La audaz vida de Antonia, la tucumana pionera del paracaidismo que cruzó los Andes con setenta años
Antonia Díaz tiene 79 años marcados por la osadía: fue campeona de paracaidismo, cruzó los Andes a caballo y hace poco incursionó en el ballet. El día que Celestino Gelsi la salvó de morir, los accidentes a los que sobrevivió, una vida de aventuras y el anhelo de volver a saltar desde un avión: “Es imposible contar la emoción que se siente en el aire”. Por Exequiel Svetliza.
Antonia Díaz, una aventurera así en el cielo como en la tierra.
“El hombre arriesga su propia vida cada vez que elige y eso lo hace libre”, recita a Máximo Gorki un inolvidable Héctor Alterio en la emblemática película de mediados de los noventa “Caballos salvajes”. Si Alterio, Gorki o Marcelo Piñeyro -el director del film-, hubiesen conocido a la tucumana Antonia Díaz estoy convencido de que hubiesen cambiado el sujeto de la oración por “la mujer”. Para cualquiera que ve sin mirar, Antonia es una etérea jubilada de 79 años. Viuda, madre, abuela, bisabuela y vecina de Barrio Sur. Pero basta con escucharla y conocer su historia para dejarse llevar por el fascinante periplo vital de una aventurera. Antonia fue una de las mujeres pioneras del paracaidismo en la provincia, un alma temeraria que no titubeaba a la hora de arrojarse desde las alturas y que llegó a consagrarse varias veces campeona de la disciplina en su categoría, un espíritu tenaz que a los setenta años decidió probar el vértigo de un vuelo en parapente y también se animó a cruzar la cordillera de los Andes a caballo, como lo hizo el ejército de José de San Martín en 1817. Graciosa y valiente, con los pies en la tierra y el corazón en el cielo, Antonia es de esas personas que asumen el riesgo constante de vivir. Esta es su vida, su historia, su libertad y su aventura.
Cuando era niña Antonia acostumbraba a jugar con sus vecinitos en la finca de naranjas que estaba justo al frente de su casa en la avenida Solano Vera al 300, el lugar donde tiempo después se construyó el Centro de Salud Ramón Carrillo. Por entonces, esa zona de Yerba Buena se parecía más a una localidad rural que a la populosa urbe de ahora. Fue a través de Carlos Zigalini, uno de esos amigos de la infancia un par de años mayor que ella, que conoció el paracaidismo. Tenía poco más de 20 años y una curiosidad que la movía a nuevas experiencias: “Él me contó que estaba haciendo paracaidismo y me dijo: ‘vení aunque sea a ver, en una de esas te enganchás…’”. Esa invitación fue la llave a un universo desconocido y fascinante.
“Me gustó ver lo que hacían y ya empecé a ir los domingos cuando ellos saltaban ahí donde antes era la pista de aviación, porque el club estaba en la Brígido Terán al 500, un poquito más allá de donde estaba el aeropuerto. Nosotros estábamos en un hangar grande, entonces se veía que no haya movimiento en la pista del aeropuerto y nos dejaban saltar ahí. Si no era ahí, era en el club Los Tucanes, en Mancopa o en la pista de Concepción”, cuenta emocionada cómo conoció la actividad en 1969. Apenas un año después ya estaba dando sus primeros saltos. En aquel entonces, quienes se iniciaban en el paracaidismo arrancaban con saltos automáticos, es decir, con paracaídas enganchados por una cuerda al avión que se abrían automáticamente en el aire cuando la persona se lanzaba. Una vez que los novatos cumplían con un mínimo de diez saltos automáticos, recién podían pasar a los saltos con equipos comandados, es decir, saltos donde el destino de cada paracaidista estaba en sus propias manos.

Antonia junto a su hermana después de un salto.
En 1970 Antonia no sólo hacía saltos comandados, sino que había empezado a competir en la categoría destinada a los paracaidistas que se estaban iniciando en la actividad. La competencia consistía en saltar del avión y caer dentro de un círculo de diez metros de tela blanco. En el centro de esa circunferencia había un punto rojo al que llamaban mosca y ganaba quien caía más cerca de la mosca. Ella se consagró campeona como paracaidista estudiante en 1970, 1971 y 1973: “En esa época había paracaidistas profesionales como Pedro Toscano, Albino Juárez o El Payo Valladares que caían y ponían la bota sobre la mosca. En ese entonces éramos unas siete u ocho mujeres que hacíamos paracaidismo y al final quedamos Silvia Montiel y yo como las únicas. Nosotras competíamos con los hombres en la misma categoría”.
Aunque había un club de paracaidismo en la provincia y un grupo de gente que practicaba regularmente la actividad, la disciplina no estaba tan difundida ni era muy popular por aquellos años y eso generaba algunos prejuicios y bastantes resquemores: “Carlos Zigalini, el que me invitó por primera vez al club, tuvo un gran problema con su padre porque no lo dejaban hacer paracaidismo. Él le había prometido que no lo iba a hacer y, de pronto, saltó y quedó enganchado en un árbol del Parque 9 de Julio. Salió una foto donde están los bomberos rescatándolo y él muerto de risa… El padre vio esa foto y lo corrió de la casa… Yo, desde el primer salto que hice, hablé con mis padres y les dije que estaba haciendo esto. Ya venía haciendo el curso, veníamos ensayando, practicando y pensé que mi papá y mi mamá me iban a prohibir que salte, pero los dos se han sentidos orgullosos de mí por lo que estaba haciendo”.
Si bien predominaban los hombres en el ámbito del paracaidismo tucumano, tampoco se sintió nunca discriminada por su condición de mujer: “Era gente maravillosa, un equipo maravilloso… Jamás hemos sentido que las mujeres no pertenecíamos ahí. Aunque la mayoría eran hombres, siempre he sentido ese respeto de parte de todos ellos. Era otra época; una época donde se respetaba a la mujer, donde se la valoraba y donde nos ayudaban mucho también”.

Competencia de paracaidismo en Tucumán en la década del 70.
Los espasmos en la boca del estómago cuando el avión comienza a remontar vuelo, la perspectiva de un mundo que se vuelve cada vez más pequeño desde las alturas, la pulsión de muerte y la adrenalina al momento de decidir arrojarse al vacío, el viento golpeando en el rostro y la inmensidad del cielo como hábitat fugaz en la caída, cierto arrebato de redención en el preciso instante en que el paracaídas se abre, la certidumbre de los pies tocando el suelo, la libertad de los pájaros, la vitalidad de los dioses, la frágil caducidad de lo humano ¿Cuáles son las sensaciones que acompañan al salto? ¿Qué sintió Antonia la primera vez que se lanzó y qué memoria de esa epifanía aún le late en el cuerpo después de tanto tiempo? Ahora abre grandes los ojos mientras busca las palabras, desconfía de ellas porque intuye lo falible del lenguaje; ese paracaídas que casi nunca se abre a tiempo: “Es imposible contarte la emoción que se siente… es algo que no se puede contar… Estuve leyendo a una persona que habla sobre el paracaidismo y dice que él sentía miedo al saltar. El miedo es de lo primero que nos hablaba el instructor porque al miedo se lo siente, sino, no seríamos humanos… Sí que se siente miedo, más cuando vas volando, el avión va buscando altura y ya vas pensando en que tenés que saltar y estás en silencio. Se siente miedo, claro, pero la sensación de estar en el aire, el cielo, Dios y yo… eso es imposible de contar porque es imposible hacer sentir a otra persona lo que se vive en ese momento…. es algo muy lindo”.
Nelson Mandela dijo alguna vez que el coraje no es la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él. Para conquistar ese miedo Antonia apeló al poder de la fe: “Siempre tuve mucha fe en Dios… nosotros en el club teníamos un lema que decía algo así como: ‘El cuerpo puesto en la seda y el alma puesta en las manos de Dios… Siempre he sido muy de creer en Dios. Y sé que Dios me acompañó en todo ese tiempo porque tuve muchos, digamos, accidentes…”. Dijo también un filósofo contemporáneo que, cada vez que las cosas salen como no las espera, la vida lo vuelve más guerrero. Y así en el cielo como en la tierra, hay veces que los planes fallan.
“No me acuerdo en qué año fue, pero fue para el 20 de junio. Le habían pedido al club que hagamos algo por el Día de la bandera en las Termas de Río Hondo, entonces el instructor nos pidió a nosotras, a Silvia y a mí, como éramos las dos únicas mujeres, que saltáramos con la bandera. Cuando saltamos, el viento nos empezó a llevar para otro lado... Silvia cayó en un árbol y tuvieron que ir a cortarlo para poder bajarla y yo caí en el agua, en el lago”, rememora y pareciera que el frío de esa mañana vuelve a recorrerle por un instante la piel.
Antonia estaba en medio del dique, luchando contra el peso de los equipos para mantenerse a flote en la superficie y con el agua gélida entumeciéndole los brazos y las piernas. Aunque encontró de qué agarrarse para no hundirse, sucumbir ante la amenaza de la hipotermia era cuestión de tiempo; apenas un puñado de minutos antes de la sentencia fatal: “Yo pensé que ese era mi último día… Cuando me moví, vi una rama del que debe ser el único árbol que había en el dique y llegué hasta ahí… Me sostuve ahí, pero sentía mucho frío, sentía que me desmayaba cuando vi que venía una lancha”. Ese fue su último recuerdo justo antes de que el ex gobernador de Tucumán Celestino Gelsi, que se encontraba paseando por el lugar, la rescatara: “El Doctor Gelsi me salvó la vida, llegó solo hasta donde estaba yo y me sacó… No sé cómo me sacó de ahí ni cómo me llevó ni cómo llegué… Sólo recuerdo que cuando ya estaba en la sala de no sé si era un hospital o una salita. Me habían llevado porque estaba con mucho frío. A Gelsi nunca más lo volví a ver como para decirle gracias, pero me contaron los chicos del club que era él quien me salvó”.

Antonia en tierra firme después de un salto.
Otro de esos incidentes ocurrió una tarde en la localidad salteña de Orán. Según explica, los miembros del club de paracaidismo solían llevar unas telas que servían para anunciarle desde tierra al piloto del avión si estaban dadas las condiciones para el salto. Pero en aquella ocasión se habían olvidado de llevarlas y hubo una confusión en las señales: “Cuando el avión va a dar la última vuelta para ponerse firme en el lugar donde yo tengo que saltar, el piloto me dice: ‘vas a tener que saltar ya porque me están haciendo señales de que tengo que bajar urgente’. Le habían hecho unos destellos de luz desde abajo y él entendió que debía bajar, pero no se dio cuenta que tenía que bajar conmigo, que yo no tenía que saltar… Cuando yo salí, sentí un viento tremendo, parecía una plumita… Iban muy rápido, pasaban los cables, pasaba todo y veía que ellos empezaban a salir en los vehículos a buscarme… terminé no sé a cuántos kilómetros del lugar donde tenía que bajar”.
“Ese día Dios estuvo a mi lado porque caí en un rancho, pegué con las botas en la pared del rancho y empezó a llegar toda la gente del barrio… por suerte, no caí arriba de un techo, de una persona… La señora que estaba ahí justo estaba haciendo pan en el horno, puso un mantel blanco, puso todo y me empezó a atender como si yo fuera un extraterrestre. Los que estaban conmigo tardaron como 45 minutos en encontrarme y yo estaba feliz con esa familia y con los vecinos que se acercaron cuando me vieron caer… todo fue algo tan hermoso para mí… verme y sentirme que estaba entera… podría haber tocado algún cable o enredarme en algún lado, pero tuve suerte”, comenta entre risas.
“Una vez tuvimos un accidente, ese sí fue un poquito más grave… Con Silvia ya casi éramos paracaidistas profesionales las dos. Había llegado un equipo nuevo, hicieron un sorteo y le tocó a ella manejarlo. Fue en un festival en Concepción, ella saltó primero y yo la seguí. Cuando estábamos bajando, yo la veía a Silvia abajo mío cuando, de pronto, no la encuentro más. Entonces, escuché como que me chupaba el aire y era ella que se había enredado los pies en mi velamen, o sea que ella me chupó a mí y nos fuimos las dos al suelo… Fue un golpe bastante fuerte porque caímos desde más de diez metros, pero caímos al lado de la mosca, o sea que veníamos re bien… ¿Por qué no me vio? Nunca lo sabremos porque ella se desmayó y tuvieron que llevarla en ambulancia al hospital porque estuvo inconsciente un rato… Esas son algunas de las cosas que me pasaron; algunas de las historias más emotivas que me tocaron vivir”, relata como quien repasa alguna travesura de la infancia.
