Con el paso de los días iremos lentamente retomando el foco de atención hacia temas más pedestres, esos que nos afligen en nuestra cotidianeidad y nos llenan de interrogantes con miras al futuro. Por Sisto Terán Nougués.
Imagen tomada de sistoteran.substack.com
Todo llega inexorablemente a su fin. La vida es una continuidad de sucesos condenados de antemano a finalizar algún fatídico día.
El Mundial de fútbol se ha extinguido, y con él se apagan los fuegos de esas emociones colectivas que nos unieron en momentos de indescriptible pasión comunitaria.
De a poco la rutina empieza de nuevo a imponer los ritmos de nuestra existencia. Todavía nos quedan resabios nostálgicos de una epopeya común, que persistirá para siempre guardada en los pliegues de nuestras memorias. La derrota final, sufrida hasta la agonía, no empaña un reconocimiento generalizado hacia esos muchachos que nos regalaron momentos inolvidables.
Ganar y perder son posibilidades equivalentes en el devenir de la existencia. Superarse y esforzarse una y otra vez, sacando fuerzas desde el fondo del espíritu, es característica que identifica a los grandes de verdad. Hicieron todo lo que debían, y todavía más. Lo dejaron todo y nos obsequiaron una gesta memorable.
La intensidad emotiva amengua, y un dejo de tristeza y nostalgia se apodera de nosotros. Todos, en especial los más grandes, sabemos perfectamente que estos ciclos son muy, pero muy difíciles de repetir. Comprendemos que no habrá más mundiales para Messi, y todos aquellos que nos habíamos acostumbrado a disfrutar su capacidad para hacer rutinario lo extraordinario, ya empezamos a extrañarlo con un nudo en la garganta.
Con el paso de los días iremos lentamente retomando el foco de atención hacia temas más pedestres, esos que nos afligen en nuestra cotidianeidad y nos llenan de interrogantes con miras al futuro.
Adorni se fue, y con él se disiparon de momento las brumas del escandalete nacional que nos tenía entretenidos, mientras sombras funestas se proyectan sobre la vida de muchos argentinos.
Los trabajadores formales que han perdido sus trabajos en estos dos últimos años de una gestión empeñada en ignorar el drama humano y centrada tan solo en la frialdad númerica de planillas desaprensivas, como si las matemáticas fueran la esencia de todo quehacer, se miran hoy al espejo con la desesperanza angustiante de aquellos que ven con temor un futuro que parece no contemplar sus padecimientos.
Las pymes que han cerrado sus puertas saben ya a ciencia cierta que no reabrirán jamás sus puertas, y sus sueños truncados parecen muertos para siempre. Los industriales contemplan con tristeza sus maquinarias inactivas, y las perspectivas de una reactivación se asemejan a una lejana y quimérica utopía.
Paradojas de un país donde los economistas parecen empeñados en mirar los números ignorando las personas. Mientras el consumo de carne ha caído a sus niveles más bajos en los últimos treinta años, (según el último informe de la Cámara de la Industria y el Comercio de Carnes, el desplome en el consumo es del 11,5% , el menor nivel registrado en las últimas tres décadas), el gobierno y sus afines celebran la pax cambiaria y un falso equilibrio fiscal construidos a bases de controles del BCRA y una fenomenal desinversión pública.
Los informes económicos siguen apareciendo con su frialdad inhumana, y se concentran en querer explicar lo inexplicable.
La vara con que se debería medir un gobierno es la de su capacidad para brindar la mejor calidad de vida para la mayor cantidad de personas.
Si durante esta gestión hemos perdido más de 300.000 puestos de trabajo registrado y han cerrado sus puertas más de 24.000 pymes, mientras la capacidad instalada de la industria nacional está con un porcentaje de ociosidad, esto es maquinarias sin usar, cercano al 42%, y la morosidad en los hogares argentinos se ha quintuplicado en los últimos dieciocho meses, llegando casi a siete millones de personas que hoy se encuentran imposibilitados de pagar sus deudas, es evidente que este gobierno no cumple para nada con esta premisa de mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos.
