TÉXTIL TUCUMANO

Telar y tejido tucumano: historias que se entrelazan como hilos y que luchan por mantener vigente una herencia ancestral

En Tucumán las tejedoras y tejedores y quienes hacen uso del telar, poseen entre sus dedos la herencia que atesoran desde mucho antes de la llegada de los españoles; cientos de años después, es posible abrir una ventana al pasado. Conocé el taller Sapikuna, la organización Warmipura, y el trabajo académico de Olga Sulca: porqué contar, aprender e investigar es proteger y preservar este legado.

08 Nov 2026 - 19:29

El poncho tafinisto de Warmipura

Con unos potentes 5 añitos, Marisa aprendía a tejer carpetitas con el hilo rojo de las bolsas de cebolla que, junto a su tía, buscaban de las verdulerías. Maira , por su parte, vivía en San Miguel de Tucumán durante su infancia pero miraba al oeste y veía dibujado en los valles la silueta de su abuelita, añorando tejer como ella. Olga crecía con la herencia cultural de sus abuelitos kollas, hábiles tejedores de la puna salteña, sin imaginar quizás que su aporte a la reivindicación del tejido y el telar tucumano iba a venir desde sus apasionantes estudios académicos.

Amanece en Tucumán, y hacia un flanco se dibujan las montañas y dejan imaginar figuras presentes con todos los vestigios de la historia de la humanidad. Cada tucumano o tucumana sabrá que forma darles, de que manera mirar hacia ese Oeste. Muchos elegimos encontrar mujeres en esta siluetas, mujeres apaciguadas y calmas, que traen con ellas la sabiduría que solo milenios de historia pueden darte.

En 1565 se fundaba Ibatín, la primera ciudad de los españoles en el actual Tucumán. Rápidamente, comenzaban a formar parte de un complejo e injusto circuito los indigenas que eran habitantes naturales de estas tierras. Junto con esta nueva amalgama de modos de vida, las costumbres de unos y de otros fueron mezclándose, prevaleciendo unas sobre las otras. Pronto, realidades como el lenguaje, la religión, la estética, los modos de vivienda, la organización social, los modos de cocinar y comer, fueron transformados de manera abrumadora. Pero hubo algo que sobrevivió, que pasó en muchos casos inadvertidos por quienes querían borrar de un plumazo todo aquello que aquí se había engendrado: los tejidos.

Mi recuerdo personal y mi experiencia más apegada al tejido, se traslada al peso del puyo. El puyo es una manta gruesa y pesada, realizada mayormente en Catamarca, elaborada en telar criollo con lana de oveja y lana de llama. Era el peso más liviano y abrigador del mundo: mi abuela catamarqueña me tapaba con su puyo en las noches de invierno monterizo en que me quedaba a dormir en su casa. De repente y en medio de mi sueño, sentía algo muy pesado asentándose en mi frágil humanidad de 35 kilos. El calor llegaba de inmediato, y esa pesadez se elevaba y desaparecía como por arte de magia. Pero no era magia, era amor.

Todos los tucumanos tenemos una relación con el tejido y el textil. Desde un ajuar de novia atesorado en el fondo del armario, o una manta de recién nacido tejido en crochet o a dos agujas, guardado en algún receptáculo especial, aguardando el digno heredero que será sea digno de volver a vestir tales prendas. 

La idea de este texto, es poder repasar la significativa verdad que se erige sobre el telar tucumano y las manos de las tejedoras y tejedores. Repasar su historia, sus tramas complejas que, como hilos mágicos, han ido construyendo y bordando una historia que relata mucho más allá de las palabras: la tucumanidad se puede contar desde un textil.

El trabajo académico y su vinculación con el artesano: un aporte real

Olga Liliana Sulca se presenta al mundo como mujer del mundo Kolla. Es doctora en humanidades, Magister en Ciencias Sociales, especialista en Historia de los Andes y en Educación Intercultural Bilingüe, Licenciada y Profesora en Historia, entre otras formaciones, destinadas en muchos casos a poder abordar y estructurar la historia del telar y de los tejedores y tejedoras de nuestra provincia. Este 2026, presentó un libro único en su tipo, que le ha llevado varios años de investigación en la zona del Valle de Yocavil: “La vida en-trama. Producción textil en el Valle Calchquí (Amaicha del Valle, Tucumán): Tradición y modernidad”.

