Historias de acá

El tucumano que se fue a El Pingo y el goce de habitar la palabra

Juan Pablo Avila buscó en el GPS y conoció el destino más tucumano de todos: El Pingo. Qué encontró y qué hizo cuando llegó. Los diversos usos del pingo, su riqueza y la necesidad de volver a conquistar sin miedo las palabras. Video.

24 Abr 2022 - 21:43

Como un mandato natural, un horizonte posible o un destino inexorable. En Tucumán, más temprano que tarde, te mandan al pingo. No sabemos a ciencia cierta dónde queda ni cómo ir, pero, cada vez que esta tierra y quienes la habitan nos expulsan, no hay otro rumbo posible que el pingo. Lo imaginamos con sus lomas y un río. Lo sentimos demasiado familiar, pero lo suponemos distante. Es un exilio esperable. Una diáspora tan íntima como misteriosa. Un territorio abstracto y algo nuestro. La historia está reservada a quienes se atreven y Juan Pablo Avila se animó. Buscó El Pingo en el GPS acaso con la misma picardía con que escribía EL BEBE en la calculadora científica cuando iba a la escuela. La pantalla le devolvió una ruta trazada por la fascinación; un mapa virtual del deseo. Como los conquistadores alucinados por El Dorado, siguió las coordenadas que lo llevaban a una palabra. Juan Pablo es tucumano; un tucumano que se fue a El Pingo. 

La idea comenzó su asedio de susurro en el oído meses atrás, apenas después de ver el video que registró la inauguración del flamante balneario de El Pingo, localidad entrerriana de menos de mil habitantes. Una señora se había ido desde Tabossi, un municipio cercano, para participar del evento. Se la ve feliz en El Pingo. Es lindo El Pingo, le confiesa a la cámara. A Juan Pablo eso le sonó como una señal divina; una especie de epifanía. Por eso, a la hora de definir las vacaciones familiares del feriado de carnaval, optó por Concordia. Sólo necesitaba desviarse unos treinta kilómetros del destino final. Su esposa, Viviana, y Candela, su hija de quince años, fueron cómplices en la aventura.

En las semanas previas al viaje, cuando sus familiares y compañeros de trabajo le preguntaban adónde iba a salir de vacaciones, muy suelto de cuerpo, él les contestaba que a El Pingo. Muchos lo tomaron como una respuesta propia de su espíritu jocoso. Otros, aprovecharon para retrucarle: “Cuando les contaba que me iba al Pingo, me decían: bueno, andá y sentate”. Para Juan Pablo no fue un viaje más. Después de todo, Concordia ya conocía. El Pingo, en cambio, era una incógnita. Empezó a inflar El Pingo, a idealizarlo con cierta proyección utópica que se erguía en el horizonte conforme se acercaba el momento de pasar del plano conceptual al de la materialidad. Estaba a punto de aceptar el precepto de sus comprovincianos como quien se rebela a la misma rebeldía.  “Literalmente me fui a donde me han mandado todos, esa es la verdad”, confiesa entre risas contagiosas el hombre de 43 años oriundo de Lastenia.

“El GPS nos marcaba que estábamos en el centro de El Pingo. Buscábamos con mi señora un cartel, cualquier cosa que diga El Pingo y nada che… No teníamos nada y para nosotros era un bajón porque contar que fuiste a El Pingo y no tener una foto de un cartel o algo es un bajón mal ¿entendés?”, relata Juan Pablo como, una vez en el lugar, la ausencia de literalidad comenzó a frustrarlo. Estaba ahí, había llegado, pero El Pingo no terminaba de mostrarse como tal, de salir de ese universo ideal para hacerse presente en la realidad. Lo que él buscaba era un Pingo visible, tangible, ostentoso y orgulloso de su materialidad. Hasta que lo encontró, bien grande y en letras brillosas que dan cuenta de su pujante historia: “Íbamos en la ruta, ya saliendo del pueblo, y en eso miro a la izquierda y veo en un paredón ‘El Pingo’. Inmediatamente, clavé los frenos del auto y di la vuelta… Me empecé a reír, no sabés esa alegría que tenía el vago, era el sueño del pibe… Era un cagadero de risa todos en el auto… Era lo máximo que habíamos logrado, llegar hasta ahí”.

No se sabe de otros tucumanos que hayan llegado hasta El Pingo, por eso, como un antropólogo, quizás como un expedicionario, Juan Pablo empezó a tomar registro de su hallazgo con fotos y videos que, sin saberlo entonces, fueron luego el deleite de cientos de miles acá en la provincia gracias a la magia expansiva de las telecomunicaciones. De su incursión en El Pingo no quedan sólo los videos virales, sino también el recuerdo de su visita al famoso balneario donde un hongo portentoso se alza, recto, en el centro de la piscina. Y, aunque su misión en El Pingo ya estaba cumplida, se trajo una anécdota que vale lo que el más cuantioso tesoro.

Agotado por el viaje y las emociones vividas, encaró hacia un almacén de la zona en busca de fiambre y pan para unos apretados que le permitieran recargar energías y continuar la ruta hasta Concordia. Cuando lo escuchó hablar, el encargado del negocio supo que se trataba de un foráneo. La tonada le era ajena, pero a la vez familiar:

- Vos no sos de acá ¿no? – preguntó el almacenero pelado con tono entre cómplice y socarrón.

- No, soy de Tucumán.

- Ahhh… Yo sé lo que significa esto para ustedes – dijo soltando una andanada de risas.

- Y sí, imaginate… - apeló a la cautela para que no sonara como una falta de respeto.

- ¿Sabés qué pasa? Yo estudié allá en el norte y vivía con un tucumano que, cada vez que se enojaba, me decía: “Andá, vos… Chupame tu pueblo, culiao”.

Un coro descompasado de carcajadas se escuchó en el almacén de El Pingo.

Tenía los videos, las fotos y una maravillosa anécdota para contarles a hijos y nietos, pero Juan Pablo siente que le faltó algo más: “Yo buscaba recuerdos, una remera, un vaso, un caramelo que diga El Pingo. Creo que estaría bueno eso porque la gente de acá, del norte, va a ir. Imaginate traerte un recuerdo de El Pingo… Sos Dios… Un llavero nomás que diga El Pingo ¿Sabés lo que sería? ¿Qué tucumano no va a querer tener algo así?”.

“Estaría bueno que los tucumanos visiten y disfruten un poco más El Pingo. Es un pueblo muy lindo, el balneario que tienen está bueno y la gente es muy servicial. Todo laburante quiere salir de vacaciones y estaría bueno que otros también lo hagan a ese viaje. El que tenga la posibilidad, se llega y se caga de risa. La mayoría de la gente de ahí no debe saber lo que significa El Pingo para nosotros, para ellos es un caballo. Acá nosotros lo tenemos implementado en todo, para los tucumanos El Pingo es especial”, comenta Juan Pablo, el tucumano que se fue a El Pingo; un privilegiado que conoce el secreto y el goce de habitar la palabra.  


*****

Nos gusta el pingo. La sonoridad y la contundencia de esa palabra cargada de simpática violencia. Breve y rotunda, la expresión es un gancho bien metido en la jeta, parafraseando al gran Roberto Arlt que, de haber nacido en Tucumán, no dudo que la hubiera usado sin prurito alguno. No hace mucho un compañero de la redacción aseguró que debo ser el periodista que más veces ha incluido la palabra pingo en títulos de notas. La estadística es improbable y, pensándolo bien, cualquier colega de la localidad de El Pingo debe superar ese promedio con comodidad. De todas maneras, no deja de ser un halago y una gran manera de trascender en el oficio. “Aquí yace un periodista tucumano que amaba la palabra pingo”, es una inmejorable leyenda para mi epitafio. Mejor, convengamos, que el impreciso y polémico: “Aquí descansa el periodista tucumano que más veces usó el pingo”. Como sea, si existe algún berretín personal con la palabra, creo es más cualitativo que cuantitativo. Lo importante no es cuántas veces uno use el pingo, sino saber usarlo.

Ámbar gris le llaman al vómito de las ballenas, una masa nauseabunda y asquerosa que sale de los intestinos de algunos cachalotes y que cotiza a 50 mil dólares el kilo. En la antigüedad, algunas culturas lo utilizaban como afrodisíaco y en ceremonias religiosas. Ahora, esta sustancia es muy cotizada por los creadores de perfumes y cosméticos porque posee ciertas propiedades únicas en su tipo. Aunque un tanto repulsiva para algunos, la palabra pingo es nuestro ámbar gris lingüístico. Y esto vale también para el vocablo ura, de similar riqueza (aclaro que no pretendo desplegar acá una defensa falocéntrica, sino exclusivamente idiomática). Es sabido que donde los porteños dicen un caballo, nosotros los tucumanos decimos un pene, pero la palabra no se limita en esa sola expresión, sino que posee una polisemia inaudita en nuestro lenguaje. El pingo no sólo se utiliza mucho por estas latitudes, sino que, además, se usa de muchas formas. A esto lo ha demostrado, con la rigurosidad que lo caracteriza, el periodista tucumano Juan José Domínguez en una publicación de junio de 2012 en su blog.

Como hipérbole: “hace un frío del pingo”. Como algo de escaso valor: “no vale un pingo”. Como despedida: “bueno, me voy al pingo”. Como queja: “¡me cago en el pingo!”. Como insulto: “cara de pingo”, “cabeza de pingo” o su versión simple, “caripingo”, del que deriva la cariñosa apócope “caripi”. Como sinónimo de disgustado o molesto: “estoy empingado” o “me tienen el pingo lleno”. Como vocablo para significar embriaguez: “me puse hasta el pingo” o “hasta el granmil pingo”. Y la lista continúa con muchas otras formas de expresión que adopta la palabra pingo y que Domínguez enumera en detalle. Toda una constelación de sentidos latentes en un único vocablo expansivo, poderoso y potente. En Tucumán, hay pingo para todos los gustos. Y también para todos los disgustos porque no faltan quienes ven en la prolífica semiótica pinguera la encarnación demoníaca del mal decir.

Hablando de blogs (especie de videoclubes de la era digital, según define Cecilia López), había uno cuyo nombre condesaba esa magnificencia expresiva de los dos vocablos más propios y significativos de los tucumanos: “Pingura”, el sitio del periodista Juan Pablo Sosa cuyo subtítulo rezaba “Se escribe como se habla”. Y este otro Juan Pablo, al igual que el ilustre visitante de El Pingo, no se equivoca porque sabe que el pingo se vive, se escribe y se habla. Dirán algunos entonces que acá vivimos, escribimos y hablamos como el pingo. La exuberancia significativa de la palabra parece negar su sentido peyorativo, al menos, en términos de habla y escritura. También diluye la falsa jerarquía que pondera la palabra escrita por encima de la palabra hablada. En una dimensión existencial, por desgracia, la realidad desmiente la riqueza que el pingo ostenta. Décadas y acaso siglos de demonización han recluido a la palabra al correccional normativo y moralizante de las malas palabras. Ahora bien: ¿Puede una palabra que dice tantas cosas, que tanto abarca y tanto aprieta, considerarse una palabra mala? Es obvio que quien así lo piensa no sabe demasiado de palabras. No nos consta que hayan conocido el uso local del vocablo, pero, qué duda cabe, Domingo Faustino Sarmiento o Jorge Luis Borges se hubieran vueltos locos con el pingo tucumano y su expresividad babilónica.

Así como el pingo dice mucho de nosotros, también lo hacen los blogs. Ahora, con la proliferación y diversificación de las redes sociales, sobran las plataformas virtuales para decir y compartir cualquier cosa que se nos venga en mente. Pero todo eso empezó a germinar ahí, con los blogs. Pertenezco a una generación que encontró en esos espacios una libertad para las palabras que, hasta entonces, se nos negaba. Los blogs fueron tejiendo los lazos de una comunidad de periodistas y escritores tucumanos, la mayoría nóveles, que formaron un ecosistema autóctono de palabras propias. Muchos nos leíamos, incluso antes de conocernos en persona. El fenómeno puede sonar no muy distinto de las formas actuales de interacción en las redes sociales, pero entonces era nuevo. Y fue, a su manera, revolucionario.

Lo maravilloso es que muchos de los blogs siguen ahí, en desuso, pero todavía suspendidos en el éter. Son un museo intangible a cielo abierto, las placas tectónicas de la era digital, las ruinas donde los antropólogos del futuro deberían buscar los rastros de una generación que creció en la transición entre los últimos estertores del mundo analógico y este presente dominado por algoritmos.  A muchos nos asusta la idea de qué podemos encontrar ahí, cuando pensábamos y escribíamos distinto, cuando éramos, para bien o mal, otros. Cuando tomábamos la palabra sin miedos y no existía la cultura de la cancelación ni la policía del sentido. Acaso también nos asusta la idea de esa libertad sin límites ni formas prefiguradas. Muchos somos parte de la generación que vio cómo cercenaban la noche con la ley alperovichista del 4 AM y encontró en ese espacio su albedrío y su lugar de resistencia. Las cicatrices y los despojos de esas disputas todavía están ahí, como trincheras abandonadas de un antiguo campo de batalla.

Como quien salta entre las piedras de un río pampito, vuelvo a transitar entre nostálgico y curioso por esa ciudadela fantasma y, a la vez, tan llena de vitalidad. En algunos casos, puedo identificar al autor del blog, ya sea porque su firma está ahí o porque aún recuerdo quién estaba detrás de la máscara virtual. En otros, tengo que conformarme con el avatar. Paso por El Corcho de Juanjo Domínguez, por la maravillosa Ley del Feliz Gol de Pedro Noli en Ajá, por la pluma siempre seductora de Silvina Cena en Lazy Daisy y los grandes relatos de Mariana Claverie en Confesiones de una mente ridícula. Me doy una vuelta por la bohémica mirada de Carlos Díaz Márquez en las narraciones de Cuenteando por un Cheguzán y llego hasta el Síndrome de domingos por la tarde de Juan Pablo López. Recuerdo algunos de perfil más periodístico como Sin soltar el lápiz de Maby Sosa, Mono blog de Julio Coronel, Actriz de reparto de Lorena Tapia Garzón o Zoom de Diego Jemio. Y otros que jugaban con la ficción y sus contornos como Holden Caulfield o bien con formas diversas de la autofiguración como La Tucumala y Los mails amarillos de Kill Bill. Había de los que rozaban el delirio como Jornal El Boliyao del desopilante Marco Lamoglia, el efímero y polémico Pesca, Poker y Paja y quizás el propio que lleva por sugerente título Vaciá. Los había también colectivos, como Estamos hablando de faso, pionero en el abordaje de la cultura cannábica. Aparece también ahí, con formato web y alma de blog, la satírica y extinta Cerrá el oyo donde firmaban los habilidosos Roger Milla y Blas Armando Giunta. Me olvido de muchos, de los que ya no están y de los que todavía perviven como bastiones estoicos de las palabras que habitaron aquel tiempo.

Los medios ya no parecen una limitación a la hora de decir. Los hay y para hacer dulce. Lejos del ímpetu juvenil que nos caracterizaba entonces y del empoderamiento que nos brindaba la novedosa blogosfera, las redes se han poblado de palabras más o menos propias y de miradas más o menos originales. Pero no es menos real que esos nuevos espacios virtuales han sido copados por cierta ambición panóptica, paranoica y vigilante, de la palabra y del pensamiento ajeno. Los trolls, los haters, los fomentadores de los discursos de odio y los comentaristas seriales están siempre al acecho y promueven distintas formas de censura y de autocensura. La pulsión hedonista de la palabra parece haber sido desplazada por formas veladas de control. En el fondo, quizás ya no nos leemos, sino que apenas nos vigilamos. Escribimos y pensamos en puntas de pie para no hacer ruido ni molestar a nadie, menos que menos, a la policía del buen decir y del bien pensar. Miramos hacia atrás con la melancolía que nos deja el paraíso perdido de aquella era cuando escribíamos lo que se nos cantaba el pingo (y la ura) y cómo se nos cantaba.

Acaso convenga imitar la osadía y el goce de Juan Pablo Avila. Irnos al pingo, habitar las palabras, conquistarlas. Y reírnos un poco en el camino.

Mirá el video de Juan Pablo en El Pingo:



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