Milei, el león de Schrödinger
Más allá de sus derivas judiciales y políticas, la estafa de la criptomoneda $Libra revela las profundas contradicciones del presidente y pone en crisis al relato libertario: Javier Milei ¿león o gato? Por Exequiel Svetliza
En este febrero plagado de incendios y sofocones varios en el país el famoso principio de revelación, bastión discursivo del relato mileista, no se tomó vacaciones. El viernes pasado, mientras los enamorados preparaban flores y velas en la previa de las celebraciones amatorias propias de la fecha, comenzaba a desarrollarse el escándalo de la criptomoneda $Libra; una estafa millonaria que tiene al presidente Javier Milei y a su entorno más cercano como los protagonistas de una novela inaudita, incluso para esta Argentina demencial de cada día donde los límites entre la realidad y la ficción parecen cada vez más difusos. Además de las repercusiones judiciales y políticas del desfalco, el gobierno libertario debe afrontar una crisis que deja al desnudo sus profundas contradicciones ontológicas. La pregunta es cuáles serán las consecuencias de esta revelación autoimpuesta que muestra a la serpiente mordiéndose la cola en una especie de felatio antropofágica.
Repasemos la cautivante trama de la película. Bajo la premisa de “La Argentina liberal crece”, el viernes a las 19 Milei promocionó a través de su cuenta de X el lanzamiento de la criptomoneda $Libra; un activo que, según el líder libertario, estaba destinado a financiar a pymes del país. En la publicación el presidente incluyó el link del emprendimiento sugestivamente llamado “Viva La Libertad Proyect”. Tras el espaldarazo presidencial, en poco tiempo la criptomoneda trepó por encima de los US$ 4.000 millones. Pero, horas después, con el éxodo masivo de inversores, la cotización cayó de forma abrupta generando pérdidas por más de US$ 251 millones. Se trata de una maniobra fraudulenta que en el mundo financiero se conoce como “rugpulling” y consiste en crear una moneda virtual, darle valor y después retirar el dinero. En otras palabras: unos pocos se quedan con la plata de muchos de la misma manera que sucede con los esquemas ponzi. El telar libertario de la abundancia había dejado un tendal de decenas de miles de víctimas en todo el mundo.
Tras el auge y vertiginoso ocaso de $Libra, con la maniobra fraudulenta ya consumada, a la medianoche de ese mismo día Milei intentó despegarse de la estafa alegando que no tenía vinculación alguna con el proyecto ni estaba “interiorizado” del mismo. Sin embargo, en enero pasado el presidente se había reunido en Casa Rosada con el empresario estadounidense Hayden Mark Davis, uno de los principales impulsores de la cripto y autoproclamado asesor de Milei en materia de activos virtuales. Además, no es la primera vez que el mandatario se ve involucrado en operetas financieras de ese tipo. En febrero de 2022, cuando era diputado nacional, elogió en sus redes el activo digital de la empresa de videojuegos Vulcano (un emprendimiento de Mauricio Novelli, uno de los socios de $Libra). Semanas después del mensaje, Vulcano perdió todo su valor.
Durante el fin de semana, mientras el líder libertario y los miembros de su círculo rojo se recluían en el ostracismo, el debate en las redes giraba en torno a si Milei había obrado a consciencia como un estafador o se había tratado de un ingenuo acto de inoperancia. Las dos opciones suponen una epifanía demasiado incómoda para las huestes libertarias: o Milei es lisa y llanamente un delincuente –como el líder de Generación Zoe, el recién condenado Leonardo Cositorto- o muy lejos está de ser el brillante economista que se autoproclama merecedor del Nobel en Economía. Esa incomodidad se hizo evidente en el desconcierto de los miembros de su Task Force virtual; un ejército de trolls a la deriva que se quedó sin argumentos ni relato para defender a su líder en su campo de batalla preferido: las redes sociales; uno de los escenarios que lo catapultaron al poder y desde donde la figura de Milei parece iniciar su caída.
El principio de revelación se haría todavía más contundente el lunes por la noche en la primera aparición pública del presidente. El escenario elegido fue la pantalla de TN y el interlocutor de turno uno de sus esbirros mediáticos más condescendientes, el mercenario lácteo autopercibido periodista Jonatan Viale. En terreno amigo, lo que pretendía ser una autodefensa guionada sonó más a confesión que a cualquier otra cosa. Respecto a su participación en el fraude de $Libra, lejos de reconocer cualquier culpa o error, aseguró que no promocionó, sino que “difundió” la criptomoneda.
En su relato, $Libra dejó de ser una fuente de inversión para las empresas argentinas para transformarse en una apuesta de casino; una ruleta rusa financiera donde tocó la bala. Pero el instante más revelador llegaría después cuando se conoció el video del momento en que el asesor presidencial Santiago Caputo interrumpió la entrevista para evitar las consecuencias legales de los dichos de Milei. En sus declaraciones, apuntaba a deslindar el posteo que desencadenó la estafa masiva de sus responsabilidades institucionales. En su lógica disociativa, fue un acto del Milei tuitero, no del Milei presidente. Como en la película “The Truman Show”, la escenografía de la ficción que rodea al libertario empezaba a desmoronarse: la marioneta periodística mostraba sus hilos y el protagonista de la gran estafa quedaba al desnudo.
