¿Los peores hablados del país? ¡No! En Tucumán hablamos quichua
¿Los tucumanos hablamos “mal”? ¿Por qué tenemos tantos regionalismos? ¿Somos bilingües sin darnos cuenta? Hoy te contamos cuánto de quichua hay en nuestro lenguaje y cuánto de aquello que muchas veces se desprecia tiene una raíz "del año del ñaupa", profundamente anclada en este territorio.
“Chango, cuidamélo al mishi, me voy un ratito con las chinitas”. El quichua está presente en la cotidianidad tucumana. Es innegable la cantidad de veces al día en que, además de hablar en quichua, pensamos en quichua, muchas veces sin advertirlo. Hace algunos días, en un video de un par de minutos de TikTok, expresé algunos términos quichuas que los tucumanos usamos en el día a día. El efecto fue impresionante: miles de personas me dejaron saber que desconocían el origen de su forma de hablar.
El lenguaje no solo sirve para nombrar el mundo: también organiza nuestra manera de percibirlo. El lingüista y filósofo Walter Ong sostenía que la palabra moldea la conciencia. Pensar eso desde Tucumán obliga a una pregunta incómoda: ¿qué dice de nosotros el hecho de hablar —sin advertirlo— una lengua heredada de nuestros pueblos originarios? Aunque en los espacios académicos solemos leer y releer sobre oralidad y escritura, todavía tenemos una deuda pendiente: aplicar esas ideas a nuestro propio lenguaje, a nuestros regionalismos, a nuestra tucumanidad.
El quichua es una variante regional del quechua en esta zona del mundo. El quechua es la lengua originaria más hablada del continente. “Son 10 millones los hablantes, desde el sur de Santiago del Estero hasta Colombia”, me dice para este artículo Héctor Andreani, antropólogo, licenciado en Letras, docente de la Licenciatura en Educación Intercultural de la UNSE y, sobre todo, un gran militante del quichua.
“Hay 26 variedades del quechua; es un quechua manchado. Es una lengua que fue cambiando, como cambió también el castellano. De la misma manera en que un abuelo se expresa de forma muy distinta a su nieto tiktoker, en el quechua pasa lo mismo. La variedad adaptada a Santiago del Estero se llama quichua” dice para eltucumano.com
Pero… ¿qué tanto quichua hablamos en Tucumán? Basta con hojear unas cuantas páginas del Diccionario Quichua-Castellano, que edita y comercializa Edunse, para caer en la cuenta de la enorme cantidad de palabras que tenemos incorporadas: mishi, pupo, ñata, mañoso, willy, usha, pingo, ura, pupulo, ocote. La lista podría seguir durante páginas enteras. Y podríamos encontrarnos a nosotros mismos, una y otra vez, dentro de ese lenguaje, comprendiendo lentamente que quizás somos bilingües inconscientes.
Sin embargo, la autocrítica frente al espejo lingüístico suele ser brutal. Con frecuencia escuchamos a tucumanos criticar a sus coterráneos por su forma de expresarse. Incluso avergonzarse y aclarar, en un intento desesperado por correrse de esa identidad: “Yo soy tucumana, pero no hablo así; no todos somos gauchos y mal hablados”. Lo paradójico es que quienes dicen eso quizá no usen todas esas palabras, pero las entienden perfectamente.
Andrés Stisman está a cargo de la cátedra de Filosofía del Lenguaje de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT. Investiga las distintas dimensiones sociales del lenguaje y, desde ese lugar, reflexiona para este artículo sobre el sentido peyorativo que suele aparecer cuando se habla de los regionalismos tucumanos:
“Los tucumanos tenemos un sello propio en nuestra manera de hablar español: el vocabulario, la entonación y la aspiración de las ‘s’, especialmente al final de las palabras. Esta forma de habla no es ni mejor ni peor que otras; constituye, simplemente, una manifestación más de la pluralidad lingüística. Sin embargo, es frecuente escuchar que los tucumanos ‘hablamos mal’ o incluso que somos ‘los peor hablados del país’. La pregunta relevante es qué produce esa representación negativa”.
