Entre las fotos con IA de los '80, un viejo álbum de fotos Kodak aparece en la basura y abre un portal a los '90. Entre el vértigo del scroll infinito y la nostalgia del presente. Por Santiago Sibaja.
Book de fotos frente a la peluquería Roberto Giordano, de algún lugar.
“Viajé al pasado a solucionar lo que había arruinado y lo volví a estropear”
Mi Amigo Invencible – Máquina del Tiempo
Esta semana, un exempleado de OpenAI y Anthropic dijo que la inteligencia artificial "podrían matarnos a finales de esta década", mientras vimos a las mentes más (y menos) brillantes de nuestra generación sucumbir ante la efímera moda de turno: verse "como en los '80", vía Chat GPT. La IA logró que todos (o muchos) se suban a la ola y se muestren... iguales. Y encima, orgullosos. El mismo peinado, la misma campera, el misma todo. Tal vez sienten nostalgia de cómo era (o les contaron) un tiempo que no fue suyo. En una de esas ya sienten la nostalgia del presente, o avizoran que ya no hay futuro y sueñan con cambiar el pasado con la máquina del tiempo.
San Miguel de Tucumán, septiembre de 2026, ya muy lejos de los '80. Atrás del Cementerio del Oeste, sobre calle Paso de los Andes, reposa entre la basura (bah, residuos reciclables) un verdadero portal al pasado, la puerta de entrada (o de salida) a los '90. Los '90 de otras personas, que no sabemos quiénes son, y quizás nunca lo sepamos. Un inconfundible y muy familiar álbum de fotos Kodak, amarillo y rojo, clásico. Los treintañeros y cuarentones seguro vieron uno. Pero éste está tirado en un obrador municipal, que ahora es también un baúl de recuerdos que -todo indica- ya no quieren ser recordados.
Nostalgia: sentimiento de tristeza mezclado con afecto y añoranza por un momento, lugar, persona o etapa del pasado que se considera feliz o mejor.
Galtieri borracho, La Guerra de Malvinas, los pibes de Malvinas que vuelven en canciones y discursos impostados, Tato Bores, el cajón de Herminio, el bigote de Alfonsín, las copas del Rojo, El Diego eterno en el estadio Azteca, el Juicio a las Juntas Militares, la hiperinflación, el Muro de Berlín. Ninguno emerge en los '80 de ese prompt desalmado, que te devuelve alguien que no sos vos, en una vida que no viviste, pero que es igual para todos. Apenas hay un poco de esos raros peinados nuevos o de 'Soda o Los Redondos' que se dejan ver en esas fotos, más artificiales que inteligentes, de esa moda que ya se va.
La protagonista de todas estas fotos noventosas es una señora (o señorita, sepan disculpar), que posa no una, no dos, sino diez veces delante de tiendas de ropa y de una peluquería de Roberto Giordano. Más ’90 que Giordano no viene. No había una peluquería de Giordano en Tucumán. Esto pasó en otro lado, pero terminó acá. En cada foto, nuestra modelo exhibe orgullosa su atuendo y/o peinado. Todos parecen ser muy elegantes, máxime delante de las vidrieras de ropa o del salón del afamado coiffeur, ícono total noventoso de la farándula argentina que –en gran parte- ya no está.
Un conjunto de pollera y saco blanco y verde, con botones dorados, con detalles y botas a tono; un tapado blanco, con pronunciado escote, botones grandes y detalles en sintonía; dos tapados verdes con botones y detalles en blanco, y bufanda que engalana el outfit; un juego de pollera y chalina blanca, que combina perfecto con pantalón y blusa verde; dos tapados beige con vivos dorados; un poncho, más ponchos. Todo se luce mejor delante de la peluquería de Roberto Giordano en los '90. Clic, foto, eterna, inmortal.
Una tarjeta que reza "Feito a mão" (hecho a mano) es la única pista de la posible procedencia del book de fotos ocasional, que venció al tiempo y hoy está acá. En esa misteriosa tarjeta, Feito a mão ostenta locales en Pinamar y Termas de Río Hondo, y es en la glamorosa ciudad del Partido de la Costa donde Roberto Giordano tuvo una de sus 25 sucursales y donde se realizaban sus desfiles veraniegos, con la presencia de la creme de la creme de la farándula autóctona y modelos de cartel de gomería. Eso es, cuanto menos, una pista.
