"La Mona es mi Dios": El Tío Mocho, el tucumano con la verdulería más monera del conurbano bonaerense
Vida y pasión de El Tío Mocho, un laburante que hizo de la devoción por La Mona Jiménez su religión personal y una tradición familiar: “Es lo más grande que me ha pasado”. De Barrio Victoria al templo monero de Grand Bourg. Por Exequiel Svetliza.
El Tío Mocho en su templo monero de Grand Bourg
Miguel Ángel Romera, mejor conocido en todas partes como “El Tío Mocho”, le baja un toque el volumen al pequeño parlante con luces donde siempre suena Carlitos La Mona Jiménez. Cualquiera que pase por la esquina de José de San Martín y Francisco Seguí, frente a la estación de trenes de Grand Bourg, partido de Malvinas argentinas, puede dar fe del prodigio. Ahí funciona “La gran manzana”, una verdulería que ostenta el autoproclamado título de ser la verdulería más monera del conurbano bonaerense. El Tío Mocho –tucumano, 46 años, nacido y criado en el Barrio Victoria- merma el sonido y cuenta que carga con dos tatuajes del cantante popular grabados en la piel. Uno en el pecho con la cara del ídolo y otro en el hombro acompañado por una leyenda:
-¿Qué dice el tatuaje?
-A ver, esperá que me fijo –se arremanga la remera y lee la inscripción: “Desde el día que mi vieja me parió, monero de corazón”.
Entre cachos de bananas, pimientos relucientes, berenjenas portentosas, condimentos de todos los colores y paredes de azulejos tapizadas con fotos que prueban su fe; El Tío Mocho profesa su devoción monoteísta. Esa que supieron cultivar sus abuelos y sus padres, la misma que se encargó de inculcarles a sus hijos: “Es mi Dios, mi religión… acá sólo suena él… estamos todo el día escuchando La Mona. Ésta es la verdulería más monera de Buenos Aires y de todo el país, acá el que pasa, pasa bailando. Ya los he cuartetizado a los porteños”.

Como los gorriones en las ramas de los árboles y los altoparlantes de los carros que pasan comprando y vendiendo, las canciones de La Mona son parte del paisaje de Barrio Victoria; uno de los barrios más populares del conurbano tucumano. Ahí los niños pasan del “Arrorró” a “Quién se ha tomado todo el vino” con la naturalidad de quien cambia los dientes de leche por los permanentes. Un sonido familiar que se incorpora en la más tierna infancia y que, en muchos, es casi una marca de nacimiento que se llevará para siempre. En el caso de Miguel Ángel también fue así: “Cuando tenía ocho años sonaba siempre La Mona en mi casa porque en el barrio todos lo escuchaban”.
A los once vio por primera vez a su ídolo en vivo y en directo. Fue durante un show en La tanguería del 40 al que fue con su abuela Norma y su tío Cachi. “Ese fue mi primer baile. Me acuerdo patente porque ese día mi abuela ha subido a sacarse una foto en el escenario con La Mona. Mis viejos eran bien moneros también”, comenta El Tío Mocho cómo surgió ese amor que años después lo llevaría de provincia en provincia para compartir el ritual con otros moneros como él: “He viajado a San Luis, Catamarca, La Rioja, Paraná, Salta, Santiago, a Córdoba y a Buenos Aires varias veces para verlo… En Tucumán teníamos una banda que sacaba colectivos cuando tocaba, la 70-30 (le pusimos así porque era 70% de vino y 30% de gaseosa)… también hemos ido hasta la casa de La Mona a sacarnos una foto con él”.
El Tío Mocho –heredó el apodo de su pariente el Tío Cachi- suele asistir a esas misas moneras con una bandera que reza “Tío Mocho Barrio Victoria, Tucumán”. El trapo que da cuenta de esa marca de origen reemplazó a otro anterior que decía “Mona, contigo conocí la emoción de llorar de alegría”. Toda una declaración de amor. Esa pasión que siente por el cantante y que lo caracteriza, lo ha convertido en un rostro conocido entre la grey monera de todo el país: “Yo soy conocido, todos los moneros me conocen como El Tío Mocho y me piden fotos en los bailes… Soy amigo del Gordo Sopa, de Pedro, de Darío, que son de la barra de seguidores que La Mona tiene allá en Córdoba”.
“La Mona para mí es alegría… sus canciones te hacen olvidar de todo. Cuando estoy triste, escucho La Mona y chau tristeza… Si tendría la posibilidad de hablar con él le diría que lo amo, que es lo más grande que me ha pasado en la vida. Yo tengo cuatro hijos y a los cuatro me he hartado de ponerles La Mona desde chicos, hoy los cuatro son moneros”, comenta mientras se toma una pausa del trajín de la verdulería. Sus cuatro hijos (Débora, Jonathan, Miguel y Gisel) hoy son los herederos de ese legado de devoción laica que se continúa en sus hijos Dylan, Aylén y Miguel; los nietos de Tío Mocho a quienes se ha encargado de convertir a la religión monera: “Al bebé lo vuelvo loco con La Mona”.

