TRIBUNA ABIERTA

En Busca del Humanismo Perdido

¿Qué estamos perdiendo mientras ganamos tecnología? Reflexiones sobre la crisis del humanismo en tiempos de algoritmos, polarización y poder tecnocrático. Una invitación a recuperar el diálogo, la empatía, la cooperación y la dignidad humana frente a un mundo que parece empeñado en olvidarlas. Por Sisto Terán Nougués.

04 Jun 2026 - 14:14

(Foto: sistoteran.substack.com)

Días atrás estaba charlando con un par de amigos, todos con un pasado ideológico de neto corte liberal, y coincidíamos en la incomprensión que nos generaba la irrupción libertaria en el escenario nacional, tan alejada tanto en las formas como en la sustancia de aquellas, nuestras ideas juveniles que defendimos con el entusiasmo propio de una generación, que supo tener el mérito de liderar la recuperación y consolidación del sistema democrático en nuestro país.

Nuestra oposición frontal a los desbordes y los exabruptos estridentes de quienes nos gobiernan, nos han costado airados reclamos de personas que han llegado a tolerar lo intolerable, todo para saciar su insoportable antiperonismo visceral. Nos parece impensado que alguien en su sano juicio pueda consentir y avalar comportamientos indeseables, y mucho más inconcebible resulta entender que esas conductas prepotentes, autoritarias y corruptas sean ejecutadas en nombre de la libertad.

Pero el mundo se ha alejado por completo de todo intento serio por contrastar los dichos con los hechos objetivos, y el debate se ha vaciado de argumentación.

No es que haya un renacer de las ideologías. Estas se enseñorearon del siglo XX y nos llevaron a la consumación de matanzas y guerras monstruosas con un número de víctimas fatales y la devastación de medio mundo, mostrando la exorbitancia de la crueldad del hombre llevada a extremos penosos.

Estamos en presencia de un fenómeno novedoso, algo más que una variante ideológica, se trata más bien de una polarización cuidadosamente fomentada desde una tecnocracia que ha entendido que su negocio es mantenernos crispados y profundamente divididos en bandos irreconciliables.

El siglo XXI irrumpe a los empujones, destruyendo lo conocido a pasos acelerados, de la mano del algoritmo, la tecnología, la globalización y la inteligencia artificial.

Todo se mueve a otra velocidad, el conocimiento se expande y la inteligencia se contrae. La máquina se empodera y el ser humano pasa a ser un actor secundario en la elaboración de los sucesos que le afectan. Las formas del intercambio se están despersonalizando, y se potencian los disensos. Sutilmente empezamos a encontrar más sintonía con nuestro celular, al que le dedicamos horas y horas de nuestro tiempo vital, y la realidad empieza a desdibujarse.

Dentro de nuestras casas usamos el WhatsApp para comunicarnos y la tertulia familiar ha comenzado a ceder ante la presencia de una mesa poblada por individuos que consultan sus teléfonos en todo momento, dejando la conversación en un plano muy secundario.

La paradoja es que, un conocimiento en expansión merced a una tecnología que puede procesar millones y millones de datos en segundos, en paralelo estaría proyectando una disminución de la inteligencia promedio de las futuras generaciones. Al menos eso es lo que afirma Santiago Bilinkis que nos dice que este hecho ya ha sido comprobado experimentalmente en el video que adjunto.

Y parece lógico que esto suceda, ya que nuestro cerebro se acostumbra rápidamente a ser sustituido en sus procesos por la máquina y va perdiendo, por desuso, sus capacidades asociativas que configuran nuestros procesos mentales.


Las sociedades contemporáneas están envueltas entonces en un frenesí que aliena a sus individuos ocasionando conductas impensadas y daños sociales que ya se están empezando a verificar.

Hablábamos de estas cuestiones los tres amigos en la charla a la que hago referencia en el primer párrafo de este texto, cuando uno de ellos dijo con algo de fastidio: “Estoy cansado de que me etiqueten de un lado o del otro cada vez que opino sobre algún tema de actualidad, al final de cuentas, las ideas que defiendo no son otra cosa que una perspectiva humanista del mundo”.

La frase quedó flotando en los pliegues de mi mente, y resonó con fuerza al momento de sentarme a escribir este artículo.

Casi sin querer, Bruno, mi amigo, me había dado una pista intelectual para explicar mis preocupaciones existenciales.

