"Cuando se acercó Messi y nos miró, todos lloramos": Gerónimo, el hincha tucumano que vivió la final soñada
HISTORIAS DE ACÁ Y DE ALLÁ
La película hecha realidad que vivió para ver la final en las tribunas del Maracaná tiene de todo: un comienzo inesperado, tensión, euforia, lágrimas, y el final más feliz. "Cuando terminó el partido fue increíble, sencillamente increíble. Todo lo que nos pasó para llegar a ese momento es impensado, es algo que voy a contarlo cuando tenga hijos, claro que se los voy a contar". FOTOS Y EL VIDEO QUE EMOCIONA
Gerónimo Llorens: "En este momento pensé en el Diego que está en el cielo, este momento es para él". Las fotos y el video son gentileza de Gero.
Suena el celular de Gerónimo Llorens en Brasil y se ríe: “Está volviendo: la voz está volviendo. Ayer no podíamos hablar. Se viralizó la foto mía en el Maracaná alentando la Selección en la final contra Brasil con la camiseta de San Martín y la bandera de la Argentina y me llamaban de todos los medios para hablar, pero directamente no tenía voz, no podía hablar”.
La historia de película hecha realidad que vivió Gero para ver la final tiene de todo: un comienzo inesperado, tensión, euforia, lágrimas, y el final más feliz que cualquier guionista pudiera haber escrito. “Yo vivo en Brasil desde hace seis años. Me fui a buscar suerte y mirá si la encontré después de lo vivido en persona el sábado a la noche en el Maracaná: ¡ver a Messi campeón!”.
Luego de los primeros años de Gerónimo en Buzios, trabajando en la playa, se mudó a Sao Paulo, donde reside desde hace cuatro años, donde comienza esta historia: “Yo iba a la Escuela Normal y ahí tenía portugués. Eso desde siempre me ayudó mucho y ahora trabajo en redes sociales. Antes de la final del sábado, el mismo viernes 9 de Julio, me escribe un amigo tucumano, Augusto López, quien vino a Brasil a cubrir la Copa América. El Cachorro me dice ese sábado: ‘Se liberaron entradas para los hinchas argentinos, ¿querés venir?’”
Gero estaba con dos amigos más en Sao Paulo cuando recibió el mensaje de su amigo, se miraron los tres y a Río de Janeiro nos vamos, papá: “Armamos el bolso en dos horas, planificamos todos, metí la camiseta de San Martín, la bandera de la Argentina, salimos ese mismo viernes 9 de Julio en el colectivo y, seis horas después, llegamos al Maracaná”.
Ya hasta aquí, hasta esta parte, el sueño de tres amigos de viajar para ver la final de la Copa América tenía pinta de proeza, de garra y valentía, de estrategia e impulso, todo regido bajo el sueño de la pasión. Pero iba a haber más, claro que iba a haber muchísimo más: “Si no entrábamos, te digo la verdad, no pasaba nada. De última, lo más feo iba a ser verlo afuera del Maracaná. Pero fuimos a una farmacia a hacernos el pcr, te dan el resultado en el toque, nos movimos para conseguir todo y teníamos que ir al Consulado argentino para conseguir los ingresos al estadio, pero desde el 8 ya estaban entregándolos y en el Consulado ya no entregaban más porque había habido mucho quilombo”.
“Entonces nos mandaron al Maracanãzinho, un estadio chico al lado del Maracaná. Ahí hicimos una fila eterna y fue la parte de la mayor tensión. Faltaban unas horas para el partido, había 60 argentinos todavía, pero cada vez llegaban más con un número que les habían dado en el Consulado para retirar el ingreso. Nosotros no teníamos ese número. Entonces teníamos que esperar que no llegara nadie más con ese número para conseguir nuestra entrada: fueron 8 horas en la fila con todos los nervios del mundo hasta que llegamos a la puerta: éramos yo y mis dos amigos, los tres últimos que pasamos, y después pararon todo: llegó la Policía de Sanidad, controlaron que no pasara nada con los hinchas que quedaron afuera y entramos al Maracaná”.
No hubo lugar para previas como las de Ciudadela ni nada: “No tomamos nada, estábamos muy nerviosos. Queríamos estar al 100% para ver el partido. Sufrimos tanto en el proceso de conseguir el ingreso, que nos dijimos con los chicos: ‘Lo disfrutemos bien, si ganamos después festejamos'. No había tenido la suerte de entrar al Maracaná. Yo había llegado a vivir a Brasil en 2015, un año después de la final del Mundial contra Alemania. Nunca lo había visto al Maracaná y es imponente: es enorme. Para entrar tenés que recorrer todo alrededor del estadio hasta que llegamos a las tribunas. Ahí empezó otra historia”.
