Top

Los fachos salen del clóset

OPINIÓN

Puede que no estemos en la Alemania del Tercer Reich, pero hay fachos para hacer dulce y odiar es la nueva moda global. El woke-antiwoke como la reedición berreta de civilización y barbarie y la necesidad de llamar al fascismo por su nombre. Por Exequiel Svetliza.


En Washington DC, durante la asunción del presidente Donald Trump y ante los ojos de todo el mundo, el megamagnate Elon Musk se golpea el pecho y, acto seguido, extiende el brazo derecho en el aire. No pide un taxi. No para el bondi. No le pide la cuenta al mozo. El gesto, histriónico y ampuloso, remite de forma inequívoca al “Sieg Heil”; el típico saludo hitleriano. Después, a lo largo y ancho del globo terráqueo, se debatirá y analizará qué tan nazi o no nazi fue el ademán. Lo cierto es que, con los dedos juntos y la palma de la mano (ultra)derecha hacia el frente, Musk le marca un norte a la agenda mediática y geopolítica. Se trata del rumbo de una era donde los dueños del capital (el multimegamillonario estadounidense tiene suficiente como para trancar todas las acequias del mundo) definen un territorio de aliados y enemigos; torsiones de la historia donde el fascismo, antes repudiado y combatido, ahora parece volverse tolerable para gran parte de la población. Se volvió tolerable la intolerancia, la violencia, el desprecio, la anulación y hasta la posibilidad de exterminio del otro. El peligro de esta lógica es evidente: puede que no estemos en la Alemania del Tercer Reich, pero hay fachos como para hacer dulce y ya no tienen ninguna vergüenza en reconocerse como tales. Odiar es una moda global.  

Ferviente miembro del club de fans del dueño de Tesla, el presidente Javier Milei fue uno de los primeros en salir en su defensa a través de X, la red social del propio Musk. En una extraordinaria pirueta discursiva, mientras negaba toda filiación con el nazismo, procedía como un nazi hecho y derecho al prometer “ir a buscar” a todos los que no piensen como ellos. Eso sí: se trata de una persecución y de una amenaza en nombre de la libertad. Para que no queden dudas del fascismo sin medias tintas que enarbola el líder libertario, días después, durante su discurso en el Foro Económico Mundial de Davos, redobló la apuesta. Aunque sin tanta guita ni poder, por acá también estamos rodeados de fachos. No hacen la venia nazi ni brindan discursos grandilocuentes, pero siempre estuvieron. Y ahora les abrieron las puertas del clóset. 

En el contexto de la batalla cultural que los referentes de la ultraderecha están ensañados en librar a nivel mundial, tanto Trump como Musk y su epígono del subdesarrollo Milei han señalado un enemigo común a vencer: la llamada cultura y agenda Woke. Se trata de un concepto que se popularizó en Estados Unidos durante la década del 60 en el marco de las luchas que los afroamericanos llevaron adelante por sus derechos y significa literalmente “estar despierto”. En las primeras décadas del siglo XXI el término incorporó también a la militancia feminista, a la del colectivo LGBTI y otras reivindicaciones que tienen como premisa la igualdad social. Usado de manera peyorativa por los sectores ultraconservadores y postulado como una amenaza contra los valores tradicionales de occidente, Woke se convirtió en una especie de síntesis simplista de las ideas progresistas.

En su virulento discurso en Davos, el líder libertario describió a la ideología woke como “un virus mental” para disparar contra el feminismo, las disidencias sexuales, los inmigrantes y el cambio climático. Aunque foránea y demasiado endeble como categoría teórica para describir la compleja realidad de este lado del mundo, lo cierto es que en los últimos tiempos se ha vuelto un concepto bastante común tanto en boca de los representantes de la ultraderecha como de aquellos que podrían vincularse a cierto progresismo local. En momentos históricos donde las categorías tradicionales para pensar los fenómenos políticos como derecha e izquierda resultan insuficientes y están claramente desvirtuadas (para Milei todo aquel que no piensa como él es “zurdo de mierda”, mientras se define como liberal a la vez que expone una ideología ultraconservadora con evidentes rasgos autoritarios y fascistas), la disputa global parece plantearse en torno al binarismo woke-antiwoke como si se tratara de una reedición berreta y reduccionista de la vieja dicotomía decimonónica de civilización y barbarie. 

Más allá de los conceptos y las nomenclaturas, lo de Milei en Suiza fue una performance que no necesitó del “Sieg Heil” para exhibir su fascismo explícito. Particularmente brutal fue el ataque del presidente a la comunidad LGBTI cuando, tras citar el ejemplo de una pareja homosexual de Estados Unidos condenada por abusar de sus hijos adoptivos, aseguró que “en su versión más extrema, la ideología de género constituye lisa y llanamente abuso infantil. Son pedófilos”. Así como los nazis marcaban a los judíos para perseguirlos, segregarlos y exterminarlos, al calificar a los homosexuales como pedófilos, Milei no hace otra cosa que demonizar a los miembros de la comunidad. Se trata a todas luces de un estigma infundado, ya que no existe ninguna evidencia estadística ni científica de que las personas homosexuales tengan mayor probabilidad de cometer abusos sexuales a menores. De hecho, según datos del Ministerio Público Tutelar de la Ciudad de Buenos Aires, el 80% de los abusos en las infancias son intrafamiliares y más del 99% de las familias con hijos son de parejas heterosexuales. 

