Diciembre tucumano: paja, vértigo y hastío
Empezó diciembre, el mes más estúpido y vertiginoso del año, y nos agarra agotados y en el arrebato por culminar un año que, en muchos casos, ya estaba perdido desde el vestuario ¿Para qué acelerar justo ahora? Por Exequiel Svetliza.
Foto: Gonzalo Calvelo, extraída de https://x.com/jeremadrazzo/status/1255623843361828864?lang=es.
No sé si sucede en otras urbes del mundo, pero por acá la escena se repite con frecuencia temeraria. A cualquier ciudadano de a pie le ha pasado y de seguro a usted también. Uno camina por el centro como un autómata, sin tiempo para detenerse en veleidades urbanísticas ni en la diversa fauna humana que lo rodea ni, mucho menos, en la seducción capitalista de las vidrieras. No vaya a ser que vea y quiera, que quiera y no alcance, que alcance y no se pueda, que se pueda y no se deba. Porque, antes que la deuda con uno mismo, con ese mimo autocomplaciente, con ese gustito por pequeño y efímero que sea, está la deuda de la tarjeta ¿Y para qué hacerse malasangre? Si antes el problema era eso de chupar la fruta sin poder morderla, ahora de pedo si puede uno acariciarla. Entonces lo que hace es mirar de reojo nomás, apurar el paso y seguir. Los pies en el suelo y la cabeza –mucho más ligera que las patas- en cualquier parte. Y acosado por tantas tribulaciones mundanas (que la matrícula del colegio del changuito, que la boleta de la luz, que la juntada de fin de año, que los regalos de navidad y la mar en coche), uno cruza la calle en una esquina transitada con el semáforo peatonal parpadeando y los autos que, lejos de transmitir cierta calma ¿qué hacen? Aceleran más. Un poco en broma y otro tanto no. Acaso una advertencia. Tal vez una amenaza. Seguro un síntoma de algo. Diciembre ha llegado a nuestras vidas y es ese auto que nos torea en las esquinas y que amaga con llevarnos puestos. Uno cruza despavorido y cree que en la otra esquina estará seguro. Esa ilusión es también una condena.
Una amiga me dice que acaba de salir de terapia y no se siente bien. No es un malestar físico, sino una especie de dolencia fantasmal que le implosiona por dentro; un agotamiento espiritual, acaso existencial. Otra me comenta que ahí anda, laburando como siempre y más que nunca, pero más lenta de lo que debería y más dispersa de lo permitido. Un amigo está en trance de mudanza y la lucha, titánica y siempre desigual, con las inmobiliarias lo tiene crispado y agobiado. Otro no sabe bien cómo hará con todas las deudas que acumula y que lo acechan como esos perros caschis del barrio siempre predispuestos al tarascón en los garrones. Algún culo sangrará, sentencia con ese tono metafórico de sabiduría popular que aprendimos de nuestros abuelos. Lo dice a sabiendas de que ese culo no será otro que el suyo. Y hablando de abuelos, el mío solía repetir que, de acuerdo al culo, son los azotes; como si existiese una especie de justicia social del escarmiento. Pero el látigo invisible de esta era parece ensañarse en el castigo de los más vulnerables. Y así como están las cosas no hay culo ni espalda que aguanten.
El dato es inobjetable: empezó diciembre, el mes más estúpidamente vertiginoso del año. Porque con diciembre llega el apuro y el arrebato por cerrar un año que, en muchos casos, ya estaba perdido desde el vestuario ¿Entonces para qué acelerar justo ahora? Al que madruga Dios lo ayuda, dicen. Y a muchos de nosotros ya nos madrugaron. Ya es muy tarde, tardísimo, para remontar el partido. Hay que saber aceptarlo con la hidalguía de un buen perdedor. Pero hay quienes no se resignan y salen a terminar de quemar las naves. Ahí van, a las chapas y con la lengua afuera, sin saber bien adónde, sin preguntarse si quiera por qué. Salen regalados como una tromba desacompasada a tirar centros a la olla del destino.
Allá afuera hay una selva que transcurre a una velocidad absurda. Los gatos andan más astutos y atentos al descuido, los zorros más voraces en los controles, los caranchos más ávidos que nunca al olor del vil metal. Una suerte de darwinismo social nos impele a acelerar en cada esquina y arrasar con cualquiera que se nos cruce en el camino. Varios funden bielas en el intento. Otros aceleran de puro aspamento para ostentar el ruido del escape libre y que el escándalo tape la evidencia de que, en realidad, no les da la nafta. Muy de Fiat Uno con GNC tuneado de los noventa cuando hasta los autos se maquillaban para que las apariencias se impongan a la esencia. Funciona para las coreografías de la política y en algunas escenas cotidianas de nuestras magras existencias. Funciona, aunque sea mucho ruido y muy pocas nueces. Ruido para hoy y hambre para mañana.