“Se ve el partido increíble desde todos lados. Es impresionante cómo está diseñado. Nosotros estábamos desde el arco más lejano del gol. No lo podíamos creer al gol. Pensamos que no le llegaba la pelota al pie a Di María hasta que le sobra al defensor, vemos que la pica, la vemos entrando a la pelota por arriba y ahí fue descomunal lo que vivimos. Ahí todos se abrazaban, todos nos abrazábamos y fuimos locales: cantamos todo el partido de punta a punta. A ellos no se los escuchaba. Pasa que nuestros ingresos liberados eran originalmente para dirigentes y políticos que no pudieron viajar. Entonces el Consulado con Scioli liberó las entradas para nosotros: la Argentina metió hinchas y Brasil metió familia y conocidos. Esa fue la diferencia. Por eso se nos escuchó a nosotros nada más”.
Después del gol, llegó el momento de hacer que aguante el corazón aguante, de que ese juez de línea salvara a más de uno de un infarto: “Hasta el último minuto pensábamos que podían empatarnos y temíamos por los penales, pero te juro que nos sentíamos a la vez confiados porque Argentina corrió todas las pelotas. La garra del equipo nos dejaba tranquilos de que se podía. Y se pudo”, dice Gero, quien confiesa: “Se extraña muchísimo Tucumán. La última vez que fui a Tucumán me dijeron que había bajado de peso y los subí al toque: sánguches de milanesa, empanadas y asado con los amigos, con los changos de la Normal, con la familia. Todos los días sintiendo el calor argentino: la reunión, la guitarreada, el folklore, Ciudadela. Por eso cuando llega el fin de semana en mi casa de Sao Paulo me pica ese bicho: me pongo con la guitarra, me preparo un fernecito que también me traje, y escucho folklore. Se extraña el Atahualpa, la Fiesta del Caballo y pongo la música: mi canción es Anaranjado corazón, pero escucho mucho Los Manseros, Abel Pintos, y Los Huayras”.
De vuelta al partido, y antes de despedirse hasta el próximo encuentro en Tucumán, en Qatar, donde sea, nos manda el video que ha compartido del momento que es inolvidable y relata: “Ver a Messi así era como ver a un nene de 5 años”, jura el muchacho que no se saca la camiseta de San Martín que consiguió en Tucumán cuando vino la última vez hace cuatro meses. “Es la camiseta nueva, la que tiene a Diego en el pecho. Y la bandera de la Argentina es la que me traje hace seis años, cuando vine a vivir a Brasil”.
Es el final soñado de esta realidad, la imagen que acompañó las noches en la almohada de Gerónimo y de todos los hinchas y las hinchas de la Argentina, el final que supera a lo pensado: solo la Copa del Mundo en Qatar puede superarlo, pero por lo pronto lo que vivió Gerónimo Llorens, tucumano, Ciruja, y muy pero muy argentino, con este maravilloso país metido en el corazón, en la sangre, en el alma, en la piel, a eso Gerónimo no se lo olvida más y supera todo lo imaginado: “Cuando terminó el partido fue increíble, sencillamente increíble. Si me das a elegir un momento para guardar toda la vida me quedo cuando Messi se saca la camiseta, viene hacia nosotros, se acerca a 20 metros de nosotros y se golpeaba el pecho mirándonos a uno y cada uno de los hinchas argentinos que estábamos: ahí lloramos, ese es el mejor final, y es el que voy a contar cuando tenga hijos, claro que se los voy a contar”.
La historia de película hecha realidad que vivió Gero para ver la final tiene de todo: un comienzo inesperado, tensión, euforia, lágrimas, y el final más feliz que cualquier guionista pudiera haber escrito. “Yo vivo en Brasil desde hace seis años. Me fui a buscar suerte y mirá si la encontré después de lo vivido en persona el sábado a la noche en el Maracaná: ¡ver a Messi campeón!”.
Luego de los primeros años de Gerónimo en Buzios, trabajando en la playa, se mudó a Sao Paulo, donde reside desde hace cuatro años, donde comienza esta historia: “Yo iba a la Escuela Normal y ahí tenía portugués. Eso desde siempre me ayudó mucho y ahora trabajo en redes sociales. Antes de la final del sábado, el mismo viernes 9 de Julio, me escribe un amigo tucumano, Augusto López, quien vino a Brasil a cubrir la Copa América. El Cachorro me dice ese sábado: ‘Se liberaron entradas para los hinchas argentinos, ¿querés venir?’”
Gero estaba con dos amigos más en Sao Paulo cuando recibió el mensaje de su amigo, se miraron los tres y a Río de Janeiro nos vamos, papá: “Armamos el bolso en dos horas, planificamos todos, metí la camiseta de San Martín, la bandera de la Argentina, salimos ese mismo viernes 9 de Julio en el colectivo y, seis horas después, llegamos al Maracaná”.
Ya hasta aquí, hasta esta parte, el sueño de tres amigos de viajar para ver la final de la Copa América tenía pinta de proeza, de garra y valentía, de estrategia e impulso, todo regido bajo el sueño de la pasión. Pero iba a haber más, claro que iba a haber muchísimo más: “Si no entrábamos, te digo la verdad, no pasaba nada. De última, lo más feo iba a ser verlo afuera del Maracaná. Pero fuimos a una farmacia a hacernos el pcr, te dan el resultado en el toque, nos movimos para conseguir todo y teníamos que ir al Consulado argentino para conseguir los ingresos al estadio, pero desde el 8 ya estaban entregándolos y en el Consulado ya no entregaban más porque había habido mucho quilombo”.
