Se crio en una funeraria, protagonizó la primera entrevista a José Alperovich como gobernador y ahora es la falla de la Matrix que la rompe en la televisión. Kikín Díaz al desnudo: República del Tucumán, la fama, el humor y el secreto que lo convirtió en una celebridad para las Doñas de la provincia. Por Exequiel Svetliza
La imagen aterrorizaría a cualquier niño de cinco años, pero el pequeño Enrique no siente miedo. Acaba de despertarse de una siesta y lo primero que ve es un bosque de ataúdes que lo rodean. Los hay de todos los tamaños y colores. Féretros ostentosos, austeros, pulcros y brillantes. Cajones nuevos, en hilera, a la espera de que la muerte los estrene. Despertarse en la sala velatoria de la empresa funeraria familiar donde trabaja su mamá se ha vuelto una costumbre de la que no reniega. Se ha criado entre llantos y rituales de despedida y ese podría ser también su destino: la noble y solemne tarea de acompañar a las personas en sus momentos más difíciles. Pero, cuando la vida le presente la encrucijada, elegirá el camino de las risas. Las luces, el show, los aplausos y lo más parecido a la fama a lo que se puede aspirar en este infierno chico de egos en danza. Entre aquel niño tímido y este Kikín Díaz que se reconoce como el único gay visible en la televisión tucumana hay toda una historia; una intensa parábola vital donde ese changuito que creció rodeado por la liturgia del luto se transforma en el carismático embajador de la alegría que encandila a las Doñas a través de la pantalla de Canal 10.
“Mi familia tiene una empresa funeraria y yo me crie ahí. Cuando no iba la chica que me cuidaba y no me podía dejar con alguien más, mi mamá me llevaba. Ella, con los sillones de la sala velatoria, me armaba una camita en el piso y yo dormía ahí… Abría los ojos y, cuando miraba para arriba, veía cajones y más cajones… pero no me daba miedo. Ni los ataúdes ni la sala”, relata el comunicador de 37 años cómo fue esa relación temprana y familiar con la muerte durante la más tierna infancia: “Ahí ves pasar gente gritando y llorando a los gritos arriba del cajón, peleas de matrimonios o, lo más común, con alguna ex mujer que aparece, hijos que se pelean por la herencia o que se recriminan cosas, se arrancan los pelos y viene la policía o alguno que se desmaya…Es muy ‘Esperando la carroza’ lo que pasa en los velorios… Por lo general, es una energía como de silencio, como de un momento muy sagrado”.
Todo velorio es un ritual y, como tal, un acto performático. Al igual que un actor o un performer cualquiera, un empleado de funeraria trabaja en el terreno fértil y siempre desconcertante de las emociones humanas. “Cuando trabajás en una funeraria, trabajás todos los días con el dolor de la gente. Vos sabés que el cliente que cruza la puerta viene en el peor día de su vida porque ha perdido a un familiar o a un ser querido…O sea, trabajás con la emoción más dura y más triste de la gente. Y trabajar ahí es trabajar con esa energía… Tu trabajo consiste en contener, en abrazar, en cuidar, en ofrecer una solución y un servicio en ese momento terrible”, cuenta entre cafés y facturas. Quizás fue ahí, en ese contacto cercano con la humanidad descarnada del dolor, que decidió que las emociones ajenas serían su materia prima, pero otro tipo de emociones: “Inconscientemente, elegí romper el legado familiar y elegí un camino donde yo, en la tele o el teatro, trabajo con gente que quiere divertirse… O sea, me gusta esa energía. La gente que cruza la puerta de un teatro lo hace para ver si se puede emocionar, pero va por ocio o por diversión. Yo trabajo donde los otros se divierten y trabajo con emociones positivas. La gente me dice: ‘vos trasmitís comicidad, humor, alegría, esas cosas’… Me gusta más el lado positivo de la vida, sino estaría trabajando detrás de un escritorio recibiendo a gente que se lamenta. Creo que, consciente o inconscientemente, he buscado un camino por fuera de eso… Elegí el camino difícil, el del monotributista y el de Elige tu propia Aventura”.
