Juventud y Política
Los líderes políticos tradicionales han perdido un nexo comunicacional con los jóvenes y no encuentran manera eficaz de hacerse cargo de la problemática que los aflige. Por Sisto Terán Nougués.
(Imagen original de la nota, tomada de sistoteran.substack.com.)
En el año 1999 la Organización de las Naciones Unidas (ONU) estableció que el día 12 de agosto de cada año se celebraría el Día Internacional de la Juventud “para reconocer el papel de los jóvenes como agentes de cambio y debatir los retos que enfrentan en el mundo”.
Resulta entonces muy atinado que la nota de hoy se dedique a abordar el rol de la Juventud y su vinculación con la Política, porque me parece, subjetivamente hablando, que los líderes políticos tradicionales han perdido un nexo comunicacional con los jóvenes y no encuentran manera eficaz de hacerse cargo de la problemática que los aflige.
Soy enemigo de las generalizaciones, y por ende, pido de antemano disculpas, porque he de recurrir a ellas para poder desagregar mis ideas, aún a sabiendas de que la realidad es enemiga de establecer parámetros generales como si fueran de aplicación universal, pero a los fines de esta nota utilizaremos conceptos como Juventud y Política, expresados de manera genérica, dejando de lado las inevitables particularizaciones que los matices sociales obviamente presentan en todo momento.
En esta línea de pensamiento, vamos a entender la Juventud como un conglomerado heterogéneo, con un denominador común determinado por una franja etárea que los identifica, y le asignaremos arbitrariamente características que nos permitirán un desarrollo conceptual a despecho de estar sabiendo que no todo joven participa forzosamente de esas caracterizaciones.
Voy a tomar la idea de la ONU, y me referiré a esa Juventud entendida como el factor determinante de los procesos de cambios sociales y los constructores imprescindibles del futuro de sus sociedades.
Tradicionalmente la Política, y el poder en todas sus formas, han tenido como destinatarios principales a los jóvenes, en el convencimiento de que es allí donde, hasta por biología, están los entusiasmos arrebatadores que promueven cambios y tienen el arrojo de confrontar los valores establecidos.
Es por eso imperativo saber cuál es el conjunto de valores y qué objetivos existenciales imperan mayoritariamente en estos grupos juveniles para poder dirigirse a ellos con un mensaje concreto que responda a sus expectativas.
Hasta hace muy poco tiempo, en la sociedad argentina, los infantes, adolescentes y jóvenes recibían de parte del contexto social una serie de ideas fuerzas que se sostuvieron durante décadas. Había que estudiar, recibirse, conseguir un trabajo estable, tener la casa propia, buscar la pareja, casarse, tener hijos constituyendo una familia tipo, y disfrutar en la última etapa de la vida de un retiro laboral y de los nietos.
Con estos estereotipos sociales, es lógico que desde la política los contenidos conceptuales del debate giraran en torno a estos esquemas. La Educación pública era el motor del ascenso social, y las universidades naturalmente pasaron a ser el centro del debate y la movilización política, y la generación de puestos de trabajo y la salvaguarda de los derechos laborales constituyeron el epicentro de una variada conflictología social. Cómo los partidos políticos resolvían estos temas era parte necesaria de la discusión pública que los jóvenes protagonizaban con pasión muchas veces descontrolada. Estudiantes y trabajadores eran la esencia de toda movilización, y la lucha por derechos que consagraran una mejor consecución de los estereotipos vitales era la constante de los tiempos.
Estas pujas se vieron además atravesadas transversalmente por las ideologías imperantes, que en el mundo de la guerra fría que había sucedido a los horrores de la Segunda Guerra Mundial, habían tomado un rol preponderante en el quehacer político en todos los países del mundo. La batalla cruenta entre el capitalismo y el comunismo proyectaba su sombra fatídica en el corazón agitado de las juventudes, envolviendolas muchas veces en dramas sangrientos y dolorosos.