Lo que asusta mucho, es observar que a Milei y los suyos, estas cosas no le importan un comino. Son daños colaterales que deciden ignorar, sacrificios de personas cuyas vidas no tienen para ellos ninguna relevancia. Todo para consolidar un modelo dogmático, sumiso a un ordenamiento mundial que se acata al borde la genuflexión y contra todo instinto de preservación de lo nacional.
El gobierno se ha propuesto destruir el Estado, y lo ha dicho con énfasis y lo ejecuta con salvajismo. Pero también quiere aniquilar la industria nacional, y está haciendo todo lo posible por lograrlo. Pretende extranjerizar los recursos naturales y pone en ello un empeño inusitado. Solo le importa la minería y la energía, en especial en sus aspectos extractivos, y las impulsa sin tomar precaución alguna, ni ambiental ni de estricta lógica económica en defensa de nuestros intereses.
El gobierno entiende que los impulsos renovados que le otorgara el triunfo en las elecciones de medio término es efímero y tiende a perder consistencia con el paso de los meses. Por eso aprieta el acelerador y avanza a toda marcha en la consolidación de un modelo dogmático de país.
Con el engañoso título de ley de inviolabilidad de la propiedad privada, enunciado que todos o casi todos defendemos, se intenta subrepticiamente propiciar la extranjerización ilimitada del territorio argentino, inclusive en zonas fronterizas. Traen a colación imprevistamente el “shutdown” estadounidense, ese mecanismo legal que paraliza la administración cuando el Congreso y el Ejecutivo no concilian las políticas de asignación del gasto público, y tergiversan el concepto. Lo que en Estados Unidos se considera un problema, una negatividad que preocupa, Milei lo quiere aquí presentar como algo virtuoso, una herramienta que consagra su sueño de paralizar el Estado por completo. Disparate pintoresco del Presidente que ha pasado casi inadvertido entre los vaivenes mundialistas, pero que debiera preocuparnos.
Y en el plano político quieren avanzar a paso raudo con una reforma electoral, que pintan como virtuosa, pero cuyo objetivo real es mejorar las posibilidades electorales del oficialismo. Entienden en sus filas que la figura presidencial ha aglutinado una imagen negativa muy fuerte, cercana al 60%, por lo que sus chances de reelección se afianzan más en un escenario de primera vuelta donde alcancen el 40% de los votos y confían en una dispersión opositora que les permita conseguir la diferencia de 10 puntos porcentuales que les aseguraría la victoria sin necesidad de ballotaje. Para garantizar la diáspora ajena, el propósito es eliminar las PASO que pudieran oficiar de vehículo aglutinador del descontento.
Para su avance cuentan con la habilidad negociadora del nuevo Jefe de Gabinete, Diego Santilli, integrante tradicional de la casta política, y como tal, con diálogo aceitado con los gobernadores y legisladores más complacientes, propios y extraños.
El razonamiento es lógico, pero la vida tiene caprichos. Menem reformó la Constitución y habilitó el ballotaje que terminaría hundiendo sus aspiraciones presidenciales en el año 2003. Alfonsín forzó en el Pacto de Olivos la figura del tercer senador y la creación del Consejo de la Magistratura para consolidar los partidos políticos en el primer caso y despolitizar la Justicia en el segundo. Lo que sucedió es que la estructura partidaria tradicional se desmoronó estrangulando para siempre a la Unión Cívica Radical que se debate en una agonía que produce compasión, mientras que la Justicia se corporativizó como nunca antes, y responde hoy a motivaciones económicas y sectoriales que se mueven en una siniestra batalla donde los conflictos de intereses aparecen por todas partes. Cristina impulsó el voto de los menores a los dieciseis años de edad y propició la sanción de la ley de las PASO. Poco tiempo después el aluvión de votos adolescentes se movilizó en su contra de una manera determinante, y las PASO la llevaron a dos derrotas electorales trascendentes.
Por eso tengo cierto escepticismo a la hora de preferir vías electorales. Lo que tenga que ser, será, y hay que ganar en la cancha y en las condiciones que se determinen. No siempre las “avivadas” salen bien.
El engranaje social y electoral empezará en un corto plazo a mostrarse cada vez más activo. La pausa mundialista ha terminado, y la realidad nos muestra su rostro amenazador una vez más.
El oficialismo se recompone tras sus desaciertos no forzados en el caso Adorni. El internismo persiste, pero el ansia de poder disimula su intensidad hacia afuera.