En realidad, lo que colisiona frontalmente con una visión humanista es la tecnocracia descarnada. Y ese choque entre la máquina y el hombre, entre el perfeccionismo eficientista y amoral de la tecnología impiadosa y la cálida imperfección humana impregnada en un sentido moral evolutivo, es el eje central de la llamada batalla cultural.

Instado por mi mujer, he leído ayer un breve libro titulado “No pienses en un elefante”, escrito por George Lakoff, ya en el lejano año 2004. Lakoff advertía ya entonces la importancia del lenguaje y el modo discursivo en la contienda política, y nos informaba que la ultraderecha había invertido enormes recursos económicos y desarrollado infinidad de think tank que es el nombre que se da a las organizaciones encargadas de generar conocimiento con el objeto de influenciar en los gobiernos y la opinión pública para impulsar cambios a favor de sus intereses.

El paso de los años ha dejado un tanto desactualizado el texto, pero sus advertencias tienen profunda implicancia actual. Lakoff nos sugiere que los pensamientos de la mayoría de los seres humanos no están determinados por sus intereses individuales, sino por los marcos cognitivos que se han configurado férreamente en su sinopsis cerebral.

Esta afirmación explicaría la razón, aparentemente indescifrable para el sentido común, por la cual sectores importantísimos de los electorados eligen opciones aún en contra de sus propios intereses. Son los pobres y excluidos votando la supresión de impuestos a los mega millonarios.

Según el autor, esas conductas no implican irracionalidad, sino que se trata de la respuesta natural a lo que el denomina el marco cognitivo que ese individuo tiene configurado en su cerebro.

“La gente no vota necesariamente por sus intereses. Votan por su identidad. Votan por aquellos con quienes se identifican. Es un grave error dar por supuesto que la gente vota siempre por sus intereses, nos dice con contundencia Lakoff.

Este es el concepto liminar que entendieron con meridiana claridad los centros de pensamientos financiados por la ultraderecha, y los tecnócratas lo aprovecharon para, por medio de su tecnología invasiva, consolidar este criterio, anulando de paso la confrontación de argumentos y el debate de ideas, para propiciar la lucha entre identidades contrapuestas e irreconciliables.

Nacieron así los primeros experimentos sociales de polarización deliberadamente fomentada. El episodio de Cambridge Analytica y su injerencia en las elecciones de Argentina en 2015, en el Brexit en Gran Bretaña y las presidenciales de Estados Unidos en 2016, es mundialmente conocido y en Netflix pueden ver la película Nada es Privado, un documental impactante, donde con lujo de detalles se explica que estos procesos de polarización no tienen nada de espontáneos, al contrario, son inducidos por intereses creados claramente especificados.

Los megabillonarios de la industria tecnológica se apropiaron de la estructura de datos de los individuos, quienes ingenuamente cada día dejamos huella digital de nuestro existir para aprovechamiento inescrupuloso del algoritmo. Con ese poder ilimitado en sus manos, se internaron en la mente de los individuos, comprendieron sus deseos, entendieron sus identidades y sus valores más consolidados, y se dedicaron a direccionar esas personalidades para propiciar una concepción binaria del mundo y sus quehaceres. O blanco o negro, ningún matiz. La pertenencia a un grupo define el pensamiento, y se priva a este de todo criterio argumentativo. Los hechos ya no importan. No es necesario contrarrestar la opinión del otro, simplemente hay que descalificarlo.

El camino es sencillo, acentuar lo visceral y destruir lo racional.

Las “ideas-fuerzas” se han introducido con una firmeza que las hace infranqueables, aún para la demostración en contrario por vía de la evidencia. Es por eso que el debate social se ha transformado en un diálogo entre sordos, un bullicio infernal de gritos e insultos, donde convencer no es una opción válida, solo cabe destruir al que piensa diferente, degradarlo, etiquetarlo con adjetivos injurioso y nunca jamás considerar lógica ninguna de sus premisas.

Esta descripción, en la que seguramente muchos coincidirán, porque es un fenómeno apreciable a simple vista, ha tenido múltiples consecuencias ya verificadas y pone en marcha otras aún en proceso, cuya magnitud es difícil apreciar.

¿Porqué los billonarios tecnológicos han propiciado este estado de cosas? Pues la razón es muy sencilla: Por plata y por poder político.