Desde muy pequeño empezó a cultivar el gusto por el humor a través de la lectura de los libros de Pepe Muleiro y aprendiéndose los chistes que escuchaba en “Café Fashion”, el programa televisivo que reunía a comediantes de la talla de Daniel Aráoz, Chichilo Viale, El Negro Álvarez y Norman Erlich y a personajes como el Doctor Tangalanga y el Profesor Lambetain, entre muchos otros. Como se destacaba por su capacidad para leer de corrido y no se intimidaba ante el público, las maestras comenzaron a convocarlo para participar de los actos escolares. “En ese entonces no sentía ni que eso podría ser una carrera ni que tenía talento ni nada. Simplemente, sentía que lo hacía, me gustaba y lo disfrutaba. Y después como que me di cuenta de que a eso lo tendría que haber capitalizado”, revela.
Pero si había una vocación incipiente, esa siempre fue la de comunicar. Con apenas 14 años y cuando todavía era más Enrique que Kikín, protagonizaría un hito inesperado en su carrera periodística como parte de la primera entrevista que se le hizo a un José Alperovich que acababa de ser elegido como Gobernador de Tucumán.
Estamos en los primeros días de noviembre de 2003 y José Alperovich acaba de asumir como primer mandatario provincial para suceder en el cargo a Julio Miranda. El flamante gobernador, la persona más buscada por la prensa de Tucumán, está sentado en el piso de su despacho de Casa de Gobierno jugando con una de sus nietas. Así lo encontrarán los alumnos del colegio Peter Pan Enrique Díaz, Carla Díaz, Paula Marcoux y Manuel Cruz; el cartonero abanderado que había conmovido a todo el país cuando su historia de superación se volvió noticia nacional. Un emergente de aquel país empobrecido que buscaba dejar atrás la crisis política y social de diciembre de 2001. Los adolescentes, de entre 13 y 14 años, son los protagonistas del programa de cable “El futuro en nuestras manos”, que se transmite por el canal 5 de ATS y que ha surgido como resultado de un taller de periodismo que coordinaba Lucía Lozano en el colegio. Ese fue el primer casting que le tocó afrontar a Kikín en toda su vida y esa sería la primera entrevista que concedió Alperovich ya ungido como gobernador.
“Todavía no me percibía como una persona con cierta impronta. Sí me gustaba la tele y me gustaba el periodismo, por algo me había presentado al casting del programa y me eligieron. Lo más loco de ese programa que hicimos durante dos años fue esa experiencia de entrevistar a Alperovich cuando asumió en 2003. Me acuerdo que salimos en el diario porque el niño abanderado había entrevistado al gobernador. Recuerdo que estaba distendido, tirado en el piso jugando con su nieta, que era bebé en ese momento… esa foto después fue la tapa del anuario de La Gaceta del 2003. Eso ha sido como trascendental porque, de pronto, haciendo lo que hacíamos, que era un programa que no lo veía nadie, teníamos a todos los medios entrevistándonos porque éramos los jóvenes que habían hablado con el nuevo gobernador. Ahí me dije ‘me gusta esto de los medios’. Entonces, cuando terminé el secundario, me metí a estudiar comunicación en la UNT”, cuenta.
Cuando ingresó a la facultad, Enrique quedó en el pasado y comenzó a presentarse ante el mundo como Kikín, el apodo con que lo bautizó una prima y que fue durante años su nickname en las entonces novedosas plataformas de chats de los comienzos de internet: “Cuando la gente me dice ‘¿cómo te llamás?’ Yo digo Kikín. En el proceso identitario yo ya lo asumo con mi nombre. Si alguien me dice Enrique en la calle, difícil que me dé vuelta… o es alguien que me conoce desde chico o algún familiar, pero no respondo a ese nombre casi. Kikín es un nombre artístico, pero es mi nombre. La gente me conoce así y así soy”.
Mientras cursaba la carrera de comunicación, apareció en su horizonte profesional una actividad que se convertiría en otra de sus grandes pasiones: la actuación. “Cuando estaba en segundo año de la carrera me invitan a hacer teatro y voy, así como quien va a probar, porque la primera clase era gratis. Empecé a hacer teatro, lo descubrí, me picó el bicho y no lo solté más. Empecé a hacer talleres y después quedé en un casting y pasé a hacer teatro independiente. En el 2010 entré en el grupo La Vorágine y ellos me llevaron de gira a México a Chile y a Mar del Plata… Pienso que, si hubiera hecho teatro de chico, capaz que me dedicaba al teatro y no a los medios”.
