El realizador audiovisual santiagueño, guionista y docente de la Escuela de Cine de Tucumán profundiza sobre una de las películas más aclamadas por la crítica de los últimos tiempos. Guiños a Jarmush y de qué hablamos cuando hablamos de malditos.
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“No sé si resulta claro cuando señalo que desde el primer momento me enamoré de la catástrofe.”
(Diarios, Witold Gombrowicz)
Para Abel
¿Elogio del fracaso o parodia del mundo del arte? Un poeta, de Simón Meza Soto, parodia al noble arte de espiritualizar el arte. Juego intrincado del cual sale ileso gracias a Ubermair Ríos -su protagonista-, el guión y el montaje. Casi en ese orden. El mundillo de la poesía, aquí, en Colombia, tal vez en Mongolia y la Luna, es un territorio propicio para hurgar en la llaga de sensibilidades que patinan sobre el hielo fino de la esperanza y el reconocimiento. Ser un maldito en esa cancha es un honor que a veces se prodiga y nunca se desprecia. Maldita o maldite, ni hablar. Óscar Restrepo, nuestro poeta en cuestión, no llega ni a eso. Alcohólico, desempleado y mantenido por su madre, Óscar es más un fracasado que un maldito. Un tipo que puso toda su fe, libido y tiempo en la poesía. En el medio tuvo una hija y muchos problemas. Desaliñado y con secuelas del alcohol en su apariencia -esto es clave-, Óscar busca reparar la distancia que generó con su hija Daniela, al tiempo que resiste escapar de sus demonios contradiciendo a la presión familiar. Demonios alimentados por su ciega pasión hacia la poesía y que apoya en un vórtice innegociable: el referente opacado, José Asunción Silva Gómez, poeta colombiano del siglo XIX -su héroe-, y la antítesis consagrada, Gabriel García Márquez. Para Óscar es inaceptable que las barajas del reconocimiento y la gloria -no piensa en el éxito- hayan sido repartidas de forma tan injusta y desigual. Y lo grita a voz suelta. Se pronuncia y resiste a la historia escrita, a la realidad de los hechos. Óscar es un quijote. Entre demonios y esperanzas, su hermana le habla desde esa realidad: “Usted es un desempleado”, le recuerda. Que Óscar insista en responder que él es “un poeta” es apenas un detalle, un tópico del relato; lo relevante de la historia vendrá por un curso diferente. Óscar encontrará el cable a tierra -la realidad- por el lugar menos esperado; oficiando de maestro -al fin es un “empleado”-, descubrirá entre sus estudiantes a Yurlady, una joven con talento para la poesía. Aquí es donde la película abre la trama que nos llevará al fondo de este asunto; los reflejos entre la espiritualidad de la poesía -el arte- y la vida que llevamos son más opacos que transparentes.
A diferencia de Paterson (Jim Jarmusch, 2016), que encuadra su mirada sobre la esencialidad de la poesía en el ámbito de una realidad cotidiana -Paterson es colectivero-, la película colombiana juega otra carta; la dosis de realismo está menos en su diégesis que en el marco de lectura que representa la realidad de Colombia -extensible a Latinoamérica- y al entramado social que involucra al arte. Paterson es obrero y poeta. Un miembro de la working class que escribe poesía sin mostrar interés por los círculos literarios. Lector devoto de Williams Carlos Williams, Paterson no encaja en el rol de poeta ni abreva en la comunidad que los congrega. Óscar Restrepo es todo lo contrario. Expansivo, pendenciero, borrachín y gritón, su fe en la poesía es lo que mueve los hilos de su existencia. Con más de cincuenta años de edad y apenas dos libros publicados en su juventud, el reconocimiento de sus pares -ubicuos y endogámicos- representa más un manto de contención que una valoración sincera. La joven poeta que descubre en el aula significa para él una oportunidad para revalidar sus ajados pergaminos en ese círculo, a la vez que refleja el inconsciente de la relación que desea y no puede tener con su hija. Poeta al fin, creé en milagros que no sucederán. La posibilidad del primero de ellos -el que despierta la esperanza en Óscar-, expone las miserias del mundo editorial colombiano y su sometimiento al mecenazgo europeo. Para abrirle camino a una carrera como poeta, Óscar presenta a Yurlady con Efraín, poeta consagrado y referente de una fundación que promueve jóvenes promesas. Contrafigura de Óscar en todo sentido, Efraín es un personaje caricaturesco hecho de lugares comunes que el guión no escatima en explotar: engreído, locuaz, solemne e hipócrita. Sus buenos modales irán desapareciendo a medida que la trama se desborda y la careta se le irá corriendo para dar luz a lo que se nos ofrece sospechar; antes de dar paso a nuevas voces, la fundación que dirige prioriza satisfacer el paladar de sus mecenas y no duda para ello en apelar a la porno miseria. Yurlady, pobre, morena y talentosa -y mujer-, es el producto que calza perfecto. En Colombia hay una expresión rotunda para esta práctica; agarrar pueblo. Es precisamente con Agarrando pueblo (1978), el falso documental de Luis Ospina y Carlos Mayolo -obra clave del cine colombiano-, con quien Un poeta comparte su lirismo de humor, acidez y crudeza. Cámaras en mano, zooms compulsivos y un montaje abrupto confabulan en contra del arte y su ética oficial: todo lo performativo se desvanece ante la bruta realidad. Rodada en fílmico 16 mm; su imagen es un manifiesto estético en tiempos de bites. A contrapelo de sus colegas, a medida que el caos generado por su torpeza crece, Óscar no se derrumba, se encuentra. Ante la posibilidad de la belleza, un fracasado no acepta atajos ni sobornos. Sin embargo, su protegida lo vive de otra forma, tan ferozmente honesta que ni el propio Óscar es capaz de soportarlo; el mundo de las letras no es para ella, su horizonte está marcado por una realidad diferente. Lejos de ignorarla, ella la asume. Yurlady es Paterson. Óscar, un personaje de Subiela inspirado en Oliverio Girondo pero seriamente oscuro, más simpático, más feo, más jugado, dignamente decadente y para nada romántico. Todo lo que sugiere el afiche de la película, esa seductora pieza del diseño de producción.
