Entrevista

“Me interesa escribir ahí donde todavía es posible reconocerse”: una apuesta humana y narrativa a la pausa

Con una mirada sensible y una pluma exquisita, Bruno Cirnigliaro conjura la urgencia de estos tiempos con una nueva plataforma de historias breves que invitan a detenerse un rato y amigarse con la realidad: “Quería ofrecer estas historias como una pausa dentro del ruido cotidiano”. Por Exequiel Svetliza.

04 Ene 2026 - 11:38

Bruno vuelve a retratar historias cotidianas

Acechados por el mundanal ruido de la existencia cotidiana y de la calle online, vemos la vida pasar, vertiginosa, como detrás de la ventanilla de un colectivo sin frenos, siempre al límite del colapso. Cuesta parar, hacer una pausa, mirar la realidad, pensar y disfrutar de un pequeño refugio personal en medio del caos. Ya lo decía el gran Julio Cortázar en su poema Ándele: “No nos alcanza el tiempo/o nosotros a él/ nos quedamos atrás por correr demasiado/ya no nos basta el día/para vivir apenas media hora”. Con la premisa de conjurar tanto apuro, Bruno Cirnigliaro retoma la escritura con su nuevo proyecto “Historias al paso” para ofrecer pequeños frescos de esa realidad que se nos escapa como un puñado de arena en el puño. Contra esa estridente fugacidad, el periodista vuelve con una apuesta humana y narrativa a la pausa y a las historias reales. 

Como uno de los fundadores de la revista digital de periodismo narrativo Tucumán Zeta, Bruno supo cultivar en sus crónicas memorables una mirada sensible y una pluma exquisita; un ejercicio de artesanía documental que pone de relieve esos matices de la realidad que se pierden a simple vista. Con el mismo cuidado por las historias bien contadas, pero apelando a textos breves que conjugan la contundencia poética y la preocupación humana por el otro, el cronista lanzó una plataforma de Instagram que reúne sus nuevos textos. Se trata de relatos que se dejan leer entre los sorbos del café de la mañana, mientras se espera el bondi, en el banco de cualquier plaza o en la siempre tediosa fila del Rapipago. Un auténtico vergel en este infierno no tan encantador. Un salvavidas en medio de un océano de noticias efímeras. Una caricia narrativa para nuestros oídos cansados.  

 

-¿Cómo surgió el proyecto de Historias al Paso?

-El proyecto surge de un proceso en el que durante años fui escribiendo textos breves, relatos y crónicas mínimas que muchas veces no tenían un destino claro. Algunos quedaban guardados, otros aparecían de manera dispersa en mis redes sociales personales. En un momento sentí que esos textos pedían un lugar propio, un espacio que los alojara sin apuro, sin la lógica de la urgencia. 

Ahí aparece algo del trabajo con el archivo personal, pero también una escritura en presente. El proyecto nace de esa necesidad: reunir esas historias y ofrecerlas como una pausa dentro del ruido cotidiano.

 

-¿Cuáles son las particularidades de estas historias y por qué decidiste compartirlas con el público?

-Son textos de no ficción, crónicas y relatos breves anclados en lo cotidiano, construidos a partir de situaciones reales donde algo humano aparece, a veces de forma inesperada. No buscan explicar la realidad, sino detenerse justo ahí donde parece que nadie está mirando. 

Creo que compartirlas es una forma de encontrarse en el otro. Me interesa escribir ahí donde todavía es posible reconocerse. Muchas de las historias no son nada excepcionales: son situaciones comunes donde cualquiera podría verse reflejado. Si alguien se encuentra ahí con algo propio, se abre un espacio de encuentro. No hace falta estar de acuerdo ni pensar lo mismo; alcanza con reconocerse por un rato. 

 

-¿Cómo conviven estas historias que obligan a hacer una pausa con estos tiempos actuales donde todo es tan vertiginoso y efímero?

-Conviven en tensión, pero también como una respuesta posible. Vivimos en una lógica de aceleración permanente, donde todo dura poco y se consume rápido. Historias al Paso propone lo contrario: textos breves, sí, pero que invitan a frenar y a leer con atención. 

Incluso dentro de Instagram, una red esencialmente visual y acelerada, me interesaba usar ese mismo lenguaje para generar un pequeño paréntesis, un espacio de pausa y lectura en medio del ruido digital. 