“Entonces nos mandaron al Maracanãzinho, un estadio chico al lado del Maracaná. Ahí hicimos una fila eterna y fue la parte de la mayor tensión. Faltaban unas horas para el partido, había 60 argentinos todavía, pero cada vez llegaban más con un número que les habían dado en el Consulado para retirar el ingreso. Nosotros no teníamos ese número. Entonces teníamos que esperar que no llegara nadie más con ese número para conseguir nuestra entrada: fueron 8 horas en la fila con todos los nervios del mundo hasta que llegamos a la puerta: éramos yo y mis dos amigos, los tres últimos que pasamos, y después pararon todo: llegó la Policía de Sanidad, controlaron que no pasara nada con los hinchas que quedaron afuera y entramos al Maracaná”.
No hubo lugar para previas como las de Ciudadela ni nada: “No tomamos nada, estábamos muy nerviosos. Queríamos estar al 100% para ver el partido. Sufrimos tanto en el proceso de conseguir el ingreso, que nos dijimos con los chicos: ‘Lo disfrutemos bien, si ganamos después festejamos'. No había tenido la suerte de entrar al Maracaná. Yo había llegado a vivir a Brasil en 2015, un año después de la final del Mundial contra Alemania. Nunca lo había visto al Maracaná y es imponente: es enorme. Para entrar tenés que recorrer todo alrededor del estadio hasta que llegamos a las tribunas. Ahí empezó otra historia”.
“Se ve el partido increíble desde todos lados. Es impresionante cómo está diseñado. Nosotros estábamos desde el arco más lejano del gol. No lo podíamos creer al gol. Pensamos que no le llegaba la pelota al pie a Di María hasta que le sobra al defensor, vemos que la pica, la vemos entrando a la pelota por arriba y ahí fue descomunal lo que vivimos. Ahí todos se abrazaban, todos nos abrazábamos y fuimos locales: cantamos todo el partido de punta a punta. A ellos no se los escuchaba. Pasa que nuestros ingresos liberados eran originalmente para dirigentes y políticos que no pudieron viajar. Entonces el Consulado con Scioli liberó las entradas para nosotros: la Argentina metió hinchas y Brasil metió familia y conocidos. Esa fue la diferencia. Por eso se nos escuchó a nosotros nada más”.
Después del gol, llegó el momento de hacer que aguante el corazón aguante, de que ese juez de línea salvara a más de uno de un infarto: “Hasta el último minuto pensábamos que podían empatarnos y temíamos por los penales, pero te juro que nos sentíamos a la vez confiados porque Argentina corrió todas las pelotas. La garra del equipo nos dejaba tranquilos de que se podía. Y se pudo”, dice Gero, quien confiesa: “Se extraña muchísimo Tucumán. La última vez que fui a Tucumán me dijeron que había bajado de peso y los subí al toque: sánguches de milanesa, empanadas y asado con los amigos, con los changos de la Normal, con la familia. Todos los días sintiendo el calor argentino: la reunión, la guitarreada, el folklore, Ciudadela. Por eso cuando llega el fin de semana en mi casa de Sao Paulo me pica ese bicho: me pongo con la guitarra, me preparo un fernecito que también me traje, y escucho folklore. Se extraña el Atahualpa, la Fiesta del Caballo y pongo la música: mi canción es Anaranjado corazón, pero escucho mucho Los Manseros, Abel Pintos, y Los Huayras”.
De vuelta al partido, y antes de despedirse hasta el próximo encuentro en Tucumán, en Qatar, donde sea, nos manda el video que ha compartido del momento que es inolvidable y relata: “Ver a Messi así era como ver a un nene de 5 años”, jura el muchacho que no se saca la camiseta de San Martín que consiguió en Tucumán cuando vino la última vez hace cuatro meses. “Es la camiseta nueva, la que tiene a Diego en el pecho. Y la bandera de la Argentina es la que me traje hace seis años, cuando vine a vivir a Brasil”.
Es el final soñado de esta realidad, la imagen que acompañó las noches en la almohada de Gerónimo y de todos los hinchas y las hinchas de la Argentina, el final que supera a lo pensado: solo la Copa del Mundo en Qatar puede superarlo, pero por lo pronto lo que vivió Gerónimo Llorens, tucumano, Ciruja, y muy pero muy argentino, con este maravilloso país metido en el corazón, en la sangre, en el alma, en la piel, a eso Gerónimo no se lo olvida más y supera todo lo imaginado: “Cuando terminó el partido fue increíble, sencillamente increíble. Si me das a elegir un momento para guardar toda la vida me quedo cuando Messi se saca la camiseta, viene hacia nosotros, se acerca a 20 metros de nosotros y se golpeaba el pecho mirándonos a uno y cada uno de los hinchas argentinos que estábamos: ahí lloramos, ese es el mejor final, y es el que voy a contar cuando tenga hijos, claro que se los voy a contar”.

Para Diego:

Con la del Santo a todos lados:

El video de la previa de la gran final:
El final soñado:








