Avanzo bajo la lluvia agarrándome la panza, siento la sangre oscura y espesa. Después de vomitar aceite sucio de motor, me siento un poco mejor. Necesito un lugar para descansar y pasar la madrugada. Me escabullo en la sombra y entro a una gomería por un ventiluz. Hábilmente, pero como una rata.
Foto: Gentileza del autor.
Avanzo bajo la lluvia agarrándome la panza, siento la sangre oscura y espesa. Después de vomitar aceite sucio de motor, me siento un poco mejor. Necesito un lugar para descansar y pasar la madrugada. Me escabullo en la sombra y entro a una gomería por un ventiluz. Hábilmente, pero como una rata.
Respiro profundo.
El olor a caucho y a grasa de las gomerías me tranquiliza. Me muevo con cuidado y sostengo el encendedor como una antorcha. Me siento en una cueva. Alumbro una pila de cubiertas más alta que yo y en el piso unas mangueras. Sigo y alumbro en una pared rotosa y mugrienta un póster con once jugadores del Boca campeón de 1998. Lo veo a Riquelmente de muy pibe y a Palermo. Le miro el flequillo rubio y recuerdo a todos los jugadores de hoy con el mismo corte de pelo.
El techo es alto y no llego a darle luz. Me muevo como un ciego buscando la bañera. Me saco la ropa empapada y entro con un pie. El agua fría y gris me llega al pecho. Me pregunto dónde estarán los pinchazos en mi cuerpo. Con las rodillas flexionadas y la nuca apoyada en el borde, me relajo y el aire fresco me eriza la piel.
Respiro profundo la humedad.
La calle era un río, pero la lluvia paró un poco. El cielo es plomo anaranjado. Lo deduzco pero no lo veo. Cayó suficiente agua para limpiar del aire la mezcla de polvo y la tos de caño de escape. El sonido de las ruedas sobre el pavimento mojado masajea mi cerebro. Como los autos, la noche se aleja tranquila.
Jerónimo Cipriani, artista tucumano.