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La voz de Luz Milagros Ruiz: una tucumana en la guaracha

MÚSICA

Con apenas 12 años, esta adolescente de Los Ralos, es el rostro que se destaca en un anuncio del "Santiagueñazo". La única mujer, extremadamente joven, y extremadamente tucumana, navega con su voz al acorde de los timbales.





Amanece en Los Ralos, esa ciudad del interior tucumano que respira quietud con sus poco más de 11.000 habitantes. El silencio matinal, sin embargo, suele romperse con una melodía lejana —o a veces cercana— que sale de alguna casa. Como una suerte de salamanca que no da miedo, alguien ha amanecido escuchando guaracha. Ese ritmo tan popular como invisible para las estadísticas, que parece tener dos raíces: Santiago del Estero y la voz de los hombres.

Los Ralos es también una tierra de transición. Allí, la yunga se va disolviendo para dar paso al monte santiagueño. Quizás por eso —y por los apenas 158 kilómetros que separan al pueblo de la capital santiagueña— la música ha cruzado fronteras y se ha fundido en una sola cosa: en los parlantes de su gente, Los Ralos suena como un pequeño Santiago.

Hace algunos días, comenzó a promocionarse en la ciudad un mega festival que confirma esta identidad compartida: el Tercer Santiagueñazo. Una grilla poderosa se anuncia para los fanáticos del género: Alejandro Véliz, Enrique Maza, Chiquino y sus Maravillas, Los Santiagueños de Oro, La Banda de Huguito… Y entre tantos nombres masculinos, reluciente y sonriente, aparece ella: Luz Milagros Ruiz, tucumana y guarachera.

Luz Milagros viene de una familia donde la música es herencia. Su abuelo es nada menos que José Ruiz, el maestro que compuso para artistas como Jorge Véliz, Walter Olmos y Ulises Bueno. Su padre, Enrique Maza, también es un reconocido músico guarachero. Su madre, su tía… todos los Ruiz llevan melodías en la sangre. Por eso, desde que Luz era apenas una niña, sabía lo que era pararse frente a un micrófono y cantar.

No tuvo miedo cuando a los 9 años se presentó en el Festival de la Empanada junto a Abel Pintos. Tampoco cuando se subió al escenario del primer Santiagueñazo en Floresta, ni al del segundo en Simoca. Ella canta como quien ya conoce el aplauso.

"Algunas guarachas son producciones propias, otras son covers. Yo no sabía que casi no había mujeres en esta música, yo solo empecé a cantar" cuenta Luz, con una timidez que parece contradecir su presencia escénica. "Me gusta José Ruiz, el maestro. Me gustaría cantar en el Arena Movistar. Me gustaría ser como los artistas de hoy en día" confiesa.

José Ruiz, su abuelo, dirige Milagros Producciones y lleva décadas navegando los acordes de la guaracha. En su nieta (o Lucita, como el la llama) ve una semilla bien germinada.

"Sabemos que es chica, pero también que tiene gran futuro. En este camino hay mucho para aprender. Sin presionarla, sin molestarla en sus cosas de niña. Lucita canta desde muy chiquita y no le tiene miedo a nada. Estamos en un momento de decisión: no sabemos qué rumbo tomar. Está grabando material de música urbana, por su edad, por lo que gusta ahora. Pero también tiene una fuerza natural para la guaracha. Vamos a acompañarla en lo que prefiera. Vemos a la gente desde el escenario y sabemos que les gusta lo que hace —asegura José a eltucumano.com, siempre con ella a su lado.

Cantar lo que vive el pueblo

La guaracha, con su aire de chamamé eléctrico y popular, ha comenzado a filtrarse incluso en el repertorio de artistas folklóricos. Es una música que ha sido históricamente subestimada, racializada, masculinizada y asociada a lo rural o a lo marginal. Pero voces como la de Luz Milagros Ruiz están cambiando esa narrativa: "A esta música siempre la han discriminado. Me cansé de escuchar que es música de negros, de pobres, de campo. Pero la guaracha existe para hablar de la vida cotidiana, de lo que vive la gente humilde, el paisano. Le cantamos al padre, a la madre, al trabajo, a los que tienen que irse lejos. Las canciones siempre llevan un mensaje. Muchos dicen que se hablan cosas fuertes para los niños, pero Lucita canta del pueblo. Canta verdades" afirma José, firme, mientras mira a su nieta.

Lucita no lo sabe, pero al cantar le está torciendo el rumbo a una historia escrita para otros. Mientras en Los Ralos amanece, la guaracha suena, esta vez en una voz joven y femenina. Y ya no hay dudas de que la melodía también puede ser tucumana. También puede ser de ella.