Federico Gómez Moreno reúne un conjunto de crónicas que retratan la vida carcelaria en Tucumán en su libro “Total interferencia”. Cómo es la realidad que se oculta detrás de los muros de las instituciones penitenciarias, ahí donde la mayoría prefiere no mirar: “Hay que volver a una ética del sentir”. Por Exequiel Svetliza.
Interior del penal de Villa Urquiza. Foto: Pablo Toranzo en https://www.infobae.com/
¿Qué historias se ocultan tras los muros de una penitenciaría? ¿Cómo transcurren los días ahí donde la vida es pensada como un castigo? ¿Cuáles son las palabras que nombran el encierro, el estigma y la condena social? Para Federico Gómez Moreno la cárcel es un síntoma social, pero un síntoma que la mayoría elije no mirar. O que prefiere ver a través de las pantallas como un show morboso; una bacanal de violencia y barbarie que sólo confirma los estereotipos y prejuicios de una sociedad. Lejos de la fascinación espectacular por el universo presidario que proponen las series y la ficción mediática, el libro “Total interferencia. Crónicas carcelarias” acerca una mirada profundamente humana ahí donde la deshumanización es moneda corriente. El desafío de trasponer las rejas no sólo para ir al encuentro de historias, rostros y cicatrices invisibilizadas, sino como una experiencia que genera preguntas tan incómodas como necesarias para pensar las cárceles en Tucumán.
Federico Gómez Romero tiene 38 años, es psicólogo clínico egresado de la UNT y maestrando en criminología (UNQ). Actualmente es Coordinador Educativo del Instituto de Investigación y Educación en Contextos de Encierro (IECE-FyL-UNT) y desde 2015 que indaga en la problemática carcelaria como parte de su trabajo en distintos programas, tanto del Ministerio de Educación como del Ministerio de Seguridad. “Total interferencia. Crónicas carcelarias”, la obra publicada este año por la editorial local Monoambiente, reúne una serie de historias que dan cuenta de esa experiencia. “Es un libro que se ha escrito desde el enojo y desde el dolor también”, confiesa.
Federico junto a la editora y la presentadora del libro.
Las crónicas reunidas en el libro han surgido del newsletter “Total interferencia”, una publicación digital periódica donde Federico iba volcando distintos relatos sobre la experiencia carcelaria. Esos textos se fueron gestando como libro en el marco de los talleres de escritura que dicta la editora María José Bovi: “Ha sido un espacio súper importante porque es donde he podido canalizar todo lo que estaba pensando, sintiendo, viendo y escuchando con respecto a lo que pasa ahí adentro de la cárcel. Es un libro crudo de a momentos, y que también intenta generar algunas herramientas para pensar la salud mental, la subjetividad, los cuerpos, las instituciones, las políticas de seguridad y las políticas criminales… Creo que es un libro que intenta generar una conversación incómoda sobre un tema que es incómodo porque, a veces, se parte de la certeza de que la cárcel es una respuesta y la solución a algo y la verdad que hoy no lo es”.
-¿Cómo surge el interés por conocer y retratar la vida en la cárcel?
- De niño recuerdo que la idea de quedarme encerrado en un ascensor me daba muchísimo miedo y claustrofobia. Siento que un temor y un respeto inicial a la situación de encierro y al no poder mover el cuerpo con la libertad ambulatoria. Además, en la facultad he pasado mucho tiempo en proyectos del Ministerio de Desarrollo Social y he trabajado muchos años en los barrios El Sifón y Los Vázquez. Ahí en los barrios nos pasaba que los niños iban creciendo, se volvían adolescentes y después se hacían más grandes y empezaban a caer en cana y a llegar las comisarías. Entonces nos acercábamos a las comisarías con los trabajadores sociales de distintos programas que había en ese momento a ver qué les pasaba a esos pibes. A veces, esos pibes salían de la comisaría y, otras veces, no ¿Y después a dónde iban? A la cárcel. Y nadie sabía lo que pasaba ahí adentro, eso me ha generado un interrogante. Después, me llamaron del Ministerio de Educación para coordinar un equipo de tutores socioeducativos y en 2015 entré a trabajar en el penal de Villa Urquiza.
