. Ese fue el acercamiento definitivo de Monteagudo a la primera línea de batalla por la independencia de América. Esta batalla liderada por estos dos en la actual Bolivia, fue de una fuerte impronta anti colonial, y sumaron e incluyeron a los originarios en espacios impensados para la época, leyendo y transcribiendo cada proclama a distintas lenguas para hacer universales estos deseos de emancipación. En 1811, el abogado es el encargado de defender en juicio a Castelli (y Balcarce) tras la derrota de Huaqui. Castelli murió por un cáncer de lengua mientras el proceso estaba en curso y no llegó a recibir sentencia.
La Gazeta de Buenos Ayres, el primer periódico del actual territorio argentino, nacía como una suerte de desahogo político revolucionario, comandado por Mariano Moreno. Las idas del abogado y periodista Moreno fueron tan fuertes, transformadoras y radicales, que inclusive se le solicitó elaborar un plan de operaciones para empuñar pluma y espada en pos de la liberación definitiva de España. Sin embargo, el corte defitivo con la corona que proponía Moreno, ideas que lograba empoderar mediante La Gazeta, fueron un clavo en el plan de del saavedrismo, quienes lo enviaron a buscar amamento a Europa, viaje en donde muere misteriosamente en ultramar.
Pesa esta acallada muerte, el fuego de la pluma no se apagaba en el océano. Monteagudo le dio extensión a la revolución letrada de Moreno y continuó con la labor editorial. Poco a poco comienza a ganar su fama como escritor revolucionario, dueño de ideas novedosas y nunca antes vistas. Por ejemplo, el empoderamiento a las mujeres. Muchos lo vieron como oportunismo amoroso, pero a la luz de los hechos, podemos pensar en que el tucumano reconocía el valor de la mujer en la lucha. En 1811 se dirige a las peruanas reconociendo su patriotismo, llamándolas a inspirar a sus hijos, maridos y domésticos nobles sentimientos al halagar sus virtudes de moral, ilustración, utilidad y patriotismo.
Las ideas de Moreno continuaron formalmente en la Sociedad Patriótica, espacio político comandado por Monteagudo, pero presentado a sociedad como grupo literario para evitar las persecuciones saavedristas. A todo esto, sin embargo, continuaba escribiendo para La Gazeta, pese a que este medio se había vuelto el principal artefacto de difusión de las idas de ese gobierno de Saavedra que tanto lo perseguía. Presentó una renuncia que no fue recibida, por lo cual, al poco tiempo publicaba un artículo que lanzaba frases fulminantes y camufladas: “Todos aman a su patria, y muy pocos tienen patriotismo: el amor a la patria es un sentimiento natural. El patriotismo es una virtud”.
La Sociedad Patriotica se inauguraba oficialmente en Buenos Aires en 1812, y en sus dos reuniones semanales dejaban en claro uno de sus principales objetivos, el de fomentar la ilustración de la sociedad. En julio comenzaron a publicar en El Grito del Sud, periódico de 8 páginas que contó con 25 ediciones. En sus páginas, Monteagudo llamaba a tomar acción a quienes debían ordenar judicial y territorialmente todo para poder declarar la independencia. También resaltó y destacó la valentía del pueblo tucumano en la Batalla de Tucumán, librada ese 24 de septiembre de 1812, con las figuras centrales de Manuel Belgrano y Bernabé Araoz: “Hemos visto a los defensores del Tucumán, presentar una escena capaz de justificar nuestro orgullo en lo sucesivo y de humillar para siempre la esperanza de los que creen decidir nuestro destino…”
Monteagudo fundó también “Mártir o Libre”, con esfuerzo 100% privado. Aquí se expresaba con total libertad sobre sus ideas y conceptos de la LIBERTAD (palabra que escribía en mayúsculas). Cuestionaba la tibieza, e incitaba fundamentalmente a los jóvenes a tomar las armas en pos de liberar al pueblo de manera definitiva.