Después de distintas experiencias en la radio y como productor de un programa televisivo de modas, llegó uno de los momentos de mayor popularidad de su carrera: República del Tucumán. Su participación como conductor en el ciclo humorístico que se transmitía por CCC y, después, como actor en la serie web El porrón del mal, donde interpretaba al hermano de Pablo Escobero, lo volvió una cara reconocida por el público en un fenómeno que trascendió los límites de la provincia: “En el 2009 entré en República de Tucumán. Entonces estaban Miguel Martín y El Mocho Viruel y entré yo para conducir. Ese fue un momento de mucha visibilidad televisiva, la gente me reconocía y me decía ‘vos sos el chico de República del Tucumán’. Hoy quizás me pueden conocer por distintas cosas que hice, pero en ese momento la gente nos pedía fotos. En Salta y en Jujuy me acuerdo que a Miguel Martín se lo querían comer las señoras en la calle… era como que venía Luis Miguel… Nos pedían fotos y autógrafos. Me acuerdo que firmaba y no sabía bien qué poner, no sabía si firman como Gonzalito, el personaje de El porrón del mal, o como Kikín… era una locura”.
Kikín en los tiempos de República del Tucumán.
“Siempre estuve en la tele y en los medios desde muy chico y para mí eso siempre estuvo muy unido con el teatro. O sea que para mí es muy natural el paso de un medio a otro. Yo me siento cómodo con una obra, me encanta ensayar, me gusta el ámbito teatral independiente, el teatro musical… me encanta cantar, bailar, actuar, el show… Y al mismo tiempo, cada vez que se prende la cámara, lo doy todo. El mismo ángel que pongo en el escenario, lo pongo en la cámara. No lo veo como cosas separadas. El mayor desafío de la tele es sostener el vivo, como en el teatro, hay que sostener algo para que no se caiga y se convierta en un bodrio… Para mí, si no es divertido, prefiero no hacerlo. Yo me divierto y la gente también se divierte”, destaca.
En plena pandemia, llegó otro de los grandes hitos de su carrera televisiva: su participación en el programa de juegos “Un domingo jugado” donde arrancó como asistente y terminó ganándose un lugar como co-conductor del ciclo: “En realidad, me habían llamado para hacer de Susano, para sacar los numeritos… conducía Mariana Soler y yo estaba al lado de la cuponera, giraban los cositos y yo tenía que sacar y mostrar el número. Pero, como yo tenía micrófono, había como un ida y vuelta con Mariana. Empecé al lado de la urna y terminé al lado de ella. Fue muy generosa ella también porque yo era el chico de los cupones y, de pronto, estaba al lado de ella, mano a mano, sosteniendo el aire. Era el segundo año de la pandemia y la gente, por miedo o por costumbre, no salía tanto. Entonces, cuando la gente estaba en la casa, prendía la tele. Era domingo por la tarde, estaba toda la familia frente al televisor, y nos veían mucho. Fue como un boom de popularidad”.
En enero de este año Kikín empezó a hacer móviles en la mañana de Canal 10 y en junio se sumó al piso del magazine matutino “Entre nos” que conduce Guido Sebastián Ferreyra de 9 a 10: “Me sumé al piso del programa para conducir y fue increíble la respuesta de la gente... me han llegado a llevar cosas a la puerta del canal… Una mañana que dije ‘Ay, qué lindo que está este frío para comer una empanadilla’ y después desde la portería del canal me dijeron que una señora me había llevado tres empanadillas. La gente que está del otro lado del televisor escucha todo lo que uno dice y medio que sigue la novela de tu vida… Si dijiste que estabas medio resfriado, te preguntan si ya estás mejor… O te quieren regalar cosas”.
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Es sábado por la mañana y Kikín recorre con una amiga las ofertas de la populosa feria de Campo Norte. De pronto, una señora lo mira fijo, entre incrédula y fascinada, para después acercarse y peguntarle:
- ¿Qué hace usted acá? ¿Usted no es el de Canal 10?
Kikín, el chico de la tele, el que es pura gracia y simpatía, el que cautiva a las señoras que han hecho del televisor su compañía de cada mañana. Como Sandro con sus nenas, pero sin apelar a la sexualización de su figura, logró convertirse en una especie de fetiche de las Doñas que no le ocultan su cariño y devoción.
