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Un disparo, un chuschazo: por qué hay que ver Nuestra tierra en Tucumán

CULTURA

El documental de Lucrecia Martel retrata con crudeza el crimen del cacique Javier Chocobar, hilo conductor para realizar la construcción magistral de la historia jamás contada de nuestra provincia. Se estrenó anoche en el Ente Cultural. Se proyecta este viernes y este sábado. | Por Alfredo Aráoz

Forograma: Nuestra tierra, de Lucrecia Martel.





Padre nuestro que estás en el cielo, ¿estás en la tierra? 

Nuestra tierra, el documental de Lucrecia Martel estrenado a sala llena en Tucumán, comienza con un plano satélite y una voz universal. Conforme las imágenes retratan la inmensidad del planeta Tierra y el lugar de Chuschagasta en el mundo, la voz desgarradora de Mercedes Sosa canta: "Señor, ten piedad de nosotros", la apertura de la misa criolla del maestro Ariel Ramírez.

Advertencia: el término spoiler alert, en estas palabras, es sacrílego.

Lo que sí se debe decir es que el final es tan magistral como las dos horas que vivimos anoche en la sala Hynes O’Connor del Ente Cultural de Tucumán: el último plano muestra al pueblo de Chuschagasta frente a una pantalla de cine por primera vez viendo imágenes del taller actoral que brindó el equipo de Martel durante el rodaje.

“Nunca fui al cine”, dirá con su voz de copla María Rasguido, comunera del pueblo donde el cacique Javier Chocobar fue asesinado durante la disputa de las tierras. 

Quizás usted sí fue al cine alguna vez pero nunca vio la historia de Tucumán como Martel la ha retratatado. Con el crimen perpetrado por Darío Amín como hilo conductor, la directora construye un relato crudo y descarnado, con todo lo que ha pasado durante el juicio, con la sordidez de la prueba: un culatazo, un disparo, un celular que lo registra todo y cae como un cacique inerte entre las piedras de la escena del crimen.

La violencia judicial en el tono de las preguntas, los sorbos de café impávidos de los enjuiciados, el prepeo de un ex policía a un atleta del pueblo, el juguito de naranja de la querella, todo es retratado con una intimidad que nos deja perplejos como el mozo que sirve a los acusados y como el ordenanza que echa lustramueble a los sillones el día de la sentencia.

Antes, durante y después, el barco de Herzog en Fitzcarraldo es la balsa de Martel en la que naufraga y se inunda un pueblo tucumano, dueño de su tierra desde hace 350 años, más o menos la suma también del tiempo que les ha llevado a distintos habitantes de Chuschagasta que los atiendan en una comisaría, en un pasillo de Tribunales, en una mesa de entrada.

Con las más bellas fotografías conservadas como testigos de un pueblo al que quisieron desaparecer desde los ángeles divinos hasta la democracia, las voces de Hortensia, viuda de Chocobar, y de María, calman entre tanta angustia que genera la impunidad, el destrato, la muerte.

Son fotos en blanco y negro, en sepia, y algunas en color, que dan prueba de un pueblo que ante la cámara pocas veces sonríe. Sí, hay un chamamé que se canta; sí, hay un atleta que cruza la meta en Trancas; sí, hay un amor que imagina su casa donde llegue el wifi; sí, hay un arquero que vuela como un colibrí para atajar una pelota con destino de gol.

Pero hay silencio.

Las preguntas de la jueza son respondidas por el recurso formidable de Martel: el silencio. Después de todo, ¿a quién le ha importado durante siglos lo que tenga que decir un indio? 

“Con el diálogo siempre perdimos. Siempre nos quitaron algo”, dice Demetrio Valderrama, también cacique comunero, quien resume el éxodo tucumano con el cierre de los ingenios, el dolor de dejar su tierra para enyesar casas en Buenos Aires, vidas despojadas por los gobiernos de facto como las de la propia Hortensia limpiando casas. 

En el documental que también retrata cómo este país que repite su historia, el autopercibido patrón siempre sobrevuela. Siempre anda ahí como un dron hasta que es bajado de un hondazo en Chuscha. 

Es un documental de dos horas que merece cada minuto de nuestra atención, que pone en juicio algo más que la muerte de Chocobar, que nos obliga a repensarnos, a mirarnos al espejo y a preguntarnos, de una vez por todas, quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos, por qué tanto desprecio por el otro si la Patria es el otro, si el otro es uno mismo, aunque se mire para otro lado.

La de Nuestra Tierra es la historia de nuestra provincia, la de Tucumán, la del Norte argentino. Es la historia que nunca fue contada en parte por la complicidad de los medios hegemónicos y sus historiadores, partícipes de un negacionismo atroz entre tantos ríos de tinta y una pregunta que él mismo se realiza en el documental: “¿Eso lo escribí yo?”.

La historia la escriben los pueblos. La tierra es de quien la trabaja. El documental es de Lucrecia Martel. Chuscha es pelo. Se estrenó este jueves, se proyectará este viernes y se proyectará este sábado. Siempre a las 20. Es la hora. No se pierdan la oportunidad de verla. Aunque duela como un disparo. Aunque tire como un chuschazo.


Información importante: el documental se proyecta en la Sala Hynes O'Connor en el primer piso del Ente Cultural Tucumán ubicado en la calle San Martín 251, arriba del Caviglia. La capacidad de la sala es limitada. A las 20 comienza la película. Las boleterías se abren a las 19. Se recomienda ir con tiempo para asegurar su entrada. Solo se paga en efectivo. Cuesta 3 mil pesos.