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"Lo último que me pasó es increíble": es mágica la historia de Pascal, el enigmático flautista de Tucumán

HISTORIAS DE ACÁ

Nació en un pueblo suizo hace 58 años y vive en una sintonía constante que, como su hermosa música, contrasta con el caos del centro tucumano. Quién es, qué piensa y cómo vive un personaje de novela. | Por Alfredo Aráoz

Toca Pascal. Fotos y video: @elmuchachodelafoto





“Nací en Suiza y mi apellido es Anderegg. Anderegg, en suizo, significa Los de la Esquina. Hay antecedentes del apellido desde 1291. Como había muchos pueblos en Suiza con pocas casas, la mayoría estaban ubicadas en esquinas. En una de esas nací yo: Pascal Anderegg. Ahí viví. Hasta que por fin conocí Tucumán”.

    En la esquina de Verona Calzados, en la esquina de la antigua Municipalidad, en la esquina del Correo, en la 24 y Buenos Aires, a metros de la 25 y Córdoba, de la música que suena en las calles de Tucumán se encarga este hombre de 58 años que luce más joven, que conoce el agua y la leche y los chocolates de los alpes suizos, pero que aquí, ahora, dice: “En media hora tengo que comer 50 gramos de maní”.

    Aquí y ahora es la vereda de Marathón Deportes, con Paco García de un lado, con Adidas del otro, al frente del gimnasio donde más se grita, a unos metros del Virla, cerca del hotel Tucumán Center, a unos metros de Marcantonio, casas, marcas, locales que todos los días, excepto los martes, escuchan la música que sale de la flauta traversa de Pascal, su compañera de vida, la que reemplazó a la que le robaron, la que compró en la casa de música Swan gracias al cariño de los fans y los no tanto.

    “En 2017 fue cuando me robaron la flauta. Sabés que me pasó algo muy extraño: la gente que más me ayudó fue gente que pasaba mientras tocaba y no me miraba. O sea: me ayudó gente que ni me registraba. Eso fue mágico. Y en una semana juntamos la plata para comprarla en Swan, en la misma Buenos Aires”, cuenta este lunes a la mañana el buen Pascal, quien tiene la capacidad de contagiar su desdramatización de los hechos. Lo hace con la mirada y con una mueca genuina.

    “Me pasaron un montón de cosas desde que toco en la calle. Empecé en el 91, luego volví a Suiza, pero ya desde 2007 me instalé en las calles. Vos sabés que hay un temita con la flauta, ¿no? Hay mucha gente a la que le molesta. En Suiza me dijeron en la cara que les molestaba el sonido de la flauta. No otros instrumentos. La flauta en particular. En Suiza, contrariamente a lo que se piensa, son más intolerantes que en Tucumán. Allá me trataron de pegar y hasta me tiraron agua de un segundo piso. Sí. Sin dudas, acá son más tolerantes que allá”.

    ¿Y acá? ¿Qué le pasó a Pascal en Tucumán? “En Verona Calzados me sucedió algo feo. Yo tocaba entre Verona y el negocio de al lado. El dueño de Verona me quería sacar a toda costa. Juntaba firmas, hacía de todo. Como nadie firmaba, puso un parlante arriba con cuarteto a todo volumen para tapar mi música. ¿Sabés lo que hice? Me puse a tocar cuarteto. Es difícil tocar cuarteto, ¿eh? No es para cualquiera. Pero así lo hice: pusieron cuarteto y yo lo usé como base para mi flauta”.

    Popular como el escenario a cielo abierto que elige, la flauta de Pascal también irritó a una señora que hacía homeopatía al frente de Verona Calzados: “Me puso una denuncia por ruidos molestos. Parece que le molestaba la flauta mientras ella hacía masajes”.

    ¿Cómo hace Pascal para soportar el clima hostil que vive mucha gente en las calles de Tucumán? Respira. Literalmente respira dos veces y sigue: “Entro en estado de silencio esté donde esté, haciendo lo que sea. Empecé a hacerlo haciendo fila en el banco, en esos lugares críticos donde como no tenés nada que hacer entonces tu cabeza se va en cualquier pensamiento. Ahí es donde hacés donde dos respiraciones en silencio sin alterar tu estado natural. Tu respiración refleja tu estado de ánimo”.

    Pascal tiene las partituras prolijamente ubicadas abiertas de par en par sobre el atril inmóvil ante las ráfagas de viento de esta mañana por el peso de la mochila donde Pascal guarda los 50 gramos de maní y no tanto por el peso de la caja con algunos billetes naranjas de mil pesos y otros tantos de quinientos y doscientos.

    De esas partituras sale la música de la banda sonora que es un lunes a la mañana en Tucumán: un quilombo de autos, bocinas, saludos efusivos, nutricionistas embalsamados de plasticola, vinagre y savora que festejan el título y más. “De todo lo que toco, cinco temas son míos. Compongo y toco funky jazz. Nada de Bach, Beethoven, Schubert ni Chopin. Toco Miles Davis, Coltrane, me gusta Charlie Parker, pero es muy complicado tocarlo. No sé mucho del lado de la teoría musical. Necesitás saber mucho de armonía para tocar a Parker”, aclara mientras se rasca el tatuaje que corona su sien y yo le pregunto por las rastas largas hasta la cintura y la silleta de la bicicleta que lo identificaron durante muchos años: “Me las saqué. Forman parte de otra etapa. Pesaban 300 gramos las rastas. Cuando me las corté, las pesé”.

    Back to reality, la gente pasa este lunes y algunos apoyan la música de Pascal y otros no. Muchos no cobraron y no tienen en el bolsillo ese billete extra para las causas nobles. Lo sabe Pascal, lo saben las chicas de Unicef vestidas de celeste que buscan apoyo en una quimera por el agua natural, lo saben las promotoras de Gloss que ofrecen perfumes y descuentos después del discreto Día de la Madre.

    “La reacción de la gente es absolutamente caótica. Hay veces que hay mucha gente con un hermoso día y no ganás un mango. Y hay veces que hay dos personas en la calle de un día nublado y son extremadamente generosos. Pero que algo quede en claro: si fuera por la plata, no haría esto. De hecho, iba a dejar la música, pero me empujó la vida a seguir. Cuando no tocaba, mucha gente me dijo por qué no tocaba. Empecé a entender que debía llevar una vida más austera y así encontré situaciones maravillosas como una chica que se acerque y me cuente: ‘Este fin de semana voy a tocar en Cosquín. Te lo debo todo a vos porque vos fuiste mi ejemplo'. La chica había aprendido escuchándome y empezó con la flauta traversa a los 10 años”, recuerda el gran Pascal.

    “Pero lo último que me pasó es increíble: un chiquito se acercó, me dejó 200 pesos y me dijo lo más lindo que escuché en mi vida. Me dijo: ‘Ahora sé lo que quiero ser de grande’”, se emociona Pascal, el hombre que nació en Suiza, el artista total que toca como nadie la flauta traversa, el que respira dos veces antes de hacerse algún drama random, el que convive con estas calles caóticas que se mezclan con sus más bellas notas, el que volverá a la vereda de Marathón Deportes el miércoles porque Pascal los martes y los jueves tiene otro trabajo: “Dos veces a la semana voy a limpiar un criadero de canarios. Queda aquí en el centro. Es la casa de una señora. Ella tiene 170 canarios y yo me ocupo de cuidarlos. Son un montón de canarios. Y se los escucha desde la calle. A los canarios, también se los escucha desde la calle”.