“La gente no podía creer que yo estaba ahí sólo por el hecho de que me ven en la tele…La gente se imagina que todos los que trabajamos en la tele, primero, somos millonarios. Y segundo, que esto que vivimos es todo un mundo de fantasía, como en la tele. Y no, también nos cuesta llegar a fin mes, no estamos maquillados todo el día… también voy al almacén y a la verdulería como cualquiera. Siempre digo que soy un ciudadano de a pie, un vecino más…Siempre me detengo y saludo, sobre todo, si son señoras grandes, mis nenas… las saludo y las escucho, a veces, las personas solo necesitan de alguien que las escuché un minuto.... o que les mande saludos en el programa. Yo me enorgullezco de que el 75% de mis seguidores son mujeres, sé que el público con quien más empatizo es con el público femenino y ellas me ven, me siguen y me apoyan”, comenta el conductor.
-¿Crees que existe la fama en Tucumán?
-Realmente, no creo que exista esa cosa del famoso en Tucumán, hay farandulita. Hay personas que son conocidas o reconocidas, pero famosos no. Famosos pueden ser sólo unos cuantos, como Gladys La Bomba, Miguel Martín y algún otro, ya sea vivo o muerto, pero que no trabaja acá… como el Paz Martínez, que es un tucumano famoso y es un gran cantante y compositor que compuso para Madonna. A lo sumo somos gente conocida… Hay momentos donde quizás explotás, la gente te ve, te saluda y parece que sos lo mejor que les pasó en la vida. Este año me ha pasado que nunca había hecho la primera mañana en la tele y es otro público; un público más grande y que está firme y te siguen todos los días. O sea, si vos decís ‘hoy me duele la garganta’, mandan mensajes al programa preguntando si estás bien. O sea que están muy atentos de lo que de lo que nos pasa.
-Al parecer los famosos tucumanos son como las brujas: no existen, pero que los hay, los hay. O tal vez no hay famosos, pero sí mucha gente que se cree famosa…
- Hoy con las redes sociales hay como otro componente: mucha gente a la que le va muy bien en redes, pero si camina por la calle la gente no sabe quién es. Lo que pasa es que editados todos somos buenos conductores y todos somos graciosos. O sea, si vos te grabas en un TikTok y cortás y dejás las mejores tomas y la parte donde has sido más gracioso seguro vas a tener un contenido bueno. Pero el vivo es lo difícil, el escenario es lo difícil porque eso no se puede editar. La mentirita de las redes es que nos editamos y dejamos lo mejor para que la gente se ría. Y después la gente te ve en la calle y dice ‘che, pero el de los videos graciosos al final no era tan gracioso’. O sea, no era tan divertido como se lo ve en las redes. Capaz que crees que sos famoso porque tenés una gran cantidad de seguidores, pero te pueden seguir cuatro millones de personas y acá en Tucumán no te conocen. Esa es la trampa. Subirse al poni es pensar que ya está, ya llegaste. Ahí es cuando solo te encerraste en esa trampa.
Las modas pasan y los programas se terminan. De hecho, el fenómeno que estamos viendo ahora es que a muchos de los influencers que se han hecho famosos en pandemia la gente ya no los consume tanto porque les trae el recuerdo de algo negativo que fue la pandemia y como que los fue abandonando. Además, por hora, por minuto, salen mil más que hacen lo mismo y son más graciosos y más divertidos. Entonces existe una híper competencia.
-Y vos cómo manejás el tema de la exposición…
- Eso es algo de lo que se ha dicho mucho… la soledad del artista, que es algo que lo vive mucha gente de teatro y los que están en la tele. ¿Qué pasa después de que salís de un lugar y la gente te pide fotos y autógrafos y que le grabes un saludo? Después de recibir tanto cariño, tanto amor… después del aplauso del público en el escenario y de esos destellos de popularidad que tenés viene el silencio. Y el error es pensar que esa es tu vida porque después volvés a tu mundo cotidiano, a tu casa, a tus problemas, a tus dramas que te siguen esperando ahí. Entonces, si vos pensás que es todo flash, luz, ovación y elogio gratuito y decir: ‘¡wow, qué genio!’. Esa es la trampa, creerse el canto de la sirena, de que sos eso porque sos eso y un montón de otras cosas… sos padre, sos hijo, sos hermano, sos un buen o mal amigo… Hay gente que necesita como estar siempre en el ruido porque no se banca el silencio, como que el silencio lo abruma. Yo me recargo con la energía que me deja el teatro, hay veces que no te podés dormir después de haber estado con 300 personas en un show. Pero después necesitás un momento de silencio. Ahí, obviamente, el refugio son mis amigos de toda la vida, el afecto, la casa, el silencio. O sea, un lugar donde uno desenchufa de toda esa locura.