-¿Qué prejuicios de los que circulan socialmente respecto de las cárceles y de las personas privadas de su libertad pudiste confirmar o desmontar a partir de tu experiencia?
- Quizás uno de los prejuicios más grandes que hay es que los presos no estudian. A partir de los talleres de escritura que pude dictar en distintos institutos penitenciarios pude comprobar que los presos también escriben, que estudian, que se forman… Los presos se organizan y tienen una modalidad de subsistencia con un lenguaje y estrategias propias que, cuando logran no ser nocivas, son muy interesantes. Esa experiencia es lo que me ha permitido romper con una postura más radical en relación al abolicionismo también porque creo que la cárcel, tal como existe ahora, se tiene que destruir. Pero creo que eso tiene que ser un proceso paulatino porque hoy sería un quilombo. Entonces, mientras tanto, hay que regular. Y cuando digo regular, lo que estoy diciendo es que hay que intervenir porque están pasando cosas graves todo el tiempo en las cárceles. Ver que existen espacios universitarios, artísticos, culturales y de extensión en las instituciones permite dar vuelta también ese prejuicio social de que los presos son irrecuperables y se tienen que pudrir en la cárcel.
Hay un hecho que para mí fue fundamental: conocer el Centro Universitario de la Unidad Penal I de Lisandro Olmos, que depende de la Universidad de La Plata. Ellos han amado un centro universitario que tiene un lugar físico con aula, televisor, computadoras, biblioteca…en el que hay 300 personas de las 3500 que están alojadas ahí que deciden cursar carreras universitarias. Yo venía de la experiencia de Tucumán donde estamos corriendo la cárcel lejos. Benjamín Paz, la nueva cárcel, en realidad, no es un complejo penitenciario porque no reúne los requisitos y estándares de normativas arquitectónicas penitenciarias que tengan que ver con derechos humanos garantizados. Benjamín Paz es una alcaldía y una alcaldía es un destacamento policial donde se permite detener, retener y demorar personas, pero no alojarlas. Entonces acá estamos más cerca de esa lógica que de poder construir un centro universitario.
Yo venía de una experiencia laboral bastante complicada, me había tocado acompañar como psicólogo el caso de una persona privada de la libertad que había sido abusada por tres agentes del servicio penitenciario. Escribí una serie de informes donde decía que estaba pasando algo grave y, del día a la mañana, me sacan de mi trabajo y me mandan en comisión a un área que no tenía nada que ver con la cárcel. El trabajo en estas instituciones es frustrante porque cualquier cosa que vaya en contramano del discurso institucional es tomando como una rebeldía imperdonable… eso no es otra cosa que punitivismo. En el medio de todo eso, me escribe un pibe preso que había leído el newsletter y que estaba en el Centro Universitario de Olmos y yo ahora lo estoy acompañando a escribir su tesis de Licenciatura en Sociología de la Universidad La Plata… Ese es un lugar sano, menos hostil, desde donde se puede hacer algo y sembrar algo dentro de un contexto que es muy difícil.
-De todas las historias que pudiste conocer cuál fue la que más te impactó personalmente
- Sin dudas, la de Abel, que está en una crónica del libro que se llama “Hubiera preferido no tener que escribir desde el dolor”. Cuenta la historia de un amigo que estuvo preso y murió en una comisaría por ser portador de HIV. Cuando pasó todo eso ha sido muy fuerte para mí porque se murió un amigo que no es que se murió, lo dejaron morir, que es todavía peor. Entonces, pensar que se trata de alguien que está privado de la libertad y debería tener acceso a la salud. Adentro de una institución estatal se detecta que es portador de HIV, pero no se le informa, se lo libera y está ocho meses afuera. Después, por un error judicial, lo vuelven a encarcelar y muere.
Hace poco salió un informe del Comité Nacional para la Prevención de la Tortura donde Tucumán es la cuarta provincia de Argentina con mayor población de personas alojadas en comisarías. Se encierra mucho y se libera poco… no hay un mecanismo liberatorio y eso es un problema. Actualmente hay tuberculosis en las comisarías y en las cárceles… eso que pensábamos que había quedado atrás es nuevamente un problema.
