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"2 hamburguesas x $ 1,50 y mil porrones": Marcelo Piñero, batería y experimentador del gran Tarquino Bar

TEMPLOS

Ustedes son muy jóvenes para recordar, pero hubo un tiempo que fue hermoso y fuimos libres de verdad. No es un Tucumán del primer centenario, pero cada día de pandemia parece más lejano. Era un tiempo donde no agrandabas el combo ni pedías ketchup ni te hablaban rápido a través de un vidrio y ni se les ocurría colmarte el vaso de hielo. VIDEO

Qué flaier.





Ustedes son muy jóvenes para recordar, pero hubo un tiempo que fue hermoso y fuimos libres de verdad. No es un Tucumán de hace tanto tiempo, pero cada día de pandemia parece más lejano. Era un tiempo donde no agrandabas el combo ni pedías ketchup ni te hablaban rápido a través de un vidrio y ni se les ocurría colmarte el vaso de hielo.

Con ustedes: Tarquino, damas y caballeros, templo sagrado si los hay. Así, con el verbo calcado en el presente porque son lugares que cierran, pero no mueren. Como Bigotes. O como El Amanecer. Pero Tarquino, siempre Tarquino, donde hoy no tenemos pruebas pero tampoco dudas que debe funcionar un McKío.

Lejos de lo que es hoy Burger King y mucho más lejos de la esquina de Tic Tac Toe donde venden dobles cuartos de libra y también le metieron de nombre Mc, o el vamos a Mac, Tarquino fue probablemente el reducto más pequeño donde más hamburguesas se vendieron en Tucumán.

Distante en presentación y en gusto, cuando el cheddar ni siquiera existía, cuando nadie sabía qué era el famoso beicon (se escribe bacon, puristas del lenguaje), no hubo ni habrá un bar que se asocie a una promoción: dos hamburguesas por un peso con cincuenta moneda nacional: el verdadero 2x1 en estos tiempos de tanto anglosajón pidiendo apa, epa e ipa en happy hour conocido como la hora de la felicidad.

Entre tantos próceres que han pasado por Tarquino, cuando la noche de los 90 tenía como única grieta de diferencia 20 centavos, la Norte a 80 centavos, la Quilmes a 1 peso, pasó Marcelo Piñero, uno de los músicos más grandes de nuestro hermoso mundo, Marce, capaz de sacarse los hombros delante de una batería mientras su hermano Jorge siempre le aplicaba un sorbo a la Norte, la más nuestra.

No sé si tanto como a Bigotes, pero a Tarquino iba todo el mundo. Toda la gente de la música, del arte, siempre pasaba por Tarquino. Un hermoso bar que estéticamente era espantoso. Te hablo del Tarquino original, el de la Santiago, porque en un momento también hubo a la vuelta en la 25. Tarquino era glorioso: estabas chupando desde las 9 de la noche hasta las 6 de la mañana y le metías metías promos y promos de hamburguesas como si nada. Una de las claves estaba en el pan”.

Así como le metíamos 2.000 porrones, las hamburguesas salían todo el tiempo y justamente una muestra de ello era que el pan de las hamburguesas siempre estaba fresco. Tarquino era más de previa, antes de tocar con Estación, aunque también caíamos después a veces como a Bigotes, al Amanecer, a La Zona de Gaby”, relata Marcelo y, en tiempos de Brubank, de posnet, de Mercado Pago,  ya sé que no debo, pero igual quise estar.

Estamos huérfanos de esos lugares. Ya no quedan. Karma, Toni Molteni, siempre estaban. Un tal Píter Maidana también era habitué. Empecé a ir cuando tenía 14, ahora tengo cuatro tres. En la tierra de la milanesa, era muy rica la hamburguesa, chiquita, pero eran dos. No era la hamburguesa congelada que ahora comprás en los kioscos”.

Fuentes consultadas a través de nuestro call center deslizaron la posibilidad de que hasta hubo riña de gallos en el fondo, pero nadie a ciencia cierta supo, sabe ni sabrá qué pasaba en esa provincia donde el rock se le paraba mano a mano y le ganaba al folklore de los camaradas del Cardón.

“Pasaban mil cosas en Tarquino: habían habilitado una parte de atrás. A veces había gente peleándose, pleno año 95, qué tiempos: junto al Amanecer, Tarquino marca una época. Hoy, con todas las hamburgueserías, es imposible pensar en Tarquino”, firma de puño y letra Marcelo Piñero, baterista de Estación Experimental y colaborador en mil bandas, quien prepara un gran disco paralelamente a su nuevo emprendimiento con tortas y manjares de 18 y 24 centímetros.

“También hago postres de 1 kilo 400 y de 1 kilo 800. Postres de antes como el Balcarce que comía mi viejo cuando era joven. En mi cocina empezó todo con la panificación. En esta pandemia no tengo tiempo para llorar. Con Estación hicimos hace un mes el show en el Nesta que ha estado muy bien y ahora con el disco nuevo, con singles, y renegando con algunas de Spotify”, cierra el gran Marcelo, mientras amasa una tanda de pan para hamburguesas. Ya saben de dónde lo sacó.

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