Emporio de la trampa, paraíso gatero, meca de placeres clandestinos o último bastión de una noche ya extinta. Son muchas las cosas que se dicen de Veracruz y bastantes pocas las que se conocen. La intimidad del bar que cumple medio siglo de mística: “Vos acá venís a ser nadie y, a su vez, a ser la estrella de la noche”. Por Exequiel Svetliza.
Vera, un templo histórico para la nocturnidad tucumana.
Todos por acá han oído alguna vez su nombre exótico y, a la vez, familiar. Hay quienes, al nombrarlo, bajan la voz como confesando un pecado. Algunos, tentados están de persignarse o de llevarse una mano al corazón como un jugador que canta el himno en un Mundial. Otros lo llaman Vera, como invocando a una amante perpetua que se quiere demasiado y en secreto. Emporio de la trampa, paraíso gatero, meca de placeres clandestinos, vergel de las horas sin sueño, refugio de corazones solitarios, abadía de reos, aventureros y tahúres o último bastión de una nocturnidad en vías de extinción. Mucho se dice de Veracruz y bastante poco se sabe de este bar que acaba de cumplir 47 años de mística y misterio. Por acá han pasado algunos de los nombres más encumbrados del poder provincial, empresarios que inclinan la balanza comercial de la comarca, poetas que han encontrado en el rumor de estas mesas muchas de sus mejores palabras, melómanos urgidos de algún combustible espiritual y ninfas que han perdido a más de un neófito en las artes del amor. Pero aquí, gracias a Dios, uno no cree en lo que oye y las paredes que resguardan medio siglo de secretos están edificadas de un silencio que hasta ahora parecía infranqueable.
Es miércoles y la noche atenta contra la fragilidad de ciertas almas melancólicas. Llueve y hace un frío de perros. Llueve y el fresco cala por igual bolsillos y huesos. Pero en la vereda de la avenida Soldati 684 uno encuentra calor y cobijo. No es poco. En las mesas ralean apenas un par de parroquianos y una pareja de cincuentones. Es demasiado temprano para las aves nocturnas que se resguardan en este nido. Recién cuando se acerque la medianoche el bar se irá animando al compás de las canciones del karaoke. Afuera del templo, alumbrado por el fulgor de la estufa, Julio César (hijo), uno de los responsables del legado de Veracruz, irá desandando la historia y los secretos del emblemático bar. Lo secunda Nicolás, su sobrino y la sangre joven de un equipo familiar que también integran María Inés y Mónica (hermanas de Julio César hijo) y del que participó Gustavo (padre de Nicolás). Todo un linaje al frente de este pedazo de historia de la noche tucumana.
Antes de que la familia se hiciera cargo del bar, entre fines de los sesenta y comienzos de los 70, en la esquina de la Soldati al 600 funcionaba Fadaya, una whiskería con una pista de baile redonda en el centro y reservados a los costados, como se estilaba en aquellos años. Una vez que el local cerró sus puertas, en el jardín de la propiedad se inauguró en 1973 Veracruz. Por entonces, en ese margen del Parque 9 de Julio, la Soldati todavía no era la avenida pavimentada de dos amplios carriles que es ahora. Veracruz tampoco era un bar, sino una heladería. El propietario administraba una serie de locales gastronómicos, entre los que se encontraban algunos de los bares más renombrados de la provincia en aquella época como el billar Colón y El Ciervo de oro. Así como a comienzos del siglo XIX era imposible imaginar que una jabonería porteña sería el lugar donde un grupo de patriotas gestarían la revolución de mayo, por entonces nadie podía vislumbrar que esa heladería se trasformaría en un hito para la noche tucumana.