El Tío Mocho junto a sus hijas compartiendo el legado monero
¿Cómo se explica esa veneración popular que congrega a fieles a lo largo y ancho del país? ¿Cuál es el magma donde se cocina la pasión monera? ¿Qué tiene el cantante cordobés que genera esa identificación visceral, principalmente, en barrios populares y conurbanos? Tío Mocho no necesita pensarlo demasiado para dar una respuesta contundente: “Son los temas, loco; las letras de las canciones son las que te llegan… las historias que cuentan. A mí hay una que siempre me hace llorar… Terry. Hay un montón… Sólo contigo, Señor juez, La Luna, El Federal… pero esa explota porque me hace acordar a mi viejo”. Acto seguido, recita unas estrofas como si fuera un himno sacro: “¿Por qué no vienes, papá? ¿por qué no quieres?/ Ahora conmigo jugar ¿por qué no sientes?/Que cada noche al soñar te abrazo fuerte/Queriéndote encontrar en mi presente”.
Un niño pobre que le escribe una carta a un padre ausente. Un tachero que sueña con ser cantante. Un policía que se bate a duelo con su hijo delincuente. Un hombre enamorado de una prostituta. Dos amigos que resuelven la disputa por una mujer con una ruleta rusa mortal. Amores secretos, traiciones, tragedias cotidianas, el mundo delincuencial, vidas signadas por las carencias y los sueños de ascenso social. En las canciones de La Mona Jiménez hay auténticas crónicas; aguafuertes de los suburbios que retratan vidas y pasiones de las clases populares. Con mas de medio siglo de carrera artística, el cantante cordobés supo convertirse en un juglar; un trovador que pinta en sus canciones historias que se replican en el Barrio Victoria, en Villa El Nailon, en La Lata, en Gerli o en Grand Bourg. Hoy, en un firmamento que comparte con estrellas de la talla de Charly García y el Indio Solari, La Mona es una de las más grandes leyendas vivientes de la música popular argentina.

El Tío Mocho junto a Carlos La Mona Jiménez, dos potencias se saludan.
Esa devoción con el ídolo y ese sentido de pertenencia que para los moneros es motivo de orgullo, hacia afuera suele ser visto desde el prejuicio: “A nosotros los moneros nos tratan de negros, esos negros moneros, te dicen… Yo a esa gente le diría que primero hay que conocer a la persona para después juzgar, yo acá ayudo a mucha gente, cuando vine cocinaba siempre para regalarle un plato de comida a la gente que lo necesitaba, pero ahora la yuta no me deja… Siempre estoy buscando dar una mano”.
Este sábado 30 de agosto Carlos La Mona Jiménez, el Mandamás del cuarteto, volverá con su música a Tucumán para presentarse en el Parque Cultural de Lules y El Tío Mocho ya prepara las valijas y el trapo para reencontrarse con su ídolo, con la comunidad monera, con su familia y con su provincia natal. Lo hace con el fervor y la esperanza de volver a estallar en lágrimas cuando suene el estribillo de Terry; su canción.
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Hace poco más de tres años y tras una separación, El Tío Mocho dejó su Barrio Victoria natal para buscar nuevos aires en el conurbano bonaerense. Acostumbrado a patear las calles tucumanas como vendedor ambulante de frutas y verduras, recaló con su verdulería en Grand Bourg donde no tardó demasiado en imponerle su impronta actual de templo monero; impronta que se evidencia en los cuadros y afiches y en el parlantecito donde siempre, pero siempre, canta La Mona. Alejado de parte de su familia, allá fue recibido por esa otra familia que lo acompaña hace muchos años, la familia monera: “Acá ni bien he llegado los fans de La Mona me han mandado mensaje y me han llevado a comer un asado a Parque Sarmiento, con ellos hemos viajado a Paraná a ver La Mona”.

Tío Mocho en sus tiempos de vendedor ambulante en Tucumán
“Hay gente que pasa y me dice ‘Tucu’, por la voz nomás ya te sacan; te escuchan hablar y saben que sos tucumano… pero la mayoría acá me conoce como Tío Mocho. Gracias a Dios me va bien acá con la verdulería, pero se extraña una banda Tucumán, tengo tres hijos y muchos amigos allá. Yo amo a mi provincia”, relata El Tío Mocho esa nostalgia por el pago. Una añoranza que buscará conjurar cuando se reencuentre con los suyos para la visita de El Mandamás.
Para El Tío Mocho volver es volver a reencontrarse con su familia y sus viejos vecinos de Barrio Victoria. Con la misa monera, con la previa regada de vino con Prity y con esas canciones con las que creció; esas que cantaban sus padres y abuelos y ahora cantan y bailan sus hijos. “Se va a juntar toda la provincia para hacer la previa, creo que ahí estaré, estoy en eso. Se arranca con la previa a eso de las 14 en lo de Pelotín, en el Club Mercedes de Lules… Ahí empiezan a llegar todos los colectivos que vienen de Catamarca, de Salta, de Córdoba… Va a ser maravilloso”, adelanta como quien se prepara para una fiesta.
Antes de volver a subirle el volumen al mango al parlante para seguir profesando su devoción desde su templo que se levanta en la esquina más monera de Grand Bourg y todo el conurbano bonaerense, El Tío Mocho le deja un mensaje a las huestes moneras que coparán Lules este sábado: “Vayan y disfruten del viejo, disfrútenlo que ya está grande. Hay que disfrutarlo a más no poder, ya tiene 74 años el hombre y se zarpa cantando y bailando, a pesar de la edad. A los moneros les digo que vayan y que los quiero mucho; los quiero mucho a todos los moneros porque son mi familia. Va a ser un show espectacular, como todos los que viene haciendo. Espero que haga Terry porque, te juro, ese tema me vuelve loco”.