Con el correr de los días, mientras Milei seguía acumulando denuncias en Argentina y Estados Unidos por la estafa de la criptomoneda, al escándalo se sumó la acusación de Hayden Mark Davis que apuntó contra la Secretaria General de la Presidencia, Karina Milei, por haber recibido coimas. No es el único que sindica a la hermana del presidente como la valijera oficial que recaudaría al facilitar a empresarios, emprendedores y supuestos gurúes de las finanzas el acceso a Javier Milei. El caldo se ponía cada vez más espeso para el gobierno.
Pero a la trama detectivesca de cómo se cocinó la estafa y al escandaloso protagonismo de Milei en los medios internacionales todavía le faltaba un capítulo de intrigas políticas. Mientras el presidente viajaba a Estados Unidos para cosechar fotos con su ídolo Elon Musk, el jueves la Cámara de Senadores sería el escenario de un nuevo bochorno institucional. En uno de esos giros argumentales que de tan comunes se han vuelto bastante previsibles en la política autóctona, un grupo de legisladores radicales que había presentado el proyecto para la creación de una comisión investigadora del escándalo cripto, en cuestión de horas, decidió votar en contra de su propio proyecto. Con el correntino Eduardo Vischi -uno de los firmantes de la iniciativa- a la cabeza, Mercedes Valenzuela, Mariana Juri, Eduardo Galaretto, Stella Maris Olalla y Víctor Zimmerman primero habilitaron la votación para la investigación y, apenas diez minutos después, votaron en contra del proyecto que no fue aprobado por solo un voto. El caso de Zimmerman es bastante singular, tantas ganas de votar en contra tenía que volvió al Senado un día antes suspendiendo su licencia para ejercer como ministro de Producción en Chaco. Sólo un mal pensado puede sospechar que no se trató de un cambio de convicciones ad honorem, pero a pocos sorprendería en un futuro encontrar a algunos de estos nombres involucrados en onerosas transacciones inmobiliarias en países vecinos, como ya sucedió con el entrerriano Edgardo Kueider.
Con la maniobra del cambio de votos, lo que el principio de revelación nos devela es que la casta tiene miedo. Pero ya no la casta legislativa -a cuyos miembros Milei no titubea en calificar de ratas-, sino la nueva casta de Casa Rosada; esa que venía a eliminar los privilegios y vicios de la política tradicional y ahora apela a las viejas mañas de la más rancia corruptela para asegurarse el blindaje ante las repercusiones del caso $Libra. Según revelaron distintos medios, al igual que en anteriores ocasiones, el gobierno nacional operó presionando a los gobernadores para que sus legisladores no votaran la creación de la comisión investigadora. Es de suponerse que alguna migaja, beneficio y/o sobre se habrán llevado a cambio de semejante gauchada. Pero más allá de la veleta opositora que, convengamos, a esta altura no sorprende a nadie, a la principal revelación hay que buscarla en las palabras del propio presidente. En plena disputa por el financiamiento de las universidades, Milei había dicho: “Te la hago simple: el que no se deja auditar es chorro”. Así de simple. Así de revelador y autocondenatorio. Como dicen en el barrio: quién nada debe, nada teme. Y el líder libertario todavía debe explicar su rol en la estafa cripto. Y está claro que teme hacerlo.
En 1935 el físico austriaco ganador del Nobel Erwin Schrödinger desarrolló un experimento mental para explicar las interpretaciones de la mecánica cuántica. El ejercicio consistía en imaginar a un gato encerrado en una caja de metal junto a un dispositivo que arroja un gas venenoso. Existe un 50% de posibilidades de que el gas letal se libere y mate al animal. Según el postulado del físico, hasta tanto alguien abra la caja para comprobar si el felino está vivo o muerto, el gato se encuentra vivo y muerto al mismo tiempo. Al igual que el famoso gato de Schrödinger, Javier Milei habita la paradoja y en ella parece cifrarse su destino.
Milei es experto en economía y a la vez desconoce cómo funciona una estafa financiera. Milei dice que el mercado se regula solo mientras se quema las reservas para mantener la cotización del dólar. Milei pide auditorías a las universidades y presiona al Congreso para que no lo investiguen por un fraude a cielo abierto. Milei denuncia a periodistas ensobrados mientras paga entrevistas on demand al mercenario de turno. Milei promueve la libertad mientras expone su odio y fascismo. Milei se autopostula como parte de la vanguardia moral mientras se vislumbra como el monumento nacional a la coima. El presidente expresa la trampa de la narrativa libertaria y, como una serpiente que se come la propia cola, está preso en su propio relato. El escándalo cripto hace mella, sobretodo, entre sus adeptos más fieles a quienes se les han revelado los breves pies de barro del ídolo. La crisis es ontológica y se avecinan tiempos de definiciones: ¿león o gato? ¿culpable o inocente? ¿sigue con vida o cuando se abra la caja descubriremos un cadáver político?








