IA, horizontes laborales e interrogantes: la columna de Alejandro Urueña y María Taboada
A partir del desarrollo exponencial de la IA, en particular de la IA generativa y de los agentes de IA, el horizonte laboral se ha constituido en un interrogante permanente: qué trabajos y, sobre todo, qué trabajadores están destinados a ser sustituidos por máquinas.
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A partir del desarrollo exponencial de la IA, en particular de la IA generativa y de los agentes de IA, el horizonte laboral se ha constituido en un interrogante permanente: qué trabajos y, sobre todo, qué trabajadores están destinados a ser sustituidos por máquinas. A la par de este interrogante, otro no menos acuciante: cuál será el futuro de quienes pierdan sus trabajos o de aquellos que hayan sido formados para tareas que la IA está en condiciones de realizar más eficientemente, a pesar de los esfuerzos que los humanos realicen para parangonarla. En este contexto, para muchos la IA se yergue como una espada de Damocles, cada vez más cerca de las víctimas.
¿Es la IA un nuevo verdugo para todos los trabajadores? ¿para quiénes y por qué?
¿Cómo enfrentar “la amenaza tecnológica” cuando incluso las grandes tecnológicas como Microsoft están prescindiendo de sus empleados? ¿o cuando el director ejecutivo de Amazon está haciendo gala del ahorro futuro de su plantilla laboral gracias a la IA?
En un reciente artículo del New York Times, N. Scheiber, aborda estos interrogantes. Afirma con contundencia que la IA irremediablemente desplazará trabajadores administrativos. Para algunos, la mira está puesta en los trabajadores noveles que por su condición realizan tareas sencillas fácilmente automatizables. Otros argumentan exactamente lo contrario: los jóvenes se adaptan más rápidamente a los cambios, son más flexibles y por lo mismo, más maleables. En cambio, los trabajadores con vasta experiencia han construido una forma de realizar sus tareas a lo largo de años y serían menos propensos a los cambios. Han construido una rutina que, por lo mismo, suele ser más rígida -señalan.
Ambas respuestas tienen sus bemoles. La primera implica el replanteo y la transformación de la educación y la formación profesional para los nuevos tiempos. Hay quienes, incluso, ponen en duda el valor de la universidad. La perspectiva en parte tiene algo de razón: la vertiginosidad del cambio que impulsa la IA no encuentra idéntica celeridad de respuesta en el campo educativo por una compleja red de razones: económicas, operativas, institucionales, políticas o por resistencias a las modificaciones estructurales que reclama la formación para la era de la IA. Las implicancias de la segunda respuesta (afectará a los trabajadores experimentados) deben ser cuidadosamente sopesadas, según los expertos, porque podrían conducir a situaciones de inestabilidad económica y política “ya que los despidos masivos se convertirían en una característica persistente del mercado laboral”. Las posiciones de los gigantes tecnológicos al respecto son disímiles: mientras Anthropic plantea “un baño de sangre” para los principiantes, OpenAI pone el foco en los trabajadores experimentados.
La problemática supone varias aristas. Los trabajadores experimentados cuyas tareas alcanzan resultados eficaces y eficientes reconocen el valor de su trabajo y varios suponen que la suplantación del mismo (o de una parte) por la IA puede poner en riesgo o en duda esos logros. Dependiendo del tipo de tarea, este posicionamiento tiene algo de verdad. Por ejemplo, cuando se delega en los LLM la producción discursiva que representa el análisis y la interpretación final de procesos empíricos complejos, altamente monitorizados. Su suplantación por una escritura hecha por un algoritmo que no piensa, que sintetiza entrecruzando patrones, es muy probable que resulte parcial.
Por otro lado, los jóvenes tienden a aprender más rápidamente el uso de la IA y, muchas veces, con mayor pericia, pero también suelen confiar en la delegación absoluta para ciertas tareas sin la indispensable evaluación del proceso y los resultados alcanzados por los algoritmos.
