Audio: subió al auto a su vecino apuñalado y ahí escuchó sus últimas palabras
DOLOR E INSEGURIDAD
El conmovedor relato del locutor de radio que quiso salvarle la vida a Abel García, el fumigador que le robaron la moto a las puñaladas, a una cuadra de su casa en El Manantial.
Agarré el auto porque todos estaban esperando una ambulancia que jamás llegaba", dice Fabián Romano.
Fabián Romano intentó empezar su programa de radio como todos los días: energía positiva, bien arriba y buen humor. Pero en sólo dos oraciones, el dolor y la impotencia que aún le corría por el cuerpo hizo que aquella presentación cambiara de una punta a la otra; de la risa, del chiste, a las lágrimas que se le atravesaron en la garganta hasta volverse silencio.
-Debe haber alguno aplicándole un siestero, comentó con la cortina musical que acompañaba el comentario jocoso en el inicio de El Pelotero, minutos después de a las 16, por FM Metropolitana.
-¿Con este calor?- le respondió el coconductor Néstor Pérez, el Chaupi- ¿Vos pensás?
-¡¿Cómo que no?! Sí: mañanero, siestero, nochero. Porque vos no sabés. Vos no sabés qué puede pasar al otro día... vos sabés que la vida es un parpadeo. Por eso hay que estar pendiente de la gente de que uno quiere.
-¿Con este calor?- le respondió el coconductor Néstor Pérez, el Chaupi- ¿Vos pensás?
-¡¿Cómo que no?! Sí: mañanero, siestero, nochero. Porque vos no sabés. Vos no sabés qué puede pasar al otro día... vos sabés que la vida es un parpadeo. Por eso hay que estar pendiente de la gente de que uno quiere.
La vida es un parpadeo. Esa fue la frase de quiebre. A partir de esas palabras, el tono de Fabián cambió. En la siesta del jueves, su voz se volvió sufrida, angustiada, entrecortada, cuando de a poco contaba al aire aquello que le había pasado la noche anterior.
“Quisiera arrancar con muchas más pilas, pero lo que ha pasado ayer no me deja. Somos...hemos sido víctimas de la inseguridad que se vive. No yo directamente, pero sí un vecino, al que le costó la vida. Es increíble, pero sí”, dijo Fabián y después vinieron dos segundos de silencio. Fue el primer silencio que introdujo el relato que duró poco más de seis minutos de cruda humanidad dolida en la siesta tucumana.
“Lo viví muy de cerca. Agarré el auto, lo único que tildé, porque todos estaban esperando una ambulancia que jamás llegaba. No se porqué se da este tipo de situaciones, pero siempre demoran un montón. Alguien tendrá que rever esta situación para que las ambulancias respondan inmediatamente, loco”.
“Lo viví muy de cerca. Agarré el auto, lo único que tildé, porque todos estaban esperando una ambulancia que jamás llegaba. No se porqué se da este tipo de situaciones, pero siempre demoran un montón. Alguien tendrá que rever esta situación para que las ambulancias respondan inmediatamente, loco”.
“El momento desesperante que viví... me flashé, me shoquié. Hoy me dura todo esto. La emoción y la adrenalina, el hecho de recorrer las calles de Tucumán desde El Manantial hasta el hospital Padilla donde lo pudimos llevar y después... lamentablemente falleció. No alcanzó con eso, por más que uno haya tratado de ayudar para que esa vida no se fuera de este mundo, no alcanzó”.
“Vi de cerca todo esto y lo que viví dentro de mi auto son cosas que me llevo para mí. Estoy...te juro que estoy…”, y el dolor se volvió a hacer silencio. Y luego del silencio vino el sollozo de un hombre de 44 años que había intentado salvar una vida. Entonces intervino el coconductor, quien intentó calmar el momento para que se compañero se reincorpore y continúe o bien para que cierre la presentación del día jueves.
“Vi de cerca todo esto y lo que viví dentro de mi auto son cosas que me llevo para mí. Estoy...te juro que estoy…”, y el dolor se volvió a hacer silencio. Y luego del silencio vino el sollozo de un hombre de 44 años que había intentado salvar una vida. Entonces intervino el coconductor, quien intentó calmar el momento para que se compañero se reincorpore y continúe o bien para que cierre la presentación del día jueves.
En el estudio de radio Metropolitana, Fabián se desarmaba. Se le cruzaban imágenes que le atragantaron la voz. Recordaba a Abel García, su vecino de 65 años, sentado en una silla de su patio, después de haber recibido una puñalada de quienes le robaron la moto a una cuadra de su casa. Rodeado, el hombre, de mucha gente que esperaba la ambulancia que no llegaba. Y el momento en que le pidió a su mujer que trajera el auto y cuando le dijo a uno de los hijos de García, “vamos”. Y lo subieron a la Suran. Del auto que le aumentó el volúmen de la música cuando, desesperado, le hizo seña de luces y bocinazos para que se corriera. Del momento en que empezó a animarlo con su voz. Del “¡Vamos García, no afloje, ya llegamos!”. Y de las tres cuadras antes de llegar al hospital, cuando García se enderezó lentamente a la par de su hijo, sentados en el asiento de atrás. Aquel recuerdo que quebrado no pudo contar al aire: cuando García, en su último esfuerzo por vivir, giró el torso hacia su hijo y minutos antes de morir le dijo: “te amo”.
“No alcanzó, te sentís, como quien dice, impotente porque no llegamos al resultado feliz (...) estoy como shoqueado”, continuó al aire Fabián, en ese parpadeo que es la vida. Y que se va como un exhalo.







