El escritor tucumano decidió matar a El Eterno para acabar con años de excesos, fisuras y resacas y publicar Zorro, su primera antología de cuentos. Una mirada intima al Alfredo que logró despojarse del personaje para componer un maravilloso fresco literario de la provincia: “Para mí la mañana no existía”. Por Exequiel Svetliza.
Alfredo Aráoz, el ex Eterno y su mirada fascinante de los rostros y paisajes tucumanos. Fotos: Martín Taddei.
Fue después de una esas bacanales colmadas de excesos donde las noches se encadenan a los días y los días son apenas la resaca luctuosa de un singular cóctel de placeres efímeros. La escena ya se había vuelto un deja vu más repetido que la saga de Volver al futuro por aquellos tiempos truculentos en los que Alfredo Aráoz fue El Eterno: la punzada en las sienes, el sabor cobrizo en la jeta y el vacío posándose en el pecho y en los bolsillos como un fantasma confianzudo que pecha sin antes golpear. Tocaba pagar los platos rotos de otra fiesta devenida en velorio y el acecho de los usureros no admitía mayores dilaciones. Las deudas materiales siempre relegan cualquier deuda existencial. Y esa mañana de enero de este año a Alfredo se le presentó una encrucijada: o vendía su notebook para pagar lo que debía o le mandaba un mail con sus cuentos al editor Pablo Donzelli. El gesto, similar al de un sicario que liquida su arma o al de un albañil que empeña el fratacho, marcaba el comienzo del viaje a profundidades abisales; un fondo adonde caer. Antes de ese último descenso, Alfredo hizo click.
El click sonó como el eco del percutor de un revólver en la cabeza de El Eterno; el magnético personaje que Alfredo se había inventado. Un personaje que tenía a la noche tucumana como su hábitat natural y a la fisura como su marca distintiva. Un trashumante que había encontrado en el exceso el magma natural de su mitología. Entre aquel personaje y este Alfredo que publica libros, corre maratones, conduce programas radiales y produce shows artísticos parecen mediar unas cuantas vidas y múltiples trasmutaciones. Si hay un comienzo para Zorro, la primera antología de cuentos de Aráoz editada por La Papa, se remonta al instante preciso de ese click.
Foto: Martín Taddei.
-¿Por qué ahora?
-Ahora no surge como un deseo, sino como un salvataje personal. Zorro comienza a tomar forma una mañana en que yo estaba totalmente atiborrado de noche, con resaca. Y me veo en una situación de deudas donde pienso en vender mi computadora para poder pagarlas o quedármela y transformar esos cuentos en un libro. Zorro acompaña un cambio de vida que he realizado, que tiene que ver con habitar la sobriedad y la lucidez, con dejar las drogas y el alcohol. Dejar de vivir la vida de mis personajes en tiempo real para escribir sobre ellos. Volver a escribir sobre mis personajes para que El Eterno se multiplique y viva a través de las páginas, no a través de mi vida propia, personal.
El libro reúne diez cuentos que Alfredo escribió entre 2010 y 2020 ¿la década ganada o perdida?; etapa que coincidió con el apogeo de El Eterno, apodo con que lo conocían en los suburbios del exuberante Tucumán nocturno. Algunos de los relatos que integran esta antología han seguido un periplo tan errante como el de aquel Alfredo: “Al cuento Zorro, que da título al libro, Yo lo escribo y lo presento para un concurso de la editorial de la Universidad Nacional de Tucumán, EDUNT, con el que gané el segundo premio y se publica en un libro de autores tucumanos. Pero el libro nunca ve la luz porque descubren que uno de los cuentos seleccionados era un plagio… Todavía están esos libros en EDUNT y Zorro está ahí metido”.
“El camino errante de Zorro continúa a través de 5x5, que es una antología que yo comparto junto a Pablo Donzelli, Alejandro Nicolau, Máximo Olmos y Felipe Quiroga. En la tapa de ese libro salgo con la cara totalmente reventada y con la máquina de escribir de mi abuelo. Ese libro tiene la particularidad de que no recibe ningún tipo de atención de mi parte. No voy a ninguna presentación del libro…no le doy bola porque no me sentía identificado como autor en ese proceso. Y eso nos lleva a la última parte de ese camino cuando yo me junto con Pablo Donzelli y me dice algo que ya me había dicho hace diez años, que él quería publicar un libro con mis cuentos, pero con una sola condición: que yo lo acompañara en ese proceso, que es lo que estamos haciendo ahora. En el proceso que implica no solo las notas de divulgación del libro, la preventa, sino que vaya también a las ferias del libro, que vaya a los festivales, que vaya a la Feria del Libro de Buenos Aires… que me lo tome como algo propio”, reflexiona el autor de 44 años.
-Personalmente, siento que, a muchos escritores, quizás a la mayoría, les gusta más decirse escritores que escribir. Lo que quiero decir es que les interesa más toda la pose y la representación social del escritor antes que la escritura como una actividad. Siento que, en tu caso, pasa lo contrario: te gusta escribir, pero renegás mucho de todo lo que implica el mundillo literario… ¿Por qué ahora te amigás con ese universo? ¿Qué pasó para que eso suceda?
Alfredo: Hay una anécdota de Eduardo Perrone que cuenta que él caía a las presentaciones de sus libros en Buenos Aires en pedo y se ponía a bardear a todo el sequito intelectualoide de Buenos Aires…todo ese mundillo al cual él detestaba. No es que yo lo detestaba al mundillo literario o que detestaba a los otros autores, sino que, cuando yo decidía no ir a la presentación de un libro a la que había sido convocado por la gente del FILT (Festival Internacional de Literatura de Tucumán), esa negación no era más que una pose. Existía una gran inseguridad en mí como autor, como escritor. Como que yo no estaba convencido de mí mismo, de si tenía algo para decir o no. Esa cuestión de si tenés algo para decir o no es un pensamiento y una voz que a mí me acompaña desde hace muchísimos años y que me la estoy sacando ahora. Yo ahora siento que tengo algo para decir. Y para decirlo a quienes escriben y, sobre todo, a quienes leen. Sigue sin importarme el mundillo literario, el mundo intelectual, pero no porque reniegue de ellos. Valoro muchísimo a los autores y los valoro porque, también en este cambio que yo hago de semblante, empecé a entender muchas cosas del proceso de cada autor. A cada uno de nosotros nos cuesta un huevo vivir en una Argentina como la que vivimos actualmente. Vivir en Argentina es un quilombo y escribir sigue siendo un lujo; un privilegio que nosotros tenemos de tomarnos el tiempo de llegar a la noche o a la mañana y encontrar esa hora o ese hueco para escribir, ya sea un post de Facebook, ya sea un libro, ya sea un tuit… Es un privilegio, hay gente que no puede hacerlo. Yo, con ese privilegio que me da la profesión, no podía hacer nada porque no tenía el tiempo.
-Claro, porque eras El Eterno…
Alfredo: Vivía de noche, vivía escabiado, vivía con resaca… para mí la mañana no existía… entonces no me quedaba tiempo para escribir o para editar ni para corregir. Necesitaba salir también de esa figura del escritor maldito y escribir. Yo no quería enamorarme de la figura del “qué escritor hubiera sido”, esa es una imagen construida que la tiene Perrone, por ejemplo. Hay mucha gente que te habla de Perrone, pero no sé cuántos lo han leído. Yo con Zorro busco que la gente defina sí los cuentos son buenos o no. Y retomando un poco esa idea del mundo literario y el mundo de a pie, la intención de Zorro como libro es abarcar, en una primera aproximación (porque Tucumán es inabarcable), pero que haya un fresco ahí de este Tucumán que nosotros vivimos a través de sus distintos personajes. Y para eso necesitaba que se materializara, que sea un libro.
Foto: Martín Taddei.
- ¿Cómo se vincula el trabajo periodístico que hacés y las historias que contás en el diario con el universo de la ficción? Creo que hay un cordón umbilical entre ese mundo que vos transitás periodísticamente y el universo ficcional de Zorro.
Alfredo: Les cambio el apellido nomás a los protagonistas…Y después ficciono ciertos escenarios. Pero, después, está basado en hechos reales. Los personajes de los cuentos que integran el libro son todos protagonistas que yo he visto en la vida, en la calle, en El Bajo, en la terminal de Retiro… Yo estuve en esa pareja que pone punto final a su relación en la noche de su aniversario. Yo he visto a ese político que cree que puede ser gobernador de Tucumán. Y yo he visto a ese modisto de los 80 que se enamora de un albañil de una obra en construcción… después le agrego detalles, o sea, creo escenarios. Por ejemplo, el protagonista del cuento “El último beso”, La Cata Guido es un personaje real de Tucumán que tiene un local en la galería La Gran Vía. Era un vecino mío de la Entre Ríos y Las Piedras; un viejo que salía en bata a fumar con una permanente toda desteñida. Yo lo veía desde mi balcón del segundo piso porque vivía enfrente y decía este tipo, para mí, es un cuento. Y un día se cruza un albañil de una obra en construcción que estaba al lado y yo veo cómo lo mira, entonces, con los artilugios de Manuel Puig, de Copi, de Pedro Lemebel, imagino un amorío entre ellos y ese amorío tiene que coronarse en Ranchillos.
-A pesar de que los cuentos fueron escritos durante esa etapa de noches largas y excesos, es un libro que casi no tiene noche…
Alfredo: Lo que pasa es que el mundo de la sordidez del día no está tan escrita o yo no la he leído tanto, entonces me sirve un poco como para romper el lugar común de la sordidez de la noche. Me parece que quienes vivimos en un Tucumán donde, al ser la provincia con mayor densidad demográfica del país, encontrás historias en todas las esquinas. Me parecía un desperdicio desaprovechar la luz del día que se posa sobre los personajes que la habitan. A la mañana, la misma sordidez de la noche está en la terminal de El Bajo; la misma sordidez y la misma belleza. También está en los escenarios donde transcurre Zorro, en Ranchillos o en el aula de una escuela. Son cuentos escritos originalmente en un tiempo de mi vida, pero son cuentos que han pasado por un proceso de edición artesanal junto a Pablo Donzelli durante dos meses y medio, todos los días, dos horas diarias de lunes a viernes. Es un trabajo de orfebrería que hicimos con Donzelli y que a mí me ha terminado de involucrar en el proceso. Yo hubiera podido pasarle los cuentos por mail y dejar que él decidiera y que haga la edición y corrección, pero me parecía que no era justo. No era honesto ni conmigo ni con el potencial lector de Zorro.
- ¿Cuál es el Tucumán que aparece en los cuentos?
Alfredo: Es un Tucumán sin maquillaje, sin romantizaciones. Es un Tucumán que yo amo, pero que huelo, que veo, que me alimenta y que también he vomitado... Y es un Tucumán que, con sus virtudes, que son muchísimas, con su belleza y, sobre todo, con sus miserias, me enamora cada día. Es una adicción que yo tengo por ese Tucumán que quiero contar. Es muy atractivo el Tucumán que aparece para mí en los cuentos, una provincia que tiene mucho ruido, mucho caos y muchos microclimas dentro del clima que se respira y que se observa. Es un Tucumán claramente urbano, un Tucumán de personajes que no tienen nombre y sí apellido, y de otros personajes que no tienen ni nombre, como La chica del plan.
- Además de ser un gran observador de Tucumán, sos un gran lector de literatura tucumana ¿Encontrás algunos ecos en otros escritores que hayan escrito un Tucumán parecido? ¿En otros estilos?
Alfredo: Perrone es capital, es un autor al cual yo siempre vuelvo porque siempre le encuentro algo. Hay un vínculo muy cercano que yo tengo con la literatura tucumana. Después en poesía, me gusta mucho retomarla a Inés Aráoz y a Ariadna Chávez. También soy un lector que disfruta y que tiene el privilegio de leer a sus amigos. Fuera de la ficción, las crónicas que mis colegas y amigos han publicado en Tucumán Zeta nutren lo que escribo, hay ahí estilos que también trato de llevar a mis cuentos a través de la ficción.
Foto: Martín Taddei.
Quien se adentra en los relatos de Zorro ingresa en un universo familiar con rostros reconocibles en los paisajes urbanos de la provincia: el político aspiracional, el agente municipal, el árbitro de la Liga Tucumana de Fútbol, el capachero de la obra de la esquina, la pareja que transita el ocaso de un amor. Hay traiciones, ambiciones, ilusiones y desengaños muy nuestros. Un prolífico collage humano que deja al desnudo las nervaduras de sentimientos universales como el amor y el desamor.
-Considero que el Tucumán de Perrone, por ejemplo, es un Tucumán mucho más turbio, más denso, donde cuesta más empatizar con los personajes. En ese sentido, creo que los personajes de tus cuentos ofrecen muchos más matices, se muestran más humanos.
Alfredo: Los guiños a Perrone son una cuestión más de escenarios que de texturas. Si vos lees el cuento Zorro puntualmente vas a conocer a Vega, que era un árbitro de la Liga tucumana de fútbol y comete un error en el que cobra un penal dudoso. Yo no juzgo si lo ha hecho intencionalmente o no, o si estaba comprado. Cuando uno escribe sobre los personajes, en realidad, uno siempre está escribiendo sobre uno mismo, esto también tiene que ver con otras oportunidades que presenta la vida porque Vega queda desocupado y comienza a dirigir el tránsito, ya no dirige un partido, sino que dirige el tránsito de una ciudad como Tucumán, nada más y nada menos, y donde hace todo por derecha y, aun así, sufre un incidente que lo denigra. En este caso puntual es un final abierto para que el lector decida si Vega es un coimero o no. Pero yo empatizo porque quién no se equivoca o quién no puede equivocarse, quién no se moquea… Y quién es uno para no contemplar al menos la posibilidad de por qué el otro se moquea. ¿Se moquea porque quiere? ¿Porque es malo? ¿O porque no pudo o no supo cómo evitarlo? ¿Encuentra gozo en el moco?
-¿Cómo te gustaría que se lean esos cuentos?
Alfredo: Me gustaría que se lea en el colectivo, que se lea en la peatonal, que se lea cuando uno tenga un hueco en su vida diaria… Me parece que Tucumán es una ciudad muy viva y que quizás no te deja un margen para detenerse a la pausa de la lectura con un té a las 23:00. Es un libro que se tiene que leer como ha sido escrito, entre el ruido de la provincia, en el hueco que tengas… Creo que el proceso de escritura y de lectura se mimetizan en algún punto, es una decisión del autor, pero es para que vos puedas soltarlo al libro si viene el colectivo y después puedas retomarlo en el viaje o seguir leyéndolo a la noche. Es un libro que he tratado de llenarlo de imágenes, que es la forma que tengo de escribir, y busco que esas imágenes tengan una continuidad en el proceso de lectura.
-¿Cómo proyectás tu carrera de ahora en más?
Alfredo: Llena de libros… este es el primero de muchísimos libros. Yo necesitaba publicar este libro para sacármelo de encima y escribir nuevos cuentos. Tengo una nouvelle que se llama Baño donde, básicamente, creo que entre cuatro paredes se puede explicar todo un mundo que tiene que ver más con lo nocturno, con Bigotes, con el mundo más merquero, más alcohólico, más fisura. Algo que me gusta es empezar los procesos de escritura por el que sería el título del libro.
También estoy pensando en una novela que se llamará El cuarto de los murciélagos y que es una novela donde el protagonista va a convivir con sus propios fantasmas, pero donde también hay mucha luz.
En 2005 y por la pantalla de Canal 13, Diego Maradona condujo el programa televisivo “La noche del Diez”. En uno de los episodios del ciclo, Diego monta una autoentrevista en la que hace a la vez de entrevistador y de entrevistado. Le propongo a Alfredo que haga un ejercicio similar y que este Alfredo Aráoz, el que se levanta temprano a las mañanas, el que corre maratones, el que prepara su debut literario, se reencuentre con aquel personaje fascinante y trasnochado que se lo había, de alguna manera, fagocitado.
-¿Qué le diría este Alfredo Aráoz a El Eterno?
Alfredo: Le preguntaría por qué estuvo tanto tiempo dormido y por qué estuvo tanto tiempo creyendo que estaba despierto.