La oposición kirchnerista parece enfrascada en una contienda suicida entre los “leales” y los díscolos encabezados por el otrora hijo pródigo Axel Kicillof.
La izquierda junta aire y se encolumna detrás de Myriam Bregman, manteniendo siempre ese purismo exagerado, que no es otra cosa que un anhelo subconsciente por no llegar jamás a ser poder.
El “outsider” emergente, representado por Dante Gebel, parece haberse hundido antes de empezar la competencia.
Queda un remanente que se hace llamar “peronismo no kirchnerista”, un PRO que se niega a ser subsumido por la Libertad Avanza y un espectro difícil de precisar de mileístas descontentos, que no abandonan el barco por falta de opciones que les permitan dejar de lado los exabruptos presidenciales, que han empezado a tolerar más por necesidad que por deseo.
Todos estos actores empezarán a mover sus piezas muy pronto.
Milei, el campeón defensor, está “tocado”, un poco “groggy”, afectado por una realidad que contradice su triunfalismo. Pero no le aparece un retador de talla a la vista. En esa ausencia basa hoy por hoy su fortaleza. Necesita un enemigo a quien insultar. No está Cristina, pero hay que traer su fantasma al ring, hay que denunciar conspiraciones “zurdas” todos los días. A su favor se puede decir que es el único que tiene tropa cohesionada. El poder aglutina y disimula las peleas.
El kirchnerismo, por el contrario, arrastra culposo la cruz de su última gestión, y su liderazgo ha perdido vigor y fortaleza, dando paso a la cosa pequeña, esa mixtura mediocre de egos y susceptibilidades en ebullición que les impide estar a la altura que exigen las circunstancias. Un amigo mío me dijo que los kirchneristas a ultranza están deviniendo en una especie de “trotskysmo” criollo, entendiendo esto como una postura extrema que se exige a propios y extraños, aunque ese extremismo tenga el costo de alejarlos definitivamente del poder.
Una parte importante de la sociedad está en la búsqueda de algo nuevo, una opción superadora de esta mediocridad que nos asfixia. Si no aparece, la disyuntiva será espantosa: elegir entre los errores del pasado y los horrores del presente.
Necesitamos algo que tenga el coraje de enfrentarse con ese pasado y este presente, para proyectarnos hacia un futuro mejor.
Hemos de buscar una síntesis entre la modernidad y la tradición. Algo que exprese nuestro respeto profundo como sociedad hacia la propiedad privada y el manejo racional de las cuentas públicas, pero con ese mismo nivel de respeto por la inversión pública en los sectores estratégicos de la economía, garantizando la infraestructura, sin la cual el desarrollo de un país no es posible. Alguien debe levantar la voz para expresar que defendemos nuestros valores tradicionales, y que esto implica no inmiscuirnos en guerras ajenas, ni votar en contra de la declaración de la esclavitud como crimen de lesa humanidad.
Hay que trabajar para lograr que ese algo y ese alguien se transformen en la oposición real y ganadora contra la locura mileísta. Los tercios se terminan transformando en mitades, y la oposición se consolidará detrás de aquel que demuestre ser el más eficaz para desalojar del poder a Milei.
En verdad pocas veces he sentido tanto miedo por el futuro de la patria. Todos, absolutamente todos, sabemos que Milei está loco. Y esa locura, que se apacigua de tanto en tanto con intervalos lúcidos cada vez más breves, es garantía futura de nuevas y absurdas confrontaciones sociales.
Inclusive sus allegados y sus más fervientes seguidores, conocen perfectamente el estado de permanente desasosiego espiritual que afecta la salud presidencial. Ese desequilibrio emocional lo hace imprevisible, y como tal, peligroso.
Quedarse de brazos cruzados y dejar que el futuro de nuestro país se dirima entre fanáticos de uno y otro signo, es insensato.
Quiera Dios que la sensatez prime, y los que estamos en contra del país dogmático e insensible que Milei propone, encontremos vías racionales para ofrecer una alternativa electoral racional y ganadora.
Buenos Aires, Julio 23 del 2026
Sisto Terán Nougués
Artículo publicado originalmente en sistoteran.substack.com. Podés escucharlo aquí: