Grandes y chicos, vecinos y turistas, todos lo han visto alguna vez: de chico hombreaba bolsas en el mercado del Abasto y todavía sigue yendo al Mercofrut.
Ramón, el verdulero de la Casa Histórica.
Sereno bajo el sol de agosto, entre mandarinas y naranjas, entre bananas y manzanas, Ramón Ibarra se acomoda la gorra roja y se pone de pie con un quejido para atender el puesto: “Lleve con confianza que están buenas”, le dice a una turista rosarina que pregunta por un par de tangerinas que parece nunca haber visto en su vida.
Ramón sí. Ramón lo ha visto todo.
“Desde chico ya andaba por el mercado del Abasto y desde hace 16 años que estoy aquí”, dice a metros de la Casa Histórica de Tucumán, a veces en la puerta del Tribunal de Cuentas, y otras veces junto a los feriantes.
Dónde se ubique responde a un dolor: si hace frío, bajo el sol, si hace calor, bajo la sombra. “Dependo mucho del clima porque paso todo el día aquí y no puedo estar mucho tiempo parado. Cuando baja la temperatura, me duele mucho la pierna izquierda. Me duele una barbaridad”.
Ramón Ibarra tiene 76 años y necesita un turno en un traumátólogo: “Quiero que me vea esta pierna izquierda. Tengo PAMI pero tengo que vender y no tengo tiempo para ir a hacer los trámites de la obra social y sacar un turno. Solo dejo el puesto para ir al Mercofrut a comprar lo que me alcance. Me viene a buscar un amigo y vamos. Traigo lo que puedo comprar: manzana, naranja, mandarina y pera, principalmente”.
Criado cerca del Parque Guillermina, Ramón pone en una balanza frutas, verduras y el peso de una vida de trabajo: “Ya vendía en el mercado del Abasto y a veces vendíamos en el centro, cuando otros intendentes nos dejaban. Ahora me dejan trabajar aquí, en la peatonal Congreso, sin pedirme un centavo. Con lo que junto, vivo. Duermo acá en la pensión, en Brisa. Estoy con Palomba”, cuenta Ramón, cerca de la gloria de Atlético Tucumán, a quien llama Víctor, a secas.
“También tengo otros amigos de la cuadra como el Negro Candela, que también tuvo que ir al médico a hacerse ver el pie”, agrega este hombre con cara de bueno y respetado por los colegas de la cuadra desde la esquina de Paco García y los chanchichurros como el Turco Alí, hasta Juan Carlos el vendedor de algodones de azúcar, desde Ana Apás de los perfumes y bizcochuelos hasta El Chiqui, el hijo de Sara Figueroa y las empanadas.
Todos quieren a Ramón.
Y de todos necesita una mano Ramón.
“Cobro la mínima y con eso compro algunos remedios. Gasto un montón en remedios. Los más caros son dos que necesito tomar todos los días: Atorvastatina para el colesterol y Atenolol para el corazón”, cierra Ramón, mientras sonríe y le pregunto qué le pasa: “Me acordé de lo que había aquí detrás de mi puesto, donde está el bar ahora, cuando no había nada. De eso me acordé. Había un vagón de tren. ¿Vos te acordabas?”.