Video: los incidentes manchan a los carnavales en Tucumán
VERANO 2019
El recreo más largo del año al compás del calor y la música se ve opacado cada vez que se agarran a golpes sus concurrentes. Pasó en Central Córdoba con El Pepo y se repite en muchos rincones de la provincia. ¿Cuál es la solución?
El Pepo tocó en Central Córdoba y vio de cerca lo que pasó.
¿Cuándo fue la primera bombucha que tiramos? ¿Fue la misma tarde que nos empaparon por primera vez? Los abuelos recuerdan que hasta las bombuchas eran una cosa moderna: antes, a baldazo limpio era la cosa. O llenando de agua la cámara de un neumático. Solo bastaba que hubiera una canilla en la cuadra y nadie se preocupaba por la factura de la SAT. Caída la noche, los carnavales se trasladaban a los clubes de los barrios o se cerraban las calles, un presentador de traje y bigote prolijo hacía tronar el micrófono y la música popular empezaba a sonar.
Mientras empezaban los primeros cabeceos entre los que se presumían durante las vacaciones y esperaban hasta los lentos para concretar el amor de verano, los más chicos corrían metiéndose entre las piernas de los adultos, haciendo burbujas de detergente, tirándose papel picado, comiendo una porción de pizza, tomando entre todos una gaseosa de litro que duraba para toda la familia, y entrada la madrugada, todos a la casa de nuevo. Eran otros tiempos, claro que eran otros tiempos. Pero hay tradiciones, esencias de lo que significa el carnaval que se mantienen en la provincia y una alegría que no debería cambiar por nada ni nadie.
Los corsos de Aguilares son otro ejemplo. Durante todo el año las comparsas se preparan para estos días. El corsódromo se viste de plumas y brillos, cientos de bailarines danzan, sonríen. Forma parte de una costumbre pagana repetida todos los años que, en consonancia con el cambio de esas costumbres, de los horarios, del consumo y la masividad de los carnavales, de alguna manera, por alguna razón que la sociología ha intentado explicar, ha empezado a teñirse de violencia, de agravios, de policías.
Hasta las calles, alrededor de los bailes, se cierran con vallas y cordones policiales para evitar malos tragos, justamente malos tragos, malos momentos, corridas, peleas y todo lo que busca impedir que el carnaval siga siendo lo que su palabra lo indica: el carnaval, el recreo más largo del año, el alivio del calor, los cuerpos pegados, pintados y regados al compás de la cumbia, de la guaracha, cantándole al amor, al desamor, en fin, la vida misma.
Por eso es que duele, más allá de las chicanas que pueden disparar un mechonazo, un tarascón, decimos que duele cuando pasa lo que pasa, por ejemplo, un domingo a la noche mientras canta El Pepo durante su recital en los carnavales de Central Córdoba. Malones de gente unos contra otros, todo lo que empieza por una mirada, una sobrada, “qué mirás”, “qué lo mirás”, “qué la mirás”, “qué te pasa”, “qué te hacés el gil, otario” y pum, una cachetada, una piña, y la gresca, una revuelta entre personas que muchas veces se conocen del barrio, o de otros barrios, cuentas pendientes, celos, en fin, también la vida misma.
Está tan naturalizado el incidente que separados por una cortina de humo, de un lado hay golpes, y del otro siguen bailando. Está tan naturalizado todo que hay fanáticos del carnaval que han dejado de ir, como los hinchas que ya no van a la cancha. Domina el temor a que pase algo feo, que salpique el carnaval, que lo manche, que opaque un espacio destinado a la alegría.
Los organizadores de CC, de Lastenia, de Ranchillos, de cada rincón popular, invierten cientos de miles de pesos en operativos policiales para contratar un centenar y medio de policías. Hasta mandan seguridad privada a sectores puntuales del baile para evitar focos de conflicto, pero aseguran, reconocen, aceptan que es imposible controlar a todos y todas. Ni al Pepo se le ocurre parar el show. Porque el show debe continuar, pero no de cualquier forma. Todos sabemos que hay cosas que están mal en esta vida que nos toca vivir. No arruinemos lo que nos hace celebrarla. Eso.








