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Diego Puig: "la riqueza, el privilegio y el poder desmedidos buscan la invisibilidad"

Entrevista

El poder, el dinero, la corrupción, pero también el amor son parte del mundo que el escritor desnuda en su libro “Los azules”. Cómo contar la riqueza mientras nos empobrecemos, quiénes son los azules en Tucumán y la polémica acerca de la buena y mala literatura que se produce la provincia en la mirada sagaz y la lengua filosa de Diego Puig. Por Exequiel Svetliza.





“Los ricos no piden permiso y también lloran”, sintetiza con la precisión de un orfebre de la palabra la escritora Selva Almada a la hora de caracterizar a “Los azules”, la última novela de Diego Puig. El escritor tucumano apela a su pluma filosa y cautivante para revelar las tramas invisibles del enigmático mundo de los ricos y poderosos; un universo atravesado por el dinero, el lujo, la banalidad, la corrupción, la política, pero también por la fuerza transformadora del amor. El libro, publicado por la editorial universitaria EDUNT, retrata con la elegancia de la ficción de Puig eso que permanece vedado a los ciudadanos de a pie y nos interpela sobre este presente histórico: ¿Cómo contar la riqueza mientras nos empobrecemos cada día más? ¿Qué lugar tienen la literatura y el arte en un mundo que parece desmoronarse? Con la sagacidad y la pulsión polemista que lo caracterizan, el autor contesta sin pelos en la lengua ni temor al debate. 

“La riqueza, el privilegio y el poder desmedidos buscan la invisibilidad, quieren pasar desapercibidos para eludir su responsabilidad por los desastres que causan (desigualdad, contaminación, abusos). Ellos quieren que la culpa recaiga en los pobres, los gobiernos o las clases medias. La riqueza, hoy más que nunca, exige ser controlada, o arrasará con los trabajadores, las clases medias y el planeta”, dispara Diego Puig en la antesala de lo que será la presentación de “Los azules” el próximo miércoles 13 de mayo a las 20 en Fungi (avenida Sarmiento 422) junto a Diana Ferullo. Diego es Licenciado en Ciencia Política y Filosofía y es autor de las novelas “Nadar sin luz” (2013, Milena Caserola) e It girl (2022, Geranía Editora), de los libros de cuentos “Vírgenes infinitas” (2018, Colección Mulita), “El problema de la luz” (2022, Gerania Editora) y 3x2=8 (2025, Gerania Editoria). Además del libro de ensayos y entrevistas “Un enjambre de literaturas regionales” (2021, La Papa). Desde el 2025, dirige la editorial tucumana Gerania Editora

-La novela arroja una mirada íntima acerca del mundo de los ricos, un universo que parece vedado al común de los mortales ¿Por qué crees que se cuenta poco la riqueza y por qué te decidiste a hacerlo?

-Históricamente no fue tan así. La democratización de la escritura que se produjo, especialmente en los últimos veinte años, hizo que mucha de la narrativa contemporánea, con muy justa razón, se dedicara a la visibilización de los márgenes del mundo. Minorías, disidencias y periferias están todavía recibiendo la atención que se merecen. Eso corrió el foco de las clases altas o privilegiadas, que tradicionalmente conformaron los protagonistas y los lectores de la literatura. Dejar de prestarles atención resultó ser funcional al proceso descomunal de acumulación de la riqueza por parte de los más ricos y poderosos que se viene dando desde los años 80. Estamos en momentos de mucha más desigualdad que en la mayor parte del Siglo XX. Creo que es importante que los ricos tengan consciencia de sus privilegios o por lo menos se sientan observados, si no al menos reflejados de una manera que los interpele. Es necesario también que las elites se piensen a ellas mismas con mayor responsabilidad, que la literatura cumpla de esa forma una histórica función social, que es modelar en cierta manera el debate social en las altas esferas, una función histórica de la literatura que se ha perdido o diluido. También podría servir para que los demás dejemos de estar papando moscas o mirándonos el ombligo. El poder es peligroso, más el económico, y debe ser fiscalizado. 

 

-¿Con qué materia prima trabajaste a la hora de construir el mundo ficcional de Los Azules? ¿Qué hay de real en la novela? ¿Cuáles serían los azules de Tucumán?

