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"Lo haría de vuelta": Miguel, el héroe de Famaillá que cambió su vida

HISTORIAS DE ACÁ

El río Colorado se llevaba a una familia entera cuando decidió meterse al agua para rescatar a cuatro niños. Cómo vive sus días y el recuerdo a Walter Monzón. VIDEOS

Miguel rescata al bebito de cinco meses. Ahora es el padrino de Isaías.





El miércoles 31 de enero 107 Noticias Radio Famaillá subía un video al que el paso del tiempo no le quita dramatismo. El texto en tamaño catástrofe que acompañaba las imágenes decía: "Una familia completa vinieron en un colectivo desde La Reducción-Lules a pasar una tarde linda en el río Colorado, ubicado en límite entre Famaillá y San Rafael (Lules). Nunca pensaron que se convertiría en un calvario. Estuvo en real peligro la vida de todos sus integrantes".

Mientras el agua marrón brota a borbotones y arrastra a su paso árboles, un hombre vestido de rojo con la camiseta alternativa de San Martín baja desde el puente atado a un conjunto de sogas reunidas por los automovilistas desesperados ante la imagen de la familia a punto de ser llevada por el agua. Agrega el parte radial: "Estando dentro del río que estaba calmo y tranquilo (las personas) no se dieron cuenta que estaba aumentando el caudal. Cuando se percataron sólo dos pudieron salir al costado y el resto de la familia incluido tres chiquitos quedaron atrapados con el río creciendo. Lograron subir a una parte abajo del puente y esperando ayuda y cada vez crecía más".

La desesperación del colega de la radio se nota en sus palabras cuando, sin más datos, se refiere al héroe: "Apareció un anónimo que pasaba y vio lo que ocurría y no lo pensó dos veces y en forma precaria bajó arriesgando su vida y pudo sacar a los tres chicos. No pudo más porque (el río) ya estaba muy crecido". Y el anónimo que buscaba todo Tucumán apareció al día siguiente cuando habló con el tucumano: entonces todos sabíamos que se trataba de Miguel Giménez, que iba a la ciudad a comprar las cosas para el cumpleaños de Tadeo y que les gritaba a todos: "¡Sogas! ¡Juntemos pedazos sogas de los autos! ¡Hagamos una soga y aténmela! ¡Yo soy el más flaco, yo me tiro!"

Diez meses han pasado y hoy Miguel, el héroe de Famaillá a secas, jura: "Ahora que hablamos se me vienen todas las imágenes juntas. Y lo único que sé es que lo haría de vuelta, sin pensarlo. En ese momento sí ha dado miedo. Pero alguien tenía que meterse". Y cuando se mete de nuevo en ese río Colorado se queda en silencio por un rato Miguel Giménez. Vuelve a pensar en esas imágenes y se acuerda de los chicos, sobre todo de los chicos: "Había doce personas en total: seis grandes y seis chicos. Ocho salieron por sus medios y yo rescaté a cuatro: un bebito de cinco meses, uno más gordito, el mochito de 11 meses y una chiquita de cinco añitos como mi Lourdes".  

El mochito de 11 meses se llama Isaías y Miguel es el padrino. Y Lourdes se llama Lourdes Anahí, como Miguel y su señora le pusieron al almacén que pudieron abrir en su casa de Famaillá, pequeños grandes logros que el héroe fue logrando en este tiempo: "Trabajo como conserje en la escuela Diego de Rojas. Me despierto a las 6 y hago las siete cuadras en bici. Ahí estoy a cargo de la limpieza. Don Jaldo me consiguió el trabajo. Antes de que saliera el trabajo estuve en Pálpitos, también como me había prometido don Sagra, una muy buena persona también. Lo que más me gustó de trabajar en la Maipú es que aprendí a pulir el piso. El que quiere aprender, lo hace. Eso sí: ahora me gustaría tener un trabajo estable, ya quedar permanente. Pero sí, mi vida cambio mucho. No te digo uh, soy millonario, pero cambió".