Hay amigos que me dicen: ‘¿Vos no te cansás de saludar gente?’ Por ahí voy al centro y saludo dos o tres personas por cuadra. Yo estuve del otro lado, esperando afuera del teatro que salga algún artista, y no da que pases con mala cara o no te detengas un rato a saludar. A mí eso me recarga. Siento que es como un fuego, que tengo mucha de esa energía, pero, para tener mucha de esa energía, también tengo mis momentos de silencio, de tranquilidad. Bajar diez cambios, estar en paz, creo que es la única forma de compensar.
-Escribís sobre temas vinculados a la agenda del colectivo LGTB y sos un activo militante de la diversidad sexual. Pero, además, me dijiste alguna vez que te reconocés como el único gay visible en la televisión tucumana en la actualidad ¿Por qué no hay otros?
- No quisiera sacar a nadie del clóset porque entre el resto de las personas que están en la tele por ahí hay muchos que sí lo son, pero que lo son muy solapadamente o muy veladamente, de una forma que no se note tanto o lo más cercano a parecer heterosexual. Yo creo que es una costumbre heredada y, como la tele es de los medios más viejos donde sobreviven costumbres que son vetustas y anquilosadas, por ahí es medio jugado hacerlo. Por ejemplo, decir que alguien es fachero es lo que está habilitado para un heterosexual para poder elogiar la belleza de otro hombre. Desde que hago tele, jamás me tuve que guardar un elogio. Si un varón me gusta, si es lindo, digo que es lindo… Si me gusta Maluma, digo ‘uy qué rico Maluma, ojalá me diera bola’. Y me permito al aire también hacer esos chistes en la misma sintonía que lo podría hacer una mujer. O a la inversa, cuando los varones hablaban de las mujeres. Yo tengo la libertad para hablar y para hacer los chistes al aire y que la gente se divierta. Yo me divierto sin necesidad de ocultarlo o de tratar de parecer hetero… no voy a elogiar a una mujer sólo para que la señora que está en su casa piense que soy heterosexual o que tengo esposa, o que tengo hijos… no voy a vender la imagen de una familia tradicional.
-Pero te lo has llegado a plantear como un problema a la hora de pensar en tu carrera profesional en los medios…
- Me fui dando cuenta de que ser mariquita y estar en la tele no es lo más común. Soy visible, la gente me ve difundir la Marcha del Orgullo, conduzco la Marcha del Orgullo, participo en actividades, voy a manifestaciones por los Derechos Humanos, por la educación pública... O sea, estoy en la calle y soy visible en la militancia y en la lucha. No tengo vergüenza de decirlo en mis redes ni de compartir la consigna Cristina Libre. No lo oculto, no lo tengo en el closet para que nadie sepa que apoyo la libertad de Cristina Kirchner porque capaz que, si lo digo, no estaría en el lugar en el que estoy. Nunca ha sido un tema ni un problema ni me lo han planteado.
Pero sí me doy cuenta, viendo el estado en que están los medios, de que esos no son lugares que la televisión elija romper ni problematizar. Entonces, los gays que están, suelen estar velados, no viven la identidad como una identidad política. Yo elijo vivir con orgullo eso que soy. Y eso que nosotros, los gays, los mariquitas, somos los que estamos más cerca de la norma; somos los más normalizados de todo el colectivo LGBT porque podemos ir a la universidad, tenemos trabajo… Si sos gay blanco, por ejemplo, podés acceder a un montón de privilegios. Yo estoy en un programa de tele, pero detrás de mí hay un montón de lesbianas, travestis, personas no binarias y trans que no van a tener ese lugar en la tele. Yo no sé si seré una falla de la Matrix que pasó. Entonces, pasé el control, pasé del otro lado y no se dieron cuenta.
Yo me divierto y disfruto de haber llegado porque sé, como me ha pasado a mí cuando era chico que veía la tele y encontraba referencias en Gasalla y en algunas mariquitas famosas, que acá en y en muchos lugares del interior, hay un niñito mariquita mirando la tele y diciendo ‘si esa mariquita puede, yo también puedo’. O sea, como que te habilita mundos posibles. Hasta que no ves a alguien como vos en los medios, no sabés que se puede.