-Hay una escena de una pareja frente al espejo del baño en la comedia romántica “La joya de la familia”. Ahí el personaje de Sarah Jessica Parker se refiere al reflejo de ella con su pareja diciendo: “Just look at them, look at them (Miralos, solo miralos)” con un orgullo que me disparó mil cosas. Años después pensé en Jorge Taiana, en ese momento canciller, y su mujer Bernarda Llorente, por entonces número uno de Telefé, y quise explorar narrativamente cómo funciona un matrimonio poderoso en el que sus miembros se aman más todavía por la forma en la que son mirados o reciben la mirada de otros. Soy politólogo y la noción de corrupción se me transformó cuando estudié política china. Aquí tenemos un sistema de pensamiento político heredado de Europa y Estados Unidos, pero nuestra cultura admira eso que no puede internalizar o practicar, porque no somos eso, no sabemos vivir así. Y está perfecto porque tampoco esas teorías políticas son tan geniales. ¿Y si tenemos una práctica política más afín a la cultura china que a la europea-norteamericana? Quería cuestionar nuestra ambivalencia con respecto a la corrupción, también basado en algunos chismes de gobernadores del norte. Con esto, podríamos decir que todo es real y nada es real en la novela, como tiene que ser en la literatura (risas).  

¿Los azules de Tucumán? ¿Federico Van Mameren y María Ana Padilla? ¿Caty Lonac y Rochia Ferro? ¿Alperovich y Beatriz Rojkes? (risas) Que cada uno se imagine a su tucumano azul favorito.  

     

-Los azules es una historia de ricos y también una historia de amor ¿Qué tienen la riqueza y el amor para decir de este presente histórico? ¿La considerás una novela política? 

-La riqueza, el privilegio y el poder desmedidos buscan la invisibilidad, quieren pasar desapercibidos para eludir su responsabilidad por los desastres que causan (desigualdad, contaminación, abusos). Ellos quieren que la culpa recaiga en los pobres, los gobiernos o las clases medias. La riqueza, hoy más que nunca, exige ser controlada, o arrasará con los trabajadores, las clases medias y el planeta. Al mismo tiempo, el amor se ha vuelto difícil: la paciencia, la tolerancia y la generosidad son bienes escasos. Hay demasiada soledad y angustia porque nos falta la capacidad de amar y un horizonte de futuro prometedor, con mejores trabajos y salarios dignos. Mientras fiscalizamos a los poderosos, debemos amarnos más y mejor entre todos, cuidando de la comunidad. Esto implica saber sobrellevar las asimetrías —como en una pareja o familia— para que todos estemos mejor, incluidos los ricos.

-¿Cómo se vincula esta novela con el resto de tu obra? ¿Tiene algún valor especial para vos que la edite una editorial universitaria?

-Como te decía, es mi novela más señorial, más pomposa, de alguna manera y a la vez es la más clara, la más diáfana o directa. De todas maneras, tiene todos mis tics, mis obsesiones, mis referencias, es una versión más Hollywood de autor, más onda cine de prestigio hollywoodense, en eso se diferencia un poco de mis otros libros, en su modo de abordar, ampliar y torcer los temas que me apasionan como el poder político, social y entre personas que conforman relaciones afectivas. Siempre estoy escribiendo sobre el amor, la justicia interpersonal, la responsabilidad, la comunicación entre las personas que se quieren, cómo hacer para no odiarnos, alejarnos, romper el vínculo. Cómo tener mayor comunión.

Con respecto a la segunda parte de tu pregunta, el prestigio de la universidad argentina, particularmente la tucumana, es algo que me llena de orgullo. Ser digno de formar parte de sus engranajes a través de EDUNT es maravilloso (yo no hice la universidad en Argentina y un poco estoy vedado por eso de enseñar formalmente, y por mi vagancia y poco apego a lo institucional, digamos todo). EDUNT le da a la novela un espaldarazo de prestigio y la va a llevar por sus propios caminos, diferentes a los de las editoriales comerciales tradicionales. Todo eso me re entusiasma.

 

-Además de escritor estás al frente de una editorial local ¿Cómo subsiste un proyecto editorial como Gerania en el actual contexto económico del país? 

-Vendiéndole solo a los ricos o perdiendo plata y trabajando gratis. Subsistiremos con tanta frustración como alegría y entusiasmo hasta que los salarios vuelvan a permitirle a la gente comprar libros de nuevo.   

 

-El año pasado Gerania financió un relevamiento sobre autores y libros tucumanos, una iniciativa que generó algunos debates y polémicas en el campo literario local ¿Cómo valorás esa experiencia? ¿Cuáles fueron las discusiones más valiosas que suscitó esa iniciativa? 