Quizás nuestra modelo soñaba con pelearse a los codazos en las pasarelas veraniegas, con ser la tapa de la revista, la chica del póster, la estrella del baile. Cada rollo ofrecía 24 o 36 chances de ser inmortal, de vivir para siempre, o hasta caer en el olvido y estar tirada en un conteiner que alberga plásticos en un obrador municipal en San Miguel de Tucumán, cerca del Parque Avellaneda y lejos de Giordano, de Pinamar y de los '90.
Ah, qué tiempos los '90. Las patillas de Menem, el 1 a 1, Miami, Ritmo de la Noche, De la Rúa aburrido y después perdido en Videomatch, el Vélez de Chilavert, el mechón del Diego en Boca, el River de cabotaje de Ramón, El Cartonero Macri, Fútbol de Primera, El Deca y El Santo peleando y soñando en la B, Roberto Giordano y los desfiles con las chicas más rubias del país "moviendo las cabezas" en cadena nacional y para toda la Patria.
Todavía viven por ahí los '90. La cámara analógica de tu viejo en las Fiestas y en los cumpleaños, la torta con los jugadores, el local Kodak donde se revelaban las fotos, con ese tono como sepia, icónico e inconfundible, la espera eterna y los momentos vergonzantes inmortalizados, los stickers con los emojis de ayer, las tías y los amigos que ya no están, los recuerdos de un tiempo pasado y -por supuesto- mejor, testimonios únicos de un tiempo que no volverá.
"¡Qué noche, Teté!", podría haber exclamado nuestro fotógrafo de turno, que hoy sabemos es una de las dos personas que dispuso que ese momento fashion debía ser inmortalizado, vencer al paso del tiempo, trascender en la posteridad y derrotar para siempre al olvido. Sonriente posa nuestra Valeria Mazza, nuestra Nicole Neumann, nuestra Dolores Barreiro. No es Pampita ni Julieta Prandi, no, ellas, vinieron después. "¡No me peguen, soy Giordano!".
¿Quién es la chica de las fotos? ¿Quién inmortalizó esas postales? ¿Por qué nos invade la nostalgia? ¿Queremos volver a vivir el pasado o viajar en el tiempo para cambiar el presente? ¿Por qué queremos vernos 'como en los '80? Sí con Chat GPT todos en los '80 éramos iguales. Misma ropa, mismo peinado. ¿Quieren ser jóvenes? Hoy, los jóvenes –a los floggers de ayer diría Serú Girán- quieren farmear aura, y se les ríe Walter Benjamin y la pérdida del aura, desde 1936 mucho antes de los ’80 y ’90.
Un día, allá lejos y hace tiempo, un fotógrafo y una modelo que no sabemos quiénes son, coinciden en que el momento que están viviendo debe ser eterno. Las fotos se revelan, duermen entre plásticos y tapas amarillas que rezan Productos Kodak y un día caen en otras manos. Esas manos las tiran a la basura, deciden que que ya no son recuerdos, que esa persona no merece vivir por siempre, que su destino es el olvido, que no puede ganarle a la posteridad, que esas fotos y esos looks no son tan memorables como aquella noche eterna pensaron.
Quizás estas fotos, que reposan en la basura, sean en realidad un tesoro. Tal vez son el único vestigio de otra vida, de otra era, de otro ser. Para ella. ¿Para él? Puede que sean el fiel y único testimonio de los días más felices, de la Fiesta Menemista que era para pocos, para Pinamar y para Giordano, un eterno viaje al lugar al que siempre sueñan con volver, a la persona que quisieran ser para siempre. Por ahí son un error, una mala noche, un rollo que no sirve, un cúmulo de malas decisiones que no merecían otro destino más que terminar entre la basura, hasta caer en las manos equivocadas.
Y acá están. Entre el scroll infinito, la nostalgia del presente, los looks con IA de los '80 y otro domingo más. Ojalá sea un buen domingo: la resaca, los asados, los ravioles de la vieja, el fútbol en la tele o en la cancha. Ojalá. En el medio, ahí están todas las fotos que no terminan en la basura, esas que se convierten en historias familiares vivas y hasta en libros en el taller de Pedro; en la gente que vuelve a reír cuando El Pollo regala carcajadas a la gorra; cuando Zorro se imprime en papel, cuando su presentación explota, trasciende fronteras y hasta se agota, porque la gente ha vuelto a leer; cuando tomamos un café y no miramos el celular; cuando hay un bingo y una rifa en el club del barrio; cuando esas fotos que estaban en la basura nos invitan a mirar y a mirarnos, al menos por un rato.
Tal vez no estábamos equivocados. La chica de las fotos vive. Nos vemos y nos leemos. La máquina del tiempo funciona.
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