En su publicación, Sulca se refiere a la realidad en la que se sumerge quien habita el histórico Amaicha del Valle, zona tucumana que conserva y protege siglos de historia indigenista entre sus arboles, cactus y ríos pedregosos: detrás de cada poncho, manta o pieza artesanal existe un proceso que comienza mucho antes de que los hilos lleguen al telar. Está presente en la selección de la materia prima, en el conocimiento de las fibras, en el hilado, en la preparación de los tintes y en una serie de técnicas que fueron transmitidas de generación en generación.

Pero, fundamentalmente, la vida en-trama relata de qué manera está presente una memoria colectiva que encontró en el tejido una manera de perdurar. La producción textil en el Valle Calchaquí hunde sus raíces en épocas prehispánicas. Las evidencias arqueológicas permiten reconocer la importancia que tuvo esta actividad en las sociedades andinas, donde los tejidos no cumplían únicamente una función utilitaria, sino que también estaban vinculados con la organización social, las prácticas religiosas, los intercambios económicos y las ceremonias.

Los textiles acompañaban distintos momentos de la vida de las comunidades. Formaban parte de las ofrendas rituales, los ajuares funerarios, los intercambios y los tributos. Eran bienes de uso, pero también objetos cargados de significados.

La investigadora recupera esta dimensión histórica y cultural del tejido y propone comprenderlo como una práctica que atravesó distintos períodos sin perder su vinculación con la identidad de los pueblos originarios. Las sociedades andinas expresaban pensamientos y conocimientos a través de los textiles. La simetría, las oposiciones, la repetición de figuras y la combinación de colores constituían formas de comunicación. Animales, vegetales, seres mitológicos y antepasados tutelares podían encontrar representación en las tramas.

Olga explicó en esta entrevista para Eltucumano.com que la llegada de los españoles produjo transformaciones importantes en la producción textil. Se incorporó la lana de oveja en reemplazo de la fibra de camélidos y el telar criollo sustituyó al telar de cintura. Más adelante, entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, se incorporaron las anilinas, que modificaron los procedimientos de teñido. Sin embargo, hubo algo que permaneció: “Hay técnicas que se han mantenido inmunes a todos los procesos de cambio de la modernidad, los procesos históricos. Las técnicas textiles se han mantenido intactas” dijo, para este relato.

Entre las técnicas, Sulca menciona la faz de trama, la faz de urdimbre y la doble tela. En ese sentido, la autora sostiene en su tesis que un tejido también puede ser leído como un texto: una construcción en la que se entrelazan ideas, experiencias y formas de interpretar el mundo.

Las investigaciones arqueológicas realizadas en el noroeste argentino dan cuenta de la antigüedad de estas prácticas. Entre las evidencias mencionadas por Sulca se encuentran los hallazgos de la Cueva de Huachichocana y de Inca Cueva, en Jujuy, que permiten reconocer el conocimiento de técnicas textiles en sociedades cazadoras-recolectoras.

En Tucumán, uno de los antecedentes más significativos corresponde al sitio arqueológico El Pichao, en Colalao del Valle. Las excavaciones realizadas durante las décadas de 1980 y 1990 permitieron recuperar fragmentos textiles procedentes de contextos funerarios. El análisis de las fibras, las estructuras y las técnicas utilizadas aportó nuevas evidencias sobre la existencia de una tradición textil regional de larga trayectoria.

La llegada de los españoles durante el siglo XVI introdujo modificaciones profundas en la producción textil de los territorios andinos. Se incorporaron nuevas herramientas, como el telar a pedal, materias primas como la lana de oveja y otras formas de organización del trabajo. Los obrajes y los chorrillos se convirtieron en espacios fundamentales de la economía colonial. Allí se elaboraban paños, frazadas, bayetas, jergas, ponchos y distintos productos destinados al consumo y al intercambio comercial.