¿Existe acaso la policía del lenguaje? ¿Podemos denunciar en alguna fiscalía a quienes se comen las “s”, a quienes aglutinan palabras o a quienes entonan las frases por fuera de las grandes capitales? La respuesta es obvia: no.
Pese a ello, la cotidianeidad del habla suele sonar a grosería para quienes presumen una superioridad estética al utilizar sus cuerdas vocales.
“Hablar ‘bien’ o ‘mal’ no son categorías absolutas, sino construcciones sociales que se configuran a partir de comparaciones con aquello que se considera la norma. Y la representación social dominante —muchas veces de manera implícita— identifica esa norma con el vocabulario y la entonación propios del centro del país, particularmente de Buenos Aires. El desprecio que algunas personas expresan hacia nuestra forma de hablar es, en ese sentido, una manifestación de la histórica hegemonía cultural del centro sobre la periferia, una relación de poder que también se proyecta sobre múltiples representaciones sociales que exceden lo estrictamente lingüístico”, afirma Stisman para eltucumano.com, buscando un poco de justicia frente a esta condena social que pesa sobre los “tucumanismos”.
Ahora bien: ¿por qué hay tanto quichua en Tucumán?
Héctor Andreani lo explica a partir de la herencia colonial y de la migración golondrina: “En Tucumán hay dos corrientes del quechua: una colonial, que desaparece a fines del siglo XIX; y luego un reingreso del quichua santiagueño, producto de los trabajadores de Santiago que llegaban con sus familias a las zafras. El de la zafra es un trabajo caracterizado por la condición de golondrina: se sella el rancho con barro para que nadie entre, y toda la familia sale caminando, a caballo o en carro. Viven varios meses en Tucumán durante la zafra. Trabajan todos: madres, chicos, padres. Por esa gran afluencia de trabajadores hay un contacto con el quichua; reingresan muchas palabras y expresiones, y se cubre la llanura tucumana con miles de ellas”.
Rebobinando en la construcción del paisaje tucumano, la caña de azúcar fue el elemento que más lo transformó: física, cultural y socialmente. Esto aplica especialmente a aquellos tiempos de zafra, cuando la mano de obra llegada desde otras provincias se volvía indispensable.
Así fue como Santiago del Estero aportó miles de familias enteras de obreros que vivían en nuestra provincia varios meses al año, trabajando para los casi treinta ingenios que llegó a tener Tucumán. Con el Operativo Tucumán y el cierre de once ingenios entre 1966 y 1968, el panorama social, económico y geográfico se volvió desolador. Miles se fueron en busca del pan a otros horizontes; otros miles se quedaron.
Muchos santiagueños que migraron luego se dedicaron a la cosecha del maíz y al despanojado en el sur de Buenos Aires, La Pampa, Santa Fe y parte de Córdoba. Sin embargo, su aporte a la tucumanidad ya estaba hecho: el quichua santiagueño se había instalado.
El hecho de que en Tucumán se hable tanto quichua no pertenece únicamente al campo del folklore o de la identidad. “No es magia. Es un proceso muchísimo más profundo, que surge de sucesos históricos que tenemos que conocer y reconocer en su verdadera dimensión”, sostiene Andreani.
Ante esta deuda histórica con nuestro propio autoconocimiento, el docente plantea que el lugar clave para reconciliar historia, lengua e identidad deben ser las aulas.
“Tenemos una Ley de Educación promulgada en 2006. Allí se reconocen ocho modalidades, entre ellas la Educación Intercultural Bilingüe (EIB). Esta modalidad está bien desarrollada en provincias donde las poblaciones exigieron que se eduque de manera bilingüe: Chaco, Misiones, Formosa. El problema en el norte, en Tucumán y Santiago, es que el quichua se naturalizó tanto como parte de nuestra habla cotidiana —como una lengua que atraviesa no solo a pueblos indígenas, sino a toda una capa social— que nadie reclama que forme parte del sistema educativo”.
A finales del siglo XIX y principios del XX, el NOA recibió una inmensa cantidad de inmigrantes que llegaron a asentarse en nuestro país. Muchos, al llegar a Santiago del Estero, aprendían primero quichua y luego español.
“Los inmigrantes, los empresarios, los gobernadores: todos hablaban quichua con la intención de hacer más simples los procesos productivos, de encontrarse más fácilmente con los obreros; el explotador explota más fácil si habla el idioma del explotado”, señala Andreani.