-El libro incluye un diccionario carcelario con una serie de palabras que forman parte del universo de la cárcel ¿Cómo ha sido ese proceso de traducción de la voz del otro?
- Cuando estábamos editando el libro, Majo (María José Bovi) me dice ‘che, acá hay un montón de palabras que los lectores no van a entender qué significan’ y ahí surgió la idea de armar el diccionario carcelario. Al principio me negué porque hay un montón de diccionarios carcelarios por todos lados y es algo suele ser percibido como un cliché, como de un nene blanco de clase media que, desde afuera, viene a decir cómo se nombran las cosas acá adentro. Pero bueno, es romper un poco esa barrera porque realmente son palabras que las he tenido que ir aprendiendo y modificando con la experiencia. En la cárcel la literalidad es una cuestión importante. No podés decir ‘pasame la leche’ porque te descansan al toque y, si te descansan, mostrás debilidad. A veces, eso puede tener consecuencias y otras veces no. Por eso no se dice ‘pasame la leche’, sino ‘pasame la vaca rallada’ y así con un montón de cosas. Además, hay muchas de estas expresiones que son graciosas y hay un montón de vocabulario gestual que acompaña lo verbal. He trabajado ese diccionario con pibes de acá y con pibes de La Plata y había mucha diferencia. Hay algunas palabras que allá se usan de una manera distinta.
-En los últimos años hubo muchas representaciones del universo carcelario a través de ficciones bastante populares como las series “El Marginal” y “En el barro” ¿Cómo dialoga la experiencia carcelaria con estos discursos?
-Me parece que en la espectacularización hay algunos puntos de verdad que son completamente exagerados, saturados y muy reducidos porque cuentan solo una porción de la realidad donde se potencian los conflictos de la convivencia carcelaria. El problema es cuando esa espectacularización es mediática, política y periodística porque ahí se genera una ola de punitivismo social…Y eso dista mucho de la realidad. Si la pregunta es si lo que pasa en “El Marginal” pasa en la cárcel. La respuesta es sí, hay algo de eso, pero la ficción se reduce a eso y pasan muchísimas otras cosas en las cárceles. Es mucho más compleja la realidad carcelaria porque, además, es imposible pensar en un solo tipo de cárcel. Hay muchas cárceles y comunidades penitenciarias. Si bien hay lineamientos institucionales generales, cada cárcel y cada unidad penitenciaria asume su propia forma de entender su cultura interna de acuerdo a la cantidad de horas de encierro, las horas de trabajo, si hay o no escuela, si las personas viven todas juntas o separadas.
Si tuviésemos la plena conciencia de que esa ficción es solo una exageración recortada y completamente sesgada de un mundo que es mucho más complejo, entonces no habría problema. El problema es cuando vemos “El Marginal” y creemos realmente que todo lo que pasa ahí es cierto porque después ves las noticias y eso se respalda. Las noticias que dicen que están de joda en las cárceles con los celulares, por ejemplo. El Servicio Penitenciario Federal tiene la normativa de inhibición de celulares y dispositivos de internet en las cárceles, que es algo que se habilitó después de la pandemia. Y se viene un problema muy grave a raíz de eso porque cómo podemos pensar en rehabilitar o resocializar si encerrás a una persona diez años en las peores condiciones y, encima, no le das acceso al mundo externo… Poder leer un diario, una noticia, acceder a una red social. ¿Después cómo vuelve esa persona a la sociedad? Vuelve y se infantiliza.
-Cómo se sobrevive a la experiencia carcelaria
- Creo que el principal mecanismo de supervivencia dentro de la cárcel es el humor…de todo se hace un chiste. Y creo que eso es lo que hace que finalmente la gente no se mate en un efecto dominó. Claro que también está la familia y la esperanza con el afuera… Es muy difícil… ellos dicen que ahí adentro no se hacen amigos, no hay amistad ni lazos fuertes y eso es muy fuerte porque el otro siempre es alguien a quien temer. El otro siempre es alguien de quien inicialmente se desconfía, por eso es difícil generar ese un vínculo de amistad muy profundo. Pero, por lo menos, el humor hace de conector ahí.
-Y a nivel personal qué te enseñó la cárcel…
- Que castigar no repara ni es justicia… Generar sufrimiento en el otro de esa manera tan invisibilizada por momentos y tan manoseadamente visible por otros, para quienes nos interesa realmente la justicia social y la igualdad de derechos, es doloroso… Para mí hay que volver a una ética del sentir. Después de la pandemia y con la naturalización de la frialdad y de la violencia que trajo la derechización de América Latina, de Argentina y de Tucumán; estamos bastante fríos, anestesiados, nos conmovemos menos. Nos cuesta conmovernos porque tenemos que sobrevivir más y que sentir menos, sino nos morimos también... es doloroso lo que pasa.
Una de las cosas que me ha enseñado la cárcel a nivel personal es que aquí adentro hay gente como todos nosotros, que tiene historias muy interesantes y muy maravillosas, que hay muchísimo potencial y que, independientemente del motivo por el cual estén adentro, que tiene que ser penado y sancionado de alguna manera, la respuesta no puede ser el castigo y el encierro estatal punitivo con el poder aplastante del sistema penal puesto sobre un sujeto singular cada vez que sucede. Porque además son siempre los mismos a quienes se castiga. Para mí las cárceles tienen que ser mucho más abiertas, tienen que ser como una escuela, como el hospital…A la facultad le tiene mucho más fácil acceder a la cárcel, como a la salud, a la educación, a la militancia, a la academia, a la gente.
-Hay una idea bastante normalizada de desesperanza que dice que es imposible que alguien que entra a una cárcel se regenere y se vuelva un sujeto útil para la sociedad ¿Cómo se transforma eso?
- Lo ideal sería que puedan diseñarse e implementarse políticas públicas concretas para resolver el problema de crisis carcelaria. Cuando uno dice políticas públicas concretas esto significa desarrollar una idea y dar presupuesto para que esa idea se lleve a cabo, dotar de los recursos humanos y materiales para que se realice… Eso en el plano de lo ideal… ahora, para no caer en la frustración y en la desesperanza total, creo que la respuesta es la militancia. La militancia es creer que uno hace algo porque eso que te mueve puede cambiar. A veces, es un impulso que dura un rato. A veces son varias organizaciones. A veces una militancia en la misma organización toda la vida. A veces son de derecha, de izquierda… no importa. Lo verdaderamente importante es que con ese otro haya alguien no tan distante, sino más cercano. Entender que nos pueden pasar las mismas cosas, pero que algunos hemos tenido suerte. Yo nací en una clase media trabajadora, no nací en la Costanera. Por eso es importante cuando ves que a veces lo que el otro parece que elige no es tanto lo que elige, sino que es su contexto el que condiciona esas elecciones. Cuando, en el día a día, podés tomar unos mates y tener una charla súper interesante porque eso que tiene el otro también puede ser algo novedoso en tu vida ¿no? Bueno, ahí se arma algo. Y ahí ves que sí se puede hacer otra cosa, que se puede armar un centro universitario, que se puede armar una radio como pasa acá, que la gente de Atravesando muros está sosteniendo hace años la radio en el penal. Creo que la militancia hoy, además, tiene otro sentido, no es tan solo que nos anuda a un deseo esperanzador, sino que a lo mejor nos engancha con otro… nos hace salir de la casa un rato.
-Y cómo crees que se pueden repensar las cárceles
- Cuesta tanta guita construir las cárceles que después ya no se tiran abajo… están ahí y van a seguir estando. Entonces creo que la salida es no ir por el punitivismo, poder virar hacia una forma de sanción de los delitos penales con otra manera que no sea en el castigo corporal y ese punitivismo extremo. Eso creo que es lo deseable, pero, mientras tanto, adentro de las cárceles están pasando un montón de cosas que hay que solucionar… hay que llevar formación, trabajo, salud. La gente no se puede morir de tuberculosis, eso no puede pasar porque es lo más fácil de prevenir, eso habla de dejadez… Creo que la cárcel es un síntoma; un síntoma social.