La producción textil de la región del Tucumán también participó de circuitos económicos que trascendían sus fronteras. Los tejidos de algodón y lana circularon hacia distintos centros comerciales, mientras que Potosí, con su actividad minera, constituyó uno de los principales espacios de demanda. Es decir, cientos de tucumanos y tucumanas vivían de su trabajo manual con el hilado y tejido de distintos productos durante varios siglos.

Sin embargo, las transformaciones introducidas durante la colonización no significaron la desaparición de los conocimientos textiles anteriores. Como explica Sulca, los conquistadores no consiguieron controlar completamente la significación cultural de los tejidos ni de la tradición andina. Detrás de las modificaciones en las herramientas, las fibras y los procedimientos, sobrevivieron técnicas y saberes que continuaron transmitiéndose dentro de las comunidades.

Esa convivencia entre elementos heredados y nuevas incorporaciones constituye una de las claves para comprender la producción textil actual del Valle Calchaquí. La tradición no permaneció inmóvil. Se transformó, incorporó materiales y adaptó sus procedimientos, pero conservó conocimientos que siguen distinguiendo a la producción vallista.

El tejido tiene su propio lenguaje. No se trata solamente de las figuras que pueden reconocerse en una pieza, sino también de las técnicas utilizadas, la disposición de los diseños, las texturas y la elección de los colores. Para las comunidades tejedoras, el textil mantiene una relación estrecha con el territorio y con la cosmovisión andina. Es una forma de expresión que vincula a quien teje con la tierra, sus antepasados y las personas que recibirán la prenda.

Otro aspecto central de la investigación es el proceso de recuperación y revalorización del tejido que se viene desarrollando desde 2010. Olga observa que las comunidades comenzaron a reconocer nuevamente el valor de esta producción como parte de su identidad originaria: “Una de sus materialidades que mantienen su identidad y que llevan a identificarse como comunidad originaria es el tejido. Este es el elemento que les permite representarse y darse a conocer como miembros de comunidad originaria” dijo en entrevista para este artículo.

El tejido, entonces, no solamente conserva una técnica: también permite que una comunidad se reconozca y se represente culturalmente. Para el caso, Tucumán avanza en esta reconstrucción y búsqueda de iconografía propia: “El desafío en el que trabajan los tejedores y tejedoras ahora, es en el de encontrar aquellos elementos visuales que permitan distinguir el tejido tucumano de las producciones de Salta, Catamarca y otras regiones. Para ello, la arqueología y el estudio de materiales como la cerámica permiten recuperar registros iconográficos que se fueron perdiendo. Es la arqueología la que nos puede dar datos, porque materiales como la cerámica son los que nos permiten rescatar la iconografía”

Hay símbolos vinculados con la cultura diaguita-calchaquí, como el suri, el cóndor y la serpiente bicéfala, que las tejedoras reconocen y comienzan a incorporar conscientemente a sus diseños: Ellos son conscientes de estos significados y lo plasman en el tejido”.

Tafí del Valle y el caso del poncho tafinisto

Un claro ejemplo de esta recuperación de la iconografía de la zona, es lo que han hecho desde el grupo de tejido “Warmipura” (rescatado del Quechua, que significa “entre mujeres”). Este grupo de 6 mujeres y 1 varón nace y sobrevive en el corazón de Tafí del Valle. Sus integrantes son Julia y Maira Cruz, María y Julia Reyes, Silvina Herrera, e Irene y Mauro Guanco. Quien nos cuenta todo sobre su proyecto más exitoso y (ambicioso) es Maira Cruz, una tejedora de 35 años que ha decidido volver a su amado Tafi del Valle hace algunos años, y rescatar los conocimientos ancestrales de su abuela. 