Esta deuda del sistema educativo respecto de la enseñanza del quichua —o de su reconocimiento más allá del folklore— también se expresa en la literatura.
Durante años fue habitual que en las escuelas se leyera Shunko, una novela clave de la literatura argentina escrita por Jorge Washington Ábalos. Es una historia autobiográfica en la que el autor relata su experiencia como maestro de ciudad que llega a una comunidad campesina e indígena con la tarea de educar a niños santiagueños que hablan quichua. Al final del libro, un glosario acompaña la lectura.
En 1925 nacía en Santiago del Estero un grupo intelectual con un fuerte anclaje territorial: La Brasa. El trabajo que realizaron para promover, incentivar y generar conocimiento desde la región continúa marcando los estudios culturales del NOA.
De allí surgieron nombres que pueden ayudarnos a saldar esta deuda con la educación bilingüe y el reconocimiento del quichua en las aulas.
Lucas Daniel Cosci es coordinador editorial de Edunse, la editorial de la Universidad Nacional de Santiago del Estero. Su formación es filosófica, pero actualmente investiga las tramas, poéticas y publicaciones literarias del NOA. Con una política orientada a reforzar las publicaciones bilingües, comenta: “Clementina Quenel en Cuentos de la luna negra o Los Ñaupas, Bernardo Canal Feijóo en su universo ensayístico, Ricardo Rojas en El país de la selva, Shunko, Shishilo de Dante Fiorentino”.
“Dentro del estudio del quichua hay dos corrientes. Está la de Domingo Bravo, docente, investigador, escritor y lingüista santiagueño, quien sostiene que la popularización del quechua en esta zona llegó con los españoles. Y está la de Emilio A. Christensen, quien sostenía que el quechua ya estaba instalado antes de la llegada española. Es un tema en debate que continúa estudiándose. Mientras tanto, las publicaciones literarias que incluyen el quichua siguen apareciendo de manera marginal, al margen, a pesar de lo importante que es conocernos a través de nuestro lenguaje”.
“El quichua que se habla en Tucumán es muy similar al santiagueño. Conocer de dónde vienen nuestras expresiones es conocernos a nosotros mismos y comprendernos. Los invito a conocer el trabajo de nuestra editorial, donde tomamos la decisión de incentivar publicaciones bilingües”.
El sistema educativo instaura conceptos, construye realidades, marca fechas en el calendario y genera conciencia, sentido de pertenencia y reconocimiento territorial. Por eso, Héctor Andreani sostiene que es necesario comenzar a abordar nuestra forma de hablar desde la enseñanza misma de la lengua.
“Pongamos un ejemplo. Si yo te digo ‘habías sabido querer estar bailando’, la Academia Argentina de Letras se muere… ¡cinco verbos juntos en cinco palabras! Pero en el quichua esto es posible. Lo mismo ocurre cuando escuchamos algo como ‘compramélo un kilo de pan’: me es objeto indirecto y lo es objeto directo. Hasta ahí llega el análisis. Pero nadie se pregunta cómo es posible que hablemos así aquí. Y es porque en quichua existe un sufijo que representa al objeto y al destinatario; en castellano está dividido en dos. Podría dar millones de ejemplos, pero para eso es necesario formalizar esta enseñanza, conocer las reglas del quichua y dejar de decir que ‘hablamos mal’”.
Finalmente, Andreani reafirma por qué es necesario que la docencia y la política se comprometan con la enseñanza del quichua: “Sirve para conocernos un poco más como población, como territorio, como historia. La lengua es una ventana. El estudio serio, el científico, entiende la pluralidad de voces, pero la desde la escolástica muchas veces sostienen una mirada absolutamente contraria a las lenguas del territorio. Con esas miradas normativistas no se pueden hacer políticas educativas”.
¿Te interesa obtener material educativo y de lectura para trabajar el quichua en las aulas? la Subsecretaría de Cultura de Santiago te invita a visitar sus redes y descargarlos.
También podés decargar material académico producido por Héctor Andreani en este enlace.
No hablamos mal. Hablamos con memoria.
Marianina Alegret








