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¿De qué nos perdimos hoy con las redes estropeadas?

CAÍDA MUNDIAL

Durante el día de hoy Facebook, Instagram y WhatsApp colapsaron y eso afectó la cotidianeidad de todos los tucumanos: ¿Qué pasó? ¿Fue el eclipse? ¿Hay vida después de las redes sociales?

Hecatombe en las redes sociales.





La primera y obligada pregunta que se hace este cronista es quién leerá esta nota. ¿Con las redes sociales en cortocircuito llegará a los lectores? Sin redes, nos quedamos sin canillitas virtuales. Las fallas que afectan a las nuevas formas de comunicación ideadas por Mark Zuckerberg alteran los canales habituales de información de millennials, centennials y de todo aquel que ha incorporado a las redes como parte fundamental del hacer y del decir cotidiano. La segunda pregunta es acaso más apocalíptica: ¿Hay vida sin redes? Sin Facebook, Instagram y WhatsApp no nos queda más remedio que vivir sin que los demás puedan confirmar en la virtualidad nuestra existencia material. ¿Y ahora? Dicen que la vida sin problemas es matar el tiempo (y gastar datos) a lo bobo.

Ayer hubo un eclipse, pero casi ningún tucumano lo vio. Muchos –me arriesgaría a decir que la mayoría- no necesitó mirar el cielo copado de nubes para comprobarlo. Les bastó entrar en Twitter o en Facebook para enterarse que aquello que se esperaba que pasara no pasó. Pero si pasó, sólo que no lo vimos, entonces: ¿pasó? Diría Thalía -si se me permite parafrasear a la popular poeta- que si uno no recuerda, entonces no pasó. Pero recordamos que hubo un eclipse porque vimos en las redes sociales que nadie lo vio. Extraño, aunque real.

Hoy no hubo eclipse, al menos eso dicen, pero las que se eclipsaron fueron las redes. ¿El fenómeno celestial tuvo algo que ver? No tenemos cómo saberlo. Lo cierto es que las fallas en las redes se han sentido, sus intermitencias o ausencias han desnudado quizás nuestras propias carencias existenciales. El apagón del día del padre acaso fue una advertencia: tal vez para el apocalipsis sólo baste con desenchufar un enchufe o apretar un botón. Es posible que sobrevivamos, pero si no lo posteamos en algún muro, en alguna red, entonces nadie sabrá que seguimos con vida. Si se le puede llamar vida a una existencia que no se puede mostrar como tal.

¿De qué nos habremos perdido hoy mientras las redes fallaban y cambiábamos el reflejo de las pantallas por el sol tímido que entibió la siesta tucumana? En WhatsApp, la falla se materializó en la imposibilidad de escuchar audios y ver imágenes. Es posible que una madre o un padre no haya podido compartir con sus amigos la imagen de su hijo recién nacido y a estos no les quede otra que conocerlo en persona para el primer o segundo cumpleaños, para la comunión o el casamiento. También es probable que un vecino no haya podido presumir la pinta del guiso de lentejas que se mandó al mediodía o qué nos hayamos perdido los memes de la derrota de la selección ante Brasil o, mejor aún, la foto de la Ministra de Seguridad Patricia Bullrich y su extravagante peinado de león mechoneado.

En plena hecatombe tecnológica, al pequeño Homero debieron buscarlo hoy antes de la escuela porque le dolía la muela. Como tenía que presentar un trabajo práctico, su papá recurrió al grupo de WhatsApp que reúne a papás y mamás de la escuela, pero como no se podían enviar imágenes, la foto con la tarea para Homero nunca llegó: ¿Le servirá de excusa mañana cuándo la maestra se la pida?

Ana también es mamá y está en uno de esos grupos virtuales de padres. En su caso, celebró la desconexión de la red, ya que le evitó la eterna cadena de mensajes reiterativos. Todo empieza con alguien que informa, por ejemplo, que los chicos tendrán que asistir con uniforme al acto escolar, a continuación alguien pregunta: ¿uniforme completo?, a lo que sigue otra pregunta del tipo: ¿los varones y las mujeres? Y así siguiendo. Párrafo aparte para los extensos debates que generan temas como la Educación Sexual Integral, la religión y otras cuestiones que suscitan, en muchos casos, opiniones sin demasiado fundamento o posiciones directamente fundamentalistas. Hoy no hubo nada de todo eso. Y si lo hubo, no se enteró.

En un grupo familiar hubo quienes esta vez no pudieron escuchar los extensos audios del tío con su ya habitual, incisivo y etílico análisis futbolístico del desempeño de la selección. Se perdieron así las puteadas al árbitro del partido y la clásica grieta que divide a Messistas y Maradoneanos en un debate tan candente como absolutamente prescindible.

Y así cuántos te quiero no habrán llegado hoy a los oídos de sus destinatarios, cuántas definiciones políticas, cuántas invitaciones, cuántos buenos días perdidos quizás para siempre en el abismo insondable del ciberespacio.

Y en Instagram de cuántas fotos en los espejos de los ascensores nos habremos perdido, cuántos gatitos retratados, cuántos perritos, cuántos vestidos nuevos, cuántas personas levantando pesas en los gimnasios o leyendo libros en bares, cuántas imágenes que son siempre las mismas y otras a la vez.

Y en Facebook cuántos se habrán perdido de la cuantiosa suma de dinero que prometía San Judas Tadeo para aquellos que compartan su imagen en cinco grupos en menos de cinco segundos, según la publicación que hizo Ernesto en el grupo Ranchillos de Antaño. ¿Habrá podido él cumplir el reto de San Judas o la debacle en las redes atentó contra sus posibilidades de crecimiento económico?

Todo parece indicar que fuera de las redes sociales continuaron pasando cosas. Sin ir más lejos, esta tarde llegó una persona a nuestra redacción con una caja de pata-muslo de pollo que le habían encargado por WhatsApp, pero era evidente que todo fue producto de la confusión generada por el fallo de la red social. Aunque tenía buena pinta, nadie acá había requerido tal caja. ¿Se encontrarán las pata-muslo con su destinatario? Si hasta nuestra alimentación depende de las redes: ¿Será acaso este el comienzo del fin? Lo más probable es que, por ahora, no nos enteremos ni por Facebook ni por Instagram ni por WhatsApp.