José de San Martín, el gran libertador de América, aseguraba que las bibliotecas son más poderosas que los ejércitos para sostener la independencia. Con estas ideas comulgaba el tucumano, obsesionado por la educación del pueblo todo. San Martín llevó al cruce de los Andes una imprenta y 800 libros. Fundó la primera biblioteca de Lima y designó a Monteagudo como su director. Los primeros ejemplares que llenaron sus estantes, eran de la colección propia del libertador, y del abogado. Pero la relación de estos dos no nacía de una pasión por la pedagogía: la Logia Lautaro aterrizaba en la actual América en 1812 con ideales similares –por no decir idénticos- a los que ya había expresado la Sociedad Patriótica.
Según Javier Garin, escribió “El discípulo del Diablo: Vida de Bernardo Monteagudo, ideólogo de la Unión Sudamericana”. Aquí afirmó que San Martín expresó en una cena en casa de su futuro suegro (don Escalada) su propósito de emancipación con perspectiva continental. Bernardino Rivadavia estaba presente y se opuso abiertamente a la idea. Quienes no dudaron en encolumnarse de inmediato fueron Monteagudo y Castelli (casi en su lecho de muerte).
Más tarde, con la aprobación del libertador de América, tuvo un rol fundamental en la Logia Lautaro y en la Asamblea del año XIII, siendo su redactor, como así también teniendo a su cargo la publicación de La Gaceta Ministerial. Hubo un gran acercamiento a Alvear, e incluso Monteagudo lo secundó en sus tareas como presidente de la Asamblea. Sin embargo, esta Asamblea tampoco fue la que declaró la independencia, sumado a las derrotas de Belgrano en Vilcapugio y Ayohuma en 1813, terminó con el envío de San Martín a reemplazar a Manuel Belgrano en el Alto Perú. San Martín fue designado luego gobernador de Cuyo, mientras Alvear se valía de la ausencia del líder militar para hacerse con el poder de la gobernación de Buenos Aires, creando el Directorio y nombramiento como primer director supremo a su tío Gervasio Antonio Posadas, y posicionándose en contra del oriental Artigas.
Estas últimas situaciones que fueron apoyadas por Monteagudo de manera incondicional, terminaron con su destierro. Fue deportado a Europa y vivió en Londres y París en extrema pobreza. Fue en 1817 cuando pudo regresar a su Patria, habiéndose valido de todo tipo de favores. Pese a la alineación que Bernardo había tenido con Alvear unos años antes, San Martín lo reconoció como un hombre de valor, y lo nombró como Auditor de Guerra del Ejercito de los Andes, con el grado de Teniente Coronel.
Llegó a Chile apenas cometida la hazaña del cruce de los Andes, y allí redactó la proclama de la independencia chilena. Sin embargo, terminó como querellante de un proceso contra los hermanos Juan José y Luis Carrera, enemigos políticos de O'Higgins y vinculados a conspiraciones contra el gobierno, que terminó con su fusilamientos, hecho que enojó a San Martín por considerar un hecho que entorpecía la unidad de acción contra los españoles, según explica Mangione en su libro. ¿Chivo expiatorio? La realidad es que después de este hecho el abogado es encarcelado en San Luis. Tras un levantamiento de los prisioneros, Monteagudo es señalado como autor intelectual del mismo pero es llevado nuevamente al ejército por el Libertador de América.
En Chile vuelve a estar al frente de un periódico que contó con 7 ejemplares: “El censor de la revolución”, por pedido de San Martín y O’Higgins. Aquí escribe con la misma pasión que una década antes en Chuquisaca, pero con una mesura mucho más acentuada, con una concienciad e la realidad americana y con un fuerte de deseo de que haya una real aplicación de los ideales revolucionarios. Meses después, partía con San Martín hacia Perú como su secretario de Guerra y Marina, en un barco que cargaba con lo más importante para liberar a un pueblo: una imprenta.