A veces los límites que separan el placer del peligro se tornan difusos. Una línea demasiado delgada, sutil, imperceptible que puede dirimir entre la vida y la muerte. Antonia confiesa que algunas veces ha caminado por esa cornisa con una sonrisa sin temor al abismo. Vivir también es correr ese riesgo: “Es una sensación increíble la que se siente cuando venís en el aire, en plancha, como le llamamos nosotros… esa es una sensación maravillosa y es la que te lleva a veces a matarte, muchísima gente a muerto por eso… porque el placer te lleva a demorar lo más que se pueda la apertura del paracaídas. A mí me pasó que, cuando me di cuenta, ya venía como a menos de cien metros del suelo, que esa es la distancia mínima que tenemos para abrir el paracaídas. Yo me pasé y empecé a ver que la gente empezó a abrirse y a correr porque estaba muy cerca. Todos se asustaron porque había abierto muy tarde. Era alumna todavía y me suspendieron dos meses por eso”.
Aunque los altos costos de la disciplina la limitaban, Antonia saltó en paracaídas hasta 1977 y se retiró de la actividad como paracaidista profesional. La vida la fue llevando por otros caminos más telúricos, pero las sensaciones de aquel pasado como trotamundos del aire quedaron ahí, latentes, como estigmas grabados en su espíritu audaz. Hace cuatro años atrás, la invitaron al aeroclub y se reencontró con Pedro Toscano, quien había sido su instructor en aquellos años de juventud: “Lo que pasa es que ahora los equipos son digitales… Antes eran equipos redondos, pesados, ahora son unos triangulitos así chiquitos… me dijeron que te ponen un chip, nada que ver con cómo era antes... Me hubiese gustado saltar, pero no me permitieron porque tengo que saber un montón de cosas nuevas. Pedro fue quien me dijo que ni loco me permitiría saltar y me explicó que, incluso él que es instructor, ya no puede saltar porque han cambiado muchas cosas, es totalmente distinto a lo que nosotros conocemos. Lo que se puede hacer son los saltos tándem, que va el paracaidista y te lleva adelante, pero son carísimos y, aunque me encantaría, nunca lo pude hacer”.

Antonia junto a sus compañeras del club de paracaidismo.
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Conozco a un tahúr que, instantes antes de jugarse un pleno, siempre repite enfático la frase: “los cobardes nunca quedan en la historia”. Sin duda, jugarse todo el sueldo en una bola de ruleta requiere de cierto afán de temeridad, quizás por eso, la literatura está plagada de timberos y buscavidas. Pero la osadía de Antonia Díaz se parece mucho más a la que ostentaban los antiguos exploradores y corsarios que recorrían los confines del mundo en busca de aventuras, a veces, sin otro tesoro ni más botín que la misma experiencia. Antonia es una mujer que parece decidida a no dejar que el azar escriba su historia. Aunque siente en el cuerpo el paso de los años, ese afán de nuevas hazañas sigue siendo la brújula que dirime su destino.
Nunca le gustaron las fiestas de cumpleaños. No las propias, al menos. Y aunque sus hijos y sus amigos le insistían con la necesidad de una celebración especial, el 23 de mayo de 2017, el día que cumplió 70 años, decidió que los festejaría tirándose en parapente. Un poco porque fue lo más parecido que encontró al paracaidismo y otro tanto porque necesitaba reencontrarse con las alturas. “Vi la propaganda de los vuelos en parapente, arreglé con el instructor y, recién ahí les avisé a mis hijas. Les dije que iba a saltar y, si alguna quería, me podía acompañar. Cuando le conté al instructor que yo había hecho paracaidismo, él no lo podía creer. Llegamos al lugar del despegue en el cerró y se bajó gritándoles a los otros instructores: ‘¡Esta señora es una leyenda!”. Fue muy lindo porque ese día estaban ahí mis hijas, sus amigos y algunos de mis amigos”.
