OPINIÓN

Moria y Milei: gloria y ocaso del yo

Del ego triunfante de Moria Casán en su serie biográfica a la debacle del ego presidencial, de la genialidad a la locura y de la derrota en las redes al agobio en las calles: ¿Qué pasará con Javier Milei y su psicopolítica enajenada de la realidad? Por Exequiel Svetliza.

30 Ago 2026 - 09:09

Foto: Diario La Nación.

Como una de esas drogas que nos permiten gambetear los avatares de la realidad por un momento, semanas atrás Netflix estrenó la serie biográfica de Moria Casán. Espectacularidad, entretenimiento, extravagancia, sensualidad, emoción y flash onírico se conjugan en una pieza estética que retrata diversas aristas de una estrella popular inabarcable. Moria es siempre un montón; una exuberancia que desborda cualquier género. Un obelisco con tetas enormes que se resisten al corsé o al corpiño. No hay arte en este mundo que alcance a cubrir tanta piel ni tanta carne ni tanta vida, pero puede aspirar a que la abundancia se luzca en su exceso. Y la serie es una magnifica fiesta celebratoria del yo donde la Moria real mueve los hilos de las otras Morias de la ficción. Una Moria Godzilla en el goce festivo de su ego que sopla las velas de su cumpleaños 80. Mientras muchos disfrutábamos de esa figura monstruosa y grandilocuente en la pantalla, en el plano de eso que llamamos realidad, el presidente Javier Milei seguía en su propio cumple; una performance sórdida igual de autocelabratoria, pero que cada vez aplauden menos. Porque el yo tiene sus victorias y derrotas, su gloria y también su ocaso. 

Vivimos en la era del yo; un imperio que en su expansión desmedida puede hallar también su propia crisis. De un tiempo a esta parte, la popularización de las redes sociales ha contribuido a una externalización cuasi pornográfica del yo. Revocado de ficción, el yo se exhibe, se expresa y se construye en el éter de la virtualidad, ahí donde se juega la distancia entre las esencias y las apariencias. Por ahora, en esa espesa jungla de lo real, la balanza parece inclinarse por el lado del parecer. Vivimos en un mundo donde casi nada es lo que aparenta. Ni la felicidad es tan feliz como se muestra, ni la democracia tan democrática, ni el superávit fiscal tan superavitario. Vivimos un presente donde intentan convencerte de que, aunque la foto de lo real es digna de espanto, la película aguarda un final feliz. Lo que nadie te avisa es que esa peli tiene protagonistas y actores secundarios. Y sabemos que los actores secundarios están condenados a morir en las primeras escenas. Cuenta la leyenda que el inefable escritor Enrique Symns se encontró una vez con su par Jorge Luis Borges. Tal vez movido por la curiosidad o por la malicia de enrostrarle su ceguera, le preguntó a Borges qué era para él la realidad y este le contestó con genial simpleza: ¿Cuál realidad? ¿La suya o la mía? 

La tendencia actual a la ficcionalización de ese yo empachado de pantallas va de la mano de la convicción neoliberal de su autosuficiencia. Cada hombre es el artífice de su propio destino en un sistema que promueve el individualismo y la salvación personal. En esa narrativa, todo depende pura y exclusivamente del sacrificio propio. Entonces, si un docente o un médico no llega a fin de mes, la solución está en buscarse un trabajo extra, tal como promueve el filósofo contemporáneo Alejandro Fantino. Y si los trabajadores están cada vez más endeudados y hay alrededor de seis millones de morosos –la tasa más alta de los últimos 15 años- es porque son analfabetos de las finanzas y nada tienen que ver la liberación de las tasas de interés, la pérdida del poder adquisitivo de los salarios ni la inflación. Toda tuya, campeón. No culpes al contexto. No culpes a la economía. No culpes al gobierno. Será que no te esfuerzas.  