A los pequeños que rescató, Miguel los sigue viendo de vez en cuando. Se los cruza en Reducción. Y cuando abre las puertas de la escuela Diego de Rojas, también recibe el cariño de los maestros y de los alumnos, que saben que el conserje es un héroe. Y que en los trabajos que tiene sigue sacando a flote ese espíritu que lo metió en el río Colorado: "Ahora si mi hijo me pide un par de zapatillas le puedo comprar. O tener un plato de comida todos los días: guiso, sopita, podemos comer milanesas con puré, o bife. Se me abrieron las puertas para sacar créditos y poder pagarlos gracias a mi trabajo".

Y por las tardes, cuando ayuda a su mujer a atender el almacén Lourdes Anahí, dice Miguel: "Sigo viviendo en el mismo lugar. He edificado con la compra de cemento y armé la parte de adelante. Los mellizos Orellana me dieron cuatro chapas para hacer el techo. Y a través de la ventana atendemos a los vecinos. Pero qué querés te diga, amigo: están difíciles las cosas. Algunas familias que vienen no tienen para comprar. No todas las familias tienen trabajo. Y me duele mucho. Por eso les fío, pero nunca voy a poner un cartel de las personas a quien les fío. Tampoco voy a andar cobrándoles si no tienen: ¡cómo voy a cobrar un kilo de azúcar! ¡Un kilo de pan! ¡Un paquete de fideos!"

Se indigna Miguel, conciente de las injusticias y defensor de las causas justas. Por eso tiene dos sueños para el año que viene y los dos lo retratan como el día que Ciudadela se vino abajo para ovacionarlo: "Quiero poner un comedor para la gente que no tiene qué comer. Eso me gustaría hacer para ayudar a los vecinos de mi barrio. Pero sé que tampoco es la solución: la gente tiene que tener trabajo, amigo. Y lo que también me gustaría es ser bombero. Me gustaría entrar a la Policía de Rescate para rescatar a las personas como me pasó antes o a los que se pierden en los montes. Ese es un lindo objetivo para lo que viene. El trabajo es lo más importante de todo. A mí los políticos me cumplieron, no me quejo, pero otros no tuvieron la misma suerte y eso... eso también me duele".

Es entonces cuando aparece el nombre de Walter Monzón, el héroe de Concepción, quien unos días previos al rescate de Miguel en Famaillá, se había tirado desde el puente al río Gastona para rescatar a una nena y este domingo 14 de octubre puso fin a su vida también en un puente pero en Tunuyán, Mendoza: "No nos gusta que se haga política con nosotros. A él le habían prometido un trabajo que nunca le dieron. Hasta el presidente lo llamó y después no pasó nada. ¿Cómo no le van a dar nada? A mí me han dado, ¡a él no! Estaba esperando un trabajo digno después de lo que hizo y nunca lo han llamado. Todo el mundo pensaba que era yo el muchacho que se había suicidado. Como él que se fue a Mendoza, muchas personas de acá se fueron a Río Negro para la cosecha y para volver para las Fiestas con algo para poner en la mesa, amigo".

Miguel vuelve a hacer otro silencio. Se quiebra. Llora cuando recuerda a Walter. E insiste: "Es feo lo que le pasó. Nunca lo pude conocer pero sí por feis y por la tele. Supe que se había a Mendoza porque algo le había pasado aquí. Por la mujer me enteré que lo habían detenido los policías de Concepción y estuvo encerrado seis días. Si el hermano hizo algo malo, ¿por qué tiene que pagar él? Te reitero: yo tuve otra suerte y mi vida cambió. No todos pueden decir lo mismo", cierra Miguel, quien esta tarde volverá a atender el almacén Lourdes Anahí, el domingo a la tarde irá a Ciudadela a ver al Santo contra Colón y el lunes bien temprano, a las seis, otra vez arriba para abrir una escuela donde los chicos empiezan a cerrar el año lectivo, chicos con el delantal blanco y la sonrisa siempre lista para Miguel, el señor que limpia las aulas, el señor que es un héroe, el señor que vive para contarlo.



Miguel Giménez se encontró en la terminal a Ignacio Arce, el arquero del ascenso de San Martín.