En Perú montaron su imprenta móvil y distribuyeron las proclamas al pueblo peruano. Con inteligente estrategia ganando tiempo con negociaciones, pudo hacerse del pueblo limeño con total agilidad. Monteagudo trabajaba a su lado con los boletines del ejercito libertador. Mantenía comunicación en clave con patriotas peruanos, habilidad que le valió más adelante su lugar junto a Simón Bolivar.
Estando allí, publicó El Pacificador del Perú. Aquí Monteagudo desplegaba la táctica de demostrar que, contra los desmanes del Virreinato, el ejército libertador traería la Paz. Los próceres leyeron al pueblo peruano de manera que entendieron que la independencia de ellos debía tomar forma de monarquía.
La retirada española se da en julio de 1821. Se entregó a San Martín un estandarte del sanguinario conquistador del Perú, asesino de Atahualpa, Francisco Pizarro. Se formó un gobierno independiente que nombró a San Martín como protector. Le otorgó así al tucumano (Teniente coronel) el cargo de Ministro de Guerra y Marina, y luego de Gobierno y Relaciones Exteriores. El 3 de agosto San Martín crea el protectorado del Perú, reforzando como una de sus primeras medidas comenzar a abolir el sistema de esclavitud, en búsqueda de eliminarlo.
Monteagudo volvió a su tarea emancipadora mediante las letras, fundando una sede de la Sociedad Patriótica de la cual se desprendía “El sol del Perú”, un órgano de prensa. Los tres ministros (García del Río, Hipólito Unanue y Bernardo de Monteagudo) suscribieron con San Martín el estatuto del Perú. Aquí redactaron las bases de un país libre y soberano, con vistas a la educación masiva de sus ciudadanos, y con ideas económicas de Monteagudo.
San Martín continuó con su misión liberadora junto a Bolivar, dejando al Teniente Coronel como su delegado en Lima. Lo que comenzaba a jugarle en contra al tucumano fue el rol que ocupó un republicano quien, en principio, formó parte de la sede de la Sociedad Patriótica en Perú. Se llamaba José Faustino Sanchez Carrión y había aprendido las mismas tácticas de pluma que Bernardo. En La Abeja Repúblicana comenzó a atacar y a incitar el odio contra el ministro de San Martín. Lo mismo sucedía con el jefe político del departamento de Lima, José de la Riva Agüero, quien defenestraba desde su espacio a Monteagudo. Se lo llamaba libidinoso, se cuestionaba su adhesión al lujo por bañarse a diario, por pedir comida especial, por su ropa elegante. Una campaña de desprestigio estaba sucediendo a pasos agigantados. Fue finalmente destituido el 25 de julio de 1822.
Se exilió en Panamá y logró reunirse con Simón Bolivar en diciembre de ese año, sorprendiendo con su impetú al venezolano, que lo sumó a su gestión independentista encomendándole distinto tipo de negociaciones, mientras el mismo negocioaba el regreso de Bernardo al país que meses antes lo había exiliado.
El tucumano no pareceía estar preocupada por las amenazas que se cernían en torno a su vida. Inclusive en un artículo del decreto que prohibía su regreso, quedaba explícito que quedaba fuera de la protección de la ley en el momento de tocar cualquier punto del territorio de la república.
El 28 de enero de 1825, regresaba de la sepultura de su amigo Manuel José Soler, granadero de San Martín fallecido después de una enfermedad. Se dirigía a casa de una amante, cuando fue asesinado a puñaladas frente al convento de San Juan de Dios. El asesino se llamaba Candelario Espinosa y lo acompañaba Ramón Moreyra, el último, esclavo de Francisco Moreyra y Matute, uno de los fundadores de la Sociedad Patriótica de Lima.
Los rumores de la sociedad limeña no buscaron justicia sobre esta muerte, más bien, esta habría sido precedida por el rumor y el escándalo, acusando a algún que otro marido celoso de haber cometido este crimen por celos.