En esa selvática pantomima de nuestros días y aunque la vida nos lleve puestos, conviene no mostrarse vulnerable. El cinismo es otro de los grandes síntomas de esta era. En el prólogo del libro “Argentina (Re)Sentida”, una compilación reciente de ensayos que ponen el foco en los sentimientos colectivos y las representaciones sociales que permitieron el rápido avance de la ultraderecha en el país, el periodista Cristian Alarcón advierte al respecto: “Vivimos entre la exaltación del yo y su agotamiento. En un tiempo que aplaude la singularidad mientras impone métricas, que vende autonomía mientras nos obliga a volver algorítmica la emoción. Las subjetividades que habitan este presente no están simplemente agotadas: están atrapadas en una coreografía de rendimientos, precariedades maquilladas de libertad y pasiones que deben parecer gestionadas, jamás desbordadas. Nadie se muestra frágil. Nadie está fuera de control, excepto que lo esté registrando para su transmisión en vivo. Nadie fracasa a menos que pueda convertir el fracaso en contenido exitoso. Las emociones se ordenan como una paleta de productividad: entusiasmo, resiliencia —otra palabra que llegó a su límite de sentido—, mindfulness. Hasta la tristeza se vuelve storytelling si es rentable”.
Y si pensar esta realidad es un lujo y una jactancia de intelectuales, al lego lo que le queda son los archifamosos balances. Diciembre y su rictus agónico de final es el mes por antonomasia de los balances. Ese Excel mental donde uno completa las columnas del debe y del haber del año que se va. A vuelo de pájaro y en plano más colectivo que individual uno puede decir que deber se debe mucho: los sucesivos prestamos que Toto Caputo le pidió al FMI –no importa en qué gobierno leas esto-, los dólares del salvataje electoral de los Estados Unidos y el dato contundente de que uno de cada tres argentinos (alrededor de 11,3 millones de personas) está endeudado con las tarjetas de crédito o con alguna entidad financiera. Y de que haber, hay muy poco: no hay presupuesto para el mantenimiento de las rutas nacionales ni para planes de vivienda ni para la educación universitaria ni para el sistema científico argentino que atraviesa una crisis histórica. En definitiva: no hay plata. Lo que sí hay y para hacer dulce es sífilis (en 2023 se registró el número más alto en las últimas tres décadas con 32.293 casos, a razón de 88 por día) y otras enfermedades que se creían ya erradicadas como la tos convulsa (con la confirmación de siete muertes de niños por esta patología) y el sarampión (se detectaron 35 casos de la enfermedad cuya circulación endémica se había establecido como eliminada en el año 2000). Y todo apunta a un peligrosísimo cóctel donde se mezclan los recortes de financiamiento en distintos programas de salud pública y la avanzada antivacunas que tuvo su sketch de freak show días atrás con la presencia de un ser imantado en el Congreso de la Nación. Un Magneto vernáculo bien flojo de papeles indigno hasta para un circo de fenómenos.
¿Quién de nosotros tiene tiempo y ganas para balances en estos tiempos frenéticos? Parar la moto por un rato para contar los porotos y repasar pérdidas y ganancias, fracasos y éxitos, requiere de una templanza de la que hoy en día adolecemos. Uno no puede detenerse a pensar cuando la realidad arde y las papas queman. El semáforo está titilando y nosotros corremos desesperados en medio de un coro de bocinas y de motores que aceleran. Nuestro único horizonte por ahora es esa esquina de enfrente que imaginamos como un lugar seguro en este lío. Y tal vez lo sea, el problema es que a esa esquina le sigue otra y a esa otra y así en una especie de espiral borgeana del caos infinito. La conclusión más obvia y evidente es que cualquier balance es inocuo y que es al pedo tanto apuro. Acelerar no hace más que acercar este Titanic al iceberg. Así que pará máquina, hacé una pausa, cebate un mate, respirá hondo y ármate de paciencia porque la vas a necesitar. Y mucho. Esto no se termina en un par de semanas, quizás esto recién empieza.