“Yo sabía el poder de los textiles en el valle, pero acá había una poca valorización de todo esto que es una base de nuestra identidad” dijo para eltucumano.com

En su trabajo, buscaron recuperar pequeños elementos de esa simbología. Menciona, por ejemplo, el puma, asociado con la sabiduría y la protección. Este animal fue el protagonista de su proyecto, el poncho tafinisto: “Los ponchos no eran algo para vender, era algo que te hacía, por ejemplo, tu abuela, así te proteja cuando vayas al campo. El proyecto tomó impulso a partir de que presenciamos el concurso del poncho santamariano y del intercambio con otras tejedoras, las ‘Tinku’. Decidimos ponernos a la espalda este proyecto, presentar este modelo a la municipalidad de Tafí”, así fue como este grupo se hizo con la fama de haber creado un hermoso diseño que represente al Puma: el beige o marrón por su pelaje, el negro y amarillo por sus ojos.

En ese proceso fueron fundamentales los conocimientos de distintas integrantes y maestras tejedoras. Maira menciona a Silvina Herrera, que tenía experiencia en telar de pie y telar criollo, y a Irene Guanco, a quien identifica como telera contemporánea. También destaca a Basilia Rodríguez, Clotilde Romano de Las Carreras y Justiniano Arjona, de La Ovejería, como referentes que compartieron sus saberes y acompañaron el proyecto de fuerte valor simbólico y patrimonial.

Retomando a Sulca, cuando ella vuelve y revuelve la historia patrimonial que diferencia el tejido Tucumano, ella menciona en su libro que uno de los elementos que permite comprender esta dimensión simbólica es el llamado hilo zurdo o “Lloq’e”. Se trata de un hilado realizado en sentido inverso al habitual, al que se atribuye una relación especial con la Pachamama. Su utilización está vinculada con prácticas de protección y con determinados momentos ceremoniales. En los Valles Calchaquíes se conserva especialmente durante agosto, el mes dedicado a la Madre Tierra, cuando se lo utiliza para confeccionar pulseras de dos colores, blanco y negro.

Este hilo representa algo más que una particularidad técnica. En la tradición andina funciona como un intermediario entre los seres humanos y las deidades, y se relaciona con la protección frente a aquello que puede afectar la vida. También los colores conservan conocimientos transmitidos a través del tiempo. Antes de la generalización de las anilinas, los tintes se obtenían de plantas, animales y minerales. El airampo, el achiote, la chilca, el molle, el jume y el algarrobo formaban parte de un repertorio de recursos naturales utilizados para obtener diferentes tonalidades.

La preparación de los tintes requería reconocer las propiedades de cada especie, conocer las cantidades necesarias y comprender la relación entre el agua, los mordientes y los materiales utilizados. Parte de esos conocimientos continúa vigente. Algunas tejedoras todavía recurren a la jarilla para obtener amarillos, a la cáscara de nuez para conseguir distintas tonalidades de marrón y al hollín para producir colores más oscuros. Es el caso de las tejedoras de Warmipura, quienes usan tintes naturales en muchos de sus procesos. “Tejer este poncho nos toma alrededor de un mes. Tenemos distintos procesos pero hay hilado, teñido, tejido”.

El proceso de producción también conserva herramientas y procedimientos tradicionales. Para hilar se utiliza el huso de madera, conocido como “pushkana”, acompañado por el tortero o “mulluna”. Los telares de cintura y los telares horizontales de cuatro estacas, de tipo criollo, también forman parte del instrumental que continúa utilizándose en la región.

Cada herramienta, cada procedimiento y cada elección de materiales forman parte de un conocimiento que no siempre se encuentra escrito, pero que permanece en la práctica cotidiana de quienes tejen. Y pese a que la tradición parecía destinar el telar al olvido, tanto Maira como Olga coinciden en una teoría: el tejido se saltó una generación. La ultima dictadura militar y los procesos neoliberales de la década del 90, llevaron a una fuerte migración de los jovenes del Valle hace más de 3 décadas. Muchos de los niños quedaron al cuidado de abuelos y abuelas, mientras los padres se marcharon a trabajar a las capitales. Por ello, hay muchas tejedoras que han aprendido de sus abuelas, y cuyas madres no saben realizar esta acción.

Mientras conversamos con Maira, las manos y pies de Julia Cruz, una de las tejedoras integrantes del grupo, se mueven por el telar criollo formando un paño que pronto conformará un nuevo y elegante poncho tafinisto. El esfuerzo que sus brazos hacen y la lentitud con la que se va ajustando ese paño, parecen alargar en años de vida el tiempo que hay que esperar para conseguir un poncho. Sin embargo, en menos de 30 días, el producto estará listo para su nuevo propietario.

Lamentablemente, durante determinados períodos el tejido dejó de representar una actividad económicamente rentable. La cantidad de horas necesarias para elaborar una prenda, sumada al escaso reconocimiento de su valor por parte de algunos consumidores, dificultó su continuidad.

Un poncho o un cubrecama pueden demandar jornadas enteras de trabajo. A eso debe sumarse la preparación de la materia prima: lavar la lana, desengrasarla, blanquearla, hilarla y, cuando corresponde, teñirla.

El producto terminado es apenas la parte visible de un proceso mucho más extenso, que involucra conocimientos técnicos, experiencia y dedicación. La transmisión de esos saberes también depende del reconocimiento social y económico de la actividad. Cuando una pieza se valora únicamente por su precio, sin considerar el tiempo y los conocimientos que requiere su elaboración, una parte fundamental de su significado queda invisibilizada.

Aun así, el tejido continúa siendo para numerosas familias una fuente de ingresos y una actividad que complementa la economía doméstica. En Amaicha del Valle, zona de investigación de Olga, las tejedoras y los tejedores encontraron en la organización colectiva una herramienta para sostener y fortalecer su actividad. La cooperativa La Pachamama, creada en 1986, constituye una de las experiencias de organización de la producción textil de la zona. A ella se suman otros espacios de encuentro e intercambio que contribuyeron a poner en circulación los conocimientos y las experiencias de distintas comunidades. Uno de los acontecimientos significativos fue el surgimiento del Encuentro Anual de Tejedores y Tejedoras del Valle Calchaquí. Su origen se vincula con una reunión del Comité Nacional de Textiles realizada en Tucumán en 2009, que incluyó una visita a Tafí del Valle. Allí, el intercambio entre artesanas abrió la posibilidad de organizar un espacio propio donde compartir técnicas, experiencias y conocimientos. El primer encuentro reunió alrededor de 120 tejedores y tejedoras pertenecientes a diez cooperativas y asociaciones. Con el tiempo, estos encuentros se convirtieron en espacios de revitalización de una práctica que no solo necesita ser preservada, sino también reconocida y transmitida.

Foto: Olga Sulca

Una de las filosofas que han guiado el trabajo de Olga es Silvia Rivera Cusicansqui, socióloga e investigadora boliviana que acuñó el término Ch’ixi, que remite originalmente a una tonalidad jaspeada, formada por puntos de colores opuestos que conviven sin fusionarse. En su elaboración teórica, expresa la coexistencia de elementos y diferencias que no se disuelven en una síntesis homogénea. El tejido actual del telar tucumano presente en el Valle Calchaquí, demuestra que tradición y modernidad no necesariamente se excluyen. En una misma pieza pueden convivir técnicas prehispánicas, telares criollos, fibras naturales, lanas acrílicas, tintes vegetales y anilinas. Esa convivencia de elementos diferentes también forma parte de la identidad textil de la región.

La investigación de Olga Liliana Sulca permite comprender que los textiles son mucho más que objetos destinados al uso o a la comercialización. Constituyen un patrimonio material e inmaterial en el que se conservan conocimientos, experiencias y formas de interpretar el mundo. En cada trama hay una relación con el territorio. En cada técnica sobrevive una parte de la historia. En cada diseño pueden reconocerse elementos de una memoria colectiva que atravesó la conquista, las transformaciones económicas y los cambios culturales.