 

-Sos uno de los fundadores de Tucumán Zeta y esta es la primera experiencia de publicación después de la revista ¿Cuáles son los aprendizajes que te dejó ser parte de ese proyecto y qué de eso hay en Historias al Paso?

Es la primera experiencia de publicación formal después de Tucumán Zeta. Si bien la escritura no desapareció, sí se volvió más privada. Tucumán Zeta fue una etapa muy intensa y muy feliz: hicimos periodismo narrativo con amigos, con una estructura editorial, construimos comunidad y tuvo un impacto muy fuerte. Fue una escuela del género para mí rodeado de grandes talentos, una experiencia colectiva y expansiva de mucho aprendizaje.

Historias al Paso es un proyecto distinto, más íntimo y de otra escala, pero hay algo de esa experiencia que permanece: la búsqueda de una escritura cuidada, el rigor narrativo, la importancia de respetar la voz propia y la convicción de que el periodismo narrativo sigue siendo una herramienta válida para pensar la realidad. Quizás antes el desafío era contar grandes historias; hoy es no pasar por alto las pequeñas.

 

-¿Cómo te gustaría que se lean estas historias? ¿Cómo imaginás que será la recepción de las mismas?

-Me gustaría que se lean con atención y sin apuro. Que los textos acompañen a los lectores en su paso por lo cotidiano, casi como quien se detiene un momento en medio del día y lee algo que le gusta. Son tiempos de sobreexposición y discursos cada vez más enfáticos, así que espero que inviten a bajar un poco el volumen y a reconocerse en escenas ajenas, que susurren algo al oído. 

En cuanto a la recepción, hasta ahora viene siendo muy estimulante: recibí mensajes de colegas y lectores con devoluciones muy sensibles y generosas, que destacan tanto los textos como el cuidado gráfico del proyecto. Eso me gusta porque confirma que, incluso en formatos breves, todavía hay lugar para una lectura atenta. Espero que siga siendo así en adelante.

 

-¿Por qué contar? ¿Para qué sirven estas historias?

-Contar sigue siendo una forma de compartir lo que nos pasa, de no pasar de largo frente a lo que vemos y sentimos, y ofrecérselo al otro. Estas historias no sirven para nada desde el punto de vista utilitarista de estos tiempos, pero quizás sí sirvan para detenerse en una escena, habitarla un momento y dejar que alguna emoción resuene. Si eso pasa, ya es un montón.  

A veces no hacen falta grandes conclusiones; alcanza con haber sentido algo distinto, aunque sea un instante. 

 

Una historia al paso: Siempre con vos

Te escribo desde la habitación 19 de la Unidad de Cuidados Intensivos Cardiológicos. Son las seis de la mañana del tercer lunes de marzo. Llevo algunas noches pasadas a tu lado bajo esta luz insípida de hospital. Estoy sentado en la única silla de esta pequeña sala y escribo. Escribo y te miro de reojo, mientras dormís. Tu respiración agrietada balbucea palabras y conversaciones inconexas. Te escucho y te miro, atento a cualquier movimiento anormal. Pero ahora es tu inconsciente el que habla.

Rossana acaba de ponerte un omeprazol. Te controló la presión y la fiebre; dice que estás bien. Al irse, me dijo que cualquier cosa la llamara, pero recién la llamé para que te acomodemos y me dijo “ya voy”, aunque nunca vino.

El que sí vino fue Germán, el cardiólogo. Dice que hoy podrás volver a casa. Qué alegría. Han pasado varios días desde que te abrieron el pecho y te sostuvieron el corazón con las manos para curarte, y todavía recuerdo la primera imagen tuya cuando saliste del quirófano. Te miro ahora a mi lado y no logro entender cómo hace el cuerpo humano para que, en seis, quince o treinta días —¿cuánto pasó?—, sea capaz de recuperarse de semejante paliza.

