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La colectivera del volante fucsia

Mujeres que luchan

Una vez la atacaron con una punta para robarle la recaudación de los pasajes, pero había algo que el ladrón no sabía.




El colectivo está detenido y adentro hay una sola persona: una mujer rubia y de uñas azules.

Hace unos minutos, ha dejado un bolso negro sobre el asiento individual, el que está a la par de la puerta delantera. Ahora, de ahí saca un objeto circular, fucsia, del tamaño de un aro de hula hula, pero de felpa, elastizado y con flecos blancos. Lo coloca en el volante, de arriba para abajo.

Luego, la mujer vuelve al bolso. Toma otra tela, esta es como un prisma rígido, y la ubica por arriba de la palanca de cambios. Tiene colores a tono con el adorno anterior y, al frente, para que la vean los pasajeros al subir, hay una luna blanca parecida a la de la bandera de Turquía.

Han pasado diez minutos de las cuatro de la tarde y detrás del parabrisas hay un sol tibio, una siesta amarilla e invernal, en el galpón de la Línea 123, en Banda del Río Salí.

“No es que sólo me dicen La Turca; yo soy turca”, remarca Paola Masmud, de 39 años y una de las dos choferas de colectivos públicos que hay en Tucumán. Un ratito antes de poner el “cubre-volante” y el “cubre-palanca”, llamados así en la jerga colectivera, La Turca había limpiado, enérgicamente, con un paño con Blem, el tablero, los caños, la butaca, el techo y cuanto detalle tenía a su vuelta. “A mí me gusta que brille”, dice. Brilla.


Y si así embellece su colectivo, también lo hace con ella misma. Con su uniforme de trabajo, por ejemplo: la peluquería -siempre-, la camisa entallada del mismo color de las uñas, su calza a la moda (ancha abajo, ajustada arriba) y los borcegos con plataforma. “Sí, así…”, responde, cuando se le pregunta si se considera una colectivera coqueta.

La Turca se sienta al volante. Ya ha terminado de limpiar. Su colectivo está rodeado de decenas de ómnibus. Todos conducidos por hombres; la empresa tiene unos 110 choferes que la tratan como uno más, salvo algunos que en los últimos días la miraron con envidia.

Después de seis años de trabajo, La Turca recibió su ómnibus cero kilómetro. Está feliz. Lo  comparte a turno cambiado, desde hace un mes, con un compañero de la empresa. El vehículo que estrena tiene aún el plástico a medio quitar de los asientos, aire acondicionado y está listo para tunearlo a su gusto. La Turca ya ha pensado en cortinas y en algunos colores. Aún no define una frase que desde el parabrisas, delantero o trasero, la acompañe todos los días. Aunque ya empezó a invertirle un poco de plata.

Piensa gastar unos 15 mil pesos de su bolsillo para ornamentar, a su gusto, su lugar de trabajo. El lunes por la noche le puso un estero. La música es importante su vida, aunque no solo para escuchar.


Está muy cerca de recibirse de profesora de baile, aunque sus mejores pasos los tiró en un ring. En 2011, La Turca Masmud fue campeona tucumana de Kick boxing, algo que desconocía aquel ladrón que dentro del colectivo se le acercó con una punta para robarle la recaudación de los boletos. La Turca le dio una paliza y hombre salió corriendo aquel día.

“Una pasajera subió y no pude cerrar la puerta. Si no pasaba eso no se me escapaba”.

Son las 16.40 y La Turca, que había llegado 40 minutos antes para preparar su colectivo, acelera por primera vez en el día. Antes de salir del galpón compra, desde arriba del colectivo, maicenitas para tener algo para comer por la tarde. Trabaja hasta la una de la mañana. Su primera parada es en el hospital Eva Perón. De ahí para Lastenia.

La Turca habla de “tener los ovarios bien puestos”, de superar al machismo y de no detenerse si una persona encontró algo que le gusta. “A mí me encanta manejar. Yo soy feliz en este trabajo”.

Y le costó llegar. Insistió, tal como lo recomienda. “No hay que ir y dejar el currículum. Hay que ir a buscar a los dueños de las empresas”, dice, pechadora.  Ella tenía experiencia: a los 15 aprendió a manejar, en su Tafí Viejo natal, y en sus últimos trabajos condujo máquinas pesadas, como tractores. Pero ella quería ser colectivera, pese a que en su casa nadie lo había sido.

Maneja bien, es cuidadosa. La saludan algunos de los pasajeros que suben, como la señora Rita Santucho. “Es muy amable ella”, dice la mujer que se sentó al lado del pasillo, mientras el colectivo avanza y deja atrás las ruinas del ingenio.

Unas paradas más adelante, sube un hombre con auriculares que tienen el escudo de San Martín y se sienta en el asiento individual, el primero junto a la puerta, donde antes de empezar su recorrido La Turca había dejado el bolso. El hombre le habla, ella le responde mirando hacia adelante.

“Colectivo nuevo y nuevo chofer”, dice un señor que acaba de marcar su tarjeta Ciudadana.  “Es chofera, yo soy chofera”, había dicho La Turca antes de empezar el recorrido diario. Y ahora, con la plataforma de sus borcegos pisa el acelerador. El colectivo se va, se pierde en la ciudad, entre bocinas, frenadas, taxistas y algún peatón que, al cruzar la calle, la mirará extrañado mientras avance en su colectivo nuevo, con las manos sobre el fucsia, suave al tacto, de su volante.