La excesiva confianza y la delegación son dos amenazas constantes, no de la IA sino de su uso. Sin embargo, ya no hay opción por el sí o por el no tecnológico. De hecho, el avance que la IA ha significado y significa en las diferentes dimensiones de la vida humana no tiene vuelta atrás. La adopción de la IA es un imperativo indiscutible. Negarla es como volver a los inicios de la producción del fuego por el roce de piedras.
Podemos pensar a la IA como una amenaza para nuestros trabajos o como una fortaleza transformadora y potenciadora de lo que podemos y queremos hacer. Una herramienta para simplificar tareas repetitivas y muchas veces obstaculizadoras de nuestra creatividad y crecimiento cognitivo. Quienes aprendimos a escribir con la tecnología de las antiguas “máquinas de escribir”, sabemos el notable salto y la libertad que nos da el poder escribir en una computadora. Ya no tenemos que tirar y volver a escribir hojas completas porque nos equivocamos en una palabra o no estamos de acuerdo con una frase. No necesitamos trazar un borrador a mano para luego “pasarlo a máquina” y de esta manera evitar – con este ya doble esfuerzo - la pila de hojas y las horas de trabajo descartado. Con un clik podemos borrar el error, cambiar frases enteras, organizar y reorganizar el discurrir discursivo para que represente lo más cercanamente posible nuestras ideas. El algoritmo libera y agiliza nuestro pensamiento sin esclavizarlo a la mano y sus imponderables.
Repensar los trabajos y la creatividad humanas, con el apoyo de esta formidable tecnología debiera ser el desafío urgente de las políticas educativas y socioculturales. Antes que debatir y clasificar qué humanos quedarán sin trabajo, tenemos que planear los horizontes laborales para una nueva humanidad, en la que la IA sea el sostén de derechos y beneficios colectivos y no su punto final.
Cuando tu agenda te agenda a ti: bienvenida a la Era Agéntica
El anuncio oficial de OpenAI revela que el nuevo agente ChatGPT ya no se limita a responder; ahora “piensa y actúa” con una computadora virtual propia, capaz de navegar sitios, filtrar resultados, ejecutar código y generar presentaciones o planillas sin salir de la conversación. Todo ello ocurre mientras el modelo alterna, casi imperceptiblemente, entre razonamiento y acción, de modo que tareas como revisar tu calendario y cruzarlo con noticias o comprar los ingredientes de un desayuno japonés quedan resueltas de principio a fin con un solo pedido —y siempre bajo tu supervisión explícita.
La clave está en la fusión de dos mundos antes separados: Operator, que sabía hacer clics y teclear en la web, y la investigación a fondo, experta en analizar y sintetizar información. Al integrarlas, el agente dispone de un arsenal de herramientas coordinadas —navegador visual, navegador de texto, terminal, API y conectores como Gmail o GitHub— y decide en tiempo real cuál usar: puede abrir una página con la interfaz gráfica, descargar un archivo por terminal, procesarlo y luego mostrar el resultado, todo dentro del mismo hilo de chat. Así, la caracterización de “herramienta” cede el paso a la de “agente”: la IA deja de ser un cajón de funciones sueltas y se convierte en un colaborador que organiza sus propios recursos para entregarte resultados tangibles con rapidez y precisión.
Aunque la autonomía es grande, el pacto de poder sigue equilibrado: antes de cualquier acción sensible el agente solicita permiso, permite pausar o detener la ejecución y está entrenado para resistir inyecciones maliciosas. En la Era Agéntica, las tareas se programan a sí mismas y tu rol evoluciona de ejecutor de clics a director de orquesta que define el objetivo y supervisa la partitura, aunque hay algunos usuarios que plantean errores de funcionamiento en la versión presente del agente de OpenAI. (Presentamos al agente ChatGPT: Un puente entre la investigación y la acción)