En su atribulado devenir existencial, Moria es el paradigma de la desmesura y la autosuficiencia del yo. En el ultramachista teatro de revista, en el hipersexualizado cine nacional de antaño, en la picadora de carne de la industria televisiva, en la fugacidad de las redes y en cuanto dispositivo y formato se le pusiera por delante, logró inventarse a sí misma como una artista multifacética. El relato de la serie insiste en su condición de demiurgo: Moria es la protagonista de su propia película. Como arquitecta de su carrera y de su destino, no parece sujetarse a ninguna demanda del sistema ni responder a ningún patrón predecible. Moria nunca es lo que se espera de ella ni como vedette, ni como diva, mi como mujer, ni como esposa, ni como madre. Desde el momento en que Ana María Casanova rompió la crisálida para convertirse en Moria Casán, su personaje logró fusionar la esencia con las apariencias. Moria, simplemente, es. Y con eso le alcanza y también le sobra. Tal vez ahí se encuentre el secreto de su vigencia y del magnetismo que sigue generando su figura. A diferencia de cualquier celebridad fugaz parida por las redes, no necesita de las pantallas. Son las pantallas las que necesitan de ella. Moria no farmea aura, la derrocha en su andar por este mundo. 

La historia de Moria, la historia de su serie, es la historia del triunfo del yo y de su gloria eterna. Más allá de cualquier faceta polémica de La One –que las tiene y de a montones-, se ha ganado el privilegio de cincelar su monumento y de ser ella quien corte la cinta. La serie la celebra y nos invita a festejar con ella en momentos en que la narrativa dominante propone el sufrimiento sacrificial como único horizonte ¿Y tanto esfuerzo para qué? Para una fiesta que es de muy pocos; una celebración que nos resulta ajena. Mientras anhelamos ser contagiados por los efluvios incandescentes de su vitalidad, Moria viene a recordarnos que podemos gozar de nosotros mismos sin culpa. Y que la autoestima es un bastión a proteger con uñas y dientes ante la mezquindad del mundo que nos rodea. Ya lo dijo el poeta: conviene cuidar el estado de ánimo porque las ratas se ríen de nosotros. 

Pero si hablamos de egos exacerbados, el de Javier Milei parece aún más desbocado que de costumbre. Lejos del oasis de ficción de la serie, las noticias acerca de las últimas intervenciones del presidente dan cuenta de una inestabilidad a esta altura inocultable. Después de diez días de absoluto ostracismo sin agenda pública en los que, en teoría, se dedicó a escribir un libro –evidentemente, la Argentina es un país que se maneja en piloto automático-, Milei volvió con bríos renovados. Hagamos un breve repaso de algunos de los hitos de su regreso al frente del Estado: acusó al feminismo y al aborto legal de detener el crecimiento de la economía del país. Negó el cierre de empresas (según las estadísticas, durante su gestión se perdieron alrededor de 30.000, en su mayoría pyme), la caída del salario y la suba de la desocupación (hay más de 400.000 puestos de trabajo menos sólo en el sector privado). Anunció que irá por la reelección porque está haciendo “el mejor gobierno de la historia”. Aseguró que la suba en los índices de morosidad no es responsabilidad de la política económica de su gobierno. Pasó largas horas en X insultando a periodistas a los que trató de “soretes” y “mierda humana”. Dio una charla en un colegio secundario de Buenos Aires donde tildó a Karl Marx de satanista y pidió a los adolescentes abucheos para la prensa; por suerte no es peronista, sino podrían llegar a sospechar que se trató de un acto de adoctrinamiento.

Fueron tantos y tan resonantes los últimos exabruptos del líder libertario que hasta el cauto periodista y neurólogo Nelson Castro –reconocido sommelier de psiquis presidenciales que le diagnosticó el “Síndrome de Hubris” a Cristina Kirchner en 2013- se vio obligado a hablar de los “problemas psíquicos” del presidente y la salud mental de Milei volvió a ser el elefante en la habitación de la política argentina (extrañamente, la presidencia de la Nación debe ser el único trabajo bien rentado del país que no exige exámenes psicotécnicos y de idoneidad) . Inesperado, viniendo de alguien que hizo campaña blandiendo una motosierra y usando metáforas de violación de “niños envaselinados”. Claro que, por entonces, Milei todavía era un outsider disruptivo que venía a terminar con la casta y a destruir el Estado. Cualquier evidencia de alienación podía disfrazarse de genialidad incomprendida. En palabras del propio presidente: la diferencia entre un loco y un genio es el éxito. Y hace ya tiempo que, en las calles, la balanza empezó a inclinarse de uno de los lados para dar su veredicto. No sólo el ala más esclarecida del periodismo advierte que el rey se pasea desnudo.