Las palabras del presidente no resultan inocuas en un país donde en mayo del año pasado se produjo el triple lesbicidio de Andrea Amarante, Pamela Cobbas y Roxana Figueroa. Las mujeres murieron calcinadas tras el ataque de Justo Fernando Barrientos, un vecino de la pensión donde vivían en el barrio de Barracas, con un explosivo casero. La embestida de Milei, en su afán de construir un enemigo ideológico, constituye un hecho de violencia institucional que a su manera legítima los discursos -y también los actos- de odio contra los miembros de la comunidad LGBTI; un espiral de violencia que emana desde la cima del poder estatal y que pone en evidencia la farsa del ideario libertario en relación al supuesto “respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo, basado en el principio de no agresión y en defensa del derecho a la vida”. Puro verso. En el relato autoritario del líder libertario el otro (ya sean gays, trans, feministas, políticos opositores o artistas que no comulgan con sus ideas) es el que tiene que correr o temblar o al que saldrán a buscar (según la interpretación naif del Jefe de Gabinete Guillermo Francos para “debatir”). Si algo nos enseñó hace 30 años el mítico Eric Cantona aquel 25 de enero de 1995 en el Crystal Palace con su coreográfica patada es que con el fascismo y su violencia no se dialoga ni se debate. 

Llama la atención o quizás no tanto a esta altura el mute de la prensa hegemónica que solía a menudo escandalizarse con las supuestas formas violentas del kirchnerismo cuando era gobierno. Grandes sommeliers de las formas democráticas y fieles guardianes de las instituciones republicanas que ahora parecen haber perdido la capacidad de indignarse. O han dejado atrás aquella vieja flema ciudadana para habitar un periodismo más zen o el león les comió la lengua. Aquella consagrada escuela del periodismo liberal, con el extinto Jorge Lanata a la vanguardia, que clamaba por preguntar hoy ha virado a la escucha contemplativa cuando no al asentimiento automático; ese rítmico rictus de cabeza de muñeco de taxi que Luis Majul practica con singular maestría. Escuchan y asienten ante el desfile de pregoneros del neofacismo anticientífico, como los Agustín Laje y los Nicolás Márquez, que pasan delante de sus micrófonos. Si el odio está de moda ¿cómo el periodismo iba a quedarse afuera de la tendencia? De nuevo: con el fascismo y su violencia no se dialoga ni se debate.

Pero mal puede exigírsele a estos pobres centinelas de la república lo que las propias instituciones democráticas no parecen dispuestas a proteger. Hasta ahora ni los otros poderes del Estado ni el variado arco político opositor ni las organizaciones sindicales han servido de dique de contención contra el tsunami de violencia desplegado por el autoritarismo presidencial. Aunque existen herramientas constitucionales como el pedido de juicio político, las respuestas parecen limitadas a la emisión serial de comunicados y a la denuncia indignada en las redes. Mientras no aparece nadie que le ponga el cascabel al felino, en muchos sectores de la sociedad crece la sensación de soledad y de orfandad política ante la avanzada fascista desenfrenada. 

En 2012 se estrenó la película Iron Sky, una ficción distópica que en clave humorística plantea la siguiente trama: tras la caída del régimen nazi alemán en 1945, los jerarcas del Reich logran refugiarse en una base militar que han construido en el lado oscuro de la luna. Tras décadas en el ostracismo interplanetario, en 2018 los nazis están dispuestos a regresar para librar la batalla final e invadir la Tierra. Obvio que, como sucede en las películas de Hollywood, la salvación de la humanidad está en manos de los Estados Unidos. Visto desde este presente, el film parece cada vez menos una obra de ciencia ficción y coquetea peligrosamente conla profecía. Después de todo, aunque en otro bando y con otras banderas, los fascistas son quienes tienen las naves.  

A diferencia de lo que plantea la ficción, por acá los fachos nunca se fueron. Sin la sofisticación ni la tecnología nazi, sin la cruz esvástica, sin el saludo característico ni los uniformes de Hugo Boss; permanecieron largo tiempo entre nosotros. Visten como nosotros, van a los mismos cines y bares que nosotros, mandan sus hijos a las mismas escuelas que nosotros. Siempre estuvieron ahí para repetir que “no fueron tantos”, que “algo habrán hecho”, que “los bolivianos vienen a quitarnos el laburo”, que “cómo quieren que no las violen si usan esas polleritas cortitas”, que “los putos son todos degenerados”, que “los pobres son pobres porque quieren”, que “los Derechos humanos son un curro”, que el problema del país siempre fue “los negros de alma” y que habría que matarlos a todos. Estaban ahí y decían las mismas cosas que ahora escuchan en boca de gente que tiene mucha guita y mucho poder y se sienten envalentonados; legitimados por las condiciones de posibilidad de este momento histórico que les permite, al fin, salir del clóset para gritar a los cuatro vientos que son fachos y que ahora están en la onda. 

¿Cómo convivir entonces con fascistas empoderados? ¿Cómo pensar un destino colectivo con aquellos que creen que los otros son prescindibles y acaso eliminables? ¿Cómo transitar la violencia de estos tiempos que amenaza con llevarnos puestos? Habrá que salir de la anestesia de las redes sociales y poner los pies en la tierra para tejer lazos de solidaridad con los más vulnerables. Habrá que desarticular el relato que pondera el individualismo por sobre el bien común. Habrá que dejar de fingir demencia ante el odio de los dementes. Habrá que volverse generosamente humano. Habrá que llamar al fascismo por su nombre y no temerle cada vez que toque enfrentarlo. Habrá también que aferrarse a la certeza de que esta vez, para salir de la pesadilla, no alcanza con estar despierto.