Han ganado tanto dinero que resulta inconcebible entender la obscenidad que implica su persistencia en seguir acumulando, pero ya no se conforman con eso, quieren ser poder, determinar los modos de vida de las personas y regentear cada aspecto de su existencia.

La embestida tecnológica ha logrado, por ejemplo, que Elon Musk haya alcanzado una fortuna personal estimada en los U$S 839.000.000.000 (OCHOCIENTOS TREINTA Y NUEVE MIL MILLONES DE DÓLARES).

En el afán de hacer más entendible la magnitud de las fortunas de estos magnates, una parlamentaria de la Unión Europea pronunció un discurso cuyo video acompaño, en la que indica que si una persona acumula un millón de euros por mes de ingresos, sin ningún gasto, o sea acumulación neta, ¡Necesitaría 83.000 años para conseguir el volumen de dinero que poseen los 17 tecnócratas que acompañaron a Donald Trump en su reciente visita al presidente chino Xi Jinping!


Confieso que cuando vi a esta representante europea, me negué a creer sus dichos. Tuve que hacer una verificación aritmética para comprobar su veracidad. Si multiplico 12 millones por 69.000, el resultado me daría U$S 828.000.000.000, o sea unos 11.000 millones de dólares menos que la fortuna estimada de Elon Musk.

Y esa gente es la misma que pide que se eliminen los controles públicos a sus empresas, que se rehúsan a ser fiscalizados por sus acciones, que reclaman reducciones de impuestos, que depositan sus fortunas en paraísos fiscales y son reyes en evasión tributaria, que exigen eliminación y recortes de programas de asistencia social para los más necesitados y fomentan guerras como un campo experimental para el desarrollo de sus tecnologías.

Personajes extravagantes, socialmente anómalos, narcisistas extremos y megalómanos, han instaurado la batalla cultural para configurar el mundo a su antojo, y se encaraman en la cúspide del poder político mundial prescindiendo de todo lo institucional. No conformes con polarizar, están empeñados en destruir todo vestigio de la democracia liberal. Su devoción irrefrenable por la tecnología les ha llevado a deshumanizarse a extremos que causan preocupación, y, muchos de ellos, si no tuvieran la cobertura de sus fortunas, serían calificados de decididamente antisociales y perturbados mentales.

Peter Thiel es uno de estos ejemplares extraños. Por razones de interés que cada vez quedan más expuestas a la luz del escrutinio público, ha decidido acampar en la Argentina. Mientras se junta con funcionarios públicos de nuestro gobierno para inducirlos a la sanción de normativas que lo favorezcan, no se priva de reuniones en las que expone con fervor demencial sus teorías conspirativas del Anticristo, ese ser nefasto que, a su decir, estaría complotando para evitar los avances tecnológicos y sumir al mundo en un caos catastrófico.

Ese Anticristo es multifacético, y se expresa a través de las palabras de León XIV, de periodistas, intelectuales, y de todo aquel que se oponga a sus delirios. El tema causaría gracia, si no se tratara de un hombre decidido a marcar su impronta en nuestro país. Ya se ha plasmado una sugestiva modificación de la ley de sociedades que permite la incorporación de nuevos modelos societarios digitales de muy dudosa procedencia y racionalidad. El tema estará pronto sujeto a debate por unos parlamentarios nacionales indefensos ante el andamiaje dinerario y publicitario que los va a presionar a favor de la sanción de estas nuevas vías de depredación de nuestras riquezas comunes.


Trump y Peter Thiel


El curso de los acontecimientos, impulsados por estos intereses que ya no se ocultan y se exhiben impúdicamente, es el que me fuerza a reforzar mi búsqueda del humanismo perdido.

El lector avisado habrá ya adivinado en el título de este artículo un indirecto guiño a Marcel Proust con su legendario libro En busca del tiempo perdido”. Es famosísima la mención de los recuerdos que sacuden su memoria al degustar una magdalena, cuyo sabor y textura lo retrotrae a tiempos pasados y añorados. Mi prédica quiere impulsar la búsqueda de una visión humanista que pareciera estar en desuso, o al menos seriamente comprometida. Añoro ese humanismo entrañable en vías de desaparición.

El humanismo es una manera de enfocar los asuntos del mundo poniendo al hombre, al ser humano de carne y hueso, como protagonista esencial del quehacer comunitario y procurando siempre la creación de las condiciones propicias para su evolución, desarrollo y prosperidad en un marco de dignidad personal. Implica por eso mismo, una decisión importante de construir una sociedad más justa, con el máximo de inclusión social, con una mirada solidaria y empática y con un profundo respeto al disenso y a las diferencias de opiniones y valores.

