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"Machetazo": Marx Bauzá lleva el gótico al corazón de la memoria social del Norte argentino

LITERATURA

Publicado por la editorial salteña Cantus Corvi, especializada en literatura gótica, este cuento largo de 45 páginas se inscribe en una tradición que dialoga con el terror universal sin renunciar a la identidad cultural del Noroeste Argentino.

Marx Bauzá presenta su séptimo libro.





Con la publicación de Machetazo: una historia de azúcar y sangre, el escritor y poeta talitense Marx Bauzá presenta su séptimo libro y profundiza una búsqueda literaria que encuentra en el Norte argentino una fuente inagotable de símbolos, conflictos e imaginarios. Publicado por la editorial salteña Cantus Corvi, especializada en literatura gótica, este cuento largo de 45 páginas se inscribe en una tradición que dialoga con el terror universal sin renunciar a la identidad cultural del Noroeste Argentino.

Más que un nuevo lanzamiento editorial, Machetazo constituye una declaración estética. La obra forma parte de un catálogo dedicado al horror y al gótico latinoamericano y acompaña la consolidación de una corriente que desde este año comenzó a reconocerse como Movimiento Gótico Norteño, una propuesta que entiende al Norte no como un escenario exótico sino como un territorio capaz de producir una mitología propia.

Ambientado en el universo histórico y simbólico de los ingenios azucareros, el relato se adentra en un paisaje donde la memoria obrera, las creencias populares, las injusticias sociales y las leyendas del monte conviven de manera natural. Allí, el horror no llega desde castillos europeos ni cementerios victorianos. Brota de una tierra atravesada por décadas de explotación, silencios heredados y heridas que el tiempo nunca terminó de cerrar.

En Machetazo, los cañaverales esconden mucho más que trabajadores. El monte conserva secretos antiguos. Los ingenios funcionan como monumentos materiales de una historia compleja. La religiosidad popular, los pactos, los rumores y las narraciones transmitidas de generación en generación construyen una atmósfera donde lo sobrenatural resulta tan verosímil como la propia realidad.

Desde esa perspectiva, la obra se inscribe en una sensibilidad compartida por los integrantes del Movimiento Gótico Norteño. Impulsado inicialmente por Eduardo Medina, José Chávez, Ramón Mili Ramos y Mauro Martina, el movimiento incorporó posteriormente nuevas voces como Alejandra Burzac Sáenz, Clara Pérez Abella, María Herrera, Mónica Ovejero, Gustavo Díaz Arias y Marx Bauzá. Más que un manifiesto cerrado, propone una forma de mirar el territorio: comprender que el Norte argentino posee sus propios fantasmas, sus propios monstruos y una memoria capaz de dialogar de igual a igual con las grandes tradiciones del gótico universal.

La literatura de Bauzá se ubica precisamente en ese cruce. Recupera elementos del fantástico rioplatense, del horror folklórico y de la narrativa social para construir historias donde el miedo nunca aparece como un simple entretenimiento. Cada episodio sobrenatural nace de conflictos profundamente humanos. Cada aparición remite a una memoria colectiva. Cada escena de violencia encuentra sus raíces en procesos históricos concretos.

Uno de los grandes aciertos de Machetazo consiste en resignificar uno de los objetos más representativos del trabajo rural: el machete.

El machete del zafrero no nació para matar. Nació para trabajar. Para abrir caminos entre la caña, sostener una economía y alimentar familias enteras. Cuando la literatura lo transforma en instrumento del horror, obliga al lector a preguntarse qué procesos históricos fueron capaces de convertir una herramienta de trabajo en un símbolo de justicia, resistencia y violencia.

Esa operación simbólica atraviesa toda la obra.

El ser sobrenatural que emerge en el relato no responde al modelo clásico del asesino serial. No mata por placer ni por una psicopatía individual. Su violencia aparece como consecuencia de décadas de explotación, desigualdad y despojo. En ese sentido, Machetazo propone una inversión de los códigos tradicionales del género: el monstruo deja de representar el mal absoluto para convertirse en una figura trágica, casi mítica, asociada a los sectores históricamente postergados.

Aunque hunde sus raíces en el Gótico Norteño, el libro también dialoga con vertientes contemporáneas del horror como el gore, el slasher y el splatterpunk. Bauzá no oculta esas influencias; las incorpora desde una perspectiva profundamente local. La sangre, las mutilaciones, las persecuciones y la violencia física aparecen con intensidad, pero nunca funcionan como un simple espectáculo visual.

En Machetazo, la violencia tiene espesor simbólico.

Cada machetazo habla de memoria. Cada herida recuerda una injusticia. Cada cuerpo atravesado por el horror devuelve al presente preguntas incómodas sobre el poder, la desigualdad y la historia del Norte argentino.

Como en los grandes clásicos del cine slasher, las escenas de muerte poseen una fuerte construcción visual. Como en el splatterpunk, la carne también narra. Pero debajo del impacto físico late una pregunta mucho más profunda: ¿qué sucede cuando quienes fueron condenados al silencio durante generaciones finalmente dejan de huir?

El lector encontrará persecuciones, miembros amputados, cuerpos desgarrados, litros imaginarios de sangre y una violencia que jamás pide disculpas por existir. Sin embargo, descubrirá también una reflexión sobre la dignidad, la memoria y la justicia. En MACHETAZO, el horror no constituye un fin en sí mismo. Es una forma de pensar la realidad mediante imágenes extremas.

Para Marx Bauzá, escribir bajo su propio nombre tampoco responde a una estrategia de mercado. Se trata de una decisión ética y estética. Su literatura busca recuperar voces, paisajes y experiencias frecuentemente relegadas por los relatos oficiales, otorgándoles una dimensión simbólica capaz de dialogar con lectores de cualquier lugar.

Ese compromiso explica la singularidad de una obra que encuentra en el territorio su principal fuente de universalidad. Los monstruos cambian de nombre según la geografía. Los fantasmas hablan distintos idiomas. Pero el miedo, la injusticia y el deseo de reparación atraviesan todas las culturas.

En ese sentido, Machetazo demuestra que el horror argentino no necesita copiar escenarios extranjeros para conmover al lector. Le alcanza el monte, el ingenio, la caña de azúcar y un machete.

Porque toda comunidad tiene sus propios fantasmas.

Y algunos todavía siguen afilando el filo.

Machetazo no le pide perdón a la sangre.

La convierte en lenguaje.