Para colmo, el efecto Cerimedo se hizo sentir en el mayor bastión de la autopercepción presidencial: las redes sociales. El ex asesor de Milei y de otros referentes de la ultraderecha en la región Fernando Cerimedo se encuentra detenido en Bolivia acusado de mandar a asesinar a su pareja embarazada. En uno de los allanamientos realizados en el marco de la causa encontraron una granja de bots. Los bots son cuentas automatizadas y junto a los trolls son parte fundamental de la estrategia comunicacional de la ultraderecha en todo el mundo para instalar noticias falsas en las redes e influir en la opinión pública. Se estima que más de la mitad de los comentarios, las interacciones y las peleas que se generan en las redes sociales provienen de estas cuentas falsas. Parafraseando a Moria: decorado virtual. Tras la caída de Cerimedo, el decorado se calló. Las cuentas de X tanto de Milei como de La Derecha Diario experimentaron una sensible baja en las interacciones en los últimos días y aparecieron muchos seguidores sin foto de perfil (evidencia de que se trata de un bot y no de un usuario real). También hubo muchos posteos automáticos fallidos encabezados por la palabra “reply”, episodio que nos recuerda a las famosas "Caricias significativas desde Hurlingham" cuando los bots comandados por Marcos Peña se volvieron locos en plena campaña presidencial del macrismo en el 2019. Nada nuevo bajo el sol artificial de ese mundo de las apariencias donde Milei alimenta su ego.   

El yo del autoproclamado mejor presidente de la historia argentina sufre de anemia. Ese ego anabolizado a fuerza de bots y trolls pagos en las redes se muestra impotente en la vida real, como esos bomberos condenados a la disfunción eréctil que copaban los gimnasios en los noventas. Los dibujos hechos con IA que lo mostraban vigoréxico y esbelto ya no surten ningún efecto en la calle más que la bronca y la sensación fatídica de que el responsable de conducir los destinos de esta nación se encuentra en babia, en Narnia, o en el fantástico e impredecible universo de Mileilandia. Ahí donde los salarios le ganan a la inflación, ahí donde cada vez hay menos pobres, ahí donde no hay desocupación ni caída del consumo, ahí donde los millones de endeudados son analfabetos financieros que querían ver el mundial en un televisor gigante que ya no pueden pagar. Un mundo demasiado exótico y ajeno para el ciudadano de a pie al que ya no le da más el cuero de tanto latigazo. A él parece no hacerle ninguna mella esa realidad que le duele a casi todos menos a la minoría beneficiada por este modelo; una mesa bastante chica donde juegan al póker la casta política, los tecnomillonarios, los tahúres financieros y parte del cipayismo empresarial argentino. 

Aunque con mucho menos talento y carisma, Milei comparte la megalomanía de La One. Pero el ego presidencial adolece de esa autosuficiencia que supo construir la diva como escudo protector ante mundo exterior. Una muralla férrea forjada de autoestima que no es del todo impermeable ante el amor ni el dolor ajeno. Al final de la serie (alerta de spoiler), Moria logra pedir perdón. Ese gesto la humaniza y revela que no hay yo sin el otro, por más magnánimo y todopoderoso que sea el ego en cuestión. Javier Milei carece de esa capacidad para admitir sus errores y reconocer las consecuencias en los demás. Llegó al poder con esa función rota. Muchos lo sabían y decidieron mirar hacia otro lado. Todavía lo siguen haciendo, a pesar de la gravedad institucional que supone la conducción de alguien perdido en los laberintos de su propio mundo. Contagiados de la misma indolencia, parecen esperar el colapso definitivo cuando ya no haya likes falsos en las redes ni periodistas pagos en los medios ni aplausos de aduladores en las tribunas capaces de apuntalar un yo que se fagocita a sí mismo en su ocaso.   

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