La fiesta de los pingos: timba, vértigo y emoción en el gran derby tucumano
Los tucumanos vibraron con una nueva edición del Gran Premio Batalla de Tucumán, la carrera de caballos más importante del norte del país. Apuestas, mitos, emociones y la presencia del Pelé Blanco del turf en nuestras tierras. Por Leopoldo Silva.
Fotos: Ignacio Apás.
Sostiene las riendas, acaricia el animal y repite un mantra. Algunos comentan que Sergio Corbalán, el peón de Zuffok, sonríe por demás y que está machado.
Faltan quince minutos para la largada, catorce purasangres aguardan salir a desfilar por la redonda con sus cuidadores mientras miles de personas deliran en las tribunas. En las boleterías las filas desbordan de impacientes que esperan a último momento para apostar.
Ahora es cuando el arco narrativo comienza a tensarse tanto que todo puede romperse. Ahora, el sol cae dorado, casi horizontal, como si viniera haciendo sapito por el Parque 9 de Julio, y rebota de lleno contra los ojos negros del peón y hace que le brillen más, aún más. No sé si es exceso de alcohol, como dicen, o es que la emoción ya le sale por los ojos. Me acerco a verle más de cerca para escuchar qué es lo que pronuncia. “Este es el ganador”, creo entender. Pareciera que habla solo, aunque cuando me devuelve la mirada, siento que me lo dice a mí.
Y yo, a decir verdad, no le creo.

El desfile de los caballos por La Redonda en la previa a la carrera. Foto: Ignacio Apás.
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Ya desde comienzos de agosto el clima cambia dentro del barrio Hipódromo y Lola Mora. Hay movimiento en los boxes y studs con la llegada de caballos de distintas provincias. Las más de 400 familias instaladas en el sector de caballerizas y zonas aledañas esperan este día con más expectativa que la navidad. El Batalla se ha convertido en una de las carreras con la mayor bolsa de premio fuera de Buenos Aires ($16 millones para el ganador). Y hoy, en su edición número setenta, al hipódromo vinieron todos.
La mañana se despertó con un sol rajando y el zaino Dr. Legasov, ganador de la edición pasada, picando en punta en las apuestas de los burreros. El tapado, se comentaba, es el caballo que trajeron los santiagueños: He es a rockstar. Entre los favoritos sonaba también la tordilla Cima Himalaya, con Jorge Ricardo en la monta. El jockey brasilero era la joyita de la jornada: 64 años, 56 kilos y 13354 victorias hasta la fecha (Récord Guinness del turf mundial). A la grilla la completaban jockeys de primer nivel, una de las más calificadas citas que se tenga recuerdo en el Hipódromo de Tucumán.
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A las doce del mediodía los accesos se van llenando de a poco. No es común ver a la plana mayor toda junta: el gobernador Osvaldo Jaldo y su vice Miguel Acevedo. Nadie quiere perderse la foto de corte de cinta ni el posterior almuerzo. La intendenta Rosana Chahla luce un vestido camisero color caqui, da la sensación que es gabardina liviana. El flequillo rubio eléctrico le cae simétrico sobre la frente y se ama sola. Todos, salvo Carlos Cisneros, visten zapatos. El diputado nacional, el verdadero dueño del circo hípico, hoy optó por zapatillas. De local y con miras a disputar la próxima gobernación tiene bien en claro eso que los pingos se miden en la cancha y prefiere caminar cómodo; hoy nada le puede salir mal.
Vinimos a cubrir el evento, pero como de costumbre con Nacho no tenemos acreditaciones de prensa, así que ponemos nuestra mejor cara de circunstancia al pasar los filtros de seguridad. Andamos de aquí para allá empapándonos de la atmósfera y las vibraciones del derby. Son esos días en los que uno siente que vive mucho y quiere andar absorbiendo cuanta escena se le presenta. 
Un enjambre de apostadores se agolpan en las ventanillas. Foto: Ignacio Apás.
Solo nos faltó entrar al palco donde almorzaba el gobernador (estábamos muy fisuras como para intentarlo), pero por lo demás hasta pude meterme en la zona de jockeys donde el brazuca Jorge Ricardo se concentraba para la gran carrera. Quería decirle personalmente que por favor me hiciera ganar, que había apostado por él. También quería ver si era verdad eso que me dijeron unas señoras haciendo fila en la boletería: que ricardinho usaba crema antiage y que, de cerca, parecía quince años menor. En un arranque de optimismo y confianza en estas mujeres fue que aposté, igual que ellas, por él.
Nacho me había prestado una cámara analógica, con rollo, de esas compactas con lente fijo, así que debía acercarme bastante para sacar fotos y no me iba a ir del hipódromo sin retratar al Pelé blanco del Turf en Tucumán.