El tránsito sanguinario al que estos enfrentamientos nos llevaron, abrió paso a una nueva juventud, ansiosa de libertades y democracia participativa. Aluviones de jóvenes se movieron, desde todos los horizontes ideológicos en busca de una consolidación democrática que se consideró abarcativa de todas las soluciones posibles. Cambiaba el tono de la confrontación, pero el sustrato de los valores que el contexto nos ofrecía era más o menos el mismo. Por eso Alfonsín se apropió de la Democracia y le endilgó el mágico poder de concretar por sí sola todos los sueños del conjunto social:
“Con la Democracia no solo se vota, sino que también se come, se cura y se educa”, nos decía con una voz melodiosa que invitaba al ensueño.
La frase, amén de su convocatoria militante, ratificaba ese esquema de vida al que me refiriera líneas arriba. Nos educábamos, para, a través de esa educación, conseguir el trabajo que nos permitiera subsistir y gozar de una vida saludable.
Esa idea traía además implícita la valoración de que los empleos estables y resguardados por garantías legales que nos protegieran eran el destino deseable, y por ende el desarrollo de una industria nacional fuerte que instale fábricas donde pudiéramos conseguir esos trabajos, era una idea razonable.
Los gobiernos tenían que tener como misión crear las condiciones necesarias para que hubiera trabajo, educación y salud pública y vivienda propia. La sociedad y los jóvenes entendían que estos objetivos no solo eran deseables, sino también posibles. Y esa potencialidad probable generaba expectativas de un futuro mejor.
Hoy tengo la impresión de que la percepción social ha cambiado drásticamente, particularmente entre los jóvenes.
Sus valores, entendidos como metas existenciales que se juzgan apetecibles, han sufrido una mutación fuerte, y no del todo espontánea.
Los tiempos ya no son los mismos, y los modos de vivir son tan diferentes que apenas un par de décadas han bastado para destrozar lo que hasta hace poco se consideraban valores establecidos.
La consigna de que la Educación era el único modo válido de ascenso social está fuertemente cuestionada, máxime entre los jóvenes. Con una sutileza cruel, las redes sociales han empezado a instalar la idea de que capacitarse puede llegar a ser una pérdida de tiempo. Dedicar años de la vida a estudiar es sinónimo de desperdiciar oportunidades y representa un camino áspero, al final del cual no aparecen las recompensas prometidas. Graduarse no es sinónimo de conseguir empleo, y cada vez es mayor el desencanto.
Agobiados por mensajes digitales que prometen atajos y riquezas fáciles, muchos jóvenes se ven tentados por incursionar en la timba bursátil, que se promociona con agudeza como “educación financiera”, esperando rentas cuantiosas en poco tiempo y con muy poco esfuerzo. Otros sectores están siendo seducidos por la ludopatía, una mancha viscosa que se extiende desde el mundo de la tecnología que se ha transformado en un gigantesco garito digital que suele cebarse en las mentes maleables de los jóvenes. Y existen por supuesto aquellos que, presionados por la promesa de ganancias extraordinarias y circunstancias difíciles, no dudan en recurrir al narco barrial para incursionar directamente en el delito.
Los mecanismos de “scrolleo” se han apoderado con fuerza especialmente de los jóvenes, incitándolos a una incapacidad de centrar su atención, deformando sus atributos cognitivos y destruyendo hasta el deseo de incursionar en cualquier metodología que implique el uso del llamado pensamiento crítico.
La nueva valoración juvenil parece rechazar la idea del compromiso y la estabilidad, del esfuerzo y la postergación de la satisfacción inmediata en aras de mejorías futuras. Impregnados de la cultura tecnocrática que se ha impuesto hacen abandono de la lectura y buscan vivir sus vidas sin comprometerse en nada que les restrinja ese artificioso concepto de libertad que otros han ido elaborando para ellos y que asumieron como propio. Formar familia y tener hijos supone para algunos amarrar sus libertades a un yugo intolerable, y hasta lo consideran un impedimento formal para la concreción de sus aspiraciones individuales económicas, laborales y existenciales.