Donde el telar se convierte en arte: el taller tucumano que llena de color la faz de trama

Una de las técnicas más presentes en el telar tucumano, es la faz de trama. Esto es lo que realiza y enseña la tejedora Marisa Taborelli, santafesima abrazada por Tucumán hace mas de 3 décadas. Marisa es docente, psicóloga social y tejedora. En sus manos los hilos parecen una extension de esa corporalidad que busca escribir y expresar a través del arte y los diseños que vende y enseña en su taller Sapikuna, en la capital tucumana. 

Para redactar este articulo, asistí al taller especial que Marisa realizó el 26 de septiembre en Tafí del Valle, un taller intensivo de 3 días que atrajo tejedoras de Argentina y Uruguay en un evento que involucró tres extensas jornadas de aprendizaje. Desde su experiencia en la psicología social y en sus estudios que vinculan el tejido a una práctica social, (es autora del libro “La Práctica Textil. Reflexiones sobre su hacer. Un abordaje como docente, psicóloga social y artista textil”), Taborelli se refiere a teje como una experiencia colectiva, y encuentra en el tejido una dimensión social que va más allá de la producción de una pieza. Aunque reconoce que tejer también tiene momentos de introspección y soledad, considera que el aprendizaje compartido construye vínculos profundos.

“En el grupo hay un clic que se hace muy bonito, en donde el otro empieza a ser parte interna de uno mismo. Cuando vos internalizás a ese otro, ese otro pasa a ser significativo, ya no es un otro cualquiera. Por más que le pongas el nombre, ya pasó a ser parte tuya” me explica.

Desde su mirada, las experiencias compartidas en el taller dejan una huella que difícilmente se borre. Las participantes no solamente aprenden una técnica: construyen una memoria común: “Yo te aseguro que ninguna de ellas se va a olvidar entre ellas de la experiencia que han tenido, porque se han internalizado. Eso es un lazo muy fuerte”.

También explica que el aprendizaje de un oficio suele estar ligado a personas afectivamente significativas: abuelos, tías, hermanos o alguien que transmitió ese conocimiento. Por eso, sostiene que todo aprendizaje está cargado de emociones, positivas o negativas: "En todo lo que es manual, en todo el oficio, eso tiene muchísimo peso porque siempre es alguien significativo, muy significativo”. Asi eś como recuerda conmigo a esa tía que le enseñó a tejer con bolsas de cebolla, mientras mira al valle y evoca en su mente esas carpetitas rojas de hilo de plástico que dejaba por toda la casa.

En Tucumán encontró en Marta Forte, artista textil tucumana, a una maestra que marcaría su camino creativo.

Marisa reconoce especialmente su influencia en la incorporación del volumen y el relieve a sus trabajos: “De ella saqué la locura por el volumen. Yo no puedo tejer plano”. Y es que las obras de la artista textil santafesina, dejan a cualquiera totalmente hipnotizado. Guitarras, paisajes, flores, mujeres, hombres, musica, color, muchísimo color. Todo te atrapa y te envuelve en un segundo, imaginando como dos talentosas manos convierten la faz de trama en una obra de arte.

Para quien teje o para quien se enamora del arte textil, el viajar es sumamente enriquecedor pues, además de los artistas de cada localidad, se encuentra con los artesanos y con las técnicas del mundo. En el caso de la fundador de Sapikuna, el encuentro con los tapices de Nani en Salta también fue determinante. Aquella experiencia despertó en ella el deseo de profundizar en una técnica que hasta entonces no encontraba quién le enseñara en Tucumán. Marisa recuerda especialmente su experiencia en Perú, donde descubrió una paleta cromática que transformó su producción: “Yo antes de ir a Perú trabajaba muy en monocromo, mi paleta de colores era muy básica y muy apagada. Cuando voy a Perú me explotó el color. Así fue. Una cosa impresionante.

