Jaime Torres, uno de los más grandes charanguistas de la historia, nació en Tucumán en 1938. Desde Argentina se catapultó al mundo cosechando éxitos internacionales de renombre, y hasta tuvo en sus manos el espectáculo del mundial Alemania 74. VIDEOS EN LA NOTA.
Hacer hablar un instrumento con los dedos, es una habilidad que parece haber tocado a eslabones muy específicos de la cadena evolutiva del ser humano. Y un fiel representante de esa evolución sin igual nacía en Tucumán junto con el comienzo de la primavera: Jaime Torres.
Era la primavera de 1938 y abría sus ojos al mundo desde el Jardín de la República ese pimpollo que habría de cambiar para siempre el gusto por escuchar y hacer viajes internos gracias al charango. Su mamá se llamaba Pastora Moyano y venía de Cochabamba. Su papá, Eduardo, era originario de Chuquisaca. La familia Torres Moyano era de las pocas que se había atrevido a emigrar a la Argentina: “Antes no había grandes comunidades de bolivianos como ahora, éramos muy poquitos”, explicaba Jaime en una entrevista con Felipe Pigna, evocando sus años de infante.
La gran destreza que Jaime adquirió con el charango, una extensión de su corporalidad, comenzó en la infancia, como un juego: “Mi infancia mayormente pasó en Buenos Aires. Los primeros maestros siempre están en la casa de uno, las primeras enseñanzas siempre están en la casa. En casa se respetaban formas, eran amantes de su terruño, fue todo mucho más simple. Me encontraba con este instrumento y uno ve las sonrisas burlonas, el juego, la aprobación”, aseguraba el tucumano hace algunos años.
Durante su juventud, Jaime profundizó el estudio del charango junto a su tío, el maestro boliviano Mauro Núñez, oriundo de Chuquisaca y considerado uno de los grandes renovadores del instrumento. Compositor prolífico, dejó obras que continúan sonando en carnavales y festivales de todo el continente, como El Arriero, Serranito, Poncho Ponchito, Danza de las Flechas y Charangología.
Dos décadas antes del encuentro que fusionaría piano de salón, charango y composiciones carnavalescas, el intelectual Carlos Vega (1944) se refería al folklore como una ciencia histórica, y a la música folclórica como música eliminada, música sobreviviente. Música que se distinguía de la considerada superior. Fue en esa década de los 50 cuando sucedía la magia para que los sobrevivientes del folklore andino, esos artistas no institucionalizados y que no pasaron por una educación musical formal y europeizada, se encontraran con el compositor y pianista más influyente en su ámbito y su género: el santafesino Ariel Ramírez.
En una entrevista con Felipe Pigna, Jaime recordó el origen de aquel vínculo artístico con Ariel Ramírez:
“Mi tío (don Mauro) volvía de una gira por la Unión Soviética con Ariel (Ramírez) en los 50. Después quedamos nosotros en contacto y comenzamos una tarea tan bellísima y que no sabíamos qué iba a acontecer en el tiempo. Era la conjunción del charango y el piano, algo totalmente extraño. Del disco charango piano que se llamó Folklore en Nueva Dimensión sirvió de base para componer la Misa Criolla”.
La Misa Criolla es la pieza maestra que, más de seis décadas después de su creación, todavía logra poner la piel de gallina a personas de todo el mundo. Fue editada en más de 40 países, vendió más de tres millones de copias y ha sido interpretada por artistas de renombre internacional como Mercedes Sosa y José Carreras, entre muchos otros. Es una de las obras más importantes de la música argentina del siglo XX, compuesta por Ariel Ramírez en 1964, inspirada por la renovación litúrgica impulsada por el Concilio Vaticano II, que permitió celebrar la misa en las lenguas de cada país en lugar del latín. La adaptación de los textos al español contó con la colaboración de los sacerdotes Antonio Osvaldo Catena, Alejandro Mayol y Jesús Gabriel Segade.
La obra, que recientemente volvió a cobrar notoriedad internacional gracias a su inclusión en la banda sonora de El Eternauta, está estructurada en cinco movimientos, correspondientes a las partes tradicionales de la misa: Kyrie (baguala-vidala), Gloria (carnavalito-yaraví), Credo (chacarera trunca), Sanctus (carnaval cochabambino) y Agnus Dei (estilo pampeano). Un reconocimiento sin precedentes al valor de la música folklórica argentina y boliviana. Música más allá de la frontera.
En la primera publicación de este disco, en 1965, reunió a un elenco excepcional: Los Fronterizos como voces principales, Jaime Torres en charango, Domingo Cura en percusión, Raúl Barboza en acordeón, Luis Amaya en guitarra y la Cantoría de la Basílica del Socorro, dirigida por el padre Jesús Gabriel Segade, con Ariel Ramírez al piano y dirección musical. El charango del tucumano tuvo un rol decisivo y totalmente distintivo, un sello que permanece intacto al día de hoy. Sobre la grabación del disco, recordaba en ocasión de la entrevista con el historiador Felipe Pigna: “Estábamos en el teatro Odeón actuando con Los Fronterizos y Los Chalchaleros, era la primera vez que se reunían ellos. Yo estaba viviendo en casa de Ariel en Rosario, y apareció la posibilidad de una obra con carácter litúrgico. Ariel decía: ‘¿Por qué no una misa?’. Nos reíamos, decíamos ‘Le va a poner letra a un diario’”, recordaba entre risas el músico.
“Terminábamos la función del Odeón e íbamos a grabar. Terminábamos de día. Había algo esperanzador en todo, era difícil ensamblar coros y percusión. Los coros no estaban acostumbrados a este tipo de rítmica. Los Farías Gómez fueron fundamentales para esto, Pedro y Chango con sus bombos. Vino una época formidable donde aparecía Mercedes (Sosa). Recorrimos buena parte del mundo. Estábamos ataviados en el escenario”.
Pese a que este no fue el único disco en el que Torres y Ramírez trabajaron juntos, fue el que lo lanzó a la fama internacional. El talento de este tucumano ante su charango comenzó a ser reconocido en todo el mundo, llevándolo a innumerables giras artísticas en distintos puntos del planeta.
En 1974, Jaime Torres alcanzó uno de los hitos más importantes de su carrera internacional al participar, junto al conjunto dirigido por Ariel Ramírez, en la ceremonia inaugural de la Copa Mundial de Fútbol de Alemania. La delegación argentina estuvo encabezada por el propio Ramírez al piano, con Jaime Torres en charango y la voz de Zamba Quipildor, e incluyó además músicos, bailarines y artistas folklóricos que llevaron al escenario una muestra representativa de la cultura argentina. Ante decenas de miles de espectadores en el estadio y millones de televidentes en todo el mundo, interpretaron El Humahuaqueño, convirtiendo al sonido del charango y a la música del noroeste argentino en protagonistas de la apertura del torneo. Para muchos, fue la primera vez que el sonido del charango ocupó un lugar protagónico en la ceremonia inaugural de una Copa del Mundo, llevando la música andina a una audiencia planetaria. Aquella presentación, previa al partido inaugural entre Alemania Federal y Chile, consolidó a Torres como uno de los grandes embajadores del charango y de la música andina en los escenarios internacionales.
Otro de los hitos más significativos en la carrera de Jaime fue la fundación del Tantanakuy, un encuentro cultural argentino que se celebra desde 1975 anualmente en Humahuaca, Jujuy. En su primera convocatoria reunió a artistas como Jaime Dávalos, Medardo Pantoja y Jorge Calvetti, entre otros. El encuentro no tenía fines de lucro y permitía la expresión de talentos musicales no profesionales en torno a la música andina: “Jaime Dávalos siempre me ponía un peso más en las espaldas. Él me decía que por qué no hacíamos un encuentro mayor para la gente que amaba esta música. Así nació el Tantanakuy, es un vocablo quechua que quiere decir reunión, encuentro de unos con otros. En esa región no se hablaba el quechua pero queríamos traer a la memoria esas lenguas olvidadas, la respuesta fue masiva, no invitamos nunca artistas, invitamos paisanos amigos, los hombres que tenían ese canto”, recordaba el artista, evocando este encuentro que tiene también su brazo infantil.
Una de las facetas más interesantes de Jaime Torres fue su permanente apertura a nuevas búsquedas musicales. Admiró tanto a referentes tradicionales del charango, como el músico boliviano Cipriano Taquil, como a las nuevas generaciones de artistas. Esa vocación por experimentar lo llevó, en 2007, a grabar Electroplano, uno de los proyectos más inesperados de su carrera. Bajo la producción y programación de Alejandro Seoane, el disco fusionó el sonido del charango con la música electrónica, el ambient, el trip hop y el chill out, demostrando que el instrumento podía dialogar con los lenguajes contemporáneos sin perder su identidad.
Horas antes de la Navidad de 2018, Jaime Torres fallecía en la Fundación Favaloro tras días de batallar con una enfermedad que lo tenía en un coma inducido. Su despedida se realizó el 26 de diciembre. El cortejo que llevó las cenizas del músico nacido en el Jardín de la República partió desde una casa velatoria del barrio porteño de Núñez hasta el Cementerio de La Chacarita, para descansar junto a los restos de sus padres Pastora y Eduardo. En el lugar familiares, amigos y admiradores le rindieron homenaje con aplausos y al sonido del charango, el instrumento que marcó toda su vida artística, catapultándolo desde la Misa Criolla, el Mundial de Fútbol de 1974, hasta la reunión de artistas en el Tantanakuy. Un tucumano que sin duda alguna supo llevar y militar el sello norteño con orgullo, trascendiendo e inspirando aun después de su paso a la inmortalidad.