¿Sabés una cosa? No quiero que te sorprendas de que te escriba en este momento. ¿Cómo no iba a hacerlo, si sabés cómo soy? Esto de saber que ya nos vamos de este hospital me hace pensar en todas esas imágenes que vi a lo largo y a lo ancho de tantas horas, y que me serán difíciles de olvidar: la de los enfermeros y enfermeras laburando sin parar; la de esas mujeres silenciosas limpiando los pisos de madrugada, en el eco filoso de la noche; la de los cirujanos corriendo con apuro a las cinco de la mañana porque llegó un corazón de Ushuaia y hay que trasplantar al tipo de la 8; la de nuestra familia desvelada a tu lado, sin descanso; y la de tanta gente preguntando por tu salud, queriéndote de tantas maneras diferentes.

También me costará borrar los olores: el del alcohol en gel, el de la comida sin sal, el del guante de látex, el de la gasa, el de los remedios, el de los desinfectantes y el de tanta cosa hospitalaria que nos rodea y me hace respirar cortito, porque por alguna razón no quiero que esa exhumación me perfore los pulmones. Tantas horas sin ventana, bajo esta luz mortecina, me hacen perder el recuerdo de los olores de la vida. Es verdad que siento falta de tirarme en el pasto húmedo, respirar hondo el aroma de las flores, de los árboles, de cualquier cosa que sea natural y vida. Es curioso cómo el encierro te pide libertad. Pero aquí el encerrado es el dolor dentro de tu cuerpo, tu cuerpo dentro de esta habitación.

Abrís los ojos cada tanto. Me preguntás la hora todo el tiempo, como si quisieras que pase rápido este tormento. Te entiendo. Son las 6.40, te respondo, en un rato nos vamos. Ojalá que no tengamos que volver acá por mucho tiempo, pienso. Te pregunto si te duele algo. Me decís que no. ¡Si serás mentiroso! Te miro callado, a ver si hacés algún gesto de dolor, y creo comenzar a entender ahora ese desvelo de los padres por sus hijos cuando se enferman de niños. Cuántas noches lo habrás hecho conmigo y ahora los roles se invierten. Por fin se hace justicia, ¿no? ¿Será que por aquí comienzo a devolverte todo lo que hiciste por mí? Eso sería imposible. Porque vos me diste una vida, y una vida sana y hermosa, y eso yo no te puedo devolver ahora mismo, aunque lo quisiera con todas las fibras de mi alma.

Pero mirá, pensemos así: estos días que estuvimos internados (uso el plural porque todos nos internamos de alguna manera cuando se enferma alguien querido) estuvimos muy cerca el uno del otro. No se cuántas veces antes de hoy te hice masajes en los pies para que pudieras relajarte. No se cuántas veces antes de hoy tuviste ataques de frío sobre los que tuve que poner doble frazada y frotarte cuidadosamente. No se cuántas veces antes de hoy te acaricié la cabeza para que pudieras cerrar los ojos y dormirte, noctámbulo incurable. Y eso sí que te gustó, porque cuando paré me dijiste haceme más así. Y yo inclinado a tu lado, te hice más así.

Sé que todo esto cualquier hijo lo haría. Pero creo que nunca antes habíamos estado tan cerca. Incluso hoy, esta misma noche, como a eso de las dos, te agarré la mano. Vos estabas medio dormido y apretaste las mías con las pocas fuerzas que tenés. Me dijiste, con los ojos entreabiertos: “Quedate así, conversemos un rato”. Entonces me quedé ahí, aferrado a tu mano rugosa y otrora fuerte, contándote historias como si te estuviera leyendo un cuento para dormir. Semejante bebé grandote y canoso que sos ahora. Quién diría que hace apenas unas semanas, cuando estabas sano en mi casa comiendo un asado conmigo y me dejaste escrito en el pizarrón de la cocina “siempre con vos”, hoy estaríamos acá, en este lugar tan lleno de dolor. “Siempre con vos” tenías que escribir, maldito, con esa capacidad de sintetizar todo tan bien que tenés.

Sin embargo, quiero que me digas ahora mismo dónde escribo yo, con tinta de mi sangre, que el que siempre va a estar con vos voy a ser yo. Decime dónde lo escribo, porque si de algo tiene que servir todo esto que estamos viviendo, que al menos sirva para eso: para que sepas, ahora y para siempre, que nunca, nunca vas a estar solo. Y que si escribo “siempre con vos”, querrá decir siempre. Y que si escribo “siempre con vos”, querrá decir con vos.

Ahora despertate. Se hace de día. La vida nos reclama. Vámonos a casa de una buena vez.


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