HISTORIAS DE ACÁ

"La gente ya me conoce": venta y milagro ambulante de Víctor Robles, El Prestobarba de Dios

Conversación en la Catedral con un vendedor ambulante de Tucumán. Por primera vez relata lo que vive en la calle y lo que vivió en el taxi que manejó 28 años. Entrevista a fondo. | Por Alfredo Aráoz

14 Jun 2026 - 21:25

Cuatro maquinitas por mil.

“Siempre hay algo”, dice Víctor Robles, el vendedor ambulante de 54 años que anda hecho una gillette para vender maquinitas de afeitar si hace calor, o para rezarle al Dios de la Catedral como estas noches de frío.

Desde la cúpula de la iglesia más importante de Tucumán, la Virgen María protege los pasos del feligrés. Lo ha guiado en los momentos más difíciles de su vida, lo ha salvado cuando el final parecía cantado, lo ha ayudado a ponerse de pie cada mañana en su parada fija: la de 24 de Septiembre y Laprida.

Exactamente sobre la vereda de la Farmacia del Pueblo, Víctor se ubica donde la salud de los tucumanos transita por una cruz de color verde neón encendida cuando está de guardia, apagada cuando no.

Entre la marea ambulante, Víctor se destaca por su presencia, por su altura, por su propia barba acicalada tipo candado, como los que ha vendido alguna vez.

La llave la tiene él y la usa: “El ‘Hola, qué tal, buenos días, buenas tardes, buenas noches te abre puertas’. El trato con la gente te abre puertas. El ‘¿Cómo está usted? ¡Hace mucho que no lo veo!’ es lo primero y recién vendo lo mío. Ese trato vale mucho. La gente ya me conoce. Puede pasar el médico, el abogado, el vecino y para todos es lo mismo: ‘¿Cómo está usted?’. Así uno ya establece el vínculo, una charla”.

La vida ambulante de Víctor Robles comenzó cuando su rostro todavía era lampiño: “Antes cuando eras chico no había otra. Tu mamá te decía: ‘¿Ah sí? ¿Vos no vas a estudiar? Entonces tenés que trabajar’. Y así pasé 28 años en el taxi hasta que me quedé ciego de un ojo. Como ya no veía del ojo izquierdo, antes de que me mandara una macana, volví a la calle a vender en la peatonal lo que salía. Si llovía, paraguas. Si no llovía, otra cosa. Ahora vendo encendedores, máquinas de afeitar y pegamentos. Gracias a Dios nunca me ha faltado”.

Usted puede leer a especialistas en economía o escuchar a Víctor: “Se vende cuando hay plata. Cuando no hay, la merma es mucha. Y aquí el tema es por época de pago. No es para tirar manteca al techo lo que uno hace. Mientras uno lleve el pan a la casa está todo bien”.

Usted puede leer a especialistas en meteorología o escuchar a Víctor: “En épocas de frío no se vende máquinas porque la gente opta por no afeitarse. Yo sé que hacen entre 20° y 25° porque la gente ya empieza a afeitarse. Es así de fácil”. O también puede leer sobre salud o escuchar a Víctor: “La gente fuma menos. Por eso se venden menos encendedores”. 

La universidad de la calle acelera cuando Víctor pisa a fondo para explicar, en dos anécdotas, cómo casi muere y cómo ayudó a dar vida. Ambos escenarios le sucedieron a bordo del taxi que manejó durante 28 años. 

“Una noche, una pareja subió a mi taxi en la avenida Roca y Jujuy. Me dijo: ‘Vamos a Honduras y Autopista, en La Costanera’. Yo le dije: ‘No, no, no. Yo los llevo, pero los dejo por la avenida Coronel Suárez’. Arriba del taxi uno tiene estudiado a quién sube. Y esta parejita no había hablado en todo el viaje. Iban muy serios”. 

“Cuando entro para la avenida Benjamín Aráoz, lo piso al auto. No me olvido nunca más. Lo piso, entro a la estación de servicio y apago el reloj. Les digo: ‘Hasta acá llego yo, discúlpenme’. Justo había una camioneta de la Policía. Me bajé y les dije a los policías: ‘Tengo miedo de que me asalten, se las hago corta’. Cuando los empiezan a revisar, les sacaron así un cuchillo. ¿Entendés? Cuando uno vive todo el día arriba del auto, ya sabés lo que puede pasar”. 

“En la Jujuy y Magallanes fue peor. Hasta el dueño del auto ha salido a buscarme. En los viajes yo tenía la costumbre de ponerme la radio aquí, entre las pierna, e iba dando la posición. Mi última posición había sido en la Jujuy el 5000. Ahí los pasajeros me taparon la boca, me tiraron para atrás, pero yo tenía la radio encendida apretándola entre las piernas. Las chicas de CentroTaxi han escuchado todo el robo en vivo. Me llevaron a un monte, a un canal, me ataron de pies y manos, me dejaron tirado y se llevaron el auto. Me habían dejado atado y estaba en ropa íntima. Logré soltarme y me volví a tirar cuando vi una luz: gracias a Dios era la Policía”.

La vida ambulante, a diferencia de otros mundos, no da margen para el postrauma ni para meses de licencia: “Al otro día volví a trabajar. Sí, te queda el miedo, pero lo que pasa es que tenés que salir a laburar lo mismo. Y tenés que salir para llevar la plata a la casa porque si uno tiene miedo a esas cosas, peor es”.

La mejor anécdota de Víctor llegó también a bordo del taxi: “Un chico se me lo para en el medio. No me lo olvido nunca más. Me pide que pare, que pare. Y yo le hacía señas de que no, por miedo a que me asaltara. Eran las 2 o 3 de la mañana. Y no era que me quería asaltar. Era que la mujercita del chico estaba a punto de tener... un bebé. Subo, freno el auto, suben en el auto, ella iba atrás, a los gritos, a 100 por la avenida Benjamín Aráoz cuando la Policía me cruzó. No me olvido nunca más. Yo era chico y le digo a la Policía: ‘¿Qué quiere que pare? Mirá, está a punto de tener la mujer’. Así que fui escoltado hasta la Maternidad. Yo tenía miedo de que rompa la bolsa adentro y ensucie todo en el auto pero bueno, gracias a Dios me ha llegado bien a la maternidad. Sí, he ayudado a una madre a dar a luz”.

“Hágase la luz”, dijo Dios. Y el vendedor estuvo ahí para vivirlo. “¿Cuánto llegó de luz?”, se pregunta Víctor Robles, palpándose los bolsillos en la Catedral, parado desde las 7 de la mañana hasta las 12 del mediodía, cinco horas de pie, todos los días desde la pandemia, desde hace seis años, todos los días excepto los domingos, cuando él también descansa: “El oficio de estar de pie también te pasa factura: el cuerpo, la espalda, todo cuesta. Mi madre siempre me dice: ‘Vos tenés que hacer las cosas para tu pensión, hijo. Ya te estás cansando, ya estás cansado’”. 

La madre del hijo de Dios, cual doña Tota a Maradona, le pide que vaya a descansar, hijo. Pero el problema es que el hijo perdió la vista del ojo izquierdo y tiene comprometida la visión del ojo derecho. Y no tiene la pensión que necesita porque no tiene tiempo para realizar los trámites necesarios. El día a día apremia. Un día que no trabaja Víctor es un día que se le complica llevar el pan a la mesa. 

“Yo pongo toda la buena onda de ir a hacer los trámites, pero si no es por el tema turno, es por los estudios: me salen 80 mil pesos. Y como yo vivo el día, no me alcanza. Y para que me den la pensión me dijeron que tengo que estar ciego de los dos ojos. De un ojo no veo nada. Del otro me están haciendo los estudios de campo visual. O sea que ya estoy perdiendo la vista. Toda la buena onda yo le pongo a todo. Pero no quiero esperar a quedarme ciego para generar una pensión. Si Dios y la Virgencita quisieran, ojalá me den la pensión. Si Dios quiere, saldrá. ¿Y saben qué voy a hacer si me sale? Voy a seguir trabajando. Me gusta trabajar. Si uno trabaja, Dios lo sabe: una entrada más para la familia nunca está de más".

                               


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