El sueño de la casa propia se ha transformado en una utopía inalcanzable, y ya muchos dicen que financieramente es un desatino, y económicamente un error inconcebible. En el fondo tengo la idea de que están actuando como el zorro en la fábula de Esopo, ante la imposibilidad de lograrlo, han decidido unilateralmente “que las uvas están verdes”.
La adolescencia vive hoy en primera persona la amenaza permanente del bullying, que existía desde siempre, pero al que las redes han potenciado a magnitudes nunca vistas. Ya la viralización de la injuria y la absoluta carencia de límites morales ha transformado el ámbito virtual en un escenario nauseabundo donde todo vale y nadie sale ganando.
La crisis de las religiones también contribuye a un estado de desasosiego juvenil. La ausencia de parámetros morales y la desaparición de Dios en nuestras vidas trae aparejado un vacío existencial que suele venir acompañado de renovadas angustias.
Si estudio no estoy seguro de conseguir trabajo, si logro un buen empleo, este no es seguro ni duradero, no puedo soñar seriamente con mi casa propia, no me interesa constituir una familia y rehúyo el compromiso que implica una vida en pareja, solo me interesa pasar el momento, vivirlo de la mejor manera posible y dejar transcurrir los días de mi vida en penosa letanía.
Para colmo, cuando miro en derredor, advierto fantasmas que se ciernen sobre mi cabeza con sus sombras tenebrosas.
Me esfuerce lo que me esfuerce, la máquina y la tecnología parecen querer desplazarme y sustituirme. Aquello que estudié y en lo que me capacite, no sé si en un par de años quedará obsoleto y la Inteligencia Artificial encontrará el modo de hacerlo mejor, más rápido y sin mi intervención.
Por otro lado, si me tomo el tiempo de mirar hacia adelante, el penoso espectáculo de esos pobres jubilados mendigando su sustento y apaleados por la policía, tampoco ofrece alicientes. ¿Para qué contribuir con aportes a un sistema previsional que agoniza y que no me garantiza ni siquiera la subsistencia?
Este panorama durísimo que estoy trazando se traduce en un ya comprobado incremento de los suicidios entre adolescentes, y ni hablar de la escalada impactante en el número de sujetos que han caído en adicciones de todo tipo y el aumento exponencial de enfermedades mentales en los jóvenes de nuestro tiempo.
A ese conjunto de jóvenes, inmersos en un contexto como el que estoy describiendo, es a los que la política debe dirigir su mensaje.
La primera dificultad para ser escuchados es la natural conexión que nuestras mentes hacen entre el estado de situación que vivimos y el accionar fracasado de los grupos políticos tradicionales. ¿Cómo pueden generar esperanzas y expectativas aquellos que son sindicados como los causantes principales del deterioro social?
Es quizás por eso que la ultraderecha en el mundo y Milei en la Argentina han encontrado un cauce discursivo sencillo para ganarse espacio en las mentes juveniles. Basta con darle un culpable, un enemigo identificable, al cual transferirles las responsabilidades de todas las frustraciones, y enseñarles a odiarlos con todas las fuerzas. El insulto y las malas formas son el envoltorio natural para expresar ese odio y canalizar ese desencanto feroz a favor de los intereses políticos de estos grupos extremos, que en otro contexto social jamás hubieran tenido cabida.
El discurso mileísta es eficaz, porque no propone soluciones serias ni se hace cargo de ningún problema. Es un dogma militante que escupe agravios, estigmatiza personas e instituciones y nos cuenta el cuento de que no hay que hacer nada, todo se va a arreglar solo, por el mero paso del tiempo y el accionar invisible de un mercado endiosado, sin importar los daños sociales y las víctimas cruentas de un proceso impiadoso.
Milei te invita a evadir impuestos, a fomentar al extremo tu egoísmo, a desentenderte del prójimo, a buscar la satisfacción de lo inmediato, a no pensar ni dialogar, a insultar al otro identificado como el autor de todos tus males, y te indica que es posible esquivar todos los límites morales con el objetivo de satisfacer como puedas tus objetivos individuales. Te enseña que eres el único autor de tu propio destino, y que los otros no importan.
Y engañosamente propone alternativas mágicas que nunca se cumplen, pero que otorgan contenido al discurso: “Dinamitáremos el Banco Central”, “dolarizáremos la economía”, “el ajuste lo pagará la casta”, “los jubilados son viejos meados que no han sido previsores con sus finanzas y se merecen las privaciones que padecen”, “los que se endeudan son responsables únicos de sus deudas, nadie les puso una pistola en la cabeza para que pidan plata”, “los que defienden la industria son tarados”, “el que piensa distinto es comunista”, “no odiamos lo suficiente a los periodistas”, etc.
Nos guste o no, y aún cuando nos produzca repulsión el contenido de estas frases, hemos de aceptar que hay un discurso que en su momento sedujo a los jóvenes. Les llenó el vacío existencial con el odio al distinto. Y no duda en contradecirse porque sabe que el “scrolleo” es eso, una pantalla en movimiento perpetuo.
El endeudador serial pasa a ser el mejor ministro de economía del mundo, la zurda que ponía bombas en los jardines de infantes se convierte en el paladín de la justicia y la represión, y el colorado corrupto y ladrón se transforma en el hombre más dúctil y habilidoso de la política nacional. Es innegable que el show está garantizado, nuestra sociedad y nuestros jóvenes viven inmersos en una especie de reality show interactivo donde Milei jamás defrauda, sus alteraciones emocionales y el repertorio de payasadas son inagotables y se renuevan todo el tiempo acaparando esos cerebros que no quieren pensar, que solo buscan la vivencia visceral de lo intrascendente.
Frente a ese discurso, que existe, y que ha calado fuerte, la oposición se muestra impotente. No tiene nada que decir. Recurre a la vieja metáfora de un estado de bienestar del que ya no quedan ni pedazos dispersos. Se repliega en discusiones menores y ha perdido atractivo. No da espectáculo, pero tampoco tiene argumento.
Entiendo que urge la irrupción de una política con un mensaje renovado, diáfano, contundente, que aborde los temas que le preocupan a los jóvenes y que resuciten esperanzas dormidas. Hay que hablar de pensamiento crítico, pero antes hay que hablar de la Inteligencia Artificial. Hay que incorporarla al temario, no para demonizar sino para entender y proyectar. Un ideario político es el constructor de futuros y un traductor de realidades. La IA está y trazará el mañana inmediato de nuestras sociedades.
Urge explicar la fragilidad de las soluciones fáciles que conducen siempre a situaciones penosas. Hay que preocuparse por las adicciones y demostrar que hay empatía con los padecimientos que causan los vacíos y las angustias que producen las enfermedades mentales. Hay que renovar los compromisos esperanzadores de que el conocimiento y el esfuerzo son herramientas imprescindibles para el crecimiento personal. Hay que hablarles de esos alquileres que no pueden pagar y reconstruir la utopía de la vivienda propia. Hay que intentar entender los nuevos mecanismos mentales y adaptar un discurso acorde a las formas contemporáneas.
Cuando hablo con mis hijas, todas me indican que la política huele a rancio y que no enamora a nadie. El voto, esa ilusión de libertad que convocaba el espíritu de mi generación, ha pasado ahora a convertirse en una enojosa a indeseable obligación que cada vez menos personas quieren asumir.
Si queremos revitalizar el tejido social e inculcarle valores positivos, tenemos que aprender a reformular el mensaje político, en especial el que está dirigido a los jóvenes. Sin ellos, los agentes biológicos naturales del cambio, ningún futuro promisorio es posible.
Buenos Aires, Agosto 13 del 2026
Sisto Terán Nougués
Artículo publicado originalmente en sistoteran.substack.com.
Sisto Terán
Tucumano. Abogado. Político. Escritor. Fue vicegobernador de Tucumán, legislador, director de la Casa de Tucumán en Buenos Aires, entre otros cargos públicos. Ha publicado los libros "Cartas a mi hijo que está por nacer" (1999), “Yo no creo en la muerte” (2009), "Camino de Santiago" (2000) y "Hitler, un pecado Colectivo" (2023). Pueden leer sus últimos escritos en sistoteran.substack.com.







