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Nina Kraviz y el Ritual de las Yungas

MÚSICA

La DJ ícono de la escena mundial fue la estrella que coronó el sábado de Tafí Viejo. Viaje al fin de la noche a través de los beats en la tierra de La Nina. Todo lo que dejó una fecha tan mágica como un bosque encantado. | Por José Luis Mazza

Foto: X





El paisaje se desdobla en una geografía inconmensurable. La selva vertical de Tucumán sube y se eleva hacia el cielo, un muro lateral espeso de árboles junto con luces estroboscópicas de color verde te lleva por un pasillo a la inmensidad calcando la intro de una película de ciencia ficción, aquí en Tafí Viejo, tan lejos tan cerca. Arriba, una luna magnética y pesada lo corona todo, tiñendo el monte de una plata fosforescente.

Hace tiempo que la movida electrónica tucumana dejó de ser un secreto de provincia para volverse un polo pesado en el norte argentino. Es un ecosistema con códigos propios que tiene su centro en La Boite, ese antro gigante de resistencia urbana que lleva más de veintidós años cruzando a la región con los mejores DJs del planeta. En esa línea, la gente de Proyecto Aborigen va más allá de armar una fecha redefiniendo el espacio físico y metiendo la vanguardia musical directamente en la mística del NOA.

El epicentro es la Hostería Atahualpa Yupanqui que descansa al pie del cerro, custodiando la memoria de la Nina Velárdez, aquella mítica guardiana del monte que entendía los susurros de la flora y la fauna como nadie. Caminar por las Yungas es una forma de buceo. Te sumerges en una atmósfera densa, donde el aire se respira casi líquido, el sonido del viento en las hojas imita el oleaje lejano. Ambos guardan rincones donde el ser humano aún no ha dejado huella, valles escondidos y fosas oscuras que custodian especies desconocidas para la ciencia. Perderse en la inmensidad de las Yungas es una forma de replicar un océano vistiéndolo de hojas, raíces y montaña.

Y poco a poco asomo de madrugada detrás de las bandejas, como una chamana de la nueva era digital, Nina Kraviz la Dj de las estepas rusas. Sin concesiones tiró un set de techno y acid que se metía bajo la piel como agujas eléctricas, tatuando beats mecánicos y texturas sintéticas experimentales. Esa estructura repetitiva armó una atmósfera oscura, técnica y cruda, que conectaba el pulso primitivo de la selva con la frialdad industrial de los talleres ferroviarios de Tafí. En la pista, miles de personas bailaban con la única necesidad de sentirse adorados y deseados por la naturaleza que las rodeaba. Gente linda y caprichosa reciclándose constantemente entre la tierra, el humo y la bruma. 

La multitud responde. El baile ya no es entretenimiento, es un ritual. Los cuerpos se mueven suspendidos en la intermitencia del “boom boom boom…” bajo profundo y denso como la bruma. El sudor brilla bajo la luna. El trance se volvió total, un viaje sensorial que calcaba el parpadeo implacable de Enter the Void, la peli de Gaspar Noé. En esa hipnosis colectiva se borró la frontera entre el monte salvaje y el delirio sintético; solo quedó el pulso, el humo y la eternidad de la noche.

Al final, queda el compromiso de Tafí Viejo y Proyecto Aborigen con la sustentabilidad. Bailar en el monte exige cuidarlo; transformar el residuo en conciencia es parte de este trance colectivo que respeta la tierra de la Velárdez. Como escuché al bajar de la Hostería mientras el sol amenazaba con salir: "La Nina estuvo increíble... Si no te gusta, no entendés nada".