Jorge Ricardo, una leyenda del turf. Foto: Ignacio Apás.
El que no sale en la foto de corte de cinta es al ex senador nacional, actualmente a cargo de la Legislatura, Sergio “La Burra” Mansilla, conocido por su afición al turf y otros deportes. Se dice que está en alguno de los palcos. Se comenta, también, que él es el verdadero dueño de Suffok.
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Días antes de la carrera hablábamos con un amigo. Él me decía que lo importante, lo que realmente diferenciaba a los buenos padres de los otros, era la capacidad de haberles mostrado belleza a sus hijos. Aquella conversación me hizo pensar no tanto en mis padres, sino en mis tíos: a su modo, me habían mostrado sus distintas pasiones (y qué otra cosa son las pasiones que una de las tantas formas de la belleza). Carlos el fútbol. Mi tío Daniel, la colombofilia. Y, en el caso de mi tío Luis, las carreras de caballos. La primera vez que entré a un hipódromo fue con él, de niño, en un Batalla, y no tengo recuerdos de la pista o de haber visto caballos. Sí, en cambio, puedo recordar las boleterías, los niños correteando por el césped y los hombres reunidos en círculos hablando con papeles y fajos de billetes en la mano.
Hablo de la belleza porque los caballos parecen haber sido creados para que el ser humano los mire. Por eso desfilan antes de la carrera, por eso son los únicos animales que se permiten en los Juegos Olímpicos.

El camino a la gloria. Foto: Ignacio Apás.
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Hay algo hermoso en solo verlos, tan grandes, con esos pelajes en distintas gamas; marrones, blancos y negros que resplandecen según como les dé la luz. Qué parecidos, pero a su vez qué tan distintos unos de otros son; apenas pequeños detalles ayudan a diferenciarlos. Todos musculosos, soberbios, con dientes blancos y el porte de corredores. Media tonelada de pedigrí montada por jinetes que se han fracturado huesos hasta el cansancio y que apenas superan los cincuenta kilos. Hombres que visten casquitos que parecen de juguete; casacas coloridas y botas de cuero negro.
De ellos, los caballos, sabemos su ascendencia, figuran hasta en las hojas del programa. La familia aquí sí importa. Suffok es hijo de Forge, un campeón inglés y semental de primera línea, y de Strike Reward, una yegua estadounidense. Fue criado en el haras Heritage Bloodstock y tuvo un comienzo prometedor en el Hipódromo de Palermo.
A meses del Batalla del año pasado, con tres años cumplidos y en una edad ideal, lo compraron y se mudó a Tucumán con el objetivo de ganar la carrera. Se comentaba que era un caballo un tanto nervioso y que todavía no se había aclimatado.

Caballos y peones se preparan para una jornada histórica. Foto: Ignacio Apás.
Todo fue espanto y confusión en su debut en la edición 2024 del Batalla. Suffok se escapó de la gatera instantes antes de la largada. En esa época recién se estrenaba la película El Jockey, de Luis Ortega, y verlo a Suffok desde las tribunas me pareció una escena traspapelada de la película. Galopaba suelto y nadie lo podía agarrar.
Por eso, por haber perdido sin siquiera correr, por escaparse a su destino, para este año lejos estaba de figurar entre los favoritos. En los remates hubo quienes pagaron por Suffok cien mil pesos habiendo en el pozo más de un millón.
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Caminando por las tribunas conocí a un grupo de hombres salteños, todos con acullicos de hoja de coca que venían macerando de largo tiempo atrás. Me hablaron con términos hípicos que desconocía y me recomendaron apostar por el zaino Smiling Nich en la carrera previa al Batalla. Yo venía de errar mis tres primeras predicciones y les confié la posta.
De no creer, Smiling Nich coronó y llegué con restos para apostar a la carrera principal.
Durante la tarde, seis mujeres me preguntaron cómo apostar. Basta con pararse con el programa en mano cerca de las boleterías para que se te acerquen a hablar. Y eso que, a juzgar por mi aspecto, no es que parezca un avezado apostador o quizás justamente por eso, hoy es el único día en el año donde mujeres, niños y familia tienen permitido venir. Y apostar. Es que venir al hipódromo y no apostar es como tomar cerveza sin alcohol.
Este año la novedad está en las pantallas donde hay un código QR que te permite hacerlo desde el celular. Pero a decir verdad no vi a nadie apostar así. No hay como cantarle de palabra al boletero y tener el papel, calentito, recién salido de la máquina, la prueba física de fe.

Todo es expectativa en la previa a la carrera principal. Foto: Ignacio Apás.
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Binoculares se alistan. Suena la campana. Se abren las gateras. El tiempo cambia. Se hace un silencio. ¿Pasa lento? ¿Rápido? El tiempo ahora es otra cosa. Programas enrollados. Puños en alto. Empiezan los murmullos. Después los gritos. ¡Vamos Zuffok viejo nomás!. Rostros desencajados. Cada vez más fuerte los gritos: ¡Zuffok viejo nomás! ¡Zuffok viejo no más...!
Ahora sí, todo va muy rápido. Con Nacho corremos esquivando policías, queremos esperar a los caballos en el disco.
Presionado por Remanente y Standartd, Zuffok saca ventajas al pisar la recta final y se adelanta. Se sienten las vibraciones de la tierra abajo nuestro. Son flechas. Cruzan el disco de llegada. Yo no entiendo quién ganó. El jockey tucumano Facundo Morán levanta los brazos. Una marea de changuitos y changuitas se le enciman. Un fotógrafo se tropieza. Zuffok hace por levantar las patas delanteras. Un señor de camisa trastabilla y se cae. Tiran espuma. Padres intentan subir sus hijos al caballo. El peón llega corriendo. Agarra las riendas con sus dos brazos. Alguien le acerca un celular a la oreja. En medio de todo, una de las niñas que salta alrededor del caballo suelta la última frase antes que el sol desaparezca por completo atrás de las tribunas: “para que vean que el Batalla es para cualquiera”, le repite a sus amigas. Lo dice fuerte y gritando, como se habla en las celebraciones, para que escuchemos todos.