Ese humanismo conceptual es el que está siendo atacado por estas fuerzas empeñadas en instaurar criterios egoístas, construir criaturas aisladas y fagocitadas intelectualmente por la dictadura del algoritmo que marcará el rumbo de sus días.

León XIV en su Magnifica Humanitas de reciente publicación, nos advierte el peligro que enfrentamos. Nos habla de este poder centralizado e inmenso, que propicia la construcción de lo que se ha dado en llamar el transhumanismo y el posthumanismo.

Ya el nombre indica el deseo de dejar de lado el humanismo, para abrir paso a nuevas maneras que nos mutilan en la esencia de nuestra mismísima humanidad. Ambos conceptos denotan el intento de los centros de poder tecnológico de concebir una sociedad futurista donde la centralidad de la técnica derive en una superación de los límites humanos.

El transhumanismo es el anhelo de potenciar el rendimiento de los seres humanos por medio de las tecnologías, y el posthumanismo va incluso más allá, y en sus versiones más radicales plantea una forma de hibridación entre el ser humano y la máquina, hasta imaginar una humanidad atravesando sus propios umbrales físicos e ingresando en una nueva etapa evolutiva (Magnifica Humanitas, cap.IV, 116).

León XIV nos llama a la reflexión, y bajo el título “Lo que no podemos perder”, enumera una valoración de lo esencialmente humano, que es fundamental regenerar como un consenso social básico. La lógica humanitaria debe ser contrapuesta eficazmente al eficientísimo deshumanizado.

“La calidad de una civilización no se mide por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer un rostro en el otro, y no una función”.

Nos debemos a nosotros mismos y a las generaciones futuras un esfuerzo por la preservación del sentido humanitario, del reconocimiento de la dignidad de la persona, y de la importancia de la cooperación y la solidaridad como fundamentos de nuestro accionar social. Los logros tecnológicos, carentes de sentido moral humanista, son simples mecanismos que nos conducen al vacío espiritual.

Prueba de ello es el incremento portentoso de las enfermedades de salud mental, las adicciones y los suicidios juveniles que se registran de manera alarmante en nuestro mundo contemporáneo. La tecnología diseñada para tender lazos comunicacionales está propiciando individuos aislados, inconexos, habitantes de un mundo digital donde hasta los afectos se rigen por el imperio del algoritmo, y con un temprano hastío existencial que empuja a la desesperación.

No quiero hablar más en términos de economía o política partidaria. Creo que nos merecemos contemplar una perspectiva fundada en criterios humanistas, ese humanismo en vías de extinción, que debemos defender con uñas y dientes. No usemos el lenguaje del insulto y el agravio en el que nuestros contrincantes se sienten cómodos, apelemos al intelecto y la razón, a la empatía y la compasión, al diálogo y la tolerancia ante la opinión del otro.

Cuando Bilinkis es interrogado en el video mencionado líneas arriba sobre qué debemos hacer para combatir el proceso de pérdida de inteligencia que él denuncia, nos insta a busca la solución individual, es decir a emprender el camino solitario de predicar ese humanismo que nos identifica, en la esperanza de ir captando de a poco a quienes nos acompañen en la patriada. Comprender lo que está sucediendo es el primer paso de un largo camino.

Magnifica Humanitas nos recrea dos imágenes bíblicas, que traigo a colación.

La primera es la construcción de la Torre de Babel, cuyos constructores enceguecidos por una ambición malsana se empeñan en llegar al cielo con sus muros, y sucumben ellos y sus diseños en una confusión lingüística que los destruye para siempre.

La segunda es la de la Nehemías, quien recorre las ruinas de su ciudad y convoca a todas las familias de su pueblo, y les va confiando a cada una de ellas la tarea menor de reconstruir un solo muro de las antiguas murallas. La ciudad renace así al conjuro del esfuerzo comunitario y cooperativo, en una demostración de la eficacia del trabajo compartido.

León XIV nos insta a actuar como Nehemías y a evitar la soberbia de los edificadores fracasados de Babel.

¡Hagamos cada uno nuestra parte!

Buenos Aires, Junio 04 del 2026

Sisto Terán Nougués



Artículo publicado originalmente en sistoteran.substack.com.


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