Fiel a su espíritu indómito, buscó que la experiencia sea completa: “Cuando le conté que iba a saltar en parapente con el instructor, una de mis hijas, que tiene un amigo que también hace parapente, me había dicho: ‘Mami, hay algo que hacen en el cielo que me han dicho que es muy feo. Si a vos te preguntan si lo querés hacer decí que no porque es una cosa horrible’. Cuando salimos para el salto, a mitad del viaje, yo ya sentía una emoción hermosa. En un momento, el instructor, que era un chico encantador, me dijo: ‘Antonia, te tengo que hacer una propuesta indecente… hay una cosa que hacemos en el aire que nosotros le llamamos el lavarropas ¿En qué consiste? Vas a dar muchas vueltas muy rápido, pero sólo si vos lo querés hacer’. Ahí me acordé de lo que me había dicho mi hija, que por nada del mundo lo haga. Pero yo me dije: ¿y cómo voy a saber que no me gusta? Si no lo probás, no podés saber… así que dije que sí. Cuando llegó el momento, empezamos a girar y lo que sentía no era que yo daba vueltas, sino que la tierra daba vueltas… Cuando empecé a sentir que me descomponía, ahí paró, son dos segundos nomás, pero fue hermoso”.

Pasaron algunos meses hasta que encontró un nuevo desafío, otra gran hazaña: replicar la travesía a caballo del ejército de San Martín por la cordillera de los Andes. Cinco días de cabalgata por caminos de cornisa, entre montañas nevadas, con un frío helado, viento y durmiendo a la intemperie: “Yo sabía de esa excursión, pero estaba convencida de que era sólo para hombres, gauchos o soldados. Cuando me salió la propaganda en Facebook, me comuniqué con uno de los organizadores y le hice tres preguntas: si era para mujeres, si había que saber montar a caballo y si había algún límite de edad. Él me dijo que no, entonces elegí la fecha, pagué y recién ahí les avisé a mis dos hijas, el 24 de diciembre de 2017. Estábamos las tres festejando la navidad, les dije que quería hablar con ellas y ahí les conté: ‘voy a hacer el cruce de los Andes’. La más grande pegó un grito: ‘¡Mamá! vos estás loca, no podés hacer una cosa así, ya sos una señora grande, cómo vas a hacer eso’. En cambio, la más chica se quedó callada, me abrazó y me dijo: ‘la verdad, mamita, que admiro tu valentía… Sos valiente, sos aventurera… te admiro’. Y me fui nomás”.
A comienzos de 2018 se embarcó en la proeza sanmartiniana. La expedición se organizaba en grupos de 20 personas conducidos por un guía. Para no sobrecargar a los caballos, los participantes apenas podían llevar una muda de ropa abrigada, una manta, bolsa de dormir, guantes y sombrero. Para Antonia, que nunca había montado a caballo, surcar los estrechos caminos de cornisa fue todo un desafío: “Era un caminito angosto donde sólo entraban los caballos. El guía nos había dicho que no miremos el precipicio, que miremos en el medio de las orejas del caballo. Y yo iba así, mirando a mi caballo, su boca daba en la cola del otro que iba adelante, pero vos escuchabas que las piedritas que los caballos tiran pasaban al precipicio. Yo lo único que le pedía a Dios era que no volvamos por ahí, porque, si de subida era así, de bajada… ¡ay, señor!”. No fue esa la única adversidad que le tocó afrontar en el trayecto: “Para mejor, nos agarró una tormenta de nieve que era algo que yo nunca había conocido. Acá, lo que nosotros conocemos como nieve, son esas bolitas que caen, pero allá eran pedazos de vidrio que te golpeaban en la cara”.

La travesía de la cordillera de los Andes
“El cruce de los Andes fue una maravilla, pero lo más hermoso que recuerdo es cómo dormíamos. Usábamos las sillas de los caballos como almohada y las ponían a todas en fila sobre el suelo. Nos metemos en las bolsas de dormir que llevábamos y nos tapan a todos con una de esas lonas verdes que usan los camiones y le ponen piedras para que no se levante. Al otro día te despertás y mirás la lona y está blanca de nieve, pero no se siente frío. Dormir así, al aire libre, mirando las estrellas, es increíble. Al otro día terminamos de subir esa montaña que estaba llena de nieve y, del otro lado, ya había sol… Es una travesía maravillosa”, relata y en la mirada le destella un fulgor cargado de emoción y vitalidad.
Aunque nunca dudó de su valor ni de su capacidad para completar la travesía, para muchos de sus compañeros que no la conocían y no sabían de su cuero curtido de aventuras, se trataba de un prodigio casi milagroso que alguien de su edad encarara con éxito semejante desafío. Aunque en el grupo los pronósticos estaban divididos, muchos habían apostado que no lo logaría. Y se terminarían llevando una sorpresa: “Cuando llegamos al límite con Chile, que es el final de la travesía, los tres o cuatro que iban delante mío se vinieron todos, me agarraron, me levantaron y me empezaron a tirar para arriba… Lloré de la emoción, pero no entendía qué estaba pasando. Uno de los compañeros del grupo me dijo: ‘te voy a explicar qué pasó: hicieron una apuesta a que vos no llegabas. Los que están saltando son los que ganaron’. Después, el guía me contó que hay mucha gente que no logra terminar, que se queda en el camino y tienen que llamar por radio para que la vayan a buscar”.

El final de la expedición en el límite con Chile.
De la misma manera que encaró cielos y montañas, Antonia asumió el riesgo del amor. Ya jubilada, con hijos, nietos y una vida resuelta, se casó por primera vez en 2008: “Yo estaba sola y conocí a un viudo con seis hijos. Nos casamos a los seis meses de conocernos. Él era muy buen compañero, se despertaba a veces y me decía ‘vamos a algún lado’ y, como estaba jubilado también, viajábamos mucho. Fue algo muy lindo todos los años que pasamos juntos. Extraño muchísimo eso. A él me lo llevó la diabetes en 2019 y ahí me quedé sola y muy enojada… ¿Por qué se fue? ¿Por qué me dejó tan solita?”.
No fue el único golpe que le deparaba la vida. En 2021 sufrió un ACV que le generó una falla vestibular, una patología que le ocasiona dificultades en la audición y que la obligan a usar un audífono y también le producen problemas de equilibrio: “La kinesióloga con la que hago la rehabilitación me dice: ‘A la gente con su diagnóstico me la traen agarrándola uno de cada brazo y usted viene sola’. Por suerte, puedo manejarme, creo que lo que me ayuda a seguir adelante, a fortalecerme y a no quedarme quieta es que no quiero que mis hijos se hagan cargo de una anciana”.
Dicen que piedra que rueda no junta musgo. A su manera y a pesar de los achaques de la edad, ella se mantiene siempre en movimiento y en busca de nuevas aventuras. Contra cualquier pronóstico médico y vocacional, en 2023 empezó a bailar ballet: “Estaban inscribiendo en la municipalidad para varios talleres y yo buscaba algo movido, como zumba, música latina o folklore. Pero, cuando fui a inscribirme, ya no quedaba cupo para nada, sólo para tejido… para eso, me quedo sentada en mi casa. El chico que me atendió se fija y me dice que había ballet para adultos mayores. Jamás en mi vida, ni de niña ni de joven, me llamó la atención el ballet, ni siquiera para ir a ver. Me inscribí porque no había otra opción y en la primera clase me enamoré del ballet. Nada que ver con lo que yo me imaginaba”. A fines de ese año, ya estaba debutando en los escenarios: “¿Yo subirme a un teatro? Está demente la profesora, pensaba. Pero bailamos en el Virla y fue maravilloso. Fue algo increíble sentirme ahí arriba del escenario… fue precioso”. Bajo la conducción de la profesora Fernanda Saravia hoy sigue bailando en vivo, desafiando a la edad, a la salud y cualquier tipo de prejuicio.

En un show del ballet de adultos mayores.
A la luz de su historia y de su intenso periplo vital, hay otra cita, de otra famosa película argentina, que bien podría recitarse en femenino. Aquella a la que apela Pablo Sandoval, el personaje interpretado por Guillermo Francella en “El secreto de sus ojos”: "El tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia... de novia, de religión, de Dios... pero hay una cosa que no puede cambiar... no puede cambiar... de pasión". Ante la pregunta de si volvería a arrojarse desde un avión como en aquellos años de osada juventud, no duda un instante en responder: “Si pudiera… me encantaría. Ya no hay acá en Tucumán un club ni gente que enseñe paracaidismo, por eso viene gente de Buenos Aires, de Córdoba o de Mendoza… hay que alquilar el avión y pagarles la estadía, por eso es tan costoso. Quisiera hacer un salto tándem, pero es muy caro… Quizás saco un préstamo para saltar de nuevo”.
Así es Antonia, los pies en la tierra y el corazón por siempre en el cielo.