También relata experiencias en Marruecos y Turquía, donde tuvo la oportunidad de sentarse frente a los telares y compartir el trabajo con artesanos locales, incluso cuando existían barreras idiomáticas: “El nudo ya lo sabía, pero no es lo mismo hacerlo por hacerlo que hacerlo sentada junto a la persona que es parte genuina de esa técnica”

En sus recorridos por Chile también pudo reconocer similitudes entre los sistemas de tejido y diferencias en el tratamiento de los materiales y las fibras. Para ella, cada encuentro representa una oportunidad de aprendizaje, siempre desde el respeto por quien posee y transmite el conocimiento: “Yo siempre digo que los telares me llaman a mí, que yo no los busco, sino que ellos me encuentran”.

Sin embargo, pese a su docencia en Tucumán y alrededor del mundo, Taborelli reconoce que es importante tener en cuenta no caer en la apropiación cultural o en un academicismo puro que borre el paso de quienes traen técnicas de manera ancestral. Recuerda así un encuentro con mujeres de Santa María que habían participado de una clase para aprender la técnica del tejido wari. Al advertir que ellas ya conocían el procedimiento, les hizo una observación que sintetiza su postura: “Yo no te estoy enseñando. Vos estás validando conmigo lo que vos sabés. Porque vos lo sabés. Simplemente necesitás que otro te diga que vos lo sabés”

También recuerda una conversación con integrantes de una comunidad mapuche en Chile, cuando preguntó por el significado de determinados símbolos textiles. La respuesta que recibió fue contundente: no encontraría esa información escrita porque la comunidad había decidido proteger esos conocimientos para evitar que fueran apropiados o utilizados indebidamente: “Vos, por un lado, decís: ‘Pucha, se pierde’. Pero, por otro lado, decís: ‘Está bien, es un resguardo’. Hay mucha traición a las comunidades, a los artesanos”.

Su reflexión sobre el respeto por los saberes también aparece cuando habla de la randa tucumana. N Marisa me contó que decidió aprender esta técnica porque consideraba que vivir en Tucumán y desconocer una expresión artesanal de la provincia era una falta de respeto. En un encuentro de artesanos llevó algunos de sus tapices y también una pieza de randa para mostrar el trabajo textil de su lugar de residencia.

Allí surgió una discusión sobre cómo debía denominarse técnicamente la labor: malla o red. Desde el punto de vista técnico, explica que existe una diferencia entre ambas denominaciones. Sin embargo, sostiene que no le corresponde corregir a las artesanas que aprendieron a llamar malla a esa técnica de generación en generación: “La randera le dice malla. ¿Y quién soy yo para cambiarle el nombre?”.

Después de dieciséis años de talleres, Marisa ha visto pasar a numerosas personas que llegaron sin conocimientos previos y permanecieron durante años. Algunas llevan ocho, catorce o incluso dieciséis años asistiendo. En ese recorrido observa que no todas llegan por los mismos motivos. Algunas buscan aprender a tejer; otras encuentran en el taller un espacio de socialización y otras necesitan una actividad que les permita desconectarse de las exigencias cotidianas: "Hay mucha gente que necesita esa descarga, esa concentración, esa bajada a tierra para sacarse el estrés de la misma profesión”.

Podemos pensar en los testimonios de Olga, de Marisa, y de Maira, como los de una académica, de una artista y docente, y de una tejedora. Ninguna de las tres tiene una intención o un sueño distinto: reivindicar el valor que tiene aquello que se produce con las manos, y que habla mucho más allá de lo obvio. El telar conserva tradiciones antiquísimas, conserva amores de abuelas, de madres, de padres, conserva técnicas y habla de resistencia, de resiliencia y de transformación. Quizás, es posible pensar en las tareas de conservadurismo que, desde políticas publicas y apoyo de quienes puedan y deseen adquirir los productos se sostienen con el tiempo, para incentivar a mas personas a hacer uso de su tiempo en aprendizaje del tejido, del telar, de la faz de trama, de la faz de urdimbre. Solamente teniendo el respeto y el amor necesario por el puyo de la abuela, por el telar que cuelga en esa pared, por ese poncho artesanal que reposa en un armario, y por sobre todo, por quienes tejieron el pasado, será posible pensar en una trama que tejamos todos con miras a un futuro posible.


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