Sin embargo, tanto Bolivar como San Martín buscaron la pista de la muerte de Monteagudo entrevistando a muchísimas personas de manera personal, inclusive años después del suceso. Fue enterrado en el convento dos días después de su muerte. El convento dejó de existir en 1848 y para dar lugar a una plaza, y en el 78 se exhumaron los restos para ir a un mausoleo. Recién en 1917 regresaron a Argentina, para ser examinados por un forense y luego hacer camino hasta el cementerio de la Recoleta, donde una pequeña placa lo recordó por 99 años, ya que en junio del 2016 regresaron a su Tucumán natal mediante un gran homenaje en memoria del prócer tucumano, que fue encabezado por los entonces gobernador Juan Manzur, el intendente Germán Alfaro y el ministro de Defensa de la Nación, Julio Martínez. Descansan ahora en el cementerio del Oeste.
Las incógnitas sobre el origen del tucumano rodean su historia. Muchos registros de los enemigos de la revolución, demuestran que lo llamaban zambo, negro o mulato a modo de insulto. El escritor tucumano Marcos Rosenzvaig publicó en 2016 su novela “Monteagudo. Anatomía de una revolución”. En ella relata una conversación entre el médico forense Pascasio Romero y los huesos de Monteagudo. Pascasio Romero existió de verdad, y en 1917 tuvo la misión de examinar el cadáver que había llegado desde Lima 90 años después de su muerte. Quizás, en parte, para determinar su origen. En la novela, el médico muere de forma abrupta por un aneurisma mientras hacía este trabajo. Entre sus pertenencias, una nota expresaba que había mantenido una conversación con los huesos del prócer. Lo demás, forma parte de la ficción.
Sobre las raíces africanas de Monteagudo, el escritor aclaró hace algunos años en una entrevista con Ámbito que había investigado lo siguiente: “La más cordial sostiene que su padre era español y su madre posiblemente tucumana. La que los hace mulato, y acaso lo era, sostiene que su madre era la negra esclava de un cura, que luego se juntó con un soldado español que puso una pulpería, que le dio fortuna como para pagarle a su hijastro los estudios”
En 1822 un artista de renombre habría pintado el único retrato conocido de Monteagudo, de frente. Este retrato fue copiado por un pintor peruano de apellido Noroña en 1874, y esa copia fue rescatada por el historiador Manuel Lizondo Borda, y a su vez por su pariente el tucumano Estratón J. Lizondo. En este retrato, que es el que adorna la tapa del libro del periodista Germán Mangione, se busca comenzar a borrar de los libros de historia la imagen blanqueada del procer tucumano. Imagen que surge a partir de un testimonio rescatado por el historiador Mariano Pelliza en 1880, que acude a una consulta biográfica del General Gerónimo Espejo (veterano de Los Andes), quien dijo que Monteagudo se parecía a Bernardo Romualdo de Vera-Mujica y López Pintado, santafesino que había hecho carrera en la revolución chilena y compositor del primer himno. En ese momento Pezzila acudió a un dibujante para que realice una adaptación del rostro de Vera y Pintado, dando por resultado la imagen que –hasta hoy- se reproduce de Monteagudo.
En 1822 el viajero francés Lafond, quien estuvo en Lima en 1822, que hace el siguiente comentario acerca de Bernardo de Monteagudo: “[…] de raza mezclada, tenía en toda su plenitud el carácter pérfido y cruel del zambo y la imaginación ardiente y ambiciosa de la mayoría de los mulatos, casta media, que sólo aspira a librarse del yugo de los blancos para gobernar a su vez la clase negra y dar lugar a sus instintos de dominación y de orgullo”. Este registro rescatado por Roger Saravia Avilés es quizás el testimonio más fuerte en torno a esta búsqueda del origen de Monteagudo.
La imagen con la que cerraremos este intento de resumen por explicar quién fuera el dueño de la pluma más filosa de la revolución americana, busca reivindicar el valor de nuestros descendientes afroamericanos en la lucha independentista argentina. Otrora que el soldado Cabral o la María Remedios del Valle, Bernardo de Monteagudo podría sumarse a esta fila.

Fuentes consultadas:







