CREER O REVENTAR

“Al él no le gusta que juegue con vos”: un hombre de barba y gnomos en la casa maldita de Ciudadela

Pasaron más de 15 años desde el hecho que la marcó de por vida. Hoy, Claudia se anima a contar detalles sobre lo que sucedió y sucede en la cuadra de su casa, uno de los barrios más tradicionales de la capital tucumana.

08 May 2022 - 18:33

La cuadra en la que está emplazada la Casa Maldita de Ciudadela.

Esta es una historia que vivió Claudia en carne propia, a quien llamaremos por ese nombre para resguardar su identidad de los vivos. Las entidades con las que se cruzó, en cambio, la conocen muy bien. Todo pasó hace más de 15 años, cuando todavía era estudiante universitaria y sus vecinos eran otros, en una propiedad lindante cuyos dueños nunca duran más que unos cuantos meses y que, aún deshabitada, siempre parece estar ocupada por alguien. O algo.

Más de tres propietarios tuvo la que hoy es considerada “La Casa Maldita de Ciudadela”, en donde las familias que vivieron allí sufrieron enormes desgracias. Desde muertes de familiares, lesiones físicas, pérdidas económicas y hasta rupturas de vínculos.

El evento, que hasta el día de hoy impide que Claudia salga de noche al fondo de su casa, ocurrió luego de la llegada de una familia con dos hijos, una nena de dos años y un bebé que nació unos meses después de habitar la casa. Todos fueron protagonistas de la terrorífica historia que, con mucha dificultad, se anima a contar.

Ellos tenían una hijita que me llamaba tía, se habían hecho muy amigos de mis papás. Hablaba hasta por los codos y, de repente, se ponía a jugar con alguien”, recuerda la protagonista sobre lo que ocurría en aquella casa antigua a la que, de tanto en tanto, asistía para tomar mates y cuidar a la pequeña por pedido de sus padres.

Del lugar, Claudia recuerda dos detalles muy llamativos. En el fondo tenían una pileta y en cada una de las esquinas un gnomo de jardín. En un hall amplio, antes de salir al jardín, los dueños originales de la vivienda habían instalado una suerte de fuente con una especie de figura de diablo. No escurría agua ni nada, era una estructura inerte que solo destacaba por aquella temible escultura.

“Era una figura como de diablo a la que le prendían un cigarrillo una vez al año; nos llamaba a todo el barrio la atención”, describe la joven.

Una mañana, bien temprano, los padres de la pequeña le pidieron si podían cuidarla a ella y su hermano bebé que, por entonces, tenía dos añitos. Al ingresar a la casa, le preparó el desayuno a la niña y ambas se sentaron en la mesa de la cocina. En la cabecera, la menor comienza a hablar con alguien mirando hacia un costado.

─¿Con quién hablás? –le pregunta Claudia a la nena.

─Con el señor que juega conmigo –le responde la niña.

Claudia intenta indagar un poco más, ya que la nena no le decía el nombre de la persona con la que conversaba fluidamente. 

─¿Quién es? –le insistió.

─No te voy a contar porque él no te quiere, no le gusta que estés aquí –volvió a contestar, algo esquiva.

─¿Está parado al lado tuyo? –volvió a consultarle.

La última respuesta de la niña la dejó helada: “A él no le gusta que juegue con vos”, pronunció la niña y los vellos de la nuca se le erizan a Claudia, que se levanta, alza a la niña y la lleva al baño para lavarle las manos y llevársela a su casa. “Pará, se va a enojar”, le replicó la pequeña y, entonces, luego de varios intentos, accede a describir a la persona con la que conversaba mirando al vacío.

Me describió a un abuelo, una persona de una época antigua vestido elegante, de frac y galera, con bastón. Muy alto, piel clara y una barba muy larga también”, recuerda Claudia que, al sentir la presencia de algo extraño, salió lo más rápido que pudo del lugar. Tan rápido, que en el interior olvidó al bebé, dormido profundamente. “Tenía que volver a buscar a la criatura. Le dejo la nena a mi hermano y voy a buscarlo. Cuando entro, estaba despierto y llorando a los gritos”, describe.

Al regresar los padres de las criaturas, Claudia les contó todo. Ellos le confirmaron que la pequeña solía hablar sola, pero que no daban demasiado crédito a la situación, que bien podría ser atribuida al reciente nacimiento del hermanito. La joven les propone que cada vez que necesiten que les cuide a los pequeños, se los traiga a su casa. Acceden.

Sin embargo, a los pocos meses, la historia da un giro inesperado. La familia, de buen pasar, cae presa de una profunda crisis económica. La pareja se termina divorciando y un familiar muy cercano del matrimonio muere de forma sorpresiva. La casa, entonces, pasa a manos de otros dueños, que decidieron reformarla por completo, sin conocer ninguno de los detalles oscuros que la envolvían.

La madre de Claudia era arquitecta, murió hace pocos meses. Fue contratada por los nuevos propietarios para la obra de renovación. Para el trabajo contrató al mismo grupo de albañiles con los que trabajó en cada una de las obras que dirigió. Por ello, la confianza con los integrantes de su familia era plena. Compartían la mesa y los atendían como a cualquier familiar. En ese marco, los trabajadores comienzan a relatar algunas situaciones que se vivían dentro de esa casa, eventos que, atando cabos, formaban parte –quizás- del mismo estambre de fenómenos paranormales.

Me contaron que lo primero que quisieron sacar fueron los enanitos que estaban en la pileta. Los acomodaban en un lugar y un cuando volvían al día siguiente los encontraban por cualquier lado y sus herramientas se perdían misteriosamente”, recuerda.

Una mañana, Claudia preparaba el desayuno y por la ventana logra divisar a quien quedaba de sereno por las noches. Estaba durmiendo en el patio delantero de la casa, sobre una pila de ladrillos. Hacía frío. No se explicaba cómo podía estar allí con esa temperatura. “Cuando voy a encararlo me dice que no quería entrar más a esa casa. Ese día era mi cumpleaños, no me olvido más, y le ofrezco entrar a la casa para desayunar hasta que venga el resto de los albañiles. Ninguno se quería quedar de noche y tuvieron que tomar otras medidas de seguridad para cuidar la casa”, recuerda.

Ese mismo día, antes del atardecer, Claudia se dirige al almacén de la vuelta de su casa para comprar dos gaseosas para ofrecer a los familiares que iban a visitarla por su cumpleaños. De regreso, cuando pasaba por el frente de la “Casa Maldita”, ve de reojo la figura de un abuelo. Entonces recuerda la descripción de la pequeña que, meses antes, solía cuidar. Lo que pasó a continuación, la marcó de por vida.

Trato de caminar un poco más rápido y, cuando iba terminando de pasar por la casa, las dos manos del hombre me apoyan los hombros y caigo al piso. Me quebré la nariz y los dientes. No tenía cómo apoyarme porque iba con las gaseosas. No te miento, estuve como un mes entero sin poder quedarme sola en mi casa del susto que tenía. Yo lo vi, esa persona me empujó, terminé internada el día de mi cumpleaños. Sentí las dos manos, dos manos grandes, sentí clarito las dos manos en la espalda, el empujón seco, con mucha violencia”, recuerda mientras se le acelera la respiración al teléfono. “Salieron corriendo a ayudarme, pero nunca vieron a nadie, ‘te has caído sola’ me decían y yo les decía que me empujaron; estoy segura que ha sido él”, agrega.

Después de aquel evento, Claudia no sale al fondo cuando el sol comienza la retirada. Hasta el día de hoy no pisa la vereda de aquella casa y durante varias noches, mientras la casa permaneció deshabitada, asegura que lograba escuchar cómo alguien lavaba platos y golpeaba cubiertos en el interior.

La reforma de la casa llega a su fin. Pasan unos meses y una pareja de jóvenes alquila el lugar. Como la primera familia, se hacen muy amigos. Todo iba bien, a pesar de las historias y los horrores que se decían del lugar, la pareja aseguraba no haber experimentado nada fuera de lo común. Fue hasta que se convirtieron en padres. Cuando el bebé cumplió tres meses, comenzó una pesadilla.

“Se tuvieron que ir porque era insoportable. El chiquito aparecía pellizcado, lloraba toda la noche, no dormía. Salían de la casa y cuando volvían las puertas de los armarios estaban abiertos y los juguetes desparramados”, describe y afirma: “Toda la gente que vive ahí sufre desgracias. Los últimos que fueron los dueños murieron los padres y una de las hijas sufrió un episodio psicótico. Sufren desgracia todos los que viven ahí, uno se quedó sin trabajo y hubo una dueña que hizo construirse un dormitorio machimbrado afuera en el patio para no pasar por el medio de la casa”.

Pasa algo terrible en esa casa”, asegura Claudia. “Mi mamá la hacía bendecir todos los años”.

Luego de estar varios años deshabitada, a la casa la alquiló un matrimonio mayor. Claudia asegura que después de tres meses la mujer resbaló en la bañera y se golpeó tan fuerte que hasta el día de hoy tiene dificultades para caminar.

No hay explicación lógica para lo que allí ocurre. Solo una teoría es la que barajan algunos de los vecinos que conocen la historia y que temen continuar replicándola por el miedo que les genera el solo hecho de recordar todo lo ocurrido. “Por lo que tenemos entendido, esta zona antes era parte del Cementerio del Oeste”, dice.

La Casa Maldita de Ciudadela. ¿Creer o reventar?

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