Dice Simón Meza Soto: “Siempre vi más interesante contar mis frustraciones y dilemas de la creación artística a través de la poesía. Vi en el mundo de los poetas, especialmente los de la generación que está entre los sesenta (años), un universo muy interesante del poeta para retratar precisamente eso.” Podemos deducir dos cosas que la película expone entre líneas; no se trata de poetas, se trata del fracaso y la frustración que la sociedad de consumo nos presenta como escenario cierto. Para dotar al verosímil -aquí lo segundo-, la edad cuenta; se precisan al menos cincuenta años para sentir el fracaso como se debe. Suelo toparme con poetas en diferentes lugares. Bares, cafés, librerías. A veces caigo desprevenidamente en sus eventos. En uno de ellos, mientras compartíamos un malbec, la pregunta-comentario sobre la película llegó, inevitable, como una calandria aterrizando en junio. Por el brillo de los ojos de quien sacó el tema, advertí que la película había tocado fibras internas que le provocaba -en una lectura tal vez lineal- una identificación con Óscar Restrepo, incluso sintiéndose cómplice de sus desventuras y pesares. Veía en él su propio reflejo. He ahí la esperanza (“that's the question”). Su juventud y el vaho a Hugo Boss me llevaron a creer lo contrario. Tampoco pude evitar sentir celos, ya que estoy seguro -en una lectura tal vez egoísta y superficial- de que Ubermair Ríos, que tomó referencias propias, podría haberse inspirado en un tipo como yo para interpretar su personaje. Docente como él. Bajito como él. Desaliñado como él. Cincuentón como él. Militante de la cultura como él. Latinoamericano como él. Y gobernado por la ultraderecha como él. La carga de frustraciones que nos acerca es suficiente como para pensar que las coincidencias son pura superstición. Por otra parte, haciendo honor a una verdad terrenal -llamen a Jarmusch-, en las geografías literarias que transito por Santiago o Tucumán la gente huele y viste bien, son personas educadas, armoniosas, las hay académicas, las hay informales, cultivan la comunidad, cuentan con empleo y no duermen a la intemperie. También les gobierna la derecha. ¿Desde dónde nos habla Óscar Restrepo? El mundial de fútbol que acaba de terminar nos dejó una vieja lección; la estupidez humana no tiene límites. En medio de la forzada polémica por el racismo, me pregunto cuándo se acordarán del pobre al hablar de discriminación. En su parodia sobre el mundo del arte, Un poeta expresa también al tiempo que la contiene. Óscar representa al individuo que camina por la cornisa de los marginales, expuesto a las desgracias más bizarras. Es un Buster Keaton extemporáneo, dispuesto a sufrir la humillación en su tentativa de embellecer a un mundo que no le perdona el esfuerzo por intentarlo. El abuso sexual del cuál es acusado propone un giro del guion donde Meza Soto sube la apuesta; abre una ventana por donde la parodia se lanza al absurdo y nos entrega una escena propia del slapstick: perseguido por el hermano de Yurlady -que juró matarlo-, Óscar corre dando unos gritos patéticos. La secuencia previa donde Óscar devuelve a su casa a una Yurlady ebria -origen de la confusión sobre el abuso- no es menos inspirada en la de comedia muda. Chaplin y Keaton nos presentaron el humor como antídoto de la angustia. Con el cine sonoro, Jaques Tati reafirmará ese espíritu para el hombre moderno en los años sesenta. Simón Meza Soto torna hilarante una situación que el cine contemporáneo sumiso a la corrección política restringe al drama. En su mirada sarcástica, la agenda progresista hace su aporte a la tragicomedia. Mirada que comparten Radu Jude y Kleber Mendonça Filho, dos de los cineastas que también evaden los reglamentos progresistas. (No como Darren Aronofsky que dirigió algo llamado La ballena). El segundo de los milagros que Óscar espera, recuperar la relación con su hija, tampoco sucede. Al menos no frente a la cámara. La posibilidad queda abierta a un futuro ajeno al relato. En sus intentos paternales es donde Óscar muestra la real dimensión de su patetismo. Ante el perfil de un hombre acabado, arrasado por la depresión y el alcohol, la figura del poeta se revela como la excusa que es: “La poesía es un pretexto para contar los dilemas del arte”, repite Meza Soto. Si el arte es genuino, sus dilemas no son diferentes a los de la humanidad. Con los suyos a cuesta, Óscar no encaja en la sociedad de la productividad, el reconocimiento y la fagocitación. Es un descarte más de lo que Byung Chul Han llama “la sociedad del cansancio”. Al mirarnos desde ahí, su figura desgarbada nos refleja lo que evitamos mirar mientras corremos detrás de la rutina; tampoco le vamos a perdonar eso. La ultraderecha ha logrado dominar los escenarios de la virtualidad como nadie. Gobierna el mundo de las ideas y las emociones, y administra las voluntades para transformar la democracia en un jardín inerte. Si existe peor derrota que estar a la deriva, es aprender en ella que ya no contamos con muchos de los nuestros. La soledad de Óscar en su batalla contra la realidad es la mejor parodia que podemos tener como espejo. Después de todo, la vida y el arte siempre encuentran estímulos en la desobediencia.
*Por Gustavo Caro, realizador audiovisual, guionista y docente de la Escuela de Cine de Tucumán