-La experiencia fue traumática. Me enojé con el medio literario tucumano y algunos se enojaron conmigo. Fracasamos, especialmente en la comunicación, pues sirvió para muy poco. Demasiada poca gente ayudó a generar un debate productivo. El voluntarismo individual no alcanza; se necesita participación y la generosidad de una masa crítica para que todos cumplamos bien nuestros roles: el escritor, el editor, el librero, el gestor, el periodista cultural. Hay una falta de mirada amplia; veo mucha mezquindad, mediocridad, sectarismo y veleidad, además del vedettismo o panelismo de opinar por opinar. El objetivo era empezar a ordenar el caos del universo literario de Tucumán, donde todo parece estar al mismo nivel cuando no es así. Se necesitan jerarquías para no hundirnos en la mediocridad y la endogamia. Muchos siguen creyendo que el autor es el centro, no el texto ni el lector, y que decir "yo escribo" otorga prestigio. Hay mucho que no es literatura ni buena literatura, que solo suma ruido, ocupa espacio y consume el poco oxígeno que hay, perjudicando a la literatura tucumana. La encuesta buscaba consensuar un mapa de lecturas básico para presentar un universo más claro y coherente a los lectores, pero no lo logramos.

 

-¿Qué lugar tiene el libro y la literatura en el mundo actual? ¿Para qué o para quién se escribe?

-En la práctica se escribe para los pocos que tienen la capacidad de concentración para leer, la plata para comprar los libros y el manejo de cierta comprensión lectora. Hoy en Tucumán deben ser 500 personas. Y eso es una lástima. Ojalá trabajáramos para formar más lectores y un mercado literario más amplio y sustentable. La literatura tiene el potencial de hacernos mejores personas, más pensantes, más profundas, más pacientes, mejores conversadores, propiciar más y mejores encuentros. La literatura, con su estimulación de la imaginación, la emoción y el pensamiento nos vuelve más humanos, cuando cada vez somos, como especie, más tontos, más vagos, más cómodos, más despiadados, más mezquinos, más torpes, más insensibles, más solitarios, más feos y más brutos. Pero todavía creo que la lectura, el arte y el trabajo del ecosistema literario y otros ecosistemas del arte y de otros tipos pueden revertir un poco, de alguna manera, el curso al abismo en el que estamos enfrascados. Como mínimo, se escribe y se lee para estar menos solos, aunque no alcance la literatura por sí sola para salvarnos. Pero sí, escribimos para imaginar, pensar y sentir. Vamos a seguir escribiendo para los que quieran conversar, encontrarse con otros. Para ser mejores personas. Para ser más felices. 

 

Fragmento de Los azules

Las carreras de tortugas se sucedían a lo largo del día y a esa hora de la tarde más de treinta anfibios ya habían sido devueltos al agua, bajando la imaginaria pendiente al mar que propone la perspectiva. Los caparazones verdes aceleraban el tiempo, que solo existe con el cambio. Un cambio cíclico y dorado. Hacia el atardecer ya no quedaba casi nadie en la playa. Dieron la orden de largada y solo se escucharon los gritos de Catherine, que de verdad quería que su tortuga fuese la primera en volver a casa. Era negra con unos bordes fosforescentes, acelerada con la deriva. Las muchachas iban por los costados de la pista, inclinadas un poco hacia adelante, sobre las velocistas, cuando Mariné levantó la mirada y recorrió de abajo a arriba el poste delgado y pastel que era Goyo frente a ella del otro lado de la carrera. Solo unas cuantas tortugas marinas camino al mar entre los dos. Goyo le sonrió y Mariné dio vuelta su cara.

Ninguna de las tortugas de ellas ganó la carrera, pero igual se quedaron a mirarlas, en silencio, regresar al mar. Goyo se acercó y con el tono seguro de sí mismo que le infundía el mar azabache y el cielo que ya se había cerrado sobre todos ellos le dijo a Mariné algo poco imaginativo pero civilizado como “son argentinas, ¿no?”.

Mariné escondió educadamente su disgusto, dijo que sí y agarró del brazo a Catherine para volver al hotel. Casi al oído, pero no tanto, le dijo a su amiga, “¿qué le pasa a este feto para creer que puede hablarnos? Debe tener mucha plata o ser muy estúpido.” Catherine soltó una carcajada mientras se alejaban y se dio vuelta varias veces para mirarlo y gritar palabras sueltas como feto, estúpido y mucha plata. 

No lo ubicaban porque Goyo Della Valle había llegado el día anterior junto con su padre, era varios años más grande que ellas y no tenía hermanos que multiplicaran sus contactos sociales. Él sí sabía quiénes eran porque en el hotel ellas comían en la mesa reservada para los Plesch, los dueños de un canal de televisión en Buenos Aires. Goyo las siguió con la vista mientras se alejaban y las vio turquesas cuando la luz del hotel las golpeó de repente, pero en ningún momento dudó de que con el tiempo la mujer a la que había saludado sería de un azul regio, duro, exitoso.