A fines de los setenta, Julio César (padre) y su esposa Nora del Carmen decidieron incursionar en el rubro gastronómico. Por entonces, él todavía trabajaba en el Centro de Cómputos de la Caja Popular de Ahorros donde había entrado hacía muchos años como niño cantor. “Yo me crié en la Caja, conozco las computadoras desde cuando tenían el tamaño de una heladera”, recuerda Julio César hijo. Cuando recibieron las llaves de Veracruz, el 7 de julio de 1979, el local hacía seis años que ya funcionaba como bar. Y si bien la familia celebra los años bajo su administración, para ser más precisos, hay que decir que Veracruz tiene ya 53 años de vida nocturna y una historia en la que confluyen las historias de muchos tucumanos.
“El estilo que tenía el bar en ese momento sigue siendo el mismo que tiene al día de la fecha. ¿En qué sentido? Nosotros buscamos que el cliente sea la estrella de la noche. La impronta era y sigue siendo la buena calidad de toda la mercadería que usamos y un muy buen servicio…Buscamos mantener que el mimado sea siempre el cliente. Entonces, por ejemplo, aunque nuestros clásicos son los lomitos y mejicanos, si vos querés pastas caseras, tenemos pastas caseras. Acá la cocina está abierta hasta que cerramos. Si vos me pedís una paella a las cuatro de la mañana, te la preparamos”, cuenta el hombre de 58 años que tenía apenas 11 cuando su padre adquirió el bar.
Si la atención personalizada es una de las marcas distintivas de Veracruz, otra es la calidad de la música que anima sus noches. Esa impronta también es parte del legado de Julio César padre que aún continúa vigente. En la prehistoria de la música digital, cuando el cassette era el formato más moderno y con mayor fidelidad de sonido, el bar contaba con un stock de 700 cassettes con clásicos, grandes éxitos y los últimos hits del momento en géneros musicales tan diversos como rock, pop, románticos, lentos, tropicales o el ya anacrónico carnaval carioca: “Hacíamos grabar los cassettes con los mejores djs que había en Tucumán. Imaginate que venía un cliente y te pedía un determinado tema, el desafío era acordarte en qué lado de cuál de los cientos de cassettes que teníamos estaba… Siempre hemos invertido mucho en equipos y en música porque vos tenés que venir acá a disfrutar de la música… es parte de la experiencia porque la música te transporta, así como te transporta un aroma... En un bar, la música tiene que tener una característica: tiene que estar lo suficientemente alta para que vos la aprecies y lo suficientemente baja para que puedas hablar”. Al día de hoy, los compilados musicales del bar se han vuelto muy codiciados, tanto por los habitués como por los visitantes que incursionan en la noche de Veracruz y quieren volver con un suvenir de la experiencia.
A cuentagotas, la noche de Vera comienza a poblarse con algunos rostros conocidos. Quienes llegan, saludan con familiaridad a Julio César, a Nicolás y a los mozos. Preguntan por tal o cual cliente que hace tiempo ya no pinta por acá. Alguien comenta que el ausente “anda medio complicado de salud” y otro le responde con una sonrisa picaresca: “Y sí, nosotros ya estamos más cerca de Gálvez que de Fangio”. Todos celebran la ocurrencia antes de que los recién llegados vayan a ubicarse en su mesa que es siempre la misma desde hace un par de décadas.
“Veracruz es lo que la gente quiere que sea… En realidad, el bar es como una gran lupa de lo que vos querés. Si vos querés venir y pasar un buen momento, nosotros somos cómplices de ese momento. Hay clientes que me dicen: ‘mira, yo vengo para acá porque siempre estoy acompañado. Vengo acá solo y charlo con el mozo, charlo con los dueños, charlo con la gente… Y ya me hago amigo de este o de aquel’. Acá los mismos clientes se cuidan entre ellos. Y eso se da porque Veracruz hace ya muchos años que es un club social, deja de ser un bar para transformarse en un club social. Acá la membresía no te la da un carnet, te la da tu presencia, tu cara, tu persona, tu trayectoria. Entonces la gente busca tener una trayectoria y una presencia”, reflexiona Julio César.
“Este es un bar que tiene su mística y su alma. Yo lo defino como un refugio, como una segunda casa para muchos. Veracruz ya está instalado en el inconsciente colectivo… para bien o para mal, tiene su lugar”, aporta Nicolás que tiene 32 años. Como vivía con su familia en la casa de la esquina, al igual que su tío, creció con Veracruz como su patio de juegos. No era extraño que se apareciera por las tardes con los cuadernos a cuestas y que los clientes le ayudaran a hacer las tareas de la escuela. En diciembre de 2019, cuando falleció su abuelo, Julio César padre, la familia se vio ante una encrucijada: continuar con el legado de Veracruz o bajar las persianas: “A nosotros nos agarró muy de sorpresa porque mi abuelo era el que se encargaba de todo. Tuvimos que tomar la decisión del viernes al domingo. Con los empleados del bar tengo una relación más de familia que otra cosa… los mozos, los cocineros, el encargado me conocen desde chiquito. No era fácil tomar una decisión, pero nos hicimos cargo como pudimos y acá vas aprendiendo sobre la marcha. Por suerte, tengo una relación muy cercana con muchos clientes, son parte de la familia también”.
La herencia de Julio César padre fue mucho más que el inmueble, el mobiliario, el personal y un nombre que es ya una marca registrada en la vida nocturna de la provincia, incluía también a los clientes que se habían apropiado del lugar como un hogar (sería un lugar común hablar de un segundo hogar, pero acá la jerarquía dependerá de cada caso). Para dar cuenta de ese lazo umbilical que une a muchos clientes con Veracruz, Julio César apela a un ejemplo: “¿Ves ese señor que me acaba de saludar? Él venía con su esposa y, lamentablemente, su esposa falleció hace unos años, pero él sigue viniendo porque el bar ya es parte de su vida… Es casi como un tío para nosotros, me conoce desde que yo era chico. Son relaciones que se han ido dando en el camino, con los años, por eso te digo que Veracruz es un club social…No es algo que nosotros hayamos diseñado porque es imposible de diseñar. Yo puedo pensar en un modelo de negocio para la interacción humana, pero eso no es algo que puedas crear ni contener, sino que se va dando… Acá la gente se conoce, se saluda, se ven un par de veces y ya se sientan juntos y se terminan haciendo amigos”. En tiempos donde los vínculos humanos son mediados por el algoritmo y las redes digitales, Veracruz conserva la dinámica analógica de una vieja escuela que parece condenada a la extinción. Acá basta con venir y estar para recuperar esa pulsión gregaria cada vez más extraña de compartir con otros.
El legado de Veracruz también incluye como patrimonio inmaterial una serie de saberes que Julio César padre supo inculcar con el ejemplo. Se trata de una serie de preceptos que, si bien no se encuentran inscriptos en ningún libro sagrado ni están tallados en piedra, funcionan a la manera de mandamientos. En el celo con que se respeten esos mandatos está cifrado el destino de la noche; ese universo atestado de las más variadas y pecaminosas tentaciones. “Si vos vas a vivir de la noche, tenés que cumplir ciertas reglas que, si no las cumplís, no vas a andar. La regla número uno es no tomar, vos nunca me vas a ver tomando alcohol acá en el bar. Acá se viene a trabajar, imagínate si yo estoy tomando con qué autoridad me puedo dirigir a algún cliente o manejar alguna situación que se produzca. La segunda regla fundamental es no volverte parte de la noche. Mi relación con los clientes es atenderlos, recibirlos, ser anfitrión, cuidarlos... Estoy siempre expectante de que vos cuando vengas la pases bien y de que tu espacio personal sea cuidado. Es decir, uno es un accesorio más de la noche, pero no es parte de la noche ¿me entendés? Ahora, si vos abrís un bar porque te gusta la noche y querés ser parte de la noche, el fracaso está asegurado”, revela Julio César.
El fuego de la estufa ilumina los rostros mientras se escuchan los ecos de las penas que Malena no cantó. Las palabras huyen a las cuevas del sentido y la oscuridad proyecta sombras fantasmales que distorsionan a los seres y a las cosas. La noche es el hábitat natural de la duda y la duda el territorio fértil de las mitologías. Si las casas embrujadas de las películas de terror están construidas sobre cementerios indios, Veracruz se levanta sobre un osario de historias; un río subterráneo de sucesos y relatos del que sólo nos llega un rumor difuso donde la realidad se vuelve indiscernible de la ficción. A Veracruz se llega primero por el mito, el chisme, la maledicencia. Las sombras chinescas que se dibujan en las paredes de la caverna.
Para explicar la mitología de Veracruz, con tono filosófico, Julio César apela a la fábula del cazador de gigantes. Se trata de la historia de un joven que era famoso en un pequeño pueblo por haber matado a siete hombres con una sola mano, aunque, en realidad, había matado siete moscas. El muchacho debe convivir con la farsa de su leyenda hasta que un ogro, del que se dice que come niños, llega al pueblo. Dada su celebridad, es el responsable de hacerle frente. Aunque se muere de espanto, no tiene más remedio que visitar al ogro y descubre que era un gigante inofensivo y vegetariano. Así que negocian, el ogro se muda a otro lugar y ambos conservan sus respectivas famas, aunque ni uno era fuerte ni el otro malvado. “Cada uno vive con el mito que le toca vivir en su vida. Acá nos han acusado de todo lo que se te ocurra, con el tiempo, descubrí que el mito forma parte de las personas que lo crean, que lo viven y que necesitan de eso… Muchas veces, es más cómodo un mito que la verdad. Por ejemplo, hay gente que te puede llegar a decir que Veracruz es un bar de trampa, pero quizás esa persona está justificando su propia infidelidad. Capaz que una persona tiene dos matrimonios fallidos, pero le queda más cómodo decir que es por culpa del bar y no de sus actitudes”, comenta.
“Yo me he criado con el prejuicio sobre el bar, siempre existió. Por lo general, es gente que habla de cosas que no conoce. El prejuicio depende de cada uno, de lo que le ha tocado vivir. Pero cuando vos les preguntás si vinieron, si esa fue su experiencia, te dicen que no, que es lo que les han contado. El prejuicio forma parte de nosotros, de la sociedad. Nosotros acá somos al revés, no juzgamos a nadie. Acá podés venir con quien quieras porque es tu historia y vos hacés tu propia historia, acá y en cualquier lado. Es tu vida personal y tu historia las que están en juego. En el bar nosotros te damos un papel y un lápiz para que escribas tu vida, pero la decisión de qué es lo que vas a escribir es tuya”, reflexiona.
Medio siglo de historias, rumores, novelas y murmullos han alimentado el prolífico acervo de una mitología donde Veracruz es la ermita de la trampa, el templo del vicio y la meca del goce clandestino. Se dice que esta es una guarida de viejos calaveras. Se dice que es un antro de ardidos. Se dice que es un lupanar que reúne a infieles y trasnochados, a meretrices y putañeros. Tantas cosas se dicen, se repiten y se comentan de este lugar que su nombre carga con un aura tan mística como enigmática. Para revelar tanto misterio basta con transponer la puerta del bar, ese umbral que separa a la noche de la noche de Veracruz.
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La luz es tan tenue que obliga a romper la distancia entre los cuerpos para ponerles rostros a las figuras. La música invita al desplazamiento, a la danza, al cortejo. Al deleite de hacer sonar los hielos contra el cristal del vaso de whisky o de fernet. Los más ostentosos optan por la frapera y la botella de champagne sobre la mesa como una especie de señuelo, aunque acá los roles de cazador y de presa tienden a confundirse con el correr de las horas. Miradas como flechas van de una punta a la otra del salón mientras la bola de espejos gira sobre sus cabezas y desparrama su bendición por todas partes. Los mozos se mueven entre el público siempre listos para recargar las copas como en una escudería etílica de Fórmula Uno. Acá el latido de la noche marca un crescendo que puede comenzar con la degustación de un lomito y un porrón, con el debate filosófico inconducente entre parroquianos, con las rutinas protocolares de una primera cita cualquiera, hasta llegar al momento en que las mesas se hacen a un costado para dar lugar a la pista de baile y que el bar se transforme en boliche y el picolé en agua. La noche a punto caramelo para volverse caldo del deseo, de la diversión, de la transacción afectiva. Amparada por las libaciones y el acting entre los cuerpos, la sensualidad ya no pide perdón ni permiso. Basta un gesto, una sonrisa, un guiño. Acá ya nada impide que se junten el roto y el descocido ni el hambre con las ganas de comer. Sin danzas coreográficas ni selfies ni flashes, la noche deja de ser una postal efímera y se vuelve un territorio de posibilidades infinitas. Tal vez el azar baraja una carta ganadora. Quizás el cosmos conspira a favor. Acaso Dios al fin está en los detalles. Todo puede suceder. Sólo existe una certeza: lo que pasa en Veracruz, queda en Veracruz.
Desde su atalaya detrás de la caja y al costado de la barra de granito oscuro iluminada de rojo, Dante Eduardo “Lalo” Saavedra lleva 22 años conduciendo los destinos de la noche veracruceña como encargado del bar. Lalo tiene 69 años, la mirada límpida, el cabello blanqueado por el tiempo y el cuero curtido de noches. “Hace 47 años que me desvelo. Vivo al revés, como si fuese que vivo en Japón”, confiesa. Su experiencia en el rubro de la diversión nocturna se remonta varias décadas atrás. Antes de trabajar acá, fue propietario de varios bares que dejaron su huella en Tucumán como La Leva, Dino`s, Edelweiss y Portal del Cerro: “Los bares que tuve siempre han andado bien, pero yo hice mal las cosas, me he fundido por culpa de un socio que tenía…El último bar que tuve estaba en la esquina de Ayacucho y Roca y le había puesto Clásico de nombre. Ese era un bar de tacheros, pero yo lo hice parejero nocturno”. Aunque pueda sonar como un eufemismo, el concepto de “parejero nocturno” jerarquiza lo que el vulgo conoce como un bar de trampa. Clásico era eso, un bar con cortinas en las ventanas; un espacio resguardado de las miradas indiscretas.
Lalo conoce los secretos de la noche de Veracruz como nadie, es un capitán que navega por océanos de tiempo y de historias sin necesidad de mapas. Y los conoce porque ha transitado la noche de ambos lados del mostrador: “Toda la vida he sido cliente de acá. A mí me pasaba que, siendo dueño de otro negocio, cuando quería salir a algún lado o escaparme, en lo primero que pensaba era en Veracruz y me venía para acá porque acá siempre tuve un montón de amigos. Veracruz siempre fue un clásico, un clásico de toda la vida… ‘Tu lugar’, como decía un eslogan que teníamos antes”.
Cuando arrancó en el 2004 no tardó mucho en volverse la mano derecha y los ojos de Julio César padre en la administración del bar. Si bien venía de administrar sus propios negocios y no le cabía demasiado la idea de convertirse en empleado, que le ofrecieran ser encargado de Veracruz fue como si le ofrecieran la cinta de capitán en San Martín o en Atlético: “Cuando me llaman para trabajar acá, me llaman porque necesitaban que el bar levante los días de semana, en ese momento el único día fuerte que tenía eran los viernes. Cuando arranqué empecé a crear cosas como los días de karaoke o las bandas en vivo. En ese momento le dije a Julio César (padre): ‘mirá, probemos tres meses a ver si lo levanto o no…’ Y bueno, mirá, todavía estoy acá”.
Decía Edward Young que, en la noche, un ateo cree a medias en Dios. Y hay muchos por acá que creen de oído, creen de palabra, creen sin haber visto. Quizás la clave para entender la profusa mitología que se ha generado en torno a este lugar esté en el pacto de silencio que reina puertas adentro y que es la piedra basal de la filosofía nocturna de Veracruz. En Veracruz no se permiten las fotos y el respeto por la intimidad del cliente es una premisa de la casa. Acá no hay fantasmas que se anden pisando las sábanas. Así lo explica Lalo: “¿Sabés cómo me dicen a mí? Shakiro: soy ciego, sordo y mudo... Conozco cada historia... pero eso muere conmigo. Puede pasar que venga alguien y me diga: ‘che, vino mi mujer el otro día y vos no me has dicho nada’ y yo le respondo: ‘no la he visto a tu mujer acá’. Es mentira, obvio, si había estado acá. O ponele que vos una noche venís con alguien que no es tu pareja, yo cuando te salude te voy a decir: ‘Ehh cómo estás, hermano, tanto tiempo’ y por ahí has estado ayer en el bar”.
“Vos acá venís a ser nadie y, a su vez, a ser la estrella de la noche... Digo ser nadie en el sentido de que nosotros siempre hemos buscado ser reservados. Tu historia es personal y nosotros no somos quienes para opinar de tu historia, ni de tu vida, ni de tu presente. Yo cuido que vos vengas y la pases bien, por eso digo que acá sos la estrella de la noche en el sentido de que sos mi cliente y tenés que pasarla bien. Vos cuida la casa y la casa te cuida a vos. Lo qué pasa de la puerta para afuera ya es parte de tu vida y acá nadie se mete en tu vida. O sea, si vos tenés un problema en tu casa, nosotros no somos responsables de eso. Si tu matrimonio anda mal, no somos los responsables… No somos ni responsables ni culpables”, aporta Julio César hijo quien ha visto pasar por las noches de Veracruz a grandes personalidades locales y de todo el país. Quizás en un afán democratizador del placer nocturno, el trato que reciben acá es el mismo que reciben todos: diligencioso y discreto.
Después de todo, como postuló alguna vez la poeta Alejandra Pizarnik: Tal vez la noche es nada y las conjeturas sobre ella nada y los seres que la viven nada.
Antes de irme, le pregunto a Lalo por uno de los prejuicios más extendidos y mistificados cuando se habla de Veracruz: la presencia de profesionales del amor rentado en sus pistas. El encargado no esquiva el bulto: “¿Si acá vienen algunas minas que laburan? Seguro, como pasa en la mayoría de los boliches de Tucumán… por la noche pululan todo tipos de seres. Además, no tenemos cómo saberlo, acá no nos metemos con la vida privada de los clientes, no es que les preguntamos en la puerta de qué trabajan”. Según explica, en el 2012 se produjo un parteaguas en la vida nocturna tucumana. Con la sanción de la llamada “Ley de Prostíbulos Cero” – que prohibía el funcionamiento de los prostíbulos, whiskerías y cabarets de Tucumán- en agosto de ese año, las trabajadoras sexuales -que ejercían de manera autónoma- se quedaron sin lugar donde promocionar sus servicios y comenzaron a mezclarse entre la clientela de los bares y locales bailables para mayores de 25 años, como fue el caso de Veracruz y muchos otros. Fue por aquellos años que el rumor se hizo más fuerte. Aunque hoy el panorama es bastante distinto que en aquel entonces, como sucede con las brujas, que las hay, las hay.
Para Lalo hay una forma bastante sencilla de romper con cualquiera de los prejuicios que todavía pesan sobre Veracruz. Alcanza con cruzar la puerta y vivir en carne propia la experiencia: “Cuando le conté a mi pareja de entonces que iba a trabajar en Veracruz, me reclamó: ‘¿Cómo te vas a ir a meter ahí? ese es un bar de putas…’ Yo le explicaba que no era así como se decía, hasta que un día la hago que venga conmigo al bar. Vino y acá se puso a charlar y se hizo amiga de uno, de otro, de mis amigos… ¿Después sabés qué? Todas las noches se llegaba por acá un rato”.
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Vine a Veracruz porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Payo Svetliza.
Bien podría haber empezado esta crónica emulando a la famosa novela del escritor mexicano Juan Rulfo. Si conozco este lugar es porque mi padre transitó por acá mucho antes que yo. Me parece verlo todavía en una de estas mesas compartiendo tragos y anécdotas con los notables miembros de su banda de compinches. O en el centro de la pista, al galope de un pura sangre imaginario, como cada vez que sonaba “Gangnam Style”, mejor conocido como “El baile del caballo”. O tramando algún escape a lo Houdini por la puerta de servicio para no ser detectado infraganti. Mi viejo cultivó con singular pasión la amistad y la devoción por la noche. Y este era su templo preferido para profesar ambas religiones.
Entre las herencias más maravillosas que me ha legado El Payo, está el saludo y el abrazo siempre afectuoso de Walter, su mozo de cabecera. Aunque hace mucho que no me doy una vuelta por acá, apenas me ve, repite ese gesto como si fuera la primera vez y, como sucede siempre, hay algo en ese trato que me conmueve. Walter Hugo tiene 55 años, una sonrisa cálida y una especie de sexto sentido que lo hace estar siempre cerca cuando hay que recargar el combustible etílico. “Hay clientes a los que ya les calculo el tiempo que les dura el vaso de whisky porque hay gente que se toma el whisky y a los cinco minutos se toma un café, después otro whisky y así…”, me confiesa el secreto de su súperpoder. A diferencia de otros bares y locales nocturnos, acá la barra no funciona como tal, sino que es siempre el mozo quien busca al cliente. La bebida se sirve siempre en vaso de vidrio y, en el caso del fernet, en dos vasos así el propio cliente combine el trago a su gusto. De todas maneras, después de toda una vida trabajando en Veracruz, Walter se ha aprendido los gustos y preferencias de los habitués. Lo pongo a prueba para ver si recuerda qué pedía mi viejo cuando venía y no duda en responder: “Fernet, siempre sin hielo, y cuando pedía whisky, pedía Chivas. Por ahí, si venía con alguien, un champagne...”. Infalible.
“La mayor virtud que tenemos nosotros es la amabilidad y el buen servicio que brindamos. Nuestro trabajo consiste en tratar de que el cliente la pase bien, ya sea que vengas solo, en pareja, con un grupo de amigos…La filosofía nuestra es que vos acá venís a relajarte, no a renegar porque te demoran el pedido o porque falta algo. La idea es que el cliente tenga una buena experiencia y vuelva siempre. Hay mucha gente que cierra su negocio y se viene hasta acá, come un sándwich, toma un café o un whisky y recién se va a la casa. Acá libera tensiones y se evita llegar con todos los cables pelados porque ha tenido un día difícil”, remarca Walter. En ese afán de cuidar al cliente, muchas veces ha tenido que sacarle las llaves del auto a alguien pasado de copas y subirlo a un taxi para que llegue sano y salvo a su casa. O darle un café para que se componga. O simplemente prestarle oído a las penas que lo aquejan: “A veces, vos lo ves que el cliente está con problemas. Entonces, te sentás un rato a hablar con él. Se usa mucho la psicología en la noche. Hay bastante gente que a veces anda con problemas y no sabe a dónde ir… a veces vienen al bar y justo no están los amigos, entonces, cuando lo ves medio mal, te le acercás y le conversás para que se despeje un poco”.
Al estar en contacto permanente con los clientes, no pocas veces han intentado sobornarlo y quebrar el estricto código de discreción que caracteriza al bar: “Imaginate, acá vienen todos... empresarios, abogados, secretarios, periodistas… Con Lalo decimos que, si nosotros escribiríamos un libro con todo lo que pasa acá, sería como Harry Potter… serían seis o siete tomos y te quedás corto. Pero siempre decimos que lo de la noche muere en la noche y no damos ninguna información. A veces me caen un día y me preguntan: ‘¿Che, ayer anduvo este o aquel?’ y yo ahí le digo: ‘No sé, no he venido a trabajar ayer’. Entonces me la saco de taquito porque no digo ni esto ni aquello. Muchas veces, también vienen mujeres a preguntar si el marido está acá y nosotros lo sacamos al cliente por la otra puerta… Imaginate, no está bien que se le arme un escándalo acá”.
Según me explica Walter, así como mi caso, hay muchos otros en los cuales Veracruz es parte de un traspaso transgeneracional: “Las nuevas generaciones que van llegando al bar se acomodan a las normas de acá. Muchas veces llega el padre y trae al hijo o viene un tío con un sobrino de veintitantos y son ellos los que les enseñan y les dicen: ‘mirá, vos no podés hacer problemas acá porque esta es la segunda casa de tu papá’. De esa manera, aprenden cómo nos manejamos en el bar y saben que, si se mandan alguna macana, el perjudicado es el padre o el tío que los trajo”.
Sonará quizás exagerando, pero Julio César me contará de un caso de transmisión prenatal de esa pasión por Veracruz: “Después de la pandemia, vino una chica que tenía como veintipico de años y me decía que ella venía al bar desde antes de nacer porque resulta que su papá y su mamá venían acá al bar cuando ella estaba en la panza. Ellos se conocieron acá, se pusieron de novios, se han casado y han seguido viniendo hasta que nació ella. Ahora ella viene porque creía que no existía Veracruz, pensaba que era un mito como las minas del rey Salomón y, de repente, descubre que el reino de Salomón sí existe y está en Veracruz. O sea, para ella era un mito Veracruz y resulta que el bar existe y sigue vigente”.
Como una forma de amigarse con los tiempos que corren, hace un tiempo que Veracruz abrió su cuenta de Instagram. A Walter le ha tocado actuar en algunos de los videos que suben a la cuenta y, aunque el mundo de las redes sociales es un universo nuevo para él, parece cómodo con su nuevo rol de mozo influencer. “Hay un cliente que me gasta y me dice: ‘tiembla Al Pacino ahora’”, revela entre risas.
“Lo de las redes surgió como una forma de ir actualizándose y también como una forma de que la gente sepa que Veracruz es mucho más que un bar. El desafío que tenemos con la gente de marketing es invitar a la gente que no vino nunca al bar, que lo conozca por primera vez y tenga la experiencia de venir para acá. Ese es nuestro gran desafío: romper ese prejuicio que existe y que se den una oportunidad de conocerlo… así, por los menos, opinan sabiendo de qué se trata Veracruz”, explica Nicolás quien lleva adelante ese proceso de renovación. Antes de que los representantes de la vieja escuela pongan el grito en el cielo, se apresura en aclarar que, por más redes y actualización que se intente, la esencia de Veracruz se mantendrá siempre inalterable.
Acá la noche recién inicia su carrera prodiga en olvidos. Mientras suena la voz eterna de Elvis Presley cantando “Always on my mind” y antes de despedirme de él con un abrazo, lo chuceo a Walter con un par de preguntas para ver si puedo irme del bar con alguna anécdota o algún recuerdo inédito de mi viejo. Pero Walter es muy discreto y no dice nada.
Será mejor así.
*Esta crónica es un tributo de amor y gratitud a la memoria de Gerardo "Payo" Svetliza y Ernesto "El Loco" García, quienes supieron